miércoles, agosto 30, 2006

Trama 15 – Amores prohibidos (1/3)


Domingo, 2 de abril de 2006

Querido diario:

Cualquier día puede resultar ideal para comenzar un diario íntimo como éste, especialmente si una se levanta con la sensación de ser la mujer más feliz del mundo. Esta sensación —certeza absoluta— se traduce en un dolor físico, dentro, muy dentro. ¡Qué feliz soy! Me doy hasta miedo, porque no sé si mi corazón va a aguantar tanta felicidad.

Me he despertado definitivamente con las caricias de mi marido, Gustavo, que me ha rescatado de un extraño sueño azul.

—Bea, ya es tarde, perezosa. Si no te levantas de una vez, juro que Laurita se queda sin desayuno —me ha pedido delicadamente, mientras miraba mis senos esplendorosos, que rebosan de leche de tan llenos.

No, solo el nacimiento de mi primera hija es motivo suficiente de mi alegría sin límites, lo es todo. Por ejemplo, en la mesita de noche descansaba el último regalo de Gustavo: unos hermosos pendientes. ¡Con el mal gusto que suele tener! Aún me hago cruces de cómo pudo adivinar la joya que siempre había estado soñando. Disfruto también de una baja por maternidad, pero por primera vez en mi vida la profesión parece haber pasado a un segundo plano, con la tranquilidad de reincorporarme a mi plaza de concurso en la Facultad de Antropología.

Precisamente, la razón de no poderme hacer más la remolona en la cama en este domingo (resulta cansado —pero maravilloso—tener que dar pecho a mi tragona cada tres horas) está forzada porque debía preparar la comida para la persona a quien le debo más en mi formación y docencia: Aurora. Aurora es para mí una madre, intelectualmente hablando; fue mi profesora y ella ha luchado para que de alguna manera retomara yo su lugar y trabajo. Ahora, a pesar de sus 70 años que cumplirá en septiembre, posee aún una vitalidad tal que adquirió indiscutiblemente la condición de catedrática emérita y concentra todas sus desbordadas energías en la investigación, en los cursos de doctorado. Cuando era su alumna, ya circulaba su mote de “George Sand”. A Aurora no le importa en absoluto, orgullosa de que la gente establezca ese parecido, y realmente la semejanza con la insigne escritora romántica no puede resultar más acertada. Como George Sand/Aurora Dupin y su melena indómita, mi profesora luce una lindísima crin leonina. Creo que Aurora —mi antropóloga favorita, aunque su enfoque de estudio siempre se decante al discurso feminista— se tiñe el cabello, con su tono natural de negro intenso; éste debe de ser un desliz de coquetería dentro de la línea austera, sin caer en lo desaliñado, que la caracteriza. Aurora es una leona, con esa fuerza animal que le permite mover con agilidad esos kilos acumulados por la edad dentro de ese cuerpo enorme. Descarto que sea sólo un mito el que de joven la consideraran muy atractiva, de quitar el hipo, porque aún sus grandes ojos, negro azabache, conservan belleza y vigor en la mirada. Con sus 70 años, que va cumplir en breve, nunca imaginaría en ella la mínima seducción física y relación carnal; aunque yo aún la encuentro bella, pero su belleza estriba en su sabiduría, en la convicción de sus ideas y en la vehemencia a la hora de defenderlas.

Hablo tanto de Aurora, porque la invité a comer por primera vez en mi nueva casa, en este delicioso domingo primaveral. Gustavo, por mi insistencia, acabó sacándose el diploma de API (‘agente de la propiedad inmobiliaria’) y no ha cesado en su empeño hasta regalarme esta maravillosa casa en la urbanización residencial de moda de todo Madrid y alrededores. Estoy enamorada de esta casa; no sólo del chalet —ya no podría volver a poner los pies en un piso—, sino también del jardín con piscina, que va a despertar la envidia de todos. De hecho, Gustavo, por la experiencia de su agencia de ventas y alquileres de inmuebles junto a su socio Francisco, aportó ideas y acertadas sugerencias al arquitecto, al aparejador y al constructor, amigos suyos. Todo es nuevo, menos el almendro, que lo compró ya crecido. Sin duda, la tierra del jardín, le ha hecho mucho bien al árbol, al liberar la cepa de raíces apresada en una maceta gigante de plástico antes de transplante. Con la primavera ha florecido y las flores de blanco puro ofrecen un espectáculo a la vista.

Trama 15 – Amores prohibidos (2/3)

El timbre de la puerta tocó.

—Ya voy yo, querida. Debe de ser la enana anoréxica.

Gustavo es injusto con Margarita María, una cría de 16 años cumplidos, ecuatoriana, que él mismo me trajo a esta casa, recomendada por unos clientes de confianza. Vino para hacernos de niñera de Laura, mi Laurita, pero yo la prefiero en la cocina y para la limpieza de la casa, por lo menos mientras disfrute yo de mi licencia de maternidad. El domingo es su día de descanso; pero acordamos que hoy era especial: que se lo pagaríamos aparte y, a la vuelta, Gustavo la llevaría en coche. Es buena chica. Con esa edad es lógico que a veces se despiste, pero es bastante trabajadora y muy limpia. Por asociación de ideas (y nombre parcial) yo la comparo con Margaret, Margaret Mead, la antropóloga por referencia. La semejanza me la recuerda especialmente el físico, porque Margarita apenas debe de medir un metro y medio y sé que pesa unos cuarenta y ocho kilos. Es verdad que le saca partido a su cuerpecito y culito respingón, con ropas conjuntadas —que debe de encontrar en la sección infantil del Corte Inglés— y porque siempre lleva plataformas o tacones altos ocultos en sus pantalones muy ceñidos de pata de elefante, que recuerdan los de una gitanilla salerosa. Su manía del pelo cortito y esos ojos pícaros suyos me evocan —como en la antropóloga Margaret Mead de joven— la cara de un golfillo. Espero que no se engorde, porque sí que va a parecer entonces, redonda y pigmea (como Margaret después de romperse la pierna en 1960), una croquetita.

Yo me quedé arreglándome, mientras Gustavo bajaba la escalera abotonándose la camisa, para abrir a la chica. Parece que Laurita adivinó que yo ya estaba casi lista, pues se puso a berrear para pedir su lechecita. Juro que hasta sus mordisquitos me producen un placer indescriptible. Cuando doy de mamar a mi hija, mis ojos se nublan de lágrimas, dulces de gozo y de felicidad. Sé que en un diario personal no podemos abusar para escribir intimidades; pero lo que son las cosas, después de acceder varias veces a la fantasía erótica de Gustavo de convertirse durante minutos en mi bebe, no he sentido nunca lo mismo.

Bajé a la cocina. La puerta traslucida estaba cerrada. Me pareció oír cuchicheos y sonrisitas. Si no pensara que es absurdo, diría que Margarita y Gustavo estaban cariñosamente juntos. ¡Qué idea más peregrina! ¡Con lo frío que es Gustavo: que sólo vive para el deporte y sus ventas! Entré finalmente y comprobé una nerviosa Margarita, de espaldas, como cerrando el móvil. Al girarse, la vi colorada. Fijé mi mirada en un botón abierto de su camisa, que dejaba ver un bonito sujetador para sostener unos diminutos pechitos; pero no le he dicho nada. Como la puerta del fondo, la que da al jardín, estaba encajada, he supuesto que Gustavo ya estaría en el garaje o arreglando cualquier detalle para la visita de Aurora.

La mañana ha discurrido plácidamente. En realidad, Gustavo ha estado recogiendo hojas y porquería encima del césped y del toldo que cubre la piscina. Es todo un manitas y me arregló lo que le pedí: un enchufe que no tenía corriente, una lámpara con los cables pelados y hasta la lavadora, pues sacó varios objetos que obturaban el filtro. Después, le he exigido que se duchara y que fuera a buscar a Aurora, al centro de Madrid.

—¿A esa vieja gorda? ¡Bien podría tomar el autobús!

Gustavo a veces resulta grosero. A sus veintisiete años no lo voy a cambiar; pero tampoco me importa. Le gusta protestar, aunque hace lo que yo le pida. No lo hace con malicia, es su manera de ser: siempre tan impulsivo de boquilla. Luego, delante de los otros, o no habla o bien se comporta muy atento y con una sonrisa en los labios.

Con el pelo aún húmedo, Gustavo me ha dado un besito fugaz, mientras me decía:

—Tardaré un poco más, que tengo que recoger unos informes en la agencia.

—No hagas esperar a Aurora, que ya sabes cómo son las personas mayores.

Tendría que haber regresado en media hora; pasándose por la oficina, calculaba veinte minutos más; pero había pasado ya más de la hora y yo estaba nerviosa por la comida. Era de encargo, pero es bueno saber el momento para introducirla en el horno y recalentarla. Me he visto obligada a llamarle por el móvil. Él ha tardado un poco en atender y he notado cierta respiración agitada.

—Parece ridículo, pero se nos ha pinchado la rueda. Ahora no puedo atenderte; pero entre pitos y flautas voy a tardar más de una hora, que voy a necesitar pasar por la gasolinera, que me parece que tiene taller de guardia. Un beso…

Y cortó. Cuando se lo he dicho a Margarita, que tendría que esperar más de una hora a que el “señor” regresara para calentar la comida, me ha lanzado una mirada de desaprobación y fastidio.

—Recuerde que el trato de venir yo hoy, además de pagárseme como día extra, era con la condición de que el Sr. Gustavo me llevase a casa, que los domingos hay muy pocos autobuses.

Trama 15 – Amores prohibidos (3/3)


¡Por fin llegaron! Gustavo, como siempre, taciturno, con cara de pocos amigos y sin una palabra. Aurora, por el contrario, estaba espléndida, con su negra melena rizada toda suelta y el negro de sus ojos brillando. Dos detalles de Aurora me han llamado la atención, lo que demuestra nuestras afinidades —aunque me ha sorprendido dentro de su tradicional austeridad: lucía el mismo color y tono de pintalabios y, ¡Dios mío!, los pendientes eran como los míos; no podían ser iguales, pero seguro que eran del mismo diseñador: ¡ya es casualidad!

La comida realmente estaba rica, deliciosa, exquisita. Disfruto viendo comer a alguien con apetito, y Aurora y Gustavo parecían devorar con un hambre felina. Después de los postres, he visto inquieta a Margarita. He comprobado su nerviosismo al mirar el reloj constantemente: habían pasado ya las cuatro de la tarde. Según lo acordado, he pedido a Gustavo que la llevara a su casa. Con cara de enfado (me ha vergüenza de que Aurora también se percatase de esto), pero con la docilidad de siempre, ha cumplido con su deber.

He visto en Gustavo y Margarita, al entrar al coche grande, un monovolumen, la tierna escena de un padre acompañando a su hija adolescente al instituto. Sorprende Margarita con su cara de pilluelo y vistiendo como una mujercita, aunque sentada no engaña a nadie: una niña.

Antes de arrancar, Gustavo, me ha gritado:

—Tardaré un poco, Beatriz, que he quedado con Francisco.

Francisco para él es cosa sagrada. No me he atrevido a sugerir el mínimo reproche.

Fue todo un lujo pasar esa amplia sobremesa de más de tres horas con esa mente tan brillante de mi profesora. Yo siempre me consideraré su discípula. Con Laura a mi lado (no me ha importado darle pecho delante de Aurora) he disfrutado de su discurso ameno y de una coherencia arrolladora. Los derroteros de la conversación se han dirigido a cuestiones personales; por ejemplo, que ella era hija de la Guerra Civil, y que sus padres, republicanos convictos y que pagaron por ello el precio del exilio, le pusieron “Aurora”, como le podían haber puesto “Libertad”. No consigo reproducir (y para el primer día de este diario ya resultaría excesivo) el caudal de conocimientos vertidos por ella en nuestro diálogo, casi socrático: el de una verdadera “aurora” para todas las mujeres.

Serían casi las ocho, cuando Gustavo ha marchado con Aurora.

—La verdad es que hoy ya tengo “síndrome de taxista” —me ha comentado graciosamente antes de partir.

