viernes, junio 30, 2006

Puta

Por su apariencia, todo el mundo la consideraría puta: su físico, su modo de vestir, su manera habitual de comportarse (las poses, sus manías...).

Por los lugares —y en las horas— que frecuentaba, nadie hubiera dejado de afirmar que no era otra cosa que puta. Solamente una puta sería capaz de desenvolverse tan naturalmente en aquellos antros nocturnos.

Su aparente conducta, sus impulsos y reacciones eran de puta; como si ser puta se llevase grabado en el carácter y se transparentara visiblemente en las acciones.

Hablaba como una puta, por las expresiones y su tono de voz.

Toda la gente la vería como puta, hasta las personas más ingenuas e inocentes. Incluso los seres incapaces de pronunciar la palabra “puta” no hubieran tenido ningún reparo ni duda para calificar aquella mujer como de “dudosa reputación”.

Sus gestos, preferencias, inclinaciones recordaban los de una puta, de una puta hasta la médula.

Sin embargo, juro que no era puta. Su pensamiento era más puro que el de un bebé. Su alma más límpida que un amanecer sin nubes después de una noche de lluvia. Zarandeada por la existencia, su infancia fue una pesadilla en busca de una felicidad de cuerda floja. Alguna vez fue violada, ultrajada, pero —quitando estos casos— sólo hizo el amor literalmente, cuando estaba enamorada, con la plena e ilusionada convicción de quien se siente lacerada por la flecha de Cupido. Nunca vendió o alquiló su cuerpo, ni aceptó dinero ni regalos. Los demás podemos, a lo sumo, reprenderle esa apariencia de puta, pero nadie tiene el derecho de etiquetarla erróneamente.

Este es el problema de la realidad frente a la literatura: que no irrumpe —como recurso fácil— un narrador omnisciente.

jueves, junio 29, 2006

Timidez literaria

Era un escritor tan tímido que los personajes de sus historias acabaron siendo objetos inanimados a los que dotó de vida, por el recurso de la personificación. Con el tiempo ganó cierta seguridad y autoestima que se tradujo en la composición, con bastante éxito, de una entretenida fábula; pero su mayor osadía, con el coraje de funámbulo, fue lanzarse a una narración de personajes alegóricos.

miércoles, junio 28, 2006

Morriña, saudade, banzo, blues (1/3)

Ya afirmé que me gustaría que los gallegos escribiesen su “morriña” con NH, pero si huyo del significante y me fijo en su significado me encuentro con una de las palabras más bellas en cualquier cultura: la idea de una muerte pequeña, dulce (parece un oxímoron), un temible concepto que, por la presencia del diminutivo, no debe de ser tan trágico.

Lo mismo sucede en la palabra del portugués “saudade”. Antiguamente, existiría el término “solidade” (como en castellano o español, “soledad”). A esa idea de ‘solidão’ se le cruzó otro significante, “saúde” (cast. ‘salud’). El resultado de esta maravillosa alquimia es “saudade”, que yo, al igual que “moriña”, quiero leer como una soledad gozosa, saludable. En efecto, “moriña” y “saudade” no evocan un carácter mórbido, como podría ser la palabra “melancolía”, que remite a la teoría de los humores y concebir la nostalgia como desequilibrio orgánico, verdadera enfermedad.

La “moriña” y la “saudade” la inventan dos pueblos (¿padre e hijo?) de emigrantes y descubridores. Las lágrimas de la “moriña” y de la “saudade” son las del mar, del Océano Atlántico, Finisterrae, porque por esas aguas discurren el éxodo de personas y el sentimiento de nostalgia que arraiga, por la ausencia. Hoy, Galicia y Portugal son lugares de “inmigración”, pero hace poco —muy poco— el propio mar se llevaba especialmente a los hijos y esposos. A través de la lengua, los gallegos rioplatenses o los brasileños guardan la memoria de ese sentimiento tan importante. Existen conexiones evidentes, porque encuentro en portugués la expresión “morrer de saudades”. No es simple hipérbole, sino, mejor, una compleja antítesis: porque se trata de una muerte que da fuerzas para seguir viviendo.

Morriña, saudade, banzo, blues (2/3)

En Brasil, descubrí que los negros atesoran una palabra como triste símbolo de identidad para indicar “saudade”: “banzo”. Al margen de la sugerente fonética, imagino la grandeza del término evocando la tragedia vivida por los de esta raza: además del sentimiento de distancia y ausencia, tendríamos que añadir el de la brutal animalización y trato de esclavitud.

