Trama 17 – Descubrimiento (3/5)
Le conté que debía de ser medio día cuando me había despertado en un sucio cuarto, que no recordaba haber visto antes, y que en un armario estaba la ropa que llevaba puesta, que no había nadie y que empecé a andar por la calle.
—¡Pues es verdad! Ya me extrañaba a mí que no me llamaras en tres semanas. Yo también tengo mi orgullo, ¿sabes? Además estás como un palillo y esa ropa hortera no es tuya. Tú siempre tuviste buen gusto (este comentario no fue totalmente de mi agrado). Bueno, pues… nada, ahora te acompaño y te dejo con tu Almudena.
—No quiero ir a casa, quiero estar contigo… Lo siento, pero no tengo dinero.
Y las medias verdades triunfaron y aquella despampanante mujer me llevó a un hotel de lujo y reservó una suite maravillosa.
Estuvimos una hora vestidos y yo, recabando toda la información del tal Javier. Ella era Cristina, su amante de toda la vida, casada; llamó a su marido por el móvil para decirle que llegaría tarde, que estaría con fulanita. Llamó a fulanita para decirle que estaba con Javier y lo acordado de otras veces. Me proporcionó datos y fechas. Yo —bueno, el tal Javier— estaba casado con Almudena; tenía dos hijos, adolescentes, una parejita. Me “recordó” mis dos apellidos compuestos y, con la contraseña, la dirección de la cuenta de correo electrónico que ella y Javier habían creado en común. Yo iba anotando como un loco en el bloc de notas del hotel (con el bolígrafo de propaganda del mismo) hasta que, pasada una hora, sentí tanto cansancio que le dije:
—Quiero tomarme un baño.
Llené la bañera (¡por fin una bañera!), un monumental jacuzzi con agua a deliciosa temperatura. Me hubiera demorado más, pero quería volver con Cristina. Nunca me he sentido más limpio en mi vida, sin dinero y con remordimientos de estar engañando, pero limpio de cuerpo. Mi cabeza era la que estaba sucia, imaginando las “cositas” que iba a realizar con esa Cristina caída del cielo. Entré en el cuarto, con la espada (metafórica) dispuesta a matar; aunque aquella hembra era mucha pieza para un “torero” como yo. Creo que me funcionó la estrategia de dejarme ir, de liberarme de cualquier pensamiento para concentrarme en la “faena”. Mi forzada abstinencia y que realmente estaba enamorado (o encoñado) de Cristina me hicieron alcanzar cotas de perfección en nuestra actuación gimnástico-amatoria que nunca hubiera ni imaginado. El toro es figura femenina porque sus cuernos recuerdan a la Luna y yo, matador, me sentí Sol en aquellas horas que estuvimos juntos. Y el eclipse se tradujo en un final de perfección: su victoria por goleada, exhausta en sus orgasmos. Si Cristina hubiera sido hombre (varón) hubiera exclamado: «¡Ha sido el mejor polvo de mi vida!», pero se limitó a declararme:
—Nadie, ni tú mismo antes, me había hecho el amor como tú esta tarde.
De pronto, soltó una carcajada.
—¡Claro, el tramposo de Javier! Olvida la memoria, pero no se olvida del Viagra, como últimamente.
En esos momentos me salió el siguiente piropo de chulo barato:
—Para Viagra, me bastan tus besos.
La besé apasionadamente. Muchas veces he imaginado que mi miembro viril posee vida propia, porque entonces, a pesar del trote dado, como por arte de magia, después del beso, Cristina pudo comprobar una traviesa erección entre sus delicadas manos. Acto seguido reaccionó:
—¿Dónde vas, fiera? No puedo más, creo que con tanta fricción voy a tener una cistitis para toda la semana. Además, te tengo que llevar a tu casa, porque sería bueno que te visitara un médico.
—No quiero ir a casa. Yo quiero quedarme contigo, toda mi vida —interrumpí.
En ese momento nos abrazamos entre lágrimas dulces, embriagados de felicidad y tristeza. Ella, quizás pensando que a lo largo de tantos años, por primera vez, Javier era suyo, totalmente suyo. Yo sólo pensaba en Cristina como la mujer de mi vida.
—Bueno tengo que marcharme. “Recuerda” que yo también tengo esposo y dos hijitas —añadió mientras se secaba las lágrimas.
—Secuéstrame en este hotel. Ven cada día a verme. Yo dejo todo mi pasado por ti —de nuevo me atreví a declarar, con la fuerza de la verdad absoluta de mis deseos y sentimientos.
—Está bien. Mañana a las cuatro estaré aquí. Si no recuperas la memoria del todo, iremos al médico, que te hagan un escáner: quizás has sufrido un accidente o te han golpeado para poderte robar. Eso puede ser peligroso.
En el jacuzzi cupimos los dos. Ella comentó que tenía que pasar aún por casa de fulanita para quietarse el perfume de aquel gel de espuma. Se vistió con elegancia, despertando mi deseo, y cuando se disponía a salir, se acordó de dejarme dinero en efectivo.
—Lo siento; no tengo más suelto: sólo 300 €.
Solo me acuerdo de esa imagen mientras me introducía entre las sabanas de la amplia cama de matrimonio. Todo momento de máxima felicidad tiene una sintonía que lo acompaña. Al cerrar los ojos, por el cansancio de mis excesos amatorios, la notas alegres de “I’m just a gigolo” me acunaron en el más reparador de los sueños.
