Trama 1 – Búsqueda (3/3)
Mi búsqueda ha resultado infructuosa. Nunca volví a tener noticias de mi padre, ni el mínimo rastro. Descubrí que mi tío había muerto en un campo de concentración nazi a través del libro de Montserrat Roig. Mi madre, orgullosa, nunca quería que sacase el tema de la guerra, y mucho menos de que se mencionase a mi padre. Ella no tuvo coraje ni de leer el libro que le regalé. Sin embargo, algo debía de saber de la muerte de su hermano porque conocía yo que mi madre estuvo recibiendo cartas de mi tío, hasta una última en que enigmáticamente le decía que no sabía él si iba a poder escribir más. Sé que debió de llorar toda la noche, por las ojeras que le noté a la mañana siguientes, y presencié que en un arrebato de furia quemaba las cartas del hermano en la barbacoa de nuestra torre de Comarruga, donde pasábamos unos días de vacaciones. Ya sé que es una aprensión mía, pero aquella carn de xai que Andreu asó en aquellas brasas (porque mi marido todavía vivía entonces) amargaba un poco.Quiso la ironía del destino que yo me casase con un fotógrafo. Yo ya no era una cría y a mis 26 años, en 1945, contraje matrimonio con Andreu en la iglesia Santa Maria de Sants, entonces en la Plaza de Málaga, en la misma iglesia cuya entrada y vestíbulo vimos arder la madrugada del 20 de febrero de 1936 mi madre y yo, cuando ya vivíamos hacía años solas, sin mi padre. Mi esposo era siete años mayor que yo. Trabajábamos antes juntos (nuestro festeig fue muy extraño) con nuestra cámara de gran formato Mampel, de madera y sin obturador, así como con la ampliadora horizontal con fuelle que compramos posteriormente. Ahorramos lo suficiente para casarnos y montar el estudio en la Creu Coberta. El negoció marchó sobre ruedas especialmente por la localización, dada la proximidad geográfica con respecto a la Policía de Plaça Espanya, y por el tema de los documentos de identidad y pasaportes.
Mi nieto Jordi, especialista en la última fotografía digital, continuará el negocio de familia, más en lo comercial, no tan preocupado por el toque artístico atribuido a mi esposo y que a mí se me ha negado, porque lo mío era atender tras el mostrador de la tienda. No obstante, guardo un secreto: a lo largo de estos años de profesión he ido salvando en un baúl enorme la mayoría de fotografías de tipo carnet que las personas se han tirado en el estudio. Dejé de frecuentar la tienda cuando la gente se decantó por las máquinas automáticas de retratar. Si mi madre estuviera viva, habría considerado absurda mi costumbre y en uno de sus arrebatos le hubiera calado fuego a las fotos y al baúl. Lo que me ha costado años recopilar (alguien podría decir “acumular”) ardería en cuestión de minutos. Cada rostro fotografiado es un mundo, es una historia, un enigma que invita a ser descifrado. Después de la búsqueda infructuosa de mi padre, también fracasé en la búsqueda de intentar congelar el tiempo. Una fotografía es un desperado intento de los seres humanos por parar el tiempo, pero el tiempo fluye y nuestra acción resulta tan vana como querer contener un océano o asir en nuestras manos toda la arena de un desierto. A mis 88 años, la vida me trajo de todo: con mi vejez, la torpeza en el andar y dolores en el cuerpo; pero no ha disminuido en lo más mínimo la lucidez de mi cabeza. Sólo sé que quiero vivir. Seguiré buscando, porque la búsqueda, aunque no obtenga frutos, me mantiene viva. Esta primavera, lluviosa y fría, se levanta hoy radiante. Recuerdo. Escribo. Quiero vivir un año más, y más, aunque es doloroso percatarse que los otros se empeñan en dejarte sola.
No quiero mi muerte, aunque quizá sea la única estrategia de parar el tiempo.
Rosa Alibés, viuda de Pla
14 de abril de 2007


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