Por último, aunque el término “blues” sea un significante del inglés que designa en singular a un color, la evolución semántica de la palabra para llegar a referir a un estilo musical nos lleva a las palabras “moriña”, “saudade” y, mejor aún, “banzo”. El origen de “blues” como ‘tristeza, nostalgia’ recuerda también el profundo dolor que sufrieron los esclavos negros que fueron llevados a Norteamérica. Me gusta el “blues”, como me gusta el fado (aunque a veces es excesivamente “saudoso”), tanto como la música popular brasileña, incluyendo el “chorinho” (lit. ‘pequeño llanto’, ¿cante jondo?), aunque a mi gusto al “choro” le falta letra. Los estudiosos del “blues” como estilo musical emparientan los primeros acordes de esta música con los cantos de trabajo, para aliviar el cansancio de unos negros sometidos a esclavitud o a un trabajo de condiciones infrahumanas. Cuando el alma de un ser humano no puede contener tanta “morriña”, “saudade”, “banzo” o “blues”, la profunda pena sale por la boca en forma de notas desgarradas.

Morriña, saudade, banzo, blues (3/3)


Un día publiqué estos versos (en Poemas menores, Thesaurus Editora, Brasilia, 2004), compuestos en portugués, intraducibles al estar basados en simbolismos fónicos. Un poema no debe explicarse; pero, con este preámbulo, quizás aporte nuevas connotaciones al lector.

I´m calling you *

Te amo! (Brasil)
Te amo, te amo, te amo
Tche amo, Tche amo
T-chi amo, T-chi amo, t-chi amo
Chamo t-chi, chamo t-chi, chamo t-chi (Banzo africano)
Chamo-tche, chamo-tche, chamo-tche
Chamo-te, chamo-te, chamo-te
Chamo-te (Portugal)


* “Viagem pela língua portuguesa” ou “Sobre a saudade”

martes, junio 27, 2006

Elogio de NH


NH puede traer a la mente del lector el nombre de una cadena de hoteles. Sin ánimo de propaganda (subliminal) alguna, mi referencia espontánea y primera de NH es la del dígrafo en lengua portuguesa correspondiente a la Ñ de la lengua castellana o española y a NY del catalán.

La H otorga levedad a NH y quizás sea tan casual que el portugués tenga en -INHO la forma típica de morfema derivativo diminutivo. Efectivamente, los apelativos cariñosos “fofinho” y “fofinha” resultan más “fofos”, en portugués, por la presencia de esta H, en NH, tan muda y transparente.

Esta H, al ser muda en muchas lenguas connota un carácter aristocrático, porque fonéticamente no es importante (en el caso de NH marca el carácter palatal de la nasal). Conocí un escritor apellidado “Blanco” que reclamaba escribir su nombre con H final: “Blancoh”. Con esta H gráfica, sin alterar la pronunciación, se logra una singularidad fuera de lo normal.

La grafía NH es un traducción de la lengua provenzal, de la época de los trovadores medievales. El occitano y el gallegoportugués fueron las lenguas de los Cancioneros. Alfonso X, el Sabio, a quien debemos la normalización e impulso de la lengua castellana, no dudaba en elegir, sin embargo, el gallegoportugués para su obra lírica. Los estudiosos afirman que sus Cantigas de Santa María quizá sea la obra más personal (lo del “negro literario” no es un invento de nuestros días). Alguna razón tendría el culto monarca, porque, sólo fijándonos en su sobrenombre, vemos que no era tonto.

lunes, junio 26, 2006

Personaje

Con la ausencia y distancia, los rasgos de aquel hombre empezaron a difuminarse. Ese color sepia desteñido de la idealización del recuerdo hizo que tomara la (pre)esencia vital de un personaje de ficción y aquel hombre, que había sido un hombre más, rompió a poblar sus pensamientos y sus hojas emborronadas. La mujer, de simple espectadora de aquel hombre, pasó a recrearlo en su cabeza y cartas, con las formas del sueño y el color de su deseo.

viernes, junio 23, 2006

I love NY (0/3)

Los seres humanos, mujeres y hombres, necesitamos agarrarnos a símbolos, emblemas, banderas, eslóganes... para crear nuestras identidades. El objeto de nuestros deseos puede ser real (más concreto) o figurado (más conceptual o abstracto). Constantemente proyectamos nuestros miedos, frustraciones, limitaciones, defectos y virtudes, voluntades y aspiraciones en esos objetos de deseo. La relación semántica básica es la metafórica, basada en la semejanza (comparación); pero puede darse también la relación metonímica (o de sinécdoque) si la correspondencia se aguanta en relaciones de causa y efecto o en las de tomar la parte por el todo, y sus viceversas. Cuanto más alejada sea esa proyección desde lo concreto mucho más implícitamente “fetichista” será. Es más perverso el amor, pongamos por caso, hacia la Patria que hacia la persona amada. Y, del mismo modo que hay seres que no se enamoran de una persona de carne y hueso, sino que se sienten profundamente obnubilados por la idea del propio amor, del propio hecho de estar o sentirse enamorados; es mucho más fetichista el que acaba identificando su idea mental de Patria con una bandera o unos colores. Se puede morir heroicamente por un hijo o por la persona amada; un poco más absurdo es verter la sangre “defendiendo” (¿?) a tu país; pero lo que tiene delito es matar o morir un pedazo de trapo que llaman bandera. Ese es el problema del fetichismo.

