Trama 18 – El precio del exceso (3/3)
Octavio vivía estos instantes como una victoria, amarga victoria, y quiso precipitar el final; no por compasión, para acortar el sufrimiento de su esposa, sino para vengarse definitivamente. Solos, en aquella habitación de una clínica privada de Madrid, Octavio, con todas sus fuerzas —que no hubieran sido necesarias— y con ayuda de una toalla, le tapó a Emilia la nariz y la boca. Ni el último momento de la asfixia, el último estertor de vida, mudó la actitud pasiva y resignada de Emilia, que le ofreció a Octavio como postrera despidida una sonrisa y una mirada de tierno agradecimiento. Su esposo, sumido en la locura, no pudo captar este detalle.La enfermera de guardia nocturna descubrió la tragedia. Su rutinaria visita, ligeramente adelantada, le reveló la muerte de la paciente y a un marido estirado por el suelo, boca abajo, que apenas mantenía las constantes vitales. Una caja de somníferos vacía al lado de aquel hombre encendió la señal de alarma. El servicio de urgencias realizó un excelente trabajo y el lavado de estómago salvó a Octavio de la muerte segura.
El informe psiquiátrico posterior declaró el estado desquiciado del diplomático. Nunca se sabrá si fue la incompetencia pericial o cierta piadosa lástima hacia el desgraciado esposo, pero el certificado médico oficial atestó la muerte de la joven Emilia como parada cardiaca producida por una insuficiencia respiratoria, sin revelar indicio alguno de actitud criminal.
Meses después del incidente, una investigación del MAE ponía al descubierto una importante trama de desvío de dinero de la Embajada a las cuentas particulares de Santiago y del canciller de la Embajada de España en Nicaragua. Entre el material incautado aparecieron unas cintas que demostraban la actitud poco ética del ex embajador para utilizar los servicios del CSID como uso particular. Un amigo de Octavio, el propio Mario, superando la vergüenza del pasado, le hizo llegar una copia de la escena del despacho de Managua-
Octavio llegó a visualizar la cinta diez..., veinte..., treinta veces. Dentro de este comportamiento obsesivo, su cabeza, obnubilada por el odio de los celos y el remordimiento, fue ajustando las piezas de aquel complicado puzzle. Su visión parcial y equivocada acabó vislumbrando la realidad: la maldad hipócrita de Santiago y la ingenuidad de Mario para caer en aquella trampa. De la absurda competencia en la escuela del Paseo de Juan XXII, 5, del mundo de falsas apariencias y diplomáticas fintas y estoques de esgrima, sólo se salvaba la autenticidad de Emilia. Él era el responsable de su pérdida y no sólo por sus manos asesinas; porque la había perdido antes, al creer a los otros y no confiar en ella, y haberle negado hasta la palabra.
Aprender es de sabios. Y en ese momento pensó en la salida digna de un sabio estoico: abandonó su agnosticismo y el irracional apego a una vida que carecía ya de todo sentido. Llenó la bañera de agua tibia y la nueva sabiduría conquistada le trajo la frialdad necesaria para controlar las pasiones y el valor para cortarse las venas. Con el verdadero conocimiento, el propio y el de la pureza de Emilia, alcanzó lo blanco. El rojo de la pasión permaneció en la sangre, que fue tiñendo toda el agua. Y el azul iluminó la nueva fe de un encuentro en breve con el espíritu puro de Emilia.


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