Me he quedado sola y me he quitado los pendientes. Los observo con cariño. Laura está dormida: parece un ángel. En esos momento, he decidido empezar este diario; por la sensación tan gozosa de sentirme la mujer más feliz del mundo. He tenido tiempo de emborronar estas cartillas cuartillas.

—Recuerda que hoy hay Liga. Me voy al fútbol —me dijo Gustavo desde el coche.

Eso traducido a horas vendrá a querer decir que llegará después de las once: estará al caer. Y ese tiempo me ha pertenecido. Parece ser que sufrí algo parecido a una depresión, después del parto natural de Laura. Creo que había bastantes celos por mi parte: pues para una madre primeriza sólo ella era el centro de atenciones y la protagonista indiscutible. Sin embargo, después vinieron la casa, los pendientes, Laurita chupándome la leche, el almendro en flor… y esta sensación de ser la mujer más feliz del mundo. Esta sensación —certeza absoluta— se traduce en un dolor físico, dentro, muy dentro. ¡Qué feliz soy! Me doy hasta miedo, porque no sé si mi corazón va a aguantar tanta felicidad.

sábado, agosto 26, 2006

Trama 16 – Sacrificio (1/3)

Felipe Alejandro era un plaga, expresión del castellano de Colombia o, cuanto menos, de su ciudad natal, Medellín, que la podríamos traducir por ‘gamberro’, aunque podamos darle también una connotación cariñosa de ‘gamberrete’. Durante su infancia y adolescencia, vivió en unas eternas vacaciones, no sólo porque la ausencia de estaciones climatológicas —una constante primavera, quizás con temporadas secas frente a periodos más lluviosos—no dejaba pistas sobre la llegada de diciembre y enero para fijar el final de las clases, sino porque para un plaga lo importante es la calle y los ritmos escolares quedan en muy segundo plano. Cuando de repente se daba cuenta de que no tenía que ir a la escuela, las horas de juego se ampliaban. Con 10 años, por ejemplo, era el mejor jugando a bolas, ‘canicas’, en un batalla de honor, puesto que las perdías todas o te quedabas las de tus adversarios. Cuando eres pobre, el más pequeño de cinco hermanos, sin padre y criado por la abuela materna, uno no se puede dar el lujo de perder. Trabajaba de lo que podía, casi limosneando, para comprar caramelos —que serían nuestro ‘cromos’— y poder cambiar los repetidos hasta completar la colección. Los días de lluvia, en la estación húmeda, hacían subir el nivel de las aguas del río Medellín; era el tiempo de pescar sabalitas y corronchos, para después comerlos fritos, aunque hubiera que hervirlos antes, pues bebían de las aguas de todos los desagües. Siempre fue mal estudiante: el precio de ser plaga. Ni las reprimendas de sus hermanos mayores, de la madre y de la abuela lograron inculcar un mínimo ritmo regular en sus estudios. Siempre opuso resistencia, puesto que prefería trabajar de carrillero y llevar la compra a las señoras y servicio doméstico y así poder ganar la plata del baile, el gimnasio, las parrandas, las apuestas de cartas, el billar y las peleas de gallos. Hay quien nace pobre, pero con una flor en el culo para los juegos.

Carlos Ramón le llevaba 20 años a nuestro otro protagonista. Él sí que aprovechó la escuela para ser peor que plaga. De familia influyente, recibió una formación y se forjó una personalidad para controlar el negocio de la coca, del Cárter de Medellín. Estudió en los EEUU. De vuelta a su país empezó a eliminar sutilmente enemigos y a ganarse la protección y complicidad de los políticos. Sin embargo, en su biografía un dato pasaría inadvertido: su devoción adolescente por la figura del Che. Ya hubo una época en que dudó por decantarse a redimir la miseria de sus compatriotas y ayudar a instaurar una justicia social; pero una estancia de seis meses en su entonces idealizada Cuba acabó por convencerle de que la única salvación posible y útil era la suya propia, amasando fortuna y acaparando poder. De su experiencia y fino olfato, elaboró estrategias para actuar en la sombra y erigir hombres de paja, que, al desmoronarse, permitían que él pudiera seguir en pie, parapetado, como si nada.

Marlene tendría unos 10 años más que Felipe Alejandro. Era toda una mujerona de carnes prietas, muslos gruesos, largos como sueños, senos turgentes y pequeños; una linda criollita, mujer voluptuosa, de labios carnosos (también los de su sonrisa vertical), fina de talle, con esa cintura tan estrecha, de avispa, que dejaba paso a las rotundas caderas y glúteos prominentes como rocas; una tremenda hembra capaz de parar el tráfico con aquella despampanante carrocería. En definitiva, constituía el prototipo idealizado de mulata, símbolo sexual caribeño. Sí, porque Marlene era cubana, aunque acabase viviendo en Medellín. Mujer macanuda, matadora, monstruo, despertaba pasiones con su meneo de caderas al pasar, zalamera, llena de sandunga cubana. En La Habana la conocían como “Azuquita” y “Chulita linda”, así por antonomasia: un verdadero colirio. Era un poco bruja, medio santera por parte de madre, conocedora de trabajos, aunque sólo por su cuerpo ya metafóricamente atesoraba el poder de hechizar a los varones.

Trama 16 – Sacrificio (2/3)

Carlos Ramón se enamoró perdidamente, cogido con aquella mulata, más bien blanconaza, al verla por primera vez tomando el sol en un diminuto tanga hilo dental. Embollado hasta la médula, no le importó comprobar que era jinetera de noche, a la caza del turista en los hoteles de lujo de la capital. La prueba definitiva que lo decidió a llevarla a Medellín (para que fuese su amante, en un barrio residencial de la ciudad) fue la manera salvaje como Marlene le “hizo el sexo”: a horcajadas, encima de su pene erecto, entollado, con la espalda arqueada, los pechos empinados, mientras desarrollaba un movimiento de pelvis continuo. Tal sofisticación amatoria —aunque el nunca supiera que el motivo de dicha postura era evitar el beso en la boca— no la había conocido en ninguno de los prostíbulos que frecuentaba en su país.

Marlene se enamoró de Felipe Alejandro cuando éste se le ofreció a llevarle la compra. Su olfato de sexo le dijo que aquel muchacho de apenas 16 años sería el amante perfecto. Marlene lo llevó a ver el mar. Con el dinero ahorrado, que religiosamente le pasaba Carlos Ramón, alquiló un chofer y vehículo, y recorrieron en siete horas la distancia que los separaba de Tolú. Era la primera vez que Felipe Alejandro vio el mar. El recuerdo del mar y de aquel primer baño de sal y no de los chapuzones en el sucio Medellín, de aquella explosión de luminosidad y azul que le dañaba la vista y del olor a océano que le embriagaba se fue mezclando con el verdadero rito iniciático de amor desesperado en los brazos de aquella mujer excepcional. En el motel de playa, no hubo oficio de jinetur, sino besos de chupete y rosquete y un entollamiento tal que desgarró todas las carnes en un placer al límite.

Durante los dos años posteriores de relaciones clandestinas, Felipe Alejandro descubrió una máxima que le sirve incluso hoy en día: «el mayor placer es el placer de la otra». Igual que el compartir el sufrimiento de otro ser no hace infinitamente mejores, el mejor amante es quien busca el placer del ser amado. El placer propio viene solo: hace falta apenas la felicidad de la pareja, de quien se ama. El placer propio por sí mismo es un amor solitario, masturbatorio, pajillero.

Marlene prácticó el rito de santería de amarre para que el joven-hombre siempre fuera suyo. Si ese hombre no era suyo, no iba a ser de nadie más. Escribió sus nombres en un papel y lo dobló, no sin antes colocar pelos púbicos comunes (que había recogido fetichistamente en cópulas anteriores), unas gotas del primer día de menstruación, para hacer arder todo y poder enterar las cenizas; después de la oración: «Con una te nombro, con dos te atraigo y con tres te amarro», mientras el fuego consumía el papel doblado.

Llegó el momento de la despedida. No cortaron: no se botaron, los botaron. Con los dieciocho años de Felipe Alejandro, aquel pingadeburro, como lo había bautizado cariñosamente Marlene, y la plenitud de la mulata caribeña, se percataron en un momento de lucidez —raro en su obnubilación perpetua por la pasión que los consumía— que peligraban sus vida. El enfriamiento de la relación de Carlos Ramón había despertado los celos del todopoderoso traficante, de drogas e influencias. Si esos celos se traducían en sospechas y las sospechas se confirmaban. Carlos Ramón mandaría a un pistolero para lavar sus cuernos con la sangre de los amantes.

Felipe Alejandro lloró, lloró en su impotencia, al sentirse insignificante bajo la sombra del poderoso; pero acabó aceptando la separación. No era el miedo suyo sino que Marlene se lo pedía y nunca hubiera aceptado que a ella le pasara nada.

Por aquella época, el joven se aplicó a los estudios y se sacó la primaria en horario nocturno. Cursó secundaria para finalizar la etapa, a los 22 años. ¿Por qué tanto esfuerzo? Para poder realizar el tour por Europa, como premio de graduación. Planeó que ellos se encontrarían allá, a muchos kilómetros de distancia de su país. Como ella no aceptó la huida, él no regresó a su país. Decidió no tomar el avión de vuelta y se quedó en la localidad de Salou, Tarragona, en casa de unos medio familiares.

Trama 16 – Sacrificio (3/3)

Han pasado seis años. Felipe Alejandro ha trabajado de todo: de ayudante de montador de cocinas, de guardia de seguridad de un local de máquinas tragaperras, de vigilante de párquing, de monitor de bailes latinos… Hace un año servía de camarero en un hotel de una importante cadena y alguien le ofreció que si quería hacer de boy, para despedidas de solteras. Aceptó con reservas, pero pronto descubrió que había nacido para ello. Pasó a llamarse Alex. Se gana muy bien la vida y prácticamente es “rico” con las propinas de las clientas, que, enloquecidas por un ambiente de histerismo colectivo, se obsesionan en introducir billetes de 20 € y de 50 € en el minúsculo taparrabos, que apenas consigue atrapar su generoso paquete genital. El numerito de streap-tease al final del show, a ritmo de batuca, con su barra dura, pingadeburro, colgando las braguitas y sostenes arrojados por las mujeres del público, transporta al paroxismo a las enfervorizadas espectadoras.

* * *

Es un día del último mes de agosto. A la noche tenía apalabrado show en el hotel, una despedida de soltera más. Hay gente que se casa en vacaciones. Él, como en un ritual, decide dar una vuelta por la playa. Se lleva una botella de agua de panela: la panela es una ‘piedra de azúcar’; se corta un trozo y se hierve con agua hasta que se deshace; se deja enfriar y se le añaden dos limones exprimidos (los de Colombia son limones verdes y no amarillos). Como siempre, lleva en sus pupilas otro mar, el mar que conoció hace 12 años con Marlene. Entre sorbos de la bebida, ve una mujer que viene acercándosele: es ella.

—¿Azuquita, chulita linda? Estás igual: pura pulpa —recordando el vocabulario que la joven le enseñó.

—Tú no estás nada mal, requetebuenísimo —aunque en una nota de ironía y distancia apunta.—: Pero no descuides tus entradas, se te clarea el pelo.

—¡Son cosas de las hormonas masculinas, ya sabés!... ¿Ahora sí?

Ellos entendían su código, su laconismo. Aquella última pregunta era obligada. ¡Había esperado tanto! Marlene le contó que el precio para borrar las sospechas de Carlos Ramón fue dejarse preñar. Dio a luz a una lindísima niña.

—Le puse Alejandra. Tuve suerte de que la madre de Carlos se llame así.

Y la criollita irrumpió a llorar, a llorar desconsoladamente, porque su vida era aquella niña que ahora cuidaba su madre, la abuela materna de Alejandra, que Marlene había logrado sacarla de la isla. Carlos Ramón, a pesar de sus precauciones, dio con sus huesos en la cárcel, por una traición de los amigos “americanos”; seguía controlándolo todo, pero había aprovechado la prisión para olvidarse de ellas; que sobrevivían con la santería de la vieja y con el trabajo de Marlene, como bailarina en un grupo famoso de cumbia. Por eso estaba allí, por la gira, pero necesitaba volver para la Feria de las Flores. Tenía que volver.

