Trama 16 – Sacrificio (1/3)
Felipe Alejandro era un plaga, expresión del castellano de Colombia o, cuanto menos, de su ciudad natal, Medellín, que la podríamos traducir por ‘gamberro’, aunque podamos darle también una connotación cariñosa de ‘gamberrete’. Durante su infancia y adolescencia, vivió en unas eternas vacaciones, no sólo porque la ausencia de estaciones climatológicas —una constante primavera, quizás con temporadas secas frente a periodos más lluviosos—no dejaba pistas sobre la llegada de diciembre y enero para fijar el final de las clases, sino porque para un plaga lo importante es la calle y los ritmos escolares quedan en muy segundo plano. Cuando de repente se daba cuenta de que no tenía que ir a la escuela, las horas de juego se ampliaban. Con 10 años, por ejemplo, era el mejor jugando a bolas, ‘canicas’, en un batalla de honor, puesto que las perdías todas o te quedabas las de tus adversarios. Cuando eres pobre, el más pequeño de cinco hermanos, sin padre y criado por la abuela materna, uno no se puede dar el lujo de perder. Trabajaba de lo que podía, casi limosneando, para comprar caramelos —que serían nuestro ‘cromos’— y poder cambiar los repetidos hasta completar la colección. Los días de lluvia, en la estación húmeda, hacían subir el nivel de las aguas del río Medellín; era el tiempo de pescar sabalitas y corronchos, para después comerlos fritos, aunque hubiera que hervirlos antes, pues bebían de las aguas de todos los desagües. Siempre fue mal estudiante: el precio de ser plaga. Ni las reprimendas de sus hermanos mayores, de la madre y de la abuela lograron inculcar un mínimo ritmo regular en sus estudios. Siempre opuso resistencia, puesto que prefería trabajar de carrillero y llevar la compra a las señoras y servicio doméstico y así poder ganar la plata del baile, el gimnasio, las parrandas, las apuestas de cartas, el billar y las peleas de gallos. Hay quien nace pobre, pero con una flor en el culo para los juegos.
Carlos Ramón le llevaba 20 años a nuestro otro protagonista. Él sí que aprovechó la escuela para ser peor que plaga. De familia influyente, recibió una formación y se forjó una personalidad para controlar el negocio de la coca, del Cárter de Medellín. Estudió en los EEUU. De vuelta a su país empezó a eliminar sutilmente enemigos y a ganarse la protección y complicidad de los políticos. Sin embargo, en su biografía un dato pasaría inadvertido: su devoción adolescente por la figura del Che. Ya hubo una época en que dudó por decantarse a redimir la miseria de sus compatriotas y ayudar a instaurar una justicia social; pero una estancia de seis meses en su entonces idealizada Cuba acabó por convencerle de que la única salvación posible y útil era la suya propia, amasando fortuna y acaparando poder. De su experiencia y fino olfato, elaboró estrategias para actuar en la sombra y erigir hombres de paja, que, al desmoronarse, permitían que él pudiera seguir en pie, parapetado, como si nada.
Marlene tendría unos 10 años más que Felipe Alejandro. Era toda una mujerona de carnes prietas, muslos gruesos, largos como sueños, senos turgentes y pequeños; una linda criollita, mujer voluptuosa, de labios carnosos (también los de su sonrisa vertical), fina de talle, con esa cintura tan estrecha, de avispa, que dejaba paso a las rotundas caderas y glúteos prominentes como rocas; una tremenda hembra capaz de parar el tráfico con aquella despampanante carrocería. En definitiva, constituía el prototipo idealizado de mulata, símbolo sexual caribeño. Sí, porque Marlene era cubana, aunque acabase viviendo en Medellín. Mujer macanuda, matadora, monstruo, despertaba pasiones con su meneo de caderas al pasar, zalamera, llena de sandunga cubana. En La Habana la conocían como “Azuquita” y “Chulita linda”, así por antonomasia: un verdadero colirio. Era un poco bruja, medio santera por parte de madre, conocedora de trabajos, aunque sólo por su cuerpo ya metafóricamente atesoraba el poder de hechizar a los varones.
Carlos Ramón le llevaba 20 años a nuestro otro protagonista. Él sí que aprovechó la escuela para ser peor que plaga. De familia influyente, recibió una formación y se forjó una personalidad para controlar el negocio de la coca, del Cárter de Medellín. Estudió en los EEUU. De vuelta a su país empezó a eliminar sutilmente enemigos y a ganarse la protección y complicidad de los políticos. Sin embargo, en su biografía un dato pasaría inadvertido: su devoción adolescente por la figura del Che. Ya hubo una época en que dudó por decantarse a redimir la miseria de sus compatriotas y ayudar a instaurar una justicia social; pero una estancia de seis meses en su entonces idealizada Cuba acabó por convencerle de que la única salvación posible y útil era la suya propia, amasando fortuna y acaparando poder. De su experiencia y fino olfato, elaboró estrategias para actuar en la sombra y erigir hombres de paja, que, al desmoronarse, permitían que él pudiera seguir en pie, parapetado, como si nada.
Marlene tendría unos 10 años más que Felipe Alejandro. Era toda una mujerona de carnes prietas, muslos gruesos, largos como sueños, senos turgentes y pequeños; una linda criollita, mujer voluptuosa, de labios carnosos (también los de su sonrisa vertical), fina de talle, con esa cintura tan estrecha, de avispa, que dejaba paso a las rotundas caderas y glúteos prominentes como rocas; una tremenda hembra capaz de parar el tráfico con aquella despampanante carrocería. En definitiva, constituía el prototipo idealizado de mulata, símbolo sexual caribeño. Sí, porque Marlene era cubana, aunque acabase viviendo en Medellín. Mujer macanuda, matadora, monstruo, despertaba pasiones con su meneo de caderas al pasar, zalamera, llena de sandunga cubana. En La Habana la conocían como “Azuquita” y “Chulita linda”, así por antonomasia: un verdadero colirio. Era un poco bruja, medio santera por parte de madre, conocedora de trabajos, aunque sólo por su cuerpo ya metafóricamente atesoraba el poder de hechizar a los varones.


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