Trama 15 – Amores prohibidos (1/3)
Domingo, 2 de abril de 2006
Querido diario:
Cualquier día puede resultar ideal para comenzar un diario íntimo como éste, especialmente si una se levanta con la sensación de ser la mujer más feliz del mundo. Esta sensación —certeza absoluta— se traduce en un dolor físico, dentro, muy dentro. ¡Qué feliz soy! Me doy hasta miedo, porque no sé si mi corazón va a aguantar tanta felicidad.
Me he despertado definitivamente con las caricias de mi marido, Gustavo, que me ha rescatado de un extraño sueño azul.
—Bea, ya es tarde, perezosa. Si no te levantas de una vez, juro que Laurita se queda sin desayuno —me ha pedido delicadamente, mientras miraba mis senos esplendorosos, que rebosan de leche de tan llenos.
No, solo el nacimiento de mi primera hija es motivo suficiente de mi alegría sin límites, lo es todo. Por ejemplo, en la mesita de noche descansaba el último regalo de Gustavo: unos hermosos pendientes. ¡Con el mal gusto que suele tener! Aún me hago cruces de cómo pudo adivinar la joya que siempre había estado soñando. Disfruto también de una baja por maternidad, pero por primera vez en mi vida la profesión parece haber pasado a un segundo plano, con la tranquilidad de reincorporarme a mi plaza de concurso en la Facultad de Antropología.
Precisamente, la razón de no poderme hacer más la remolona en la cama en este domingo (resulta cansado —pero maravilloso—tener que dar pecho a mi tragona cada tres horas) está forzada porque debía preparar la comida para la persona a quien le debo más en mi formación y docencia: Aurora. Aurora es para mí una madre, intelectualmente hablando; fue mi profesora y ella ha luchado para que de alguna manera retomara yo su lugar y trabajo. Ahora, a pesar de sus 70 años que cumplirá en septiembre, posee aún una vitalidad tal que adquirió indiscutiblemente la condición de catedrática emérita y concentra todas sus desbordadas energías en la investigación, en los cursos de doctorado. Cuando era su alumna, ya circulaba su mote de “George Sand”. A Aurora no le importa en absoluto, orgullosa de que la gente establezca ese parecido, y realmente la semejanza con la insigne escritora romántica no puede resultar más acertada. Como George Sand/Aurora Dupin y su melena indómita, mi profesora luce una lindísima crin leonina. Creo que Aurora —mi antropóloga favorita, aunque su enfoque de estudio siempre se decante al discurso feminista— se tiñe el cabello, con su tono natural de negro intenso; éste debe de ser un desliz de coquetería dentro de la línea austera, sin caer en lo desaliñado, que la caracteriza. Aurora es una leona, con esa fuerza animal que le permite mover con agilidad esos kilos acumulados por la edad dentro de ese cuerpo enorme. Descarto que sea sólo un mito el que de joven la consideraran muy atractiva, de quitar el hipo, porque aún sus grandes ojos, negro azabache, conservan belleza y vigor en la mirada. Con sus 70 años, que va cumplir en breve, nunca imaginaría en ella la mínima seducción física y relación carnal; aunque yo aún la encuentro bella, pero su belleza estriba en su sabiduría, en la convicción de sus ideas y en la vehemencia a la hora de defenderlas.
Hablo tanto de Aurora, porque la invité a comer por primera vez en mi nueva casa, en este delicioso domingo primaveral. Gustavo, por mi insistencia, acabó sacándose el diploma de API (‘agente de la propiedad inmobiliaria’) y no ha cesado en su empeño hasta regalarme esta maravillosa casa en la urbanización residencial de moda de todo Madrid y alrededores. Estoy enamorada de esta casa; no sólo del chalet —ya no podría volver a poner los pies en un piso—, sino también del jardín con piscina, que va a despertar la envidia de todos. De hecho, Gustavo, por la experiencia de su agencia de ventas y alquileres de inmuebles junto a su socio Francisco, aportó ideas y acertadas sugerencias al arquitecto, al aparejador y al constructor, amigos suyos. Todo es nuevo, menos el almendro, que lo compró ya crecido. Sin duda, la tierra del jardín, le ha hecho mucho bien al árbol, al liberar la cepa de raíces apresada en una maceta gigante de plástico antes de transplante. Con la primavera ha florecido y las flores de blanco puro ofrecen un espectáculo a la vista.






















