Trama 16 – Sacrificio (2/3)
Carlos Ramón se enamoró perdidamente, cogido con aquella mulata, más bien blanconaza, al verla por primera vez tomando el sol en un diminuto tanga hilo dental. Embollado hasta la médula, no le importó comprobar que era jinetera de noche, a la caza del turista en los hoteles de lujo de la capital. La prueba definitiva que lo decidió a llevarla a Medellín (para que fuese su amante, en un barrio residencial de la ciudad) fue la manera salvaje como Marlene le “hizo el sexo”: a horcajadas, encima de su pene erecto, entollado, con la espalda arqueada, los pechos empinados, mientras desarrollaba un movimiento de pelvis continuo. Tal sofisticación amatoria —aunque el nunca supiera que el motivo de dicha postura era evitar el beso en la boca— no la había conocido en ninguno de los prostíbulos que frecuentaba en su país.
Marlene se enamoró de Felipe Alejandro cuando éste se le ofreció a llevarle la compra. Su olfato de sexo le dijo que aquel muchacho de apenas 16 años sería el amante perfecto. Marlene lo llevó a ver el mar. Con el dinero ahorrado, que religiosamente le pasaba Carlos Ramón, alquiló un chofer y vehículo, y recorrieron en siete horas la distancia que los separaba de Tolú. Era la primera vez que Felipe Alejandro vio el mar. El recuerdo del mar y de aquel primer baño de sal y no de los chapuzones en el sucio Medellín, de aquella explosión de luminosidad y azul que le dañaba la vista y del olor a océano que le embriagaba se fue mezclando con el verdadero rito iniciático de amor desesperado en los brazos de aquella mujer excepcional. En el motel de playa, no hubo oficio de jinetur, sino besos de chupete y rosquete y un entollamiento tal que desgarró todas las carnes en un placer al límite.
Durante los dos años posteriores de relaciones clandestinas, Felipe Alejandro descubrió una máxima que le sirve incluso hoy en día: «el mayor placer es el placer de la otra». Igual que el compartir el sufrimiento de otro ser no hace infinitamente mejores, el mejor amante es quien busca el placer del ser amado. El placer propio viene solo: hace falta apenas la felicidad de la pareja, de quien se ama. El placer propio por sí mismo es un amor solitario, masturbatorio, pajillero.
Marlene prácticó el rito de santería de amarre para que el joven-hombre siempre fuera suyo. Si ese hombre no era suyo, no iba a ser de nadie más. Escribió sus nombres en un papel y lo dobló, no sin antes colocar pelos púbicos comunes (que había recogido fetichistamente en cópulas anteriores), unas gotas del primer día de menstruación, para hacer arder todo y poder enterar las cenizas; después de la oración: «Con una te nombro, con dos te atraigo y con tres te amarro», mientras el fuego consumía el papel doblado.
Llegó el momento de la despedida. No cortaron: no se botaron, los botaron. Con los dieciocho años de Felipe Alejandro, aquel pingadeburro, como lo había bautizado cariñosamente Marlene, y la plenitud de la mulata caribeña, se percataron en un momento de lucidez —raro en su obnubilación perpetua por la pasión que los consumía— que peligraban sus vida. El enfriamiento de la relación de Carlos Ramón había despertado los celos del todopoderoso traficante, de drogas e influencias. Si esos celos se traducían en sospechas y las sospechas se confirmaban. Carlos Ramón mandaría a un pistolero para lavar sus cuernos con la sangre de los amantes.
Felipe Alejandro lloró, lloró en su impotencia, al sentirse insignificante bajo la sombra del poderoso; pero acabó aceptando la separación. No era el miedo suyo sino que Marlene se lo pedía y nunca hubiera aceptado que a ella le pasara nada.
Por aquella época, el joven se aplicó a los estudios y se sacó la primaria en horario nocturno. Cursó secundaria para finalizar la etapa, a los 22 años. ¿Por qué tanto esfuerzo? Para poder realizar el tour por Europa, como premio de graduación. Planeó que ellos se encontrarían allá, a muchos kilómetros de distancia de su país. Como ella no aceptó la huida, él no regresó a su país. Decidió no tomar el avión de vuelta y se quedó en la localidad de Salou, Tarragona, en casa de unos medio familiares.
Marlene se enamoró de Felipe Alejandro cuando éste se le ofreció a llevarle la compra. Su olfato de sexo le dijo que aquel muchacho de apenas 16 años sería el amante perfecto. Marlene lo llevó a ver el mar. Con el dinero ahorrado, que religiosamente le pasaba Carlos Ramón, alquiló un chofer y vehículo, y recorrieron en siete horas la distancia que los separaba de Tolú. Era la primera vez que Felipe Alejandro vio el mar. El recuerdo del mar y de aquel primer baño de sal y no de los chapuzones en el sucio Medellín, de aquella explosión de luminosidad y azul que le dañaba la vista y del olor a océano que le embriagaba se fue mezclando con el verdadero rito iniciático de amor desesperado en los brazos de aquella mujer excepcional. En el motel de playa, no hubo oficio de jinetur, sino besos de chupete y rosquete y un entollamiento tal que desgarró todas las carnes en un placer al límite.
Durante los dos años posteriores de relaciones clandestinas, Felipe Alejandro descubrió una máxima que le sirve incluso hoy en día: «el mayor placer es el placer de la otra». Igual que el compartir el sufrimiento de otro ser no hace infinitamente mejores, el mejor amante es quien busca el placer del ser amado. El placer propio viene solo: hace falta apenas la felicidad de la pareja, de quien se ama. El placer propio por sí mismo es un amor solitario, masturbatorio, pajillero.
Marlene prácticó el rito de santería de amarre para que el joven-hombre siempre fuera suyo. Si ese hombre no era suyo, no iba a ser de nadie más. Escribió sus nombres en un papel y lo dobló, no sin antes colocar pelos púbicos comunes (que había recogido fetichistamente en cópulas anteriores), unas gotas del primer día de menstruación, para hacer arder todo y poder enterar las cenizas; después de la oración: «Con una te nombro, con dos te atraigo y con tres te amarro», mientras el fuego consumía el papel doblado.
Llegó el momento de la despedida. No cortaron: no se botaron, los botaron. Con los dieciocho años de Felipe Alejandro, aquel pingadeburro, como lo había bautizado cariñosamente Marlene, y la plenitud de la mulata caribeña, se percataron en un momento de lucidez —raro en su obnubilación perpetua por la pasión que los consumía— que peligraban sus vida. El enfriamiento de la relación de Carlos Ramón había despertado los celos del todopoderoso traficante, de drogas e influencias. Si esos celos se traducían en sospechas y las sospechas se confirmaban. Carlos Ramón mandaría a un pistolero para lavar sus cuernos con la sangre de los amantes.
Felipe Alejandro lloró, lloró en su impotencia, al sentirse insignificante bajo la sombra del poderoso; pero acabó aceptando la separación. No era el miedo suyo sino que Marlene se lo pedía y nunca hubiera aceptado que a ella le pasara nada.
Por aquella época, el joven se aplicó a los estudios y se sacó la primaria en horario nocturno. Cursó secundaria para finalizar la etapa, a los 22 años. ¿Por qué tanto esfuerzo? Para poder realizar el tour por Europa, como premio de graduación. Planeó que ellos se encontrarían allá, a muchos kilómetros de distancia de su país. Como ella no aceptó la huida, él no regresó a su país. Decidió no tomar el avión de vuelta y se quedó en la localidad de Salou, Tarragona, en casa de unos medio familiares.


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