Mi amigo Luis, en un comentario reciente, hablaba de que mi obsesión por las letras era un homenaje a lo que les debo. En este punto, yo tengo que reconocer que mi relación con las letras es totalmente fetichista. Tanto amar lo que las letras decían que acabé amándolas a ellas mismas, en silencio y a gritos, con una pasión irrefrenable. Reconozco que me gustaría que en mi lápida (la idea del recuerdo postmortem es totalmente narcisista) apareciese grabado el siguiente epígrafe: «Aquí yace el fetichista de las letras»; de hecho sería mucho mejor, como fantasía oculta, si el escritor brasileño Luís Fernando Veríssimo no se me hubiera adelantado con su epíteto de “o gigolô das palavras”: «Aquí yace el proxeneta de las letras» (y valga la cacofónica rima, por que las letras y fonemas insisten en jugar entre ellas).

jueves, junio 22, 2006

I love NY (1/3)

Nueva York es el paradigma urbano de la modernidad. ¿O tendría que hablar de “post-post-modernidad”? Crisol de culturas, es por esencia plurilingüe y, más específicamente, bilingüe: fácilmente se constituye en una ciudad donde cualquier hispano puede sentirse como en casa por lo familiar del ruido de fondo. Puedo aportar la declaración de algún brasileño culto, con gran dominio de la lengua de los gringos, que, para poderse desenvolver en la gran metrópolis, tuvo que echar mano de un improvisado “portunhol” .
Sin embargo, este post de hoy no aspira a ser un homenaje a la ciudad estadounidense sino un pretexto para continuar la reflexión política de las letras y dígrafos. En este sentido, la combinación NY del catalán (juntas las letras y en este orden) equivaldría gráficamente a la Ñ castellana o española (*)
. La escritura de “España” y “Cataluña”, a la catalana, pasan a ser: “Espanya” y “Catalunya”. Estuve pensado en la connotación del maridaje NY y, en un alarde de ingenio práctico, llegué a la conclusión de que la Y, como apunté en el post “Greguerías y letras (3/3)”, simboliza un camino que se bifurca. En la tradición grecolatina —y de allí deriva todo—, la Y tiene asignada la idea de formulación de enigma. Creo que se trata de una buena letra para definir el carácter catalán y ejemplifica —si se quiere ver— incluso la historia de este pueblo. Entre España y Francia, le cuesta muchos esfuerzos definir su personalidad y futuros propios. Pero la otra característica del individuo catalán es su terquedad y fidelidad a la lengua catalana y a su cultura (**). El nacionalismo o independentismo —que no tiene que ser lo mismo necesariamente— catalán (a diferencia del vasco) son lingüísticos. La señal de identidad de un pueblo es su lengua, una lengua románica más, pero capaz de haber producido joyas literarias o del saber de la altura del Tirant lo Blanc (variante meridional) o la filosofía de Ramon Llull (variante insular, Raimundo Lulio allende de la corona catalanoaragonesa) o los divertidos “monólogos” de Andreu Buenafuente. Sí, en efecto, Buenafuente (***) es un ejemplo típico y tópico de lo que significa ser catalán: triunfa en televisiones de ámbito estatal en una lengua que es otra que con la que triunfó en TV3.

(*) Este problema terminológico ya constituye un problema, pues, como refleja la Constitución vigente, la lengua catalana tendría que ser una “lengua española” de pleno derecho.
(**) Por eso para contrarrestar el valor icónico del “torito bravo” (¿el de El Fari?, ¿o el de Osborne o Bigas Luna?), los propios catalanes escogieron el “burro” (sólo un catalán podía poseer este peculiar sentido del humor).
(***) Él, como buen catalán, se llega a burlar de sí mismo y en alguna ocasión se ha hecho llamar “Bonafont”.

