Trama 2 – Aventura (3/3)
Cuando el mecanismo de mimetismo lingüístico y mental estuvo lo suficiente memorizado, se atrevió a actuar. Escogió una barriada popular y encontró una peluquería de la cadena de franquicias de Rafael Pagès. Le tocó una verdadera “choni”, una aspirante de “maruja” de barrio, escuchimizá, toda huesos, dentro de aquella blusa que a las otras peluqueras más rellenas les hacía, por el volante, un efecto de ropa de premamá.Cuando hubo un mínimo de confianza de la forzada conversación sobre el peinado y tipo de corte en los dos países hispanos, Argentina y España, nuestro personaje le soltó a bocajarro:
—Oshe, mamita, ¿voh te queréh casar conmigo? Te puedo dar todo lo que tengo ahorrao: 6.000 mangoh… euroh, pero sho nesesito los papeleh para quedarme acá. O(b)vio, me tirahte honda desde el principio, nomáh te vi. Pensá, corasón, no eh chihte.
La chica se sintió halagada con esa improvisada declaración. Con muestras de nerviosismo, una incontrolada risilla se apoderó de ella.
—No banco máh esta espera. Decíme: “¿Te queréh casar conmigo?”. El amor es así: aparece y lo agarrás. Me guhtás con esos anteojitos: sos relinda. Pensá, pero decíme que sí.
La chica no pensó mucho.
—Yo acabo hoy a las 9 de la noche. Ven a buscarme y luego hablamos.
La muchacha, que se llamaba Conchita (lo que resultó altamente excitante para la mente de aquel hispanoargentino de corazón), se había enamorado perdidamente de aquel joven, que le recordaba un empalagoso novio italiano que le rompió el corazón cuando era más cría. Se sorprendió al ver al cliente de la tarde esperando cuando salía de la tienda. Ante la envidia y sorpresa del resto de peluqueras y de la encargada en persona, Conchita le estampó un beso que descontroló al muchacho. ¡Cómo besaba la flaquita!
No hicieron falta papeles. No hubo boda. Nuestro personaje protagonista declaró que no tenía aquellos 6.000 € y decidió un día que quemaría su DNI y todo rastro de su verdadera nacionalidad. Se fue a vivir con Conchita. Con los dineros de aquella princesa hortera de barrio alquilaron un local y montaron un locutorio. Debe de ser el único locutorio de la ciudad donde las mujeres, de una en una, a escondidas detrás de un biombo, van a cortarse el pelo, lavar y marcar, teñirse o hacerse la permanente, y otras cuestiones de manicura y depilación.
La pareja espera su primer hijo. Es varón: lo llamarán “Tuchito”. Y este cuento se ha acabado y parece que son felices, aunque no coman perdices, pero sí que, todos los días y varias veces, chupan su matesito de una bombisha compartida.


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