—No insistas, tú eras un niño. No podemos volver atrás.

Se besaron y el olor de mar —en la mente del muchacho, el de la playa de Tolú y el del sexo jugoso, papaya dulce de Marlene— lo embriagó y le hizo perder la noción del tiempo.

Con gran sacrificio, aceptó la separación, esta vez definitiva, por la felicidad de su amada. Y la vio partir. Apretó los dientes y se acordó de su abuela, que siempre le recordaba que los paisas (‘habitantes de la región de Antioquia’) no se arrugan ante nada.

miércoles, agosto 23, 2006

Trama 17 – Descubrimiento (1/5)

Quien lea la siguiente historia puede llegar a pensar que soy un tipo temerario y que me arriesgo innecesariamente revelando hechos que podrían inculparme. Sin embargo, el motivo que me impulsa a escribir esta “confesión” —aunque no soy tan tonto de no disfrazar nombres y detalles importantes— es que pertenezco a esa clase de varones que no disfrutan plenamente si sus “hazañas” no salen a la luz pública. ¿De qué nos serviría pasar una noche de pasión con Claudia Schiffer, Naomi Campbell o Giselle Bundchen, si al día siguiente no se enterara toda la ciudad, hasta el quiosquero de mi barrio? Ese afán publicitario me obliga a escribir estas letras, a tenor de parecer ingenuo o un ser despreciable.

Me llamo Antonio José (o quizás tampoco). Me crié con mi madre, Carmen, madre soltera, en casa de mis abuelos, en un pequeño pueblo de Andalucía. De joven se marchó a servir a la capital y me llevó al pueblo recién nacido. Viví con ella hasta los dieciocho años, en que falleció por una enfermedad extraña, que el médico del pueblo diagnosticó como un virus, palabra que viene a confirmar que nunca llegó a saber la verdadera etiología de la enfermedad y muerte. Todo sucedió muy rápido: unas fiebres altísimas durante dos días y dos noches, y se nos fue de este mundo. Ni en los momentos últimos de su agonía logré conocer la identidad de mi padre. Lo máximo que le entresaqué fue el siguiente enigma: «Tu padre era alguien importante y no se podía casar conmigo; pero tú de alguna manera estás a su lado».

En lo material no me pude quejar. Mis abuelos eran de los pocos del pueblo propietarios de sus tierras, y bien o mal nunca nos faltó un plato en la mesa. De hecho, en plena adolescencia, le dije seriamente a mi abuelo (que fue como un verdadero padre para mí) que el arado estaba reñido con mi manera de ser, que yo quería estudiar. El pueblo era tan pequeño que estudié la FP de administrativo en el municipio cabeza de partido próximo, a treinta kilómetros, y donde amortizaban un mastodóntico instituto politécnico. Creo que la mala suerte se alió conmigo al librarme del servicio militar por excedente de cupo, porque mi sueño siempre había sido salir a conocer más mundo. Tuve (o ella me tuvo a mí) una novia desde los 15 a los 21 años, pero la muy zo… me dejó para casarse con hijo de pastores. Todo el mundo en aquella época dejaba las labores agrícolas y hacía fortuna con las ovejas. Creo que María Angustias se casó virgen: durante todo nuestro noviazgo nos repasábamos mucho con las manos, pero nada de cama. Y yo, que no me casé, casi hubiera sido virgen si Montse, una chica nacida en Figueres, hija de emigrantes del pueblo en la década de los cincuenta, no hubiera irrumpido en mi vida. A Montse le debo yo el que me hiciera olvidar la anatomía palpada de Maria Angustias, y unos veranos locos de pasión coital, hasta que concluyó su carrera de medicina y se casó con un oftalmólogo que todavía debe trabajar en la Barraquer. De los otros contactos con chicas —en número reducidísimo— recuerdo más la intensidad que la frecuencia de los encuentros.

Con mi título de administrativo, llevé las economías familiares de medio pueblo, aunque mi época de mayores beneficios coincidía con la de las declaraciones de renta. Pero mi verdadera pasión no eran los números, sino el teatro; teatro de aficionados, en el instituto y en el pueblo. Para mí el teatro supuso superar la timidez, casi congénita; por mi esfuerzo interpretativo había erradicado el molesto ceceo, el comerme vocales y consonantes, y cualquier otro indicio de la relajada habla de mis paisanos.

Trama 17 – Descubrimiento (2/5)

Un día, con mis 40 años cumplidos, mi abuela se me muere —el abuelo había muerto dos años antes— y me encontré, de repente, solo, muy solo. Con la excusa de querer pasar unas oposiciones para el grupo B de la Administración, me vine a Madrid. Y allí cambió mi vida. ¡Y cuánto!

Las primeras semanas fueron horribles. Por motivos económicos, decidí alquilar una habitación en una pensión de la calle Montera. Yo no podía concentrarme en el estudio. Aquel temario, aquellos temas áridos de fundamentos del derecho o de los artículos de la Constitución, de absurdos psicotécnicos, se me atragantaban en un ambiente que hedía a calcetines sucios y a sudor rancio. Por la noche no podía pegar un ojo: con el ruido de fondo de unos gemidos de placer de las habitaciones contiguas, que recordaban a animales degollados en el matadero. Se me quitó el apetito y adelgacé a pasos agigantados. ¡Si hasta la ducha estaba en el pasillo y tenía que pagar un suplemento por el agua caliente (un aparato de tortura, accionado por fichas, previamente compradas a la patrona de la pensión, que acababa escupiendo agua hirviendo después del helor inicial)! Suerte que soy un as de la informática y acabé descubriendo las bibliotecas públicas. Con mi portátil y el acceso gratuito a Internet pasaba las horas fuera de aquel habitáculo inmundo. No obstante, también descubrí los cines, los teatros, los cafés, los museos; total: que el precio de mi adaptación a Madrid fue el que me olvidase de las dichosas oposiciones.

Pero la gran ciudad nos reserva dolorosos ritos de iniciación a los catetos de pueblo. Una tarde, dirigiéndome a la primera sesión de unas multisalas de un centro comercial, fui vulgarmente asaltado. Para mi desgracia, por la mañana había sacado de mi cuenta en la Caja de ahorros de Granada la considerable suma (para llevar encima) de 300 €. Sin ningún aviso, me vi con una navaja en la yugular externa. En esos momentos solo pensé en mi vida y entregué la cartera sin ninguna objeción. Afortunadamente el atraco no me dejó ni marca (física), pero me sentí el ser más desgraciado. Creo que estaba tan desolado que me olvidé de lo que realmente era importante: mis documentos. Ni se me pasó por la cabeza denunciar el robo en la policía o algo de sentido común como cancelar la tarjeta Visa. Sin dinero, me colé en el metro y me acerqué al centro. Deambulé por las calles, rodeándome de gente por las cercanías de la Puerta del Sol.

En ese preciso instante, en frente de mí, a la entrada o salida de un Corte Inglés, un pedazo de mujer, la hembra más atractiva que había visto en mi vida, me suelta:

—¿Dónde vas, Javier, con esa facha?

No pude contenerme. La abracé torpemente y me puse a llorar. Sólo el agradable roce en mi mejilla de los senos esplendorosos de aquella mujer me despertó en la escena más ridícula de mi vida. Y mi cabeza empezó a pensar, para destilar la frase más feliz e ingeniosa de toda mi existencia:

—Lo siento, no recuerdo nada. Debo de sufrir amnesia.

Trama 17 – Descubrimiento (3/5)

Le conté que debía de ser medio día cuando me había despertado en un sucio cuarto, que no recordaba haber visto antes, y que en un armario estaba la ropa que llevaba puesta, que no había nadie y que empecé a andar por la calle.

—¡Pues es verdad! Ya me extrañaba a mí que no me llamaras en tres semanas. Yo también tengo mi orgullo, ¿sabes? Además estás como un palillo y esa ropa hortera no es tuya. Tú siempre tuviste buen gusto (este comentario no fue totalmente de mi agrado). Bueno, pues… nada, ahora te acompaño y te dejo con tu Almudena.

—No quiero ir a casa, quiero estar contigo… Lo siento, pero no tengo dinero.

Y las medias verdades triunfaron y aquella despampanante mujer me llevó a un hotel de lujo y reservó una suite maravillosa.

Estuvimos una hora vestidos y yo, recabando toda la información del tal Javier. Ella era Cristina, su amante de toda la vida, casada; llamó a su marido por el móvil para decirle que llegaría tarde, que estaría con fulanita. Llamó a fulanita para decirle que estaba con Javier y lo acordado de otras veces. Me proporcionó datos y fechas. Yo —bueno, el tal Javier— estaba casado con Almudena; tenía dos hijos, adolescentes, una parejita. Me “recordó” mis dos apellidos compuestos y, con la contraseña, la dirección de la cuenta de correo electrónico que ella y Javier habían creado en común. Yo iba anotando como un loco en el bloc de notas del hotel (con el bolígrafo de propaganda del mismo) hasta que, pasada una hora, sentí tanto cansancio que le dije:

—Quiero tomarme un baño.

Llené la bañera (¡por fin una bañera!), un monumental jacuzzi con agua a deliciosa temperatura. Me hubiera demorado más, pero quería volver con Cristina. Nunca me he sentido más limpio en mi vida, sin dinero y con remordimientos de estar engañando, pero limpio de cuerpo. Mi cabeza era la que estaba sucia, imaginando las “cositas” que iba a realizar con esa Cristina caída del cielo. Entré en el cuarto, con la espada (metafórica) dispuesta a matar; aunque aquella hembra era mucha pieza para un “torero” como yo. Creo que me funcionó la estrategia de dejarme ir, de liberarme de cualquier pensamiento para concentrarme en la “faena”. Mi forzada abstinencia y que realmente estaba enamorado (o encoñado) de Cristina me hicieron alcanzar cotas de perfección en nuestra actuación gimnástico-amatoria que nunca hubiera ni imaginado. El toro es figura femenina porque sus cuernos recuerdan a la Luna y yo, matador, me sentí Sol en aquellas horas que estuvimos juntos. Y el eclipse se tradujo en un final de perfección: su victoria por goleada, exhausta en sus orgasmos. Si Cristina hubiera sido hombre (varón) hubiera exclamado: «¡Ha sido el mejor polvo de mi vida!», pero se limitó a declararme:

—Nadie, ni tú mismo antes, me había hecho el amor como tú esta tarde.

De pronto, soltó una carcajada.

—¡Claro, el tramposo de Javier! Olvida la memoria, pero no se olvida del Viagra, como últimamente.

En esos momentos me salió el siguiente piropo de chulo barato:

—Para Viagra, me bastan tus besos.

La besé apasionadamente. Muchas veces he imaginado que mi miembro viril posee vida propia, porque entonces, a pesar del trote dado, como por arte de magia, después del beso, Cristina pudo comprobar una traviesa erección entre sus delicadas manos. Acto seguido reaccionó:

—¿Dónde vas, fiera? No puedo más, creo que con tanta fricción voy a tener una cistitis para toda la semana. Además, te tengo que llevar a tu casa, porque sería bueno que te visitara un médico.

—No quiero ir a casa. Yo quiero quedarme contigo, toda mi vida —interrumpí.

En ese momento nos abrazamos entre lágrimas dulces, embriagados de felicidad y tristeza. Ella, quizás pensando que a lo largo de tantos años, por primera vez, Javier era suyo, totalmente suyo. Yo sólo pensaba en Cristina como la mujer de mi vida.

—Bueno tengo que marcharme. “Recuerda” que yo también tengo esposo y dos hijitas —añadió mientras se secaba las lágrimas.

—Secuéstrame en este hotel. Ven cada día a verme. Yo dejo todo mi pasado por ti —de nuevo me atreví a declarar, con la fuerza de la verdad absoluta de mis deseos y sentimientos.