I love NY (2/3)


Hay frecuentes casos de catalanes, catalanohablantes, que acaban triunfando en la Villa y Corte, en lengua castellana o española; pero no se dan casos inversos: de triunfar un madrileño en Cataluña, en lengua catalana. Esto lo que confirma es una perogrullada: el verdadero bilingüe en Cataluña es el catalanohablante y muchos de ellos se pasan al castellano para evitar ser etiquetados como persona de mala educación (porque en el fondo subyace la idea, cierta pero no tanto, de que todo catalanohablante es “naturalmente” hablante de la lengua de Cervantes). Aún recuerdo la escena kafkiana que tuvo que pasar un catalanohablante de L’Alguer (Cerdeña, Italia) la primera vez que visitó Barcelona y tomó un taxi, cuyo conductor hablaba un andaluz “cerradísimo”.
Hay una palabra en catalán, intraducible a otras lengua y que tiene bastante conexión con nuestra Y: “cagadubtes”(*). Como toda palabra, admite un punto de vista “peyorativo” o bien “meliorativo”. La acepción negativa definiría al individuo catalán como falto de decisiones y convenciones firmes (a pesar del tópico ya comentado de la terquedad y fidelidad del burro): no saber lo que se quiere suele ser un defecto. La visión afirmativa de un “cagadubtes” es la del filósofo, amante de la sabiduría, que no se acomoda a las ideas trilladas y que propone un pensamiento crítico fundamentado en un sano escepticismo. No es fácil ser “cagadubtes” ni vivir en un país de “cagadubtes”, en sus dos acepciones; lo cómodo es caer en el espíritu gregario, en el de “donde-va-Vicente-va-la-gente”. Ni el Barça ni la “Moreneta” se salvan: cuando menos se lo espera, el “culer” (¿o “coler”?) se ve atacado por escandaloso “perriquito” o se descubre una mala gestión deportiva, técnica o financiera del Club, más que un club. De la virgen negra de Montserrat ya se viene diciendo que la “melanina” de esa madre de Dios pudiera resultar falsa y que en realidad se está venerando a una talla cuyo color característico pudiera ser el de las velas ardiendo a lo largo de mucho tiempo.

(*) Otra de las característica del catalán “medio” es su gusto por lo escatológico. Existen numerosas expresiones con referencia a necesidades fisiológicas que despliegan unas ricas redes semánticas en lengua catalana. Desde el “fotre” (lit. ‘joder’) que acaba convirtiéndose en verbo “comodín” hasta la entrañable figura del “caganer” del pesebre pasando por los “pixapins” (lit. ‘meapinos’, como insulto a los urbanitas barceloneses) o grupos como Els Pets y Les Llufes.

I love NY (3/3)


Un ejemplo del colmo del “cagadubtismo” esencial de lo catalán fue el reciente pasado referéndum a favor o en contra de un nuevo “estatut”, sin entrar a valorar en absoluto los resultados. Aunque casi por definición en contiendas electorales nunca existan perdedores: la lectura de todos los partidos es favorable a sus intereses, ¿alguien me podría explicar que significaba realmente votar NO? Al votante del NO se le sometió a una despiadada esquizofrenia de choque. ¿No es un ejemplo de perfecto cagadubtis catalannis el Sr. Piqué? ¿Quién, sin ese espíritu contradictorio, tan de “cagadubtes”, sería capaz de “evolucionar” desde una posición antifranquista de activo dirigente del partido comunista de la época (PSUC) a actual presidente del partido conservador de Cataluña (PP), cuyo ideario es fundamentalmente autopunitivo con el hecho diferencial catalán? Propongo que, en vez de la pegatina de un burro, optemos, para adornar nuestros coches, por una fotografía de este incombustible político, que, como perfecto catalán, uno se lo imagina (después del puente aéreo) contándole chistes malos de catalanes a Rajoy, abriendo exageradamente las vocales y con un deje inconfundiblemente velar de las L, y desternillándose ostentosamente. Como buen catalán, la “procesión” le debe de ir por dentro y la “profesión”, por fuera.

Ahora sé que me he dejado llevar por la pasión y acaloramiento de la reflexión política y he caído en el peor de los defectos: creerme la validez de los tópicos o estereotipos.
Mea culpa

