lunes, junio 11, 2007

Trama 4 – Rescate (1/2)


Érase una vez un pequeño reino surgido, siglos después, a raíz de la descomposición del Imperio romano. Un caudillo germánico había conseguido someter, por derecho de guerra, a un puñado de súbditos, y aseguraba su poder como un señor más a quien otros señores le habían jurado vasallaje. Con el paso del tiempo, el envejecido rey fue mostrando una actitud cada vez más despótica. Había quien opinaba que se le venía agriando el carácter por el hecho de no tener descendiente varón. Del derecho de pernada y de su fogosa juventud a la caza de campesinas, abadesas y señoras casada (fue un entusiasta seguidor, avant la lettre, de la teoría del “amor cortés”), se le atribuía un ejército de bastardos, a quienes de alguna manera beneficiaba materialmente, a modo de reconocimiento público); No obstante, su única descendencia legítima era la más tierna criatura: una bellísima y delicada hija, que permanecía soltera con dieciséis años a la espera del mejor matrimonio. La pena del rey estribaba en que su hija nunca le sucedería en el trono. Las leyes de su pueblo dejaban claro que sólo los varones podían gobernar, y en ese caso fijaban que el hermano del monarca o el primogénito varón de éste si ya fuese mayor de edad tendrían el derecho de llevar la corona. Quien no podría ser investido rey sería el mayor de sus sobrinos, aunque legalmente le correspondiera el trono, pues, guiado por sentimiento de rebeldía e incluso imitando las tácticas del rey, había roto la fidelidad a su señor feudal y tío, y competía con el otro reino, separados por un valle y unas tierras yermas, tras otras montañas próximas. La fama de ese intrépido y temerario muchacho se forjaba por la leyenda de que había pactado con el demonio. Hubo muchos que afirmaron y juraron por lo más sagrado que lo habían visto convertirse en una serpiente alada con la capacidad de volar y escupir llamaradas de fuego por la boca. Fuera o no cierto esta superstición, pasó a ser conocidos por todos como “Dragón”. El poder de Dragón era tan evidente que su tío se había visto en la necesidad vergonzosa de aceptar que cada mes, coincidiendo con la luna llena, se le tendría que entregar a una bella adolescente virgen. Nadie sabía que destino se le reservaba a aquel harén personal. El hermano del rey sentía la mayor de las afrentas, pues su hijo mayor, declarado en rebeldía, aspiraba a someter al reino gobernado por su hermano. Por desgracia, no podían contar con su hijo menor, Jorge, aficionado a los libros y ajeno a todo espíritu de guerra. La princesa estaba enamoradísima de su primo Jorge. Su padre, el rey, le decía que aquel destripaterrones (porque a Jorge le encantaba hacerse cargos de las tierras paternas) nunca conseguiría gobernar algo más que la pareja de bueyes en el arado. La delicadeza del muchacho —quien, de haber podido escoger, hubiera elegido la opción del monasterio— no resultaba indiferente a los ojos de la infanta. Él la amaba con pasión, pero evitaba disgustar a su tío después de la salida de tono de su hermano.

Quiso el destino que la princesa descubriese que su padre engañaba al Consejo, pues sobornaba a sus hombres de confianza para que éstos retirasen el nombre de su hija antes del sorteo de la sacrificada para Dragón. Dentro de palacio, ella pudo convencer a los de su guardia personal para que en aquellos pergaminos doblados sólo apareciese su nombre. El sentimiento de justicia de la joven la obligaba a pagar los excesos de su padre. No le importaba morir ni sentía el menor miedo: de pequeña jugaba con sus primos, y también con el que ahora llamaban Dragón. Ella sentía la sensación de rabia y las ganas de resarcir a las chicas que la habían precedido.

Cuando el rey supo que salía el nombre de su hija, entró en una enfermedad que lo llevaría más tarde a la muerte. Fue en ese momento cuando el rey descubrió cuán importante era su hija para su vida. ¿De qué le importaba que su hija nunca hubiera gobernado, salvo por casamiento, si ahora se le hacía evidente el vacío de ella en su existencia: el báculo de su vejez, la alegría de la casa? Delante de sus consejeros, no se atrevió a contradecir su mala suerte: perdería a su hija, como había perdido a las jóvenes de su reino que habían sido abandonadas a la suerte del tan sanguinario Dragón. Entró en el mayor de los desesperos y, comiéndose el orgullo, se dirigió a Jorge:

—Jorge, sobrino, vos sois el único que podéis salvar a mi hija. Os la ofrezco en matrimonio (os concedo mi mano y mi bendición), si lográis borrar la sombra de vuestro hermano de la faz de la Tierra.

—Querido tío y mi rey, yo amo a vuestra hija como si fuera yo mismo, pero no puedo casarme con ella, porque Dios me ha llamado para que lo sirva de otro modo. Salvaré a mi prima, pero dejadme cumplir la misión que mi Dios me dicta. Antes, sin embargo, nombradme caballero, y rezad por mi alma.

Veló las armas aquella noche de luna llena y en ceremonia sencilla y rápida, por la premura de tiempo, fue investido caballero.

Nuestro héroe quiso recibir el consejo del mago, en realidad, un ermitaño que habitaba las tierras yermas, entre los dos reinos en disputa. Para su sorpresa, el eremita, quien había abrazado su fe (y única verdadera), le obligaba a permanecer en aquellas montañas cercana, dentro de un cueva, durante siete día y siete noches. En un de sus sueños descubriría donde se encontraba la lanza, que sólo a él se le reservaba, para que diese muerte al tirano que tenía encerrada a la princesa en la torre del homenaje de su castillo,.

Siete días con sus respectivas noches resultan insignificantes para alguien que pretende alcanzar la inmortalidad del alma con aquella gesta. Para amenizar esa espera, ayunó y purificó su alma con oraciones a su Dios. Cuando su alma quedó limpia de cualquier impureza, un reparador sueño lo venció. En un sueño, poblado de imágenes, supo que el destino le tenía reservado una lanza invencible y un veloz corcel blanco, en las entrañas de la tierra.

—Cuando desclaves la lanza, el más puro, en apariencia, manantial brotará de la roca, pero no puede beber ni una gota de esa agua, pues te conduciría a los Infiernos —escuchó en sueños.