—¡Pues es verdad! Ya me extrañaba a mí que no me llamaras en tres semanas. Yo también tengo mi orgullo, ¿sabes? Además estás como un palillo y esa ropa hortera no es tuya. Tú siempre tuviste buen gusto (este comentario no fue totalmente de mi agrado). Bueno, pues… nada, ahora te acompaño y te dejo con tu Almudena.
—No quiero ir a casa, quiero estar contigo… Lo siento, pero no tengo dinero.
Y las medias verdades triunfaron y aquella despampanante mujer me llevó a un hotel de lujo y reservó una suite maravillosa.
Estuvimos una hora vestidos y yo, recabando toda la información del tal Javier. Ella era Cristina, su amante de toda la vida, casada; llamó a su marido por el móvil para decirle que llegaría tarde, que estaría con fulanita. Llamó a fulanita para decirle que estaba con Javier y lo acordado de otras veces. Me proporcionó datos y fechas. Yo —bueno, el tal Javier— estaba casado con Almudena; tenía dos hijos, adolescentes, una parejita. Me “recordó” mis dos apellidos compuestos y, con la contraseña, la dirección de la cuenta de correo electrónico que ella y Javier habían creado en común. Yo iba anotando como un loco en el bloc de notas del hotel (con el bolígrafo de propaganda del mismo) hasta que, pasada una hora, sentí tanto cansancio que le dije:
—Quiero tomarme un baño.
Llené la bañera (¡por fin una bañera!), un monumental jacuzzi con agua a deliciosa temperatura. Me hubiera demorado más, pero quería volver con Cristina. Nunca me he sentido más limpio en mi vida, sin dinero y con remordimientos de estar engañando, pero limpio de cuerpo. Mi cabeza era la que estaba sucia, imaginando las “cositas” que iba a realizar con esa Cristina caída del cielo. Entré en el cuarto, con la espada (metafórica) dispuesta a matar; aunque aquella hembra era mucha pieza para un “torero” como yo. Creo que me funcionó la estrategia de dejarme ir, de liberarme de cualquier pensamiento para concentrarme en la “faena”. Mi forzada abstinencia y que realmente estaba enamorado (o encoñado) de Cristina me hicieron alcanzar cotas de perfección en nuestra actuación gimnástico-amatoria que nunca hubiera ni imaginado. El toro es figura femenina porque sus cuernos recuerdan a la Luna y yo, matador, me sentí Sol en aquellas horas que estuvimos juntos. Y el eclipse se tradujo en un final de perfección: su victoria por goleada, exhausta en sus orgasmos. Si Cristina hubiera sido hombre (varón) hubiera exclamado: «¡Ha sido el mejor polvo de mi vida!», pero se limitó a declararme:
—Nadie, ni tú mismo antes, me había hecho el amor como tú esta tarde.
De pronto, soltó una carcajada.
—¡Claro, el tramposo de Javier! Olvida la memoria, pero no se olvida del Viagra, como últimamente.
En esos momentos me salió el siguiente piropo de chulo barato:
—Para Viagra, me bastan tus besos.
La besé apasionadamente. Muchas veces he imaginado que mi miembro viril posee vida propia, porque entonces, a pesar del trote dado, como por arte de magia, después del beso, Cristina pudo comprobar una traviesa erección entre sus delicadas manos. Acto seguido reaccionó:
—¿Dónde vas, fiera? No puedo más, creo que con tanta fricción voy a tener una cistitis para toda la semana. Además, te tengo que llevar a tu casa, porque sería bueno que te visitara un médico.
—No quiero ir a casa. Yo quiero quedarme contigo, toda mi vida —interrumpí.
En ese momento nos abrazamos entre lágrimas dulces, embriagados de felicidad y tristeza. Ella, quizás pensando que a lo largo de tantos años, por primera vez, Javier era suyo, totalmente suyo. Yo sólo pensaba en Cristina como la mujer de mi vida.
—Bueno tengo que marcharme. “Recuerda” que yo también tengo esposo y dos hijitas —añadió mientras se secaba las lágrimas.
—Secuéstrame en este hotel. Ven cada día a verme. Yo dejo todo mi pasado por ti —de nuevo me atreví a declarar, con la fuerza de la verdad absoluta de mis deseos y sentimientos.
—Está bien. Mañana a las cuatro estaré aquí. Si no recuperas la memoria del todo, iremos al médico, que te hagan un escáner: quizás has sufrido un accidente o te han golpeado para poderte robar. Eso puede ser peligroso.
En el jacuzzi cupimos los dos. Ella comentó que tenía que pasar aún por casa de fulanita para quietarse el perfume de aquel gel de espuma. Se vistió con elegancia, despertando mi deseo, y cuando se disponía a salir, se acordó de dejarme dinero en efectivo.
—Lo siento; no tengo más suelto: sólo 300 €.
Solo me acuerdo de esa imagen mientras me introducía entre las sabanas de la amplia cama de matrimonio. Todo momento de máxima felicidad tiene una sintonía que lo acompaña. Al cerrar los ojos, por el cansancio de mis excesos amatorios, la notas alegres de “I’m just a gigolo” me acunaron en el más reparador de los sueños.


0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home