Trama 3 – Persecución (1/3)
La vida es una alternativa: o persigues o te persiguen. Si eres mujer, juegas con el factor sorpresa, porque todos te presuponen de entrada una actitud vital de sumisión, de darte por vencida y de dejarte atrapar. Yo nunca renuncié a mi intelectualidad, a mi autoafirmación, a crear mis propias normas, a mi independencia económica, a mi formación y a mi éxito. Los hombres y las mujeres se descolocan al principio: te ven mujer y establecen la ecuación de que eres un ser débil, dependiente, capaz de comprender y auxiliar a todos, sacrificarte, ser modesta y compasiva. Cuando se dan cuenta de que mi índole resulta totalmente antitética, ya es tarde para ellos, que pasan a ser víctimas y pretenden huir en vano, pues el margen de ventaja se ha acortado tanto que mi aliento les alcanza la nuca. Soy mujer y descubrí mi verdadero valor y méritos: perseguir antes de que pretendan perseguirme. Aprendí a decir “no” y a sentir la atracción del poder. Yo sé lo que quiero y para conseguirlo no necesito en absoluto mostrarme dulce y desvalida; a mucho estirar, como simple disfrazar o camuflaje.Era muy joven cuando percibí que el éxito se medía en centímetros o en segundo. En una carrera de caballos la diferencia entre llegar primero o en segundo lugar se nos presenta excesivo. El primer caballo gana un premio de 15.000 € pero el segundo colocado recibe apenas la cantidad de 5.000 €. ¿Quiere esto decir que el caballo primero corre tres veces más rápido que el segundo en cruzar la meta? No, en absoluto: la llegada a veces resulta tan ajustada que los jueces recurren a observar con detenimiento la llamada photo-finished o visionan a cámara lenta, tras rebobinar las veces necesarias, el final de la filmación de la carrera. Esa diferencia mínima, esos centímetros o fracciones de segundos, marcan la verdadera diferencia. A la semana, además del dinero que recibieron los propietarios de los equinos, la gente suele recordar el nombre del caballo vencedor, pero al segundo se le reserva el triste olvido. Yo siempre quise ser caballo ganador. Podría decir “yegua ganadora”, pero reconocer que el éxito sólo esta reservado a los varones constituye una trampa mental de que conseguí liberarme hace muchísimo tiempo. Quien inventó la frase de que lo importante es participar debía de ser un frustrado perdedor que intentaba consolarse disfrazándolo todo de dulce altruismo y sentimientos de santa conformidad.
“Éxito” no hay que confundirlo con “felicidad” o “buenos sentimientos”; de hecho, diría que son conceptos incompatibles. La felicidad consiste en querer lo que se ha conseguido. Mi felicidad nunca será completa, desde el momento en que mi padre falleció y no lo voy a tener conmigo nunca más. Puedo bajar el listón de “lo feliz” a mi satisfacción por lo que poseo, al aceptarlo sin reservas. Para ser feliz creo que basta no tener remordimiento y una conciencia tranquila que te permita dormir a pierna suelta. Las personas confunden, sin embargo, “éxito” con “felicidad”. Se pasan la vida afirmando que serán felices cuando sean mayores, cuando se licencien, cuando se casen, cuando los niños nazcan, cuando éstos se saquen la carrera, cuando nazcan los nietos, cuando llegue la jubilación… No y mil veces no. “Éxito” es conseguir lo que queremos. Si el éxito me hace feliz se vuelve una cuestión personal. Pretendo y ansío el éxito y me importa un bledo si al conseguir lo que quiero soy realmente feliz o si los demás me ven como un ser egoísta y despiadado.


1 Comments:
Profesor José Antonio, tú eres bárbaro.
Publicar un comentario
<< Home