—Está bien. Mañana a las cuatro estaré aquí. Si no recuperas la memoria del todo, iremos al médico, que te hagan un escáner: quizás has sufrido un accidente o te han golpeado para poderte robar. Eso puede ser peligroso.

En el jacuzzi cupimos los dos. Ella comentó que tenía que pasar aún por casa de fulanita para quietarse el perfume de aquel gel de espuma. Se vistió con elegancia, despertando mi deseo, y cuando se disponía a salir, se acordó de dejarme dinero en efectivo.

—Lo siento; no tengo más suelto: sólo 300 €.

Solo me acuerdo de esa imagen mientras me introducía entre las sabanas de la amplia cama de matrimonio. Todo momento de máxima felicidad tiene una sintonía que lo acompaña. Al cerrar los ojos, por el cansancio de mis excesos amatorios, la notas alegres de “I’m just a gigolo” me acunaron en el más reparador de los sueños.

Trama 17 – Descubrimiento (4/5)

Me desperté a las 7 y experimenté miedo: una simple llamada telefónica podría desbaratarlo todo. Al fin y al cabo, yo no era Javier y no podría mantener aquella farsa durante más tiempo. Me afeité. Tomé un baño por última vez en la bañera-jacuzzi, y disfruté de un generoso desayuno en régimen de bufette libre del hotel. Me dirigí a la pensión y la patrona me recibió preocupada, porque yo no había dormido allí esa noche. Para mi sorpresa me devolvió una bolsa con mi cartera y todos los papeles. No faltaba nada: sólo los 300 €. Le di las gracias y la obsequié con 50 €, por si acababa sabiendo la identidad de la persona que había encontrado la billetera. A esas alturas de campeonato, yo había sospechado ya que mi atracador tendría algún vínculo con la pensión; pero preferí hacerme el despistado y fingir que la había perdido con 2.000 € en efectivo. La verdad es que, recuperados mis documentos, no me importaba en absoluto que mi patrona se quedara con el ridículo billete de 50 €.

El resto de los días los pasé investigando a mi doble perfecto: el tal Javier. Con los datos de Cristina (¡cuántas añoranzas!) e informaciones de Internet, realicé una excelente labor documentalista. Me ayudó bastante cierto acusado narcisismo del individuo analizado, en especial una actualizada y completísima página web personal y, más concretamente, su fotolog. En ese formato tomé acceso a numerosas fotos digitales que pusieron imágenes y color al mundo de Javier y de las personas que lo rodeaban.

Nuestro parecido físico era sorprendente. A partir de la impresión de algunas fotos, imité su corte y forma de peinado, la marca de las gafas de sol y de las ropas que vestía. “Adiviné” incluso el sastre de su ropa más formal y dónde le hacían las camisas exclusivas. Acabé conociendo todos los complementos que usaba y la marca de calzado (un número de pie mayor que yo). En la cuenta común de correo electrónico de Cristina y Javier, descubrí la correspondencia personal de varios años; guardaba íntegramente secretos y unos celos que recomían por dentro. Con el acopio de datos, me atreví a robar las contraseñas de sus otras cuentas de correo electrónico, a través de la estrategia del olvido de contraseña y luego borrando el mensaje en donde aparecía ese dato.

Reconozco que el móvil primero para interesarme por Javier era Cristina; pero, atando cabos, mi objetivo era él. Descubrí, por tanto, que Javier tenía que ser mi hermano gemelo. Eran demasiadas coincidencias de fisonomía; pero además investigué a su padre y comprobé que le unía una relación directa con mi pueblo. La familia X-Y (apellido compuesto), formada por falangistas, habían atesorado todas las tierras del pueblo, de mi pueblo, expropiadas a los rojos (que debieron ser todos) después de la guerra. En la década de los cuarenta, con las rentas aseguradas de dichas propiedades, decidieron marcharse a Madrid y diversificaron las inversiones en sectores inmobiliarios, de alimentación y otros. Cuando mi madre fue a servir a Madrid (debía de ser Madrid) tendría la edad aproximada del primogénito de la casa, Ricardo, ya casado; pero sin hijos. No me costó “imaginar” que si Javier era hijo único, lo fue en una familia tan formalmente católica y del régimen, porque la esposa del Sr. Ricardo debía de estéril y fue fruto d los amores ilícitos (más o menos consentidos o acordados) con mi madre. Imaginé hasta que todo estaba pactado, amañado: mi madre paría un hijo (supongo que tendría que ser varón), lo entregaba a la familia y se volvía al pueblo. Pero algo no salió como lo previsto: éramos dos hijos, gemelos, y eso hubiera sido fuente de peleas en las transmisiones de herencia y patrimonios; con lo cual, mi madre regresó al pueblo conmigo. El precio para aquella madre de alquiler, que tenía que sacar adelante a un hijo, era la de otorgar la propiedad de las tierras trabajadas por mis abuelos maternos, con la exención consiguiente de las rentas a Madrid.

Este descubrimiento me produjo una conmoción total: no sólo había encontrado a un hermano sino que había descubierto a mi padre, el Sr. Ricardo X-Y, “alguien importante” que no se había podido casar con mi madre.

Trama 17 – Descubrimiento (5/5)

Después de esa revelación los hechos se encadenaron vertiginosamente de manera rocambolesca. Un día encontré las fuerzas necesarias para entablar un encuentro con mi hermano Javier. Resultaba evidente que éramos hermanos, sangre de la misma sangre, pero él sólo prestó atención a nuestro parecido físico, exagerado, porque yo lo había logrado imitar en los mínimos detalles. Me confesó sus miserias e ilusiones. Era adicto al juego (yo ya lo sabía) y su fortuna mermaba peligrosamente. Creía tener la solución: simular un secuestro del propio padre, para obtener el número y la contraseña de la cuenta en Suiza con todo el dinero evadido durante los 70, antes de la gran devaluación de la peseta en el gobierno Suárez. El plan —según él— no podría fallar. Haciéndome yo pasar por Javier, su padre —nuestro padre— no sospecharía nada. Me lo llevaría con la disculpa de la caza a una finca del Sur en donde se había hecho construir un secreto refugio atómico (manías de viejo de sesenta años). Javier siempre tendría coartadas perfectas. Para que se entienda mi actitud posterior quiero defenderme afirmando que conocía tanto a mi hermano que sabía que en sus planes no había cabida para posibles testigos: ni el Sr. Ricardo ni yo mismo. Era probable que nuestro padre, con más de esos 60 años y delicado de corazón no aguantase el secuestro; pero Javier nunca aceptaría compartir conmigo la mitad del fingido rescate.

Todo funcionó a la perfección. Con ayuda de drogas (Javier era médico psiquiátrico tonteando de economista con parte de una herencia cobrada en vida) fui obteniendo todos los datos de la cuenta; pero me reservé la información para mí. Cansado de estar yo escondido en esa ratonera, un día le pegué un par de tiros a mi recién descubierto padre. Pueden imaginar una frialdad y falta de sentimientos por mi parte, pero juro que no tenía cómo volverme atrás. Le corté la mano derecha con un hacha y el resto del cadáver lo arrojé a una antigua comuna del cortijo y lo colmé con sacos de cal preparados para el blanqueo de las paredes de todos los años. Afortunadamente ya no corren tiempos para esclavos y yo había dispensado a toda la “servidumbre”, que ahora sólo hacía el mantenimiento del cortijo cuando se le avisaba y se le contrataba a propósito.

Hice llegar la mano cortada a la familia X-Y (me tuve que desplazar más de doscientos kilómetros para encontrar una oficina de correos e inventar multitud de datos de remitente). Por desgracia, el forense dictaminó que la mano había sido cortada de un cuerpo sin vida; por lo cual, carecía de ningún sentido acceder al chantaje de los posibles secuestradores.

Javier se enfureció con esa noticia y, despreciando las mínimas medidas de discreción, se personó en la finca, con el objetivo que siempre había planeado: matarme. Yo estaba preparado, fui más rápido y le disparé, sin dejarle margen de reacción.

El somnífero funcionó a las mil maravillas, porque pude someterlo a las mismas drogas que al Sr. Ricardo. Si me faltaba cualquier dato personal suyo, así lo conseguí. Luego, cuando ya no me servía, lo maté y lo arrojé a la misma antigua comuna, colmado de cal viva. Es durísimo matar a un padre, pero más lo es matar a un hermano y gemelo, pero en aquel acto había mucho de un paradójico suicidio para salvar mi vida.

A partir de ese día dejé de ser Antonio José y pasé a ser Javier. Aprendí a falsificar su firma, lo que resultó fácil, porque creo que de tanto estudiarlo e imitarlo acabé siendo bastante él mismo.

Sé que tarde o temprano todo este montaje se puede descubrir: por ejemplo, renovando un DNI pueden percatarse de que no coinciden las huellas digitales. Creo que sinceramente no me importa lo más mínimo. Soy el hombre más feliz y hago felices a mi abnegada esposa, Almudena, y a mi maravillosa amante, Cristina. No pondría la mano en el fuego de si ellas no se han dado cuenta del cambiazo. Si lo sospechan, se lo callan. Mis hijos me adoran: aceptaron de buen grado ciertos cambios en su padre, aunque de vez en cuando surge algún conflicto, aunque creo que son cosas de la edad. ¿Creen ustedes en las coincidencias? No sé si se pusieron de acuerdo, pero el mes pasado y el mía día, Almudena y Cristina me dieron la noticia de que estaban embarazadas. Yo les jurado que la vasectomía puede tener fallos y acabaron resignándose llenas de alegría cuando los médicos las tranquilizaron de que no tiene que pasar nada con la gestación de las cuarentonas, siempre que se extremen los controles y análisis pertinentes. Lo del mismo día, aunque sólo sea cuando me lo comunicaron, para mí son de esas casualidades y causalidades de la genética.

domingo, agosto 20, 2006

Trama 18 – El precio del exceso (1/3)

Octavio era el típico mujeriego que había desarrollado la patética estrategia de hacerse pasar por un hombre frágil y desvalido con el único objetivo de granjearse las simpatías de las mujeres, que, al sublimar su instinto maternal, quedaban atrapadas en las garras de aquel varón que sólo les ofrecía una fugaz relación pasional y el amargo sinsabor de la frustración consiguiente.

Todo este esquema de conducta cambió de manera radical cuando Emilia entró en su vida. Emilia era una muñeca, esplendorosa en el cuerpo y de cabeza tan lúcida —con la madurez que le otorgó el frustrado matrimonio con un niñato terrateniente de la comarca, además de Alba, su hija, una preciosa niña de ojos verdes— que nunca se hubiera interesado en un Octavio pelele. Emilia en Managua lo era todo; su boda en nada había menguado la riqueza paterna y ofrecía las mejores fiestas de la ciudad, donde eran invitadas toda la oligarquía local y las representaciones diplomáticas al completo. Cuando Octavio fue presentado a la anfitriona, su mundo vacuo del ilusorio esquema de coleccionador de mujeres se derrumbó por completo. La mera visión de Emilia la había elevado a objeto de deseo, en que cualquier otra parecería un débil espejo. Ese simple momento, le hizo vivir por primera vez la sensación de vértigo, de caer en el amor (y la expresión inglesa fall in love le recordaba machaconamente la caída en esa enfermedad). Emilia vio en Octavio, a lo largo del cortejo de aquel romántico ministro consejero de la Embajada de España, al amor de su vida. Aquel otro, lleno de atención y delicadezas, había despertado en ella la atracción física más violenta; pero Emilia aspiraba a descubrir en un hermético Octavio —y asumir el riesgo mutuo— los sentimientos y pensamientos íntimos. Por ello, decidieron amarse y sellar la relación con un matrimonio.

