
Perdonen este tono de diario en este
blog y esta mi sinceridad ante recuerdos tan personales, que pocos conocen, tal vez el propio Cortés (
Ubi est?), que solía acompañarme en esa posición privilegiada dentro de clase. Luego vino 6ª, 7ª y 8º y un esquema de aulas separadas y tres profesores que se turnaban matemáticamente: el área lingüística y artística, uno; el área de geografía e historia y también inglés, otro, y el Sr. Álvaro, para las matemáticas y las ciencias. A los tres les debo mucho, llegué a vivir de rentas en el instituto, y me hicieron amar los contenidos, procedimientos y actitudes hacia el estudio. No es que yo fuera el típico empollón, que de alguna manera lo podría ser, es que con ellos aprendí cosas que no volví a olvidar nunca (lo que la Reforma llamó “aprendizaje significativo”. A pesar de que me decanté por las letras en el instituto y acabé cursando Filología en la universidad, aún hoy podría defenderme muy bien con las fórmulas químicas, las valencias, los ácidos y bases, las sales, las reacciones... Supongo que al Sr. Álvaro le debo algo tan bello, como aprender a plantear problemas y ecuaciones. El placer de resolver un problema matemático lo equiparo (por compararlo a un placer que puedo apuntar siendo políticamente correcto) a la sensación de leer un buen libro. Ni la Srta. Paquita ni el Sr. Álvaro sabrán nunca el agradecimiento que les profeso. Como profesor siento pena de no conseguir con mis alumnos (aunque fuera con uno) lo que ellos hicieron de mí, lo que influyeron en mi desarrollo como persona. Hay una película basada en unos cuentos del gallego Manuel Rivas, “La lengua de las mariposas”. Hay una tierna descripción de la figura del maestro (con un final impactante). Pues, bien, el Sr. Álvaro, con un físico y fortaleza equinos, me recuerda el maestro de Moncho, en la película interpretado por un excelente Fernando Fernán-Gómez. Yo era muy pequeño, pero me imagino a mi profesor como maestro de la República, que llegó a sufrir, si no exilio, por lo menos prisión por ideas políticas. Por eso acabaría una mente tan brillante en aquella academia de piso que tenía crucifijos, pero no retratos del Caudillo. A él, Sr. Álvaro, especialmente va dedicado esta entrada de hoy de mi bitácora. Como alumno y profesor, me viene a la mente la extraña imagen de la belleza de una flor de cactus que florece entre los escombros de una guerra.
1 Comments:
Esses "hijos" têm algo a ver com a filha da pucrs?
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