domingo, agosto 20, 2006

Trama 18 – El precio del exceso (2/3)

Santiago, el embajador, descubrió, no obstante, el punto débil de Octavio: su inseguridad respecto a la esposa. Desconocedor de los sentimientos y pensamientos íntimos de Emilia, por primera vez en su vida, el ministro consejero se moría de celos. A Santiago, el embajador, le faltaba tiempo ante su inminente traslado y necesitaba urdir un plan rápidamente con la complicidad de Silvia, compañera de intrigas; con la complicidad del fiel e inamovible canciller, e incluso, con el apoyo logístico de los representantes del CSID. Santiago concibió el maquiavélico proyecto: introducir en la vida de Emilia a Mario, el consejero cultural, más joven, pero también compañero de promoción. Era cuestión de esperar un momento de debilidad entre aquella pareja forzada: Emilia y Mario.

Emilia sufría por los celos de su esposo. Esa sensación de sospecha constante le atenazaba, le oprimía, le ahogaba cualquier sensación de libertad. Le desesperaba la idea de un Octavio desconfiante de ella. En Mario, Emilia descubrió una amistad pura, una bocanada de aire fresco en donde verter sus sentimientos y pensamientos ocultos. Mario era un lector exquisito y a través de la pasión mutua por la literatura descubrieron la senda de una férrea intimidad. La ingenuidad emocional de Mario le hizo confundir los sentimientos, y aquella amistad pura la interpretó como una pasión irrefrenable. Intentó robarle a Emilia un beso y ese beso fue captado por las cámaras ocultas que se habían colocado en aquel despacho de la consejería cultural, con el acopio de esfuerzos y pericia profesionales de los servicios secretos de España en aquella Embajada. Ese beso, digitalizado en forma de fotografía, fue lo que recibió un desesperado Octavio. Éste no pudo observar la continuación de la “película”: una extrañada Emilia que reaccionaba hasta con violencia para desasirse de aquellos labios en sus labios; tampoco asistió a los lloros y al diálogo clarificador entre ambos.

Octavio recibió la fotografía de manos de su jefe y “amigo”. Esa fotografía cambió su existencia. A partir de ese día no intercambió una palabra al respecto, pero el secreto le agriaba el carácter, y su matrimonio se fue desmoronando. Por su parte, ya no quedaba el mínimo resquicio para intentar una sinceridad de pareja. La pasión irracional se le tradujo en un odio doloroso, que mantenía moribundo un matrimonio en sus fórmulas más convencionales, para salvar las apariencias y por el bien de Alba y del hijo que Octavio pretendía conseguir de Emilia.

La noticia del embarazo se vio empañada por un análisis ginecológico que detectó un tumor excesivamente desarrollado en volumen. Octavio recibió la noticia con una satisfacción interior, de castigo divino hacia su mujer, porque secretamente había dudado hasta de la paternidad del nuevo ser. El feto no quiso desarrollarse —lo que hubiera sido imposible e imprudente— y se produjo el aborto espontáneo. La biopsia confirmó lo peor: un cáncer de útero en avanzado proceso.

Las tandas de quimioterapia aceleraron el deterioro físico de Emilia: la pérdida de peso; la ridícula hinchazón de vientre, en un cuerpo esquelético; la caída de su linda caballera; sus pechos caídos; la piel estriada; las alergias; el cansancio; la fiebre crónica; los vómitos; la sed que le consumía, sin poder tragar líquido, aliviada con una gasa empapada en agua que le rozaba los labios. Ese deterioro físico culminaba su deterioro psíquico, sumida en una depresión que le succionaba cualquier fuerza e ilusión de superar la enfermedad.