miércoles, junio 21, 2006

La Ñ y la política


Como vimos, Ramón Gómez de la Serna se sacó de la chistera la siguiente greguería: «La vírgula o tilde de la eñe de España es la nubecilla que flota en su cielo azul». Una visión como la reflejada se justifica bajo la óptica de cierto optimismo y de su condición de madrileño (en efecto, para los nacidos en Madrid, es fácil caer en la tentación de identificar que un día soleado en la ciudad del oso y del madroño debe (de) serlo en toda España, con la rotundidad de la excelencia del chotis o de la existencia del Km 0 de la Puerta del Sol). Yo, que no soy tan optimista —mi memoria histórica me habla de una guerra civil o de un 23-F— ni nada sospechoso de chovinismo madridista, a veces veo en la virgulilla o tilde del Ñ el bigote de un varón bajito que pretende erigirse en salvador de la patria. Sea un bigotillo franquista de tiralíneas o el mostacho poblado a lo Tejero o Aznar, el bigote de inspiración castrense ensombrece el horizonte de España. Y es que España sin Ñ “es pana” y la pana es un tejido basto (si no, sería terciopelo); pero cálido y muy confortable. Cataluña sin Ñ sería “cata luna”. Pocos recuerdan hoy que la Ñ es en origen el dígrafo NN, donde la segunda N por pereza se va simplificando, deformando... y acaba encima de la primera desdibujándose. La Ñ se viene reivindicando como una letra con todos los derechos pero por su cuna no pasaría de ser una letra modificada, como la Ç (en que pocos ven en el rabito —la “cedilla”— una Z primigenia).
Sinceramente creo que los gallegos no tienen ni perdón de Dios. Su “moriña”, escrita con Ñ, no es seria: lo que tendría que constituir una categoría filosófica de identidad, tan o más importante que la “saudade” lusitana o brasileña, acaba convertida en simple elemento folclórico, como la figura de la meiga (del latín magica,ae) o el pulpo a la gallega.
Quizás me equivoque pero casi juraría que los intentos de normalizar el bable o la fabla, como ecos respectivo de los dialectos latinos asturleonés y navarroaragonés, han pasado por utilizar la Ñ. Cuando la ortografía es como la imagen institucional de una lengua y de su cultura, mi modesta opinión es que el primer paso para reivindicar dichas variantes lingüística como lenguas estandarizadas, con un rica literatura a sus espaldas y uso normalizado, habría sido escoger otra letra que no fuera la Ñ.
Hubo un tiempo que mi pasión lingüística me llevó al vasco o eusquera. Recuerdo que en su grafía aparecía la Ñ. El aprendiz de filólogo sabe que los primeros castellanos era protovascos, prevascos, vascos o paravascos tan mal romanizados que acabaron como los euskaldunes actuales en su lengua vernácula, con un sistema vocálico de cinco fonemas (incapaces de distinguir una “e” o una “o” abiertas del latín vulgar) y con un manifiesto bloqueo contra la F- inicial, al igual que en el gascón, al otro lado de los Pirineos. Los vascos serían, por así decirlo, como los padres de los castellanos (¿cántabros en origen?). En esta relación edípica, observamos que el nacionalismo (el serio, no el de Arzalluz cuando propone absurdamente una “raza vasca”, con formas craneales y grupo sanguíneo) no es un verdadero nacionalismo lingüístico. Pero, perdonen, creo que me estoy yendo por las ramas y esto daría para verter más literatura, aunque ya sería meterme en camisa de once varas.

martes, junio 20, 2006

Primeros libros


Mi devoción por los libros proviene de mi dificultad por poseerlos al principio. Mis primeros libros fueron los “tebeos” y recuerdo que, entonces cuando era niño, aún había traperos en el barrio. El trapero más afortunado era quien compraba papel y chatarra a la horda de traperos ambulantes y muchos particulares que no tenían vergüenza de ganarse una miseria con un material que se desechaba. Eran tiempos en que no había containers en la calle y nuestros padre habían heredado la austeridad de la posguerra. Recuerdo que del trapero de mi barrio, a quien le otorgamos el calificativo de usurero, se rumoreaba que era inmensamente rico, con muchos pisos en su haber y los primeros televisores… en color. Con la venta de cartones podía yo comprar las publicaciones de la época, a ritmo de un ejemplar por semana que acaba cambiando y recambiando, incluso por Lilí que estaba especializada para el público femenino. Estoy hablando de mucho peso y de la penitencia de arrastrarlo por la calle y obtener uno o quizás dos pesetas que tendría su objetivo en el kiosco de la esquina. Mi infancia tiene el nombre de editorial, la Editorial Bruguera, porque después de los cómics vinieron los clásicos juveniles con más letras a los que se intercalaba ilustraciones. El salto en mi adicción lectora (no sé si en calidad, pero con menos importancia del dibujo y más del texto) fue de la mano de Enid Blyton, cuyas obras, en especial de la serie de “Los Cincos y Siete Secretos”, publicados por la Editorial Juventud, pasaron a ser los objetos de mi deseo. En plena adolescencia descubrí las apasionantes aventuras de una serie llamada “Alfred Hitchcock y los tres investigadores”, de la Editorial Molino y recuerdo haber pedido a mis tíos algunos títulos para los anacrónicos Reyes Magos. Estos primeros libros me marcaron. Tuve la suerte de descubrir las bibliotecas públicas, pero de mis primeros libros guardo el recuerdo de una relación casi fetichista a la que soy fiel hasta los días de hoy, como aquel personaje de Ibáñez, Carpanta, que nunca logró quitarse el hambre de la posguerra.

lunes, junio 19, 2006

Greguerías y letras (3/3)


· La q es la p que vuelve de paseo.