El embajador, Santiago, compañero de promoción de un brillante Octavio, en la escuela diplomática, reaccionó con la exageración de un desmesurado sadismo. Para intentar entender su conducta, alguien podría pensar que le movía la envidia hacia Octavio, una de las mejores cabezas del país, relegado a un puesto inferior en aquel destino, porque el actual ministro consejero no había apostado, como él, premiado como embajador, a mojarse políticamente por un partido, que para la desgracia de Santiago acababa de perder las elecciones generales. No, no era la simple venganza de alguien que observa el peligro inmediato de perder su cargo de confianza en el exterior para ir a parar a una embajada de inferior rango o al propio Ministerio en Madrid. No, tampoco era la rabia de la indiferencia y negativa de Emilia ante el torpe y descarado acoso de un embajador de España, lo que se mantuvo en el más estricto secreto, dada la discreción de una Emilia que sólo tenía ojos para su marido. Santiago, por su índole dañina, se había entrevistado con Ricardo, padre de Emilia, para contarle ciertos “rumores” de un depravado Octavio que aspiraba sólo a la riqueza familiar. Emilia borró de la cabeza de su padre cualquier huella de duda: Octavio quería a Alba sin reservas y además siempre él había insistido en el régimen de separación de bienes, porque el amor que los unía era la mejor riqueza.

Trama 18 – El precio del exceso (2/3)

Santiago, el embajador, descubrió, no obstante, el punto débil de Octavio: su inseguridad respecto a la esposa. Desconocedor de los sentimientos y pensamientos íntimos de Emilia, por primera vez en su vida, el ministro consejero se moría de celos. A Santiago, el embajador, le faltaba tiempo ante su inminente traslado y necesitaba urdir un plan rápidamente con la complicidad de Silvia, compañera de intrigas; con la complicidad del fiel e inamovible canciller, e incluso, con el apoyo logístico de los representantes del CSID. Santiago concibió el maquiavélico proyecto: introducir en la vida de Emilia a Mario, el consejero cultural, más joven, pero también compañero de promoción. Era cuestión de esperar un momento de debilidad entre aquella pareja forzada: Emilia y Mario.

Emilia sufría por los celos de su esposo. Esa sensación de sospecha constante le atenazaba, le oprimía, le ahogaba cualquier sensación de libertad. Le desesperaba la idea de un Octavio desconfiante de ella. En Mario, Emilia descubrió una amistad pura, una bocanada de aire fresco en donde verter sus sentimientos y pensamientos ocultos. Mario era un lector exquisito y a través de la pasión mutua por la literatura descubrieron la senda de una férrea intimidad. La ingenuidad emocional de Mario le hizo confundir los sentimientos, y aquella amistad pura la interpretó como una pasión irrefrenable. Intentó robarle a Emilia un beso y ese beso fue captado por las cámaras ocultas que se habían colocado en aquel despacho de la consejería cultural, con el acopio de esfuerzos y pericia profesionales de los servicios secretos de España en aquella Embajada. Ese beso, digitalizado en forma de fotografía, fue lo que recibió un desesperado Octavio. Éste no pudo observar la continuación de la “película”: una extrañada Emilia que reaccionaba hasta con violencia para desasirse de aquellos labios en sus labios; tampoco asistió a los lloros y al diálogo clarificador entre ambos.

Octavio recibió la fotografía de manos de su jefe y “amigo”. Esa fotografía cambió su existencia. A partir de ese día no intercambió una palabra al respecto, pero el secreto le agriaba el carácter, y su matrimonio se fue desmoronando. Por su parte, ya no quedaba el mínimo resquicio para intentar una sinceridad de pareja. La pasión irracional se le tradujo en un odio doloroso, que mantenía moribundo un matrimonio en sus fórmulas más convencionales, para salvar las apariencias y por el bien de Alba y del hijo que Octavio pretendía conseguir de Emilia.

La noticia del embarazo se vio empañada por un análisis ginecológico que detectó un tumor excesivamente desarrollado en volumen. Octavio recibió la noticia con una satisfacción interior, de castigo divino hacia su mujer, porque secretamente había dudado hasta de la paternidad del nuevo ser. El feto no quiso desarrollarse —lo que hubiera sido imposible e imprudente— y se produjo el aborto espontáneo. La biopsia confirmó lo peor: un cáncer de útero en avanzado proceso.

Las tandas de quimioterapia aceleraron el deterioro físico de Emilia: la pérdida de peso; la ridícula hinchazón de vientre, en un cuerpo esquelético; la caída de su linda caballera; sus pechos caídos; la piel estriada; las alergias; el cansancio; la fiebre crónica; los vómitos; la sed que le consumía, sin poder tragar líquido, aliviada con una gasa empapada en agua que le rozaba los labios. Ese deterioro físico culminaba su deterioro psíquico, sumida en una depresión que le succionaba cualquier fuerza e ilusión de superar la enfermedad.

Trama 18 – El precio del exceso (3/3)

Octavio vivía estos instantes como una victoria, amarga victoria, y quiso precipitar el final; no por compasión, para acortar el sufrimiento de su esposa, sino para vengarse definitivamente. Solos, en aquella habitación de una clínica privada de Madrid, Octavio, con todas sus fuerzas —que no hubieran sido necesarias— y con ayuda de una toalla, le tapó a Emilia la nariz y la boca. Ni el último momento de la asfixia, el último estertor de vida, mudó la actitud pasiva y resignada de Emilia, que le ofreció a Octavio como postrera despidida una sonrisa y una mirada de tierno agradecimiento. Su esposo, sumido en la locura, no pudo captar este detalle.

La enfermera de guardia nocturna descubrió la tragedia. Su rutinaria visita, ligeramente adelantada, le reveló la muerte de la paciente y a un marido estirado por el suelo, boca abajo, que apenas mantenía las constantes vitales. Una caja de somníferos vacía al lado de aquel hombre encendió la señal de alarma. El servicio de urgencias realizó un excelente trabajo y el lavado de estómago salvó a Octavio de la muerte segura.

El informe psiquiátrico posterior declaró el estado desquiciado del diplomático. Nunca se sabrá si fue la incompetencia pericial o cierta piadosa lástima hacia el desgraciado esposo, pero el certificado médico oficial atestó la muerte de la joven Emilia como parada cardiaca producida por una insuficiencia respiratoria, sin revelar indicio alguno de actitud criminal.

Meses después del incidente, una investigación del MAE ponía al descubierto una importante trama de desvío de dinero de la Embajada a las cuentas particulares de Santiago y del canciller de la Embajada de España en Nicaragua. Entre el material incautado aparecieron unas cintas que demostraban la actitud poco ética del ex embajador para utilizar los servicios del CSID como uso particular. Un amigo de Octavio, el propio Mario, superando la vergüenza del pasado, le hizo llegar una copia de la escena del despacho de Managua-

Octavio llegó a visualizar la cinta diez..., veinte..., treinta veces. Dentro de este comportamiento obsesivo, su cabeza, obnubilada por el odio de los celos y el remordimiento, fue ajustando las piezas de aquel complicado puzzle. Su visión parcial y equivocada acabó vislumbrando la realidad: la maldad hipócrita de Santiago y la ingenuidad de Mario para caer en aquella trampa. De la absurda competencia en la escuela del Paseo de Juan XXII, 5, del mundo de falsas apariencias y diplomáticas fintas y estoques de esgrima, sólo se salvaba la autenticidad de Emilia. Él era el responsable de su pérdida y no sólo por sus manos asesinas; porque la había perdido antes, al creer a los otros y no confiar en ella, y haberle negado hasta la palabra.

Aprender es de sabios. Y en ese momento pensó en la salida digna de un sabio estoico: abandonó su agnosticismo y el irracional apego a una vida que carecía ya de todo sentido. Llenó la bañera de agua tibia y la nueva sabiduría conquistada le trajo la frialdad necesaria para controlar las pasiones y el valor para cortarse las venas. Con el verdadero conocimiento, el propio y el de la pureza de Emilia, alcanzó lo blanco. El rojo de la pasión permaneció en la sangre, que fue tiñendo toda el agua. Y el azul iluminó la nueva fe de un encuentro en breve con el espíritu puro de Emilia.

sábado, agosto 19, 2006

Trama 19 – Ascenso (1/1)

Se llama Maki Kaji y tiene 54 años. Nació en Hokkaido, pero vive en Tokio. Con este último dato acabas confirmando la hipótesis de que estoy hablando de un japonés.

Su historia es el fascinante relato de una persona que se eleva desde lo más bajo y alcanza un lugar de preeminencia entre sus iguales.

Nadie habría dicho que aquel niño, hijo único, que se pasaba la mayor parte de su infancia encerrado en casa, incluso con llave, con la única visión del padre de espaldas, al marchar al trabajo, hoy en día estaría casado y tendría dos hijas, de 28 y 22 años, y viviría el éxito como empresario, presidente de la editorial Nicoli, con un estadio de autorrealización personal que sería el fruto de un hedonista disfrute de la vida y de un sano extrovertismo.

De niño quería ser escritor. Admiraba a un vecino del barrio, al novelista de éxito Hideo Kobayashi (juro que no he leído nada de él). No sólo eran su fama y sus libros, sino también la bonita casa en que habitaba lo que le atraía al adolescente Maki. Por ello, estudió filología; pero, de espíritu práctico, aprendió pronto que las letras no daban dinero y lo buscó en otros trabajos.

Como en los relatos de éxito, trabajó de albañil, soldador, camarero, limpiador de vagones de tren... trabajos duros que forjan carácter y que le hacen optar por la industria de la cultura, para convertirse en manager de músicos y cantantes, populares como Jun/Nene (tampoco conozco en absoluto la historia discográfica de Japón).

El antiguo sueño literario lo llevó a trabajar en una editorial y allí lo aprendió todo acerca de costes de producción, de diseños, de tintas, de papeles, de imprenta... Con 26 años, no obstante, compró una modesta revista de pasatiempos del sello norteamericano Dell y la lanzó con 500 ejemplares, lo que empezó como un fracaso, porque se olvidó de imprimir el precio y acabó malvendiendo la tirada entre los amigos.

Luego comenzó a venderla bien, a través de una tienda de juguetes de Osaka: crucigramas, laberintos, sopa de letras, criptogramas, diferencias... para el público japonés. ¿Cómo debe de ser un crucigrama en lengua japonesa, con 81 sílabas, más importantes que los fonemas o letras de las lenguas occidentales?

Trama 19 – Ascenso (2/2)

Editor de esa modesta revista de pasatiempos, junto con dos socios, su pasión era el juego. En 1984, se arruinó. Lo apostó todo en su caballo favorito, Nicoli. Pero Nicoli no llegó el primero y Maki Kaji, de vuelta a casa, en el tren, para intentar no pensar en su desgracia, sacó del bolsillo una pequeña y antigua revista norteamericana de pasatiempos (en las que buscaba nuevas ideas) y se puso a jugar. Y realmente se le pasó el tiempo del viaje sin darse cuenta, al concentrarse en un juego denominado en inglés numbrer place. Al llegar al despacho, se lo mostró a sus socios y la idea cuajó. Bautizo el “descubrimiento” como sudoku y registró el nombre. Sólo a un filólogo —y no sé si hay filólogos frustrados— se le pudo ocurrir este nombre, que es la abreviación silábica de sujiwa dokushinni kajiru, que vendría a decir algo así como ‘los números no pueden repetirse’. Con esos sudokus crearon una revista, que recibió el nombre de Nicoli, el caballo de carreras que llegó tarde; pero que la historia nos dice que llegó seguro.

De la popularidad de este pasatiempo en el mundo, no voy a gastar tiempo ni tinta. Debe de ser rarísimo el periódico que no lo incluya diariamente entre sus páginas. La historia demuestra cómo Maki Kaji es un triunfador, porque, si bien ya hubo una época en que resolvía sudokus de manera compulsiva, en escaso tiempo, e incluso mentalmente (porque el mejor jugador de sudoku es quien los crea), hoy en día ya no le interesan lo más mínimo. Algo así como el “buen” traficante de drogas (no confundir con “traficante bueno”) que es capaz de vender esa mierda sin consumirla (que sería como mancharse).

