Trama 2 – Aventura (1/3)
Desde su más tierna infancia un sueño guiaba su existencia: deseaba ser escritor con todas sus fuerzas. El motivo de esta obsesión radicaba en querer vivir sus propias aventuras. La vida sólo tenía sentido si se llenaba de acción y precisamente esta premisa echó por tierra la propia pasión literaria. En efecto, si lo importante resultaba ser vivir las aventuras, ¿por qué no se arrojaba desesperadamente a vivirlas sin la mediación de la molestia de lo escrito? ¿Para qué crear personajes, héroes o heroínas trasuntos de su personalidad, si el mundo estaba allí, bien real, invitando a ser explorado? La atracción verdadera no era rellenar con letras hojas en blanco; la atracción estribaba en la propia aventura, en alcanzar el límite del peligro y regresar a salvo. Y la aventura no se la encontraría entre cuatro paredes, necesitaba encontrarla en la calle, salir al exterior. Él se crearía como protagonista y buscaría fortuna. No haría falta, sin embargo, embarcarse en viajes lejanos; le bastaba vivir la sensación de incesante reto y movimiento. A su modo, emularía a Indiana Jones, Luke Skywalker o James Bond, por repasar algunos de sus ídolos. Cualquier personaje de Jules Verne hubiera colmado su aspiración; incluso se hubiese identificado con el mismísimo Robison Crusoe o el propio Gulliver en sus viajes, pero sin necesitar lanzarse a alcanzar remotos lugares. La culpa de tanta fantasía se remontaba a la lectura adolescente de toda la colección de Enid Blyton: con los cinco, el club de los siete secretos…El mundo perdió un escritor que se podía haber consagrado y recibió con aplausos a un excepcional actor. Ya se sabe que los personajes son la savia vital de un relato. Ahora, se trataba de crear a personajes creíbles, vivos, y más “reales” que los reales.
Amanecía todos los días y nuestro personaje luchaba por erigirse en protagonista. El agua de la ducha le inspiraba arriesgados desafíos: tirarse de paracaídas; sumergirse a pulmón libre al límite de sus fuerzas; hacerse pasar por inspector de gas y estafar a todos los vecinos de un edificio, sugiriéndoles una falsa revisión obligatoria; tirarse por las pistas negras a toda velocidad; poner el vehículo a 220 km/h por un tramo de autopista; presionar a su jefe para un aumento de sueldo; practicar la espeleología; disfrutar de todas las atracciones de infarto de un parque temático; interceptar con los de Greenpeace el vertido de substancias peligrosas en alta mar...
Con el tiempo, su destreza en la caracterización lo impulsaron a desempañar el papel por el que se había esforzado meses: se haría pasar por un “sin papeles” y tendría que casarse con una chica de española, para regularizar su situación en el país.


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