· La R es una P que decidió dar un puntapié.

· La S es el anzuelo del abecedario. / El cisne es la S capitular del poema del estanque. / La muy chula llevaba en la frente una S de pelo.

· La T es el martillo del abecedario. / La T está pidiendo hilos de telégrafo.

· La U es la herradura del alfabeto. / La ü con diéresis es como la letra malabarista del abecedario.

· La V siempre vence y sólo las vocales quieren jugar con ella.

· La W es la M haciendo la plancha.

· La X es el corsé del alfabeto. / La X es la silla de tijera del alfabeto.

· La Y es un camino que se bifurca.

· La Z es el giro de 90º que realizo la N cuando aspiraba en vano a ser una O.

domingo, junio 18, 2006

Greguerías y letras (2/3)


· La h es una letra tan transparente y tan muda que no es raro que a veces no nos demos cuenta de que no está en la palabra en que debiera estar.

· No sé por qué la I mayúscula ha de quedarse sin su punto. / La i es el dedo meñique del alfabeto.

· La J es el bastón del abecedario que se apoya en el suelo manteniendo el equilibrio sobre la empuñadura en forma de cayado.

· La K es una letra con bastón.

· La L parece largar un puntapié a la letra que lleva al lado. / Negaros a agarrar la L negra de la pistola.

· La M siempre se sentirá superior a la N.

· La N siempre se sentirá inferior a la M, pero no encuentra un psicólogo que le cure su complejo.

· Sobre la ñ revoletea la lombriz caligráfica. / La vírgula o tilde de la eñe de España es la nubecilla que flota en su cielo azul. / La ñ dice adiós con su pañuelo a los niños y a los ñoños.

· Cuando la mujer se da rouge frente a un espejito parece que aprende a decir la O. / La O es el bostezo del alfabeto.

· La p es la q que se va de paseo. / La b, la d, la p y la q las inventó una persona disléxica y nunca sabremos cuál es la forma correcta.

sábado, junio 17, 2006

Greguerías y letras (1)

Cayó hace poco en mis manos un libro que recoge las “greguerías” de Ramón Gómez de la Serna (edición de Rodolfo Cardona, en Cátedra: Letras Hispánicas, 108). Su lectura atenta me trajo la reflexión de la modernidad de su propuesta. Es lógico que la fórmula de la ecuación “metáfora + humor = greguería” deja traslucir un poco al autor y a ciertas referencias de su tiempo, que por definición hoy nos pueden resultar anacrónicas; pero sin duda alguna la fórmula en sí atesora una riqueza de rabiosa actualidad. En tiempos de una cultura y de un culto a la imagen, nos sorprende la peculiar visión plástica de un escritor sobre algo que tiene muy a mano: las letras del alfabeto o abecedario. He querido sistematizar las 27 letras, pero quizás por mi falta de atención haya descuidado alguna letra definida por Gómez de la Serna. Quizás también el escultor sufrió algún despiste u olvido; lo cierto es que hay letras en que registro varias greguerías. Me he permitido crear greguerías para letras que faltan (o que no he sabido encontrar), muchas veces con la deuda directa al autor madrileño, todo un estímulo a la creación literaria. El lector podrá detectar este hecho porque utilizo la letra cursiva.

· La A es la tienda de campaña del alfabeto. / A, e, i, o, u: las cinco notas del piano humano.

· La B es el ama de cría del alfabeto.

· La C es el imán del abecedario. La C es la G que se ha quitado el bigote y la perilla.

· La D es la embarazada del alfabeto.

· La E es el peine mellado de bolsillo del abecedario, al cual sólo le queda la púa del medio.

· La F es el grifo del abecedario. / La F de “Felicidades” debe ser firuleteada.