Advertencia: Toda relación con la realidad no es mera coincidencia, es realidad misma. Y además la historia la he plagiado descaradamente de la entrevista a Maki Kaji, que se reprodujo en la sección de “La contra”, en la contraportada de La Vanguardia, del viernes 11 de agosto de 2006.

viernes, agosto 18, 2006

Trama 20 – Caída

Hubo una época en que aún era un muchacho tímido e idealista. Con Ella, la primera, descubrió todo: el amor más puro, pero también el sabor agridulce de la venganza. Endureció sus sentimientos y aprendió a manipularla, a explotarla y descubrir la absurda atractiva sensación de anular a alguien como persona. Pasó factura a la indiferencia de aquella muchacha en los primeros tiempos de la relación, demasiado infantil Él y torpemente romántico, y de su odio no se escapó ni el propio suegro. Cuando supo ganarse su confianza, pues sólo vivía para su única hija, lo estafó vilmente con un tema de avales, para quedarse con todo el dinero. Coincidió su éxito económico con el nacimiento de su primogénita, en un matrimonio que hacía aguas y cuyas brasas de pasión se habían enfriado tiempo atrás y al que sólo sobrevivían las mezquinas hieles del odio y la venganza. Al observar aquel pedazo de carne que la Otra le asignaba como hija, no sintió el mínimo apego y decidió sumir a su esposa en la profunda miseria, llevándose todo el dinero y el patrimonio de aquella frustrada relación conyugal. Como mal menor para Él, la justicia —que no había evitado que arruinara al confiado suegro— le impuso el deber de una ridícula pensión hasta los veintiún años del inocente retoño.

Mientras amasaba una envidiable fortuna, ampliando sus influencias y prestigio públicos, repitió este mismo esquema con dos esposas más. Al principio las engañaba, sus artes de seductor, como lobo bajo piel de cordero, convertía a sus víctimas en presas fáciles para minar la frágil personalidad de las cónyuges. Se abrían unos años de insoportable convivencia, en los cuales buscaba Él el sexo —sin ningún disimulo— en los brazos de otras mujeres, y obtenía así el agridulce sabor de la victoria de la humillación de la esposa legal. Y de pronto, como ironía del destino, aparecía un embarazo fantasma y una nueva hija, y Él forzaba el divorcio y las leyes le exigían una pensión, que Él asumía como vulgar limosna, como ridículo precio para liberarse de aquella mujer que había logrado enterrar en el barro.

El tiempo pasó inexorablemente y su primera hija alcanzó los veintiún años. Instalado en una gloriosa cuarentena, de éxitos económicos que le permitían comprar a las mujeres que quisiera, quiso burlarse de su primera esposa. Ya había decidido que se haría cargo de los gastos de la Facultad de la muchacha, pero necesitaba crear el miedo en su primera mujer, el último zarpazo para erigirse acto seguido en un magnánimo ser.

Se citó a solas con la mujer de su primera hija y la insultó: parásita, vividora, has criado a la niña con mi dinero. Por ello, le comunicaba que dejaría de pagar la pensión de la hija, después de concluido el plazo legal.

Él sabía que esta amenaza constituía un último mazazo para aquella aniquilada mujer, que se había visto obligada a aceptar trabajos ínfimos para poder sobrevivir. Pero una gota final de orgullo hizo que, humillada ex esposa, sacase a la luz la terrible confesión:

—Tu hija no es tu hija.

No dio más pistas, ni frente a la reacción violenta de su ex marido, que intentó golpearla. La frialdad de aquel hombre, ahora arrebatado por la locura, le permitió pensar en que era absurdo exigir una prueba de paternidad para recuperar su dinero de esos veintiún últimos años. El fantasma de su esterilidad, que le acompañaba como idea obsesiva a lo largo de su vida, se le hincó dentro como una evidencia certera e irrefutable. Y en ese momento masticó el sabor del vacío y del fracaso de su existencia, el derrumbe de su elevada posición que ilusamente creyó haber escalado.

jueves, agosto 17, 2006

Opinión personal

Una de las experiencias más traumáticas para un profesor de ESO de lengua y literatura castellana es pedir la opinión personal sobre una lectura obligatoria. El nivel de frustración, después de leer sus trabajos, me sume en una depresión profunda y no exagero. Si exiges la entrega de trabajos en equipo, puedes tener la absoluta certeza de que un alumno (normalmente una) ha hecho el trabajo y el resto se ha limitado a añadir su firma. Si el trabajo es individual, todavía intentan probar al profesor que corrige y presentan trabajos idénticos (hasta en los fallos y faltas de ortografía). Se ha generado entre nuestros alumnos de ESO una compulsiva dependencia de Internet, que frena su originalidad y que invalida precisamente la opinión personal. Además de San Google, para todos nosotros, existe una página que recoge trabajos escolares y que lleva el sugestivo nombre, que lo dice todo, de “El rincón del vago” (ver aquí). La ley del mismo esfuerzo (y pensar que el profesor es tonto, aunque a veces nos lo hagamos) traiciona al alumno vago, como cuando pedí una opinión de 20 líneas y alguien se lo tomó tan al pie de la letra que recortó un texto colgado en Internet por un lugar sin punto en el original, exactamente en su vigésima línea.

El objetivo de pedir a un alumno una opinión personal de una lectura es una medida de control de lectura, aunque la lectura tendría que ser en la realidad una actividad placentera, una opción de vida, que emanase de la libertad y gusto del alumno.

Sea como fuera, hay respuestas típicas que no soporto y que son las siguientes:

1) Éste es el mejor libro que he leído en mi vida.
Me corroe la sospecha de que el alumno intenta meter la pelota o, por el contrario, es cierta su afirmación de que hacía años que no leía un libro.

2) Este libro me ha parecido muy interesante.
Cuando los adultos no se atreven a decir que la ropa de alguien es una horterada eufemísticamente afirman: ¡Uy, qué interesante!

3) Este libro está bien.
¿Y? ¿Por qué?

4) Este libro no está mal, pero podría mejorar.
Esta expresión es totalmente tautológica. Hay que enumerar razonadamente los puntos flojos del libro, si fuera el caso.

5) Este libro me parece una porquería: me he aburrido muchísimo con la lectura.
La provocación sólo admite como única respuesta no caer en ella.

6) No tengo criterios para poder evaluar el libro.
Aun reconociendo la sinceridad del alumno, me parece un exceso de cara dura como opinión personal

7) El libro estaba entretenido, pero yo le cambiaría el final.
Éste es el tipo de valoración que espero tener que puntuar un día, después de que el alumno realmente se ha tomado el trabajo de crear un nuevo final y que realmente enriqueciese su lectura.

sábado, agosto 12, 2006

Terminología

Ya he llamado alguna vez la atención sobre la importancia de la terminología. Un puñado de términos nuevos (neologismos como significantes y/o significados) justifica una nueva teoría, una disciplina, un área de saber e incluso una ciencia. Gran parte de los conflictos humanos son problemas semánticos de utilizar las misma palabras, pero otorgándoles significados distintos. Con la promulgación de la LOGSE (Ley Orgánica General del Sistema Educativo) entró en vigor la ESO y numerosas piezas lingüísticas nuevas (palabras y expresiones) para configurar esa nueva realidad. Los profesores sufrimos el aprendizaje de esos nuevos términos, en nuestras cabezas y nuestra propia piel. Quizá olvidamos ya hoy ese sufrimiento en un aprendizaje, que recuerda a veces el de una lengua extranjera compleja. Te hago la prueba, lector, con estos 10 conceptos.

1) Aula de acogida
2) Crédito
3) Desdoblamiento
4) Evaluación continua
5) Itinerario
6) Necesidades educativas especiales
7) Niveles
8) PEC
9) Tratamiento de la diversidad
10) Unidad de adaptación curricular.

No se admite ningún fallo. Si superas satisfactoriamente este sencillo test, bienvenido al club (¿o tendría que decir “bienvenido a nuestra logia masónica”?); porque si acertaste todos los conceptos sencillamente hiciste trampa: ya eres profesor, inspector o estudiante de Pedagogía. No te frustres, pues lo importante es intentarlo y, con el simple intento, ya “progresas adecuadamente”.

viernes, agosto 11, 2006

Otros frentes

Ser profesor de ESO te exige lidiar con otros colectivos, como son tus colegas (lo otros profesores) y... madres, padres y/o otros familiares (gente del AMPA, sin H). Si es duro ser profesor de ESO, mucho más lo es ser tutor de un grupo de ESO.

Suelo aprender más de una entrevista con padres (por utilizar el genérico: pues en este último curso mantuve entrevista con matrimonios —madre y padre—, el padre solo o, en más casos, con la madre sola) que de una clase maestra de la Facultad y me reafirmo en la expresión de que “la realidad supera la ficción”.

No pienso cansar (“rallar”) con el tema, pero voy a reproducir una anécdota acaecida durante el curso pasado, 2005-2006. Una madre, a través de su hijo y de su agenda (del hijo, claro), me pidió una entrevista con el objetivo de conocer mejor la marcha académica del alumno. El chico no era excesivamente problemático (aunque un tanto irregular) y consideré oportuno el poder recabar mayores informaciones. Ya en la presentación se me ocurrió preguntarle por esas cuestiones medio formales de si ella tenía más hijo, de dónde trabajaba o la profesión del marido. Al llegar a este punto, la madre de mi alumno zanjó con esta memorable fase: “Yo con el padre de mi hijo no me hablo”.

En esos me vino a la memoria el juego de palabra que equipara el “ex” con homófono “ecs” (interjección de asco y repulsión). Frege revolucionó la filosofía con la distinción de “sentido ~ referencia”. La referencia de “el padre de mi hijo” está perfectamente determinada, pero lo importante aquí es el sentido. Recordé también otra memorable frase de una abnegada madre al avisarla sobre el desastroso resultado de notas de su hijo: “Cuando lo sepa mi marido, lo mata”. Las expresiones “el padre de mi hijo” y “mi marido”, utilizadas en frases por la misma persona, constituirían el mismo referente. Como puede observarse el “cómo se dice” aporta significados diferente a lo “que se dice”. Una frase como “Cuando lo sepa mi marido, lo mata” implica una evidente hipérbole y, no porque no pueda existir un esposo y padre con tanto grado de violencia, sino porque normalmente del enunciado anterior se deriva que dicho esposo y padre ni se va a enterar de las notas de su hijo.

jueves, agosto 10, 2006

Es duro ser profesor de ESO

La afirmación que constituye el título de la entrada de hoy de mi blog es de aquellas verdades irrefutables, porque los alumnos de la ESO plantean la relación con sus profesores en términos bélicos: “a por él/ella, que es uno/una y cobarde”. El profesor (se entiende que también me refiero a las abnegadas profesoras, que además son mayoría en mi profesión), al entrar en el aula, es uno e indivisible; queda muy lejano el aura de autoridad y respecto de otras épocas, que permitan actitudes autoritarias y despóticas. La mala leche del profesor no suele dar resultados positivos y además te agria el carácter. En el fondo es un problema aritmético: un triste profesor frente a un grupo de alumnos en la edad del pavo. Es verdad que en el instituto un alumno llega a conocer hasta diez profesores distintos por trimestre; pero no son simultáneos sino de uno en uno. El profesor despótico y de mal genio, siempre que éste sea su verdadera índole, puede que tenga suerte en el control disciplinario de sus clases (mucho menos en el aprendizaje significativo, que sólo es fruto del placer del estudio); pero esa “suerte” sólo es posible porque los alumnos encuentran otros profesores “blandos” donde suelen descargar tensiones y dosis de sadismo. Si los alumnos plantean las clases como una guerra, donde el triunfo es humillar al profesor (hay muchas proyecciones psicoanalíticas extrañas ante la figura del profesor o profesora) y pasárselo bien, al profesor le vienen muy bien los consejos del arte que permite ganar batallas cuando se parte de inferioridad de condiciones: el arte de la estrategia. De mi experiencia docente y lingüística, uno de los trucos que más me funcionan es aprender su “lenguaje”. No sólo para captar el elogio (“El pavo ese, el profe de lengua, es un tipo enrollao”), sino cualquier tipo de emisión oral: “Profe, no nos ralle de nuevo”). Porque una de sus virtudes, la de sinceridad y espontaneidad, suele volverse contra ellos. Dominando su lenguaje, descifras sus mensajes codificados y puedes camuflarse entre sus filas. La experiencia de dar clases te lleva al conocimiento de una verdad absoluta: el grupo/clase constituye una amalgama de componentes heterogéneos. Cada alumno es un mundo. Después viene la suerte de que puedas traspasar esa burbuja o coraza individual. En el conocimiento del enemigo estriba la clave del éxito. La vulnerabilidad del alumno se basa, paradójicamente, en la diversidad absoluta de una treintena de alumnos que el azar ha etiquetado con un ordinal y una letra (1º D; 2º A, 3º C o 4º B). En esos momentos, el profesor de ESO se convierte en un psicólogo aficionado y “ataca” al alumno en su individualidad. Un día te enteras que aquella chica rebelde es una lectora compulsiva de Harry Potter y le pides como redacción alguna producción que haya colgado como fan-fiction. Para el grafitero empedernido le propones la lectura de un tal SCAT, alumno ficticio de 3º de ESO obsesionado por “hacerse un tren”, y ves cómo “flipa”, cuando nunca antes te hubiera abierto un libro. De aquí, de allá, a lo tonto, otro día uno de tus alumnos te dice al final de una clase: “Profe, has conseguido de nosotros con ese control con libro lo que ningún profesor antes: que durante una hora hayamos estado pensando”. En ese momento, me pareció alcanzar la gloria con mis manos y, atacado por un brote de síndrome de Estocolmo, llegué a pensar: “¡Es bonito ser profesor de ESO!

