Agendas (1/2)
Un día requisé la agenda de un alumno mío de la ESO. Me lo puso fácil, porque le avisé que prestara atención a mi ameno discurso didáctico, pero se puso a emborronar hojas de su diario escolar. El motivo real era mi curiosidad de saber qué escriben un hijo de ESO en ese collage, en que acaba convirtiéndose su agenda. No le dejé tiempo de reacción y cuando se quiso dar cuenta yo ya tenía en mi poder su apreciado libro de anotaciones. Hice callar su airado enfado, diciendo que ya me pensaría en devolvérsela o de entregar a la directora del centro o que quizá acabaría exigiendo que sus padres mantuvieran una entrevista para que la pudiera recuperar. Mentalmente analizó las opciones que le ofreció y optó por guardar silencio y forzada resignación.En el Seminario (‘sala de los profesores de una especialidad’), la lectura de esa “prenda” no me desilusionó en absoluto, porque tuve acceso a mensajes íntimos, a tags que luego ensucian paredes del instituto...: una publicación llena de color, símbolos, de dedicatorias y... hasta poesías. Ante aquel hallazgo, que en el futuro podría servir para que el arqueólogo historiador tenga acceso a la compleja cabeza de una adolescente de los primeros años del tercer milenio, un dato me llamó profundamente la atención: la agenda, en vez de servir para anotar las fechas de exámenes y entrega de trabajos, sencillamente constituye el registro de sentencias, máximas, lemas, poesías que (¡horror!) nos las han robado de nuestra época de estudiante, para ellos, poco más que el Jurásico.
En nuestra época no había agendas, el libro de texto suplía esa función. Todavía me recuerdo de la poesía ripiosa que escribió en la primera página del libro de matemáticas el tipo menos dotado de coeficiente de inteligencia de la clase, un tal Matías, pero gracioso él y aficionado a contar chiste: «Virgen santa, virgen pura/ haz que apruebe esta asignatura». Al Sr. Álvaro este pareado anisosilábico le despertó una sonrisa de oreja a oreja, de manifiesto escepticismo, y me acuerdo que su irónico comentario, que —despojado de la cordialidad de la inteligencia— venía a decir que del suspenso no lo iba a salvar ni Dios.


3 Comments:
Esta reflexión me ha hecho cambiar un tanto mi manera de pensar hacia la educación española pues en mi santa inocencia pensaba que en España los alumnos no tenían el diablo en el cuerpo y se dedicaban de cuerpo y alma a las clases, facilitando la vida del profesor. Sin embargo, veo que el sistema no es exactamente así y todos los problemas que enfrentamos aquí en Brasil son prácticamente los mismos que de allí. En suma, creo que puedo lanzar la siguiente elucubración: "personajes iguales en escenarios distintos".
Yussef Ayan
Yussef,
Tu comentario, que el autor no se ofenda, fue importantísimo. Aquí en Brasil pensamos que las escuelas en España son como un cuento. Y cuando leemos o escuchamos, vemos que no lo es. La realidad también es dura. Creo que la gran diferencia seria la estructura material. Aqui tenemos muchos problemas con los materiales (por lo menos en las escuelas públicas) y lo que creo es que allá no pasa lo mismo.
Professor José Antonio,
Como se sabe, os problemas ligados à educação pública no Brasil são significativamente mais sérios: altas taxas de reprovação, evasão, oferta limitada de vagas, além, é claro, da indisciplina dos alunos em sala de aula.
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