· La G es la C que se ha dejado bigote y perilla.

viernes, junio 16, 2006

Homofobia sentimental


Lo odié durante todo instituto. Lo odié a escondidas, sin dejar pistas, pero con los dientes apretados, como si regase mi herida con zumo de limón.
Era un buen chico, un chico guapo; el típico chico que le quedaba siempre bien el pelo, que sabía vestir con gusto, combinar los colores, que con medio curso de primero de BUP —él había estudiado francés en la EGB— se había memorizado con acento casi nativo todas las canciones de los Beatles. Cantaba bien y sabía tocar la guitarra. Tenía éxito con las chicas y las chicas se volvían locas por él.
Aunque nos separamos en la universidad, su sombra me acompañó durante toda la carrera, espantándome a las muchachas.
Pasados cinco años como licenciados, alguien soltó la noticia, como una bomba: «¿Sabes la última? Por lo visto fulanito perdía aceite y acaba de salir del armario».
No me lo esperaba, porque, aunque lo de las chicas había pasado ya a segundo término, seguía envidiándolo, entonces por su éxito profesional. Vivía él en los EEUU, trabajando para el mejor instituto de lingüística aplicada y eso que entró como simple becario extranjero.
La última noticia me dejo arrasado: «¿Sabes la última? Fulanito se ha muerto. Sida.»
Lo sentí muchísimo. Con su muerte moría también algo de mi pasado. Confieso que en los últimos tiempos mi verdadero triunfo había sido imaginarlo como el chico perfecto que siempre fue, que volvía locas a todas, pero con aquel molesto e incontrolable picor en el agujero del culo que le pediría a toda hora que le metieran pollas por ahí, cuanto más gordas mejor.

Más perfil


De mis vicios que puedo confesar públicamente destacaría una irrefrenable pasión lectora. Soy, ante todo, lector. El placer del libro (mezclado con el esfuerzo de pasar páginas) lo he intentado transmitir a mis alumnos (también soy profesor de secundaria, de lengua castellana y literatura). Un día, no obstante, para mi alivio y conciencia tranquila, descubrí que ser lector es una verdadera “opción de vida”. Modestamente no me considero mal profesor y creo que como docente decente (valga la paranomasia) logramos, en el mejor de los casos, acercar el libro a nuestros alumnos. Ahora bien, todos nuestros esfuerzos suelen ser vanos para conseguir verdaderos lectores: ser lector quiere decir vivir la literatura y preferir, por ejemplo, un libro a una película en el cine, a un partido de fútbol o a una noche en una discoteca (o por lo menos nos haría dudar).
La lectura, en una evolución natural, te lleva a la escritura. Soy lector “profesional” y ahora escritor aficionado, aunque he tenido la suerte de publicar hasta un libro de sonetos. Para mi sorpresa, grata, un día descubrí que existía el fenómeno de fanfiction. Por Internet, podemos rastrear a escritores jóvenes (normalmente adolescentes de sexo femenino) capaces no sólo de leerse todos los “tochos” de Harry Potter, sino de llegar a escribir cada poco tiempo episodios de sus personajes favoritos de más de cuarenta páginas. Esto para un profesor, a veces frustrado por el desinterés de sus alumnos hacia la lectura, constituye todo un éxito.
Este éxito lo hace posible Internet. De las potencialidades literarias de Internet, quise sacar a luz a ese personaje llamado “Amoresbilingues”, más conocido —quien me conoce— como José Antonio Pérez-Montoro.

El crimen perfecto

Los cinco años de arduo y obsesivo trabajo del comisario de policía dieron sus frutos. Por fin había conseguido atar todos los cabos sueltos, documentar con pruebas fehacientes lo que en un primer momento podrían haber parecido disparatadas hipótesis en la investigación; había logrado irrefutables indicios que inculpaban al sospechoso que a priori aportaba, en aquel atroz asesinato, la coartada más verificablemente contrastable. Por ello, no dudó en matar a sus mejor amigo, policía de la sección científica, cuando éste le proporcionó las pruebas de ADN que echaban por tierra sus investigaciones y que corroboraban la primera y más racional sospecha. Con una muerte a sus espaldas y refutando lo evidente, hizo triunfar la verdad, su verdad.