miércoles, agosto 09, 2006

La edad del pavo

Esta denominación popular sirve para etiquetar la etapa vital que vendría a corresponder con la franja de edad de la ESO, desde los doce a los dieciséis (12-16 años). El animal, en apariencia grotesco (con ese moco colgando), sirve para designar al preadolescente y al adolescente, en esa difícil etapa de cambios y contradicciones. Explicar el significado de la expresión puede resultar útil para algún lector; pero creo que pocos se han percatado que son los propios alumnos de la ESO, de lleno en la edad del pavo, los que acabaron utilizando “pavo” o “pava”, como genérico, sustituyendo al más anticuado “tío” y “tía”, que nuestros padres observaban como lo máximo en la escala de vulgaridad. La vitalidad de la lengua se observa en su uso. El llamado “argot juvenil” utilizado por mis alumnos, no sólo de la ESO sino también de bachillerato (y el término “joven”, con hijos de 40 y pico años en casa de los padres, se estira como peligroso chicle), está generado a partir de la lengua castellana o española. Ni los pocos (en términos estadísticos) que hablen catalán en su grupo pueden sustraerse de utilizar esas palabras en castellano, como “pavo” o “pava”. Hagamos la prueba y propongamos eliminar el barbarismo; mi propuesta es: (el/la) gall-indi. Hay una larga lista de términos en dinámica renovación y para el catalán no hay margen ni de asimilación por calco lingüístico, como máximo la pronunciación: He aquí una mínima muestra: chapar (‘cerrar’); comer un marrón (‘pagar el pato’); comerte el tarro (‘preocuparse’); enrollarse (‘comportarse’); flipar (‘gustar’); guay (‘positivo’); inflar la perola (‘preocupar’); ir de buen rollo (‘estar contento’); irse la olla (‘reaccionar de manera rara’); mangui (‘negativo’); molar (‘gustar’); pasarse cantidad (‘excederse’); petarse el culo [de risa] (‘desternillarse’); rallar (‘meter bronca’); taladrar (‘meter bronca’)...

Después de seis años sin alumnos de ESO o de Bachillerato, aprendí un significante nuevo “chuscar” (precisamente a raíz del programa de radio PAP y también aprendí la expresión “pinza malaya”). En el argot de la mili (ya dejo de ser obligatoria), un “chusco” era un panecillo que servían en las comidas en el cuartel, generalmente de consistencia dura. El “chusquero” era el militar “reenganchao”, aquel triste personaje que después del servicio militar decidía que su mejor futuro era seguir comiendo aquellos “chuscos”. Por una evolución semántica tenemos que el verbo “chuscar” viene a significar lo del catalanismo “cardar” (aquí sí que hay préstamo de catalán) o en castizo disfemístico: “follar”, con perdón.

A quienes afirmen que el español está perseguido en Cataluña (los mismos que sostienen que el “catalán” y “valenciano” son dos lenguas distintas o la inconstitucionalidad del Estatut de pa sucat amb oli recientemente refrendando en las urnas) yo les pediría que comprobasen qué hablan realmente los jóvenes de Cataluña, todos ellos, y no sólo, los que tienen la edad del pavo.

martes, agosto 08, 2006

Agendas (1/2)

Un día requisé la agenda de un alumno mío de la ESO. Me lo puso fácil, porque le avisé que prestara atención a mi ameno discurso didáctico, pero se puso a emborronar hojas de su diario escolar. El motivo real era mi curiosidad de saber qué escriben un hijo de ESO en ese collage, en que acaba convirtiéndose su agenda. No le dejé tiempo de reacción y cuando se quiso dar cuenta yo ya tenía en mi poder su apreciado libro de anotaciones. Hice callar su airado enfado, diciendo que ya me pensaría en devolvérsela o de entregar a la directora del centro o que quizá acabaría exigiendo que sus padres mantuvieran una entrevista para que la pudiera recuperar. Mentalmente analizó las opciones que le ofreció y optó por guardar silencio y forzada resignación.

En el Seminario (‘sala de los profesores de una especialidad’), la lectura de esa “prenda” no me desilusionó en absoluto, porque tuve acceso a mensajes íntimos, a tags que luego ensucian paredes del instituto...: una publicación llena de color, símbolos, de dedicatorias y... hasta poesías. Ante aquel hallazgo, que en el futuro podría servir para que el arqueólogo historiador tenga acceso a la compleja cabeza de una adolescente de los primeros años del tercer milenio, un dato me llamó profundamente la atención: la agenda, en vez de servir para anotar las fechas de exámenes y entrega de trabajos, sencillamente constituye el registro de sentencias, máximas, lemas, poesías que (¡horror!) nos las han robado de nuestra época de estudiante, para ellos, poco más que el Jurásico.

En nuestra época no había agendas, el libro de texto suplía esa función. Todavía me recuerdo de la poesía ripiosa que escribió en la primera página del libro de matemáticas el tipo menos dotado de coeficiente de inteligencia de la clase, un tal Matías, pero gracioso él y aficionado a contar chiste: «Virgen santa, virgen pura/ haz que apruebe esta asignatura». Al Sr. Álvaro este pareado anisosilábico le despertó una sonrisa de oreja a oreja, de manifiesto escepticismo, y me acuerdo que su irónico comentario, que —despojado de la cordialidad de la inteligencia— venía a decir que del suspenso no lo iba a salvar ni Dios.

Agendas (2/2)

Había otras joyas que rescaté del pasado. Para muestra, un botón: «Por ti iría al Polo Norte/ en camiseta de deporte», «Dime con quién andas/ y si está buena me la mandas», «La virginidad produce cáncer, vacúnate», «El mundo está en tus manos, lávatelas», «Más vale condón en mano/ que nueve meses y un enano», «Si los cerdos volaran, la sala de “profes” sería un aeropuerto», «“La vida es dura”, dijo una piedra», «Si te vas y me dejas,/ dímelo con las orejas». Abrumado por la nostalgia, mi cabeza se disparó hacia las cotas altas del lirismo “cursi”, como el del siguiente poema: «Si mi sangre fuera tinta / y mi corazón, tintero,/ con la sangre de mis venas/ te escribiría: “te quiero”»; las mismas que se alcanzan con estos versos “de” mi alumno: «Amor sin queso/ es como pizza sin queso». ¿Recuerdan lo de «nihil novo sob sole»? ¡Y yo que siempre pensé que fuimos originales! Aunque sólo una generación como la mía para ponerle letra al himno nacional español «Franco, Franco, que tiene el culo blanco, porque su mujer, lo lava con Ariel...» (canten, sin miedo, los primeros compases de esta famosa marcha militar con esta irreverentes palabras, porque hace mucho bien al espíritu). Yo tampoco conocía el programa de radio PAP (Prohibit als Pares), que siguen fielmente mis alumnos de ESO; pero “conocía” a Venus, su presentadora junto a Josep Lobato y Oriol Sàbat) en su fase de azafata de programa de TVE.

lunes, agosto 07, 2006

¿Yo, hijo de ESO? No, hijo de EGB (1/3)

La edad me delata. Hubo una época en que la escolarización obligatoria sólo llegaba a los 14 años. Concluida esa fase, desde 1º a 8º, podías obtener un simple “certificado”, que te abría las puertas al mundo laboral (traducción: la puta calle) o a una meritoria formación profesional (FP1), o, por el contrario, lograbas un “graduado”, que te permitía el acceso a cursar el bachillerato (BUP). No nos engañemos, la perversión del sistema tildó de burros a los “efeperos” (acabaron siendo los fracasados del sistema de educación básica), aunque ser “bupero” y acabar con una carrera, para trabajar de otra cosa o engrosar las listas del paro o desempleo también sirve para establecer la metáfora con los pobres animales que rebuznan. Era una época en que los tecnócratas del franquismo había elaborado una ley general de educación, que ponía fin al analfabetismo endémico y que lograba escolarizar a los tiernos retoños del llamado “boom demográfico”. Para los nostálgicos del dictador Franco (“Paquito” en la intimidad) puede constituir un motivo de orgullo el hecho de alcanzar tal hazaña, pero tengo la convicción casi absoluta de que la República, instaurada democráticamente en 1931, y que fue erradicada a golpe de un golpe de estado en 1936 (eufemísticamente bautizado como “Glorioso Alzamiento”) y una sangrienta guerra civil, hubiera conseguido esos objetivos de planificación educativa varias décadas antes. Puestos a hacer comparaciones, y para que no se me tilde de resentido, observo que un régimen dictatorial castrista (también castrense), en Cuba, logró muchísimo antes la meta de una educación generalizada y disfunciones que se viven actualmente, como la de un ingeniero o doctor que gana mucho más como taxista. Por favor, con ello que nadie interprete afinidades y simpatías con la revolución cubana: siento verdadera repulsión por los sistemas dictatoriales, que, sean del extremo que se quiera, acaban tocándose.

¿Yo, hijo de ESO? No, hijo de EGB (2/3)

Bueno, a lo que íbamos: soy hijo de EGB (‘Educación General Básica’), pero además, alumno de una triste academia de piso (otra de las consecuencias del llamado “boom demográfico”, que como hoy, por la avalancha de inmigración, hace que el Estado tenga que “concertar”, para cubrir la oferta obligatoria de educación básica, con centros de titularidad privada. Aunque hoy en día asisto con bochorno cómo en mi Comunidad autónoma dos centros del Opus Dei, “Pineda” (para niñas y adolescentes) y “Xaloc” (para varones) son concertados, centros que defienden la no coeducación por motivos educativos (¿?).

