Puta
Por su apariencia, todo el mundo la consideraría puta: su físico, su modo de vestir, su manera habitual de comportarse (las poses, sus manías...).Por los lugares —y en las horas— que frecuentaba, nadie hubiera dejado de afirmar que no era otra cosa que puta. Solamente una puta sería capaz de desenvolverse tan naturalmente en aquellos antros nocturnos.
Su aparente conducta, sus impulsos y reacciones eran de puta; como si ser puta se llevase grabado en el carácter y se transparentara visiblemente en las acciones.
Hablaba como una puta, por las expresiones y su tono de voz.
Toda la gente la vería como puta, hasta las personas más ingenuas e inocentes. Incluso los seres incapaces de pronunciar la palabra “puta” no hubieran tenido ningún reparo ni duda para calificar aquella mujer como de “dudosa reputación”.
Sus gestos, preferencias, inclinaciones recordaban los de una puta, de una puta hasta la médula.
Sin embargo, juro que no era puta. Su pensamiento era más puro que el de un bebé. Su alma más límpida que un amanecer sin nubes después de una noche de lluvia. Zarandeada por la existencia, su infancia fue una pesadilla en busca de una felicidad de cuerda floja. Alguna vez fue violada, ultrajada, pero —quitando estos casos— sólo hizo el amor literalmente, cuando estaba enamorada, con la plena e ilusionada convicción de quien se siente lacerada por la flecha de Cupido. Nunca vendió o alquiló su cuerpo, ni aceptó dinero ni regalos. Los demás podemos, a lo sumo, reprenderle esa apariencia de puta, pero nadie tiene el derecho de etiquetarla erróneamente.
Este es el problema de la realidad frente a la literatura: que no irrumpe —como recurso fácil— un narrador omnisciente.