En esa academia, Academia Platero, “viví” casi ocho años de mi infancia. Para muchos de mis compañeros (pocas chicas) creo que fue una simple exigencia legal: educación general y básica; pero personalmente reconozco que fue muy útil en mi formación. Debo mucho a lo que aprendí entre esas cuatro paredes (y aulas) y ausencia de patio. Recuerdo con cariño a la señorita Paquita haciéndose cargo de un aula que aglutinaba tres niveles, 2º, 3º y 4º. ¡Y nos quejamos hoy de diversidad y masificación en las aulas! Este sistema podía traducirse en alguna tímida ventaja, porque de tanto oír repetir machaconamente las tablas de multiplicar y de ver cómo corregían los ejercicios los mayores, en 2º (y yo iba adelantado un curso, al cambiar de escuela y por la curiosa resolución de mi madre de enseñarme a leer en aquel verano anterior) acababas dividiendo por cuatro cifras. Recuerdo que el aula tenía un crucifijo. Supe luego el motivo de por qué no había retrato del Generalísimo. Recuerdo incluso haber empezado las clases con una oración (padrenuestro o avemaría) y también que teníamos que levantarnos y a coro saludar «Buenos días, señor director», cuando el aludido irrumpía arbitrariamente por la puerta en nuestras monótonas rutinas escolares. La señorita Paquita era lo que diríamos hoy una “figura”, una mezcla entrañable de benévola madre e severa institutriz, al mismo tiempo. Yo sufría unos celos enormes por Cortés, el chico más guapo y el preferido de la profesora. Señorita Paquita, ¿qué ha sido de ti? Ubi est? Si pudiera hablar con ella le confesaría un amor platónicamente lacerante. Le perdono que nos pegara con la regla, sí, sufrimos esa terrible muestra de corrector educativo (sin saberlo seguía los enfoques más científicos de la psicología educativa skinneriana de la época). Lo que nunca voy a olvidar (llevo clava una dolorosa espina desde entonces) es la alternancia brusca de la escena humillante de tener yo que ofrecerle la palma extensa de la mano derecha para recibir un golpe seco de regla y, acto seguido, por un impulso irracional e inexplicable, abrazó a Cortés y le propinó maternales besos. A la señorita Paquita —que vete a saber por qué me recuerda hoy un poco a la señorita Ofelia de Mortadelo y Filemón, por una extraña conexión de patrón erótico de una época de postguerra, que se deleitaba en la abundancia de carnes, pero inmensamente más guapas, de belleza y acento andaluces— le debo el superar mi posible complejo de Edipo, que además de con ella proyecté en mis tías. Fue ella, mi personalidad enamoradiza y las únicas cuatro chicas, en 4ª y 5º curso. Porque ella, sin saberlo, despertó en mi el placer del estudio y el espíritu competitivo. Nos disponía en fila en la pizarra y nos preguntaba la lección, los aciertos te permitían avanzar de puesto y ser incluso el primero de la clase. El premio era ése y algo más importante: el orden de preguntas fijaba el lugar donde te sentabas. A las chicas, cuatro, las ponía de dos en dos, en la primera y segunda fila, y sólo el primer y segundo chico tenían el privilegio de sentarse en la fila tercera, inmediatamente detrás del elemento femenino. Por este estímulo del estudio y otras tácticas que llegué a aprender, como tirar el lápiz o la goma y agacharme a recogerla, aprendí muchísimo de la braguitas de las niñas y evité futuras visitas al psicólogo.

¿Yo, hijo de ESO? No, hijo de EGB (3/3)

Perdonen este tono de diario en este blog y esta mi sinceridad ante recuerdos tan personales, que pocos conocen, tal vez el propio Cortés (Ubi est?), que solía acompañarme en esa posición privilegiada dentro de clase. Luego vino 6ª, 7ª y 8º y un esquema de aulas separadas y tres profesores que se turnaban matemáticamente: el área lingüística y artística, uno; el área de geografía e historia y también inglés, otro, y el Sr. Álvaro, para las matemáticas y las ciencias. A los tres les debo mucho, llegué a vivir de rentas en el instituto, y me hicieron amar los contenidos, procedimientos y actitudes hacia el estudio. No es que yo fuera el típico empollón, que de alguna manera lo podría ser, es que con ellos aprendí cosas que no volví a olvidar nunca (lo que la Reforma llamó “aprendizaje significativo”. A pesar de que me decanté por las letras en el instituto y acabé cursando Filología en la universidad, aún hoy podría defenderme muy bien con las fórmulas químicas, las valencias, los ácidos y bases, las sales, las reacciones... Supongo que al Sr. Álvaro le debo algo tan bello, como aprender a plantear problemas y ecuaciones. El placer de resolver un problema matemático lo equiparo (por compararlo a un placer que puedo apuntar siendo políticamente correcto) a la sensación de leer un buen libro. Ni la Srta. Paquita ni el Sr. Álvaro sabrán nunca el agradecimiento que les profeso. Como profesor siento pena de no conseguir con mis alumnos (aunque fuera con uno) lo que ellos hicieron de mí, lo que influyeron en mi desarrollo como persona. Hay una película basada en unos cuentos del gallego Manuel Rivas, “La lengua de las mariposas”. Hay una tierna descripción de la figura del maestro (con un final impactante). Pues, bien, el Sr. Álvaro, con un físico y fortaleza equinos, me recuerda el maestro de Moncho, en la película interpretado por un excelente Fernando Fernán-Gómez. Yo era muy pequeño, pero me imagino a mi profesor como maestro de la República, que llegó a sufrir, si no exilio, por lo menos prisión por ideas políticas. Por eso acabaría una mente tan brillante en aquella academia de piso que tenía crucifijos, pero no retratos del Caudillo. A él, Sr. Álvaro, especialmente va dedicado esta entrada de hoy de mi bitácora. Como alumno y profesor, me viene a la mente la extraña imagen de la belleza de una flor de cactus que florece entre los escombros de una guerra.

domingo, agosto 06, 2006

Medio caliente

A raíz de un manual de diseño de programas en radio* (yo diría “de radio”, para evitar el anglicismo), leo con bastante sorpresa una teoría de Marshall McLuhan que distinguía entre medios de comunicación “calientes” y “fríos”, en relación con el grado de participación que el receptor presta al emisor, según el soporte que se utilice. A este respecto, la radio ejemplificaría un medio caliente, porque la participación del público es baja y éste debe concentrarse en el mensaje radiofónico, que descansa exclusivamente en los sonidos, a través del canal auditivo. No sé si esta teoría convence a algún posible lector, pero a mí me causado bastante extrañeza. De hecho, estamos acostumbrados a ver programas radiofónicos, que ganan muchísimo (no sé si calor) en la medida en que el público toma protagonismo y parece no someterse a ningún guión preestablecido. Es más, de mi experiencia de oyente de radio, cada vez más observo (o escucho) en la radio que el medio asimila y se adapta a los tiempos, y, por tanto, programas fundamentados en la generosa participación de la audiencia. Esta teoría de la radio como medio caliente pudo causar verdaderas muestras de apoyo en la época en que Mc Luhan la formulaba (década de los 60). No en vano, me imagino que en aquellos tiempos la radio vivía momentos de máximo predicamento. Chocan, sin embargo, las connotaciones de “caliente” y “frío”.

Más acorde con mi concepción de esos términos, me permito sugerir que lo “caliente” de la radio es el poder sensual de la palabra. Yo nunca voy a creer aquello tan absurdo de «una imagen vale más que mil palabras». La imagen resulta algo inmediato, que rompe toda evocación y estímulo de la imaginación. Voy a formular una teoría que puede sorprender a algunos pero me atrevo a afirmar que el erotismo tiene un componente de cierto fetichismo y lo pornográfico tiene su exponente en la visión directa (en cine sería pornográfico un primer plano de unos genitales y mucho más erótico, dejarlos insinuados). El soporte de la radio es el sonido y éste es profundamente sensual porque entra por un sentido noble que estimula más, pues provoca que la imaginación tome rienda suelta. A pesar de esto, sabemos que hay gente que se excita, se “calienta” con el estímulo pornográfico. Si alguien me preguntase qué considero más sensual: la lengua oral o la lengua escrita, me pondría en un serio brete, porque, por coherencia con lo dicho hasta ahora, la lengua escrita (o lectura silenciosa, que es una “conquista” o moda, que triunfó en la época de San Agustín) es menos “directa” que la oral, sugiere mayor desafío para lo imaginativo. Sin embargo, me resulta evidente la sexualidad de lo oral (no es con malas intenciones que digo estas cosas), porque el sonido o fonema parece poseer una corporeidad casi táctil: las notas, ruidos y palabras parecen cosquillearnos. Esto sería mi modesta “teoría de las consonantes nasales”, para mí los sonidos o fonemas, que se articulan con el aire saliendo al mismo tiempo por la boca y fosas nasales, me despiertan un erotismo casi animal (si no estuviera utilizando una figura retórica cercana al oxímoron). Ya he hablado de mi preferencia de la lengua portuguesa para la práctica amatoria, por esas nasales que envuelven un ruido de fondo erótico. Supongo que el francés, por la misma hipótesis, también es una lengua erótica, aunque al hacer de abocinamiento de los labios un rasgo distintivo en la vocales creo que se pierde en seriedad (y se gana lo que se diría en portugués frescura).

En mi vida, llegué a publicar una obra donde se refleja la oposición entre lo erótico y pornografía: 25 sonetos descaradamente eróticos. Como puede observarse, más que valentía habría que acusárseme de temeridad, por aquello de meterme en camisa de once varas. Aunque los sexólogos afirmen: «El sexo está en el cerebro de las personas y no en sus zonas erógenas», yo diría que en materias de sexo resulta más placentero la práctica que no la reflexión intelectual. Dicho de otra manera, lo importante del sexo no es un determinado sentido sensorial que se estimule, sino vivir la experiencia artística total y simultánea de captar palabras, imágenes, olores, sabores y texturas.


* ORTIZ, Miguel Angel y VOLPINI, Federico, 1995: Diseño de programas en radio. Guiones, géneros y fórmulas. Ediciones Piados Ibérica, Barcelona. (Paidós Papeles de Comunicación, 11)



viernes, agosto 04, 2006

Cuando la lengua es un código secreto 1/2

Durante la Segunda Guerra Mundial, los americanos (leáse “estadounidenses de América del Norte”) combatieron contra los japoneses en el Pacífico, las comunicaciones se cifraban y descifraban con la SICABA (o M-143-C), máquina muy útil, pero enormemente lenta e incómoda. Los servicios secretos japoneses no lograban entender ningún mensaje, pero el precio que pagaban los que acabaron ganando la guerra era muy alto, pues como mínimo se requería 30 minutos y un despliegue de equipos mecánicos y de operadores: la seguridad de las transmisiones no se correspondía con la rapidez y movilidad de tropas que eran necesarias. Ante este problema surgió la solución del ingeniero Philip Johnston, quien de pequeño había crecido en una reserva navajo de Arizona. Supongo que pueden imaginar la ingeniosa propuesta: parejas de nativos navajo irían con cada batallón de combate para enviar y recibir mensaje en su propia lengua. El sistema resultó tan bueno que los operadores americanos no avisados llegaron a pensar que los propios japoneses estaban transmitiendo en la frecuencia del ejército americano.

Se pueden extraer innumerables moralejas de esta historia totalmente verdadera (hay muchas informaciones en Internet, aunque haya que saber inglés, por ejemplo: aquí). Una de ellas puede ser cómo la guerra cambia la realidad: antes de la guerra, se prohibía y perseguía la lengua navajo y a los niños los profesores de inglés les solían lavar la boca con jabón. ¡Menudo “recurso” de planificación lingüística! Con la guerra, utilizar la lengua navajo ayudó incluso a vencer batallas y especialmente a salvar vidas de compatriotas, de habla inglesa: sólo hay que pensar que lo que antes llevaba 30 minutos se realizaba en 20 segundos y esto no tiene precio en comunicaciones bélicas. [Pienso en las absurdas declaraciones de personas que en nuestros días afirman que la lengua castellana o española está perseguida en Cataluña y que la situación recuerda a la del catalán en época del franquismo. A ellos sí que les iría bien que les lavasen con jabón sus sucias palabras, por la tergiversación y provocación que pretenden crear. Y no sigo, porque se me enciende la sangre y nos quieren hacer olvidar la memoria histórica (alguien llegará a afirmar que el franquismo no pasó de un necesario y light despotismo ilustrado). Con el olvido que da el paso del tiempo, a Franco se le quiere resucitar en Europa, en ofensivas parlamentarias, aunque a veces con estrategias de imagen diferentes: los del PP, maquillando la historia, y el ultraderechista polaco Maciej Marian Giertych, con un elogioso discurso de alabanza del militar ferrolano y caudillo, por la gracia de Dios. (¡Que gracioso es a veces Dios! Si no tuviera miedo de caer en lo blasfemo, casi diría que este Dios debe de tener la gracia de la avispas, y no sigo!)]