Comentario: La seducción de la mentira es tan fuerte que genera la ficción. Su verdadera perversión es imponerla en la realidad. Mis convicciones éticas me llevan a condenar con todas mis fuerzas —incluso con la rabia del insulto y de la maldición, si supiera de algún posible efecto práctico— la existencia de un ex traficante de drogas (hábil e inteligente negociante, casado con una nacional, y padre de una hija, que llevaba a un colegio católico concertado) que muera de manera voluntaria y premeditada con una mochila cargada de explosivos a sus espaldas para producir una masacre en un tren de cercanías. Un dios que premia con el paraíso a quien derrame la sangre de los infieles debe ser tan falso como el dios que deje morir desangrado a un inocente, al prohibirle una transfusión sanguínea; tan falso como el dios que exige la circuncisión de varones —¿qué tiene que ver la divinidad con los prepucios humanos?—, o del dios que refrenda la salvación eterna mediante documentos terrenales firmados por sus representantes. Siempre imaginé, sin embargo, que la promesa de cien vírgenes sempieternas constituía casi un motivo de literatura fantástica.
Propongo el siguiente argumento una narración corta o novela, anque resultará un acto fallido, por que la realidad supera la ficción:
«Érase una vez, en un país europeo, su ministro de Interior —presunto miembro seglar de los “Legionarios de Cristo”, facción integrista de la iglesia católica, cuyo fundador (de la facción) se le acaba acusando de pederasta y el Papa medio lo indultó— intentó aprovechar electoralmente la tragedia humana de muertes y heridos provocada por un grupo de suicidas fundamentalistas islámicos, atribuyendo la autoría a un grupo terrorista local, falsificando todos los informes y las investigación de los cuerpos de seguridad y servicio de inteligencia que de él dependían.»

El mejor microrrelato de todos los tiempos


El mejor microrrelato de todos los tiempos

El mejor microrrelato de todos los tiempos aspira a alcanzar, paradójicamente en su brevedad, la más perfecta idea de infinitud. Simplemente dice así:

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Comentario: El principal enemigo de la eternidad es el aburrimiento.

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jueves, junio 15, 2006

Para la poesia (aunque bilingue) siempre hay tiempo

  • Las mínimas normas de estilo sobre weblogs, bitácoras o dietarios en Internet desaconsejan, por coherencia, que se redacte usando lenguas diferentes o molestos regionalismos. Aunque no sirva de precedente, en este post de hoy voy a reproducir el comienzo de la narración “El deseo del espacio” de mi libro Amores bilingües, reivindicando lo poético de la prosa y el reto de lograr de la geometría un objeto literario pleno:

    En el principio éramos dos puntos, dos sencillos y minúsculos puntos perdidos en aquel universo de una ciudad nueva y única. Un punto es el cruce de dos líneas. Esas líneas son el “aquí” y el “ahora” y por ello, en todo momento de nuestras vidas, somos distintos, por ser puntos diferentes. [...]

    Al principi érem dos punts, dos senzills i minúsculs punts perduts en aquell univers d’una ciutat nova i única. Un punt és el creuament de dues línies. Aquestes línies són l’“aquí” i l’“ara” i, per això, en tot moment de les nostres vides, som diversos, por ser punts diferents. [...]

    No princípio éramos apenas dois pontos, dois simples e minúsculos pontos perdidos naquele universo de uma cidade nova e única. Um ponto é o cruzamento de duas linhas. Essas linhas são o “aqui” e o “agora” e por isso, em todos os momentos das nossas vidas, somos distintos por sermos pontos diferentes. [...]

miércoles, junio 14, 2006

¿Por qué "Amores bilingües"?

Me llamo José Antonio Pérez-Montoro y mi pasión por la literatura me lleva a editar esta mi primera “bitácora”, que coincide con mi identidad escogida, así todo junto y sin diéresis: “amoresbilingues”. Por encima de todo, el “blog” pretende ser literario y toma el nombre prestado del título de mi primer libro de relatos. Tenía en mente la publicación de un ejemplar titulado Cuentos lingüísticos y acabé en el proyecto de Amores bilingües, cuatro cuentos bilingües que ejemplifican mi preocupación por la denominada “conciencia del lenguaje” —que algunos románticos alemanes ya habían percibido; el propio Nietzsche también intuyó, aunque fueran otras las ideas del filósofo que han pasado a la historia; pero que irrumpió con fuerza en el siglo xx cuando se convirtió en una de las características de la modernidad.

Como reflexión por hoy para mi querido lector, recuerdo que todo amor serio y maduro es bilingüe, porque con seguridad que la fórmula narcisista de amor no deja de ser algo frívolo. De hecho, cuanto más monolingüe sea una relación amorosa, resulta mucho más imperfecta. La globalización, con sus ventajas, pero, especialmente, peligros y perversiones, también permite amores entres seres de lenguas y culturas diferentes —como los personajes del libro. Mujeres y hombres, plurilingües en cuestiones amatorias, serían ejemplares de promiscuidad sexual en la práctica; sin embargo, esa “pluralidad de voces” tal vez es una de las definiciones de la personalidad moderna (pensemos en el escritor Pessoa, ‘máscara’ en latín, como paradigma).

Ya sé que es feo aprovechar un “blog” o bitácora con objetivos de propaganda, pero la contraportada de mi libro reza lo siguiente (traduzco del portugués): «En edición bilingüe castellano/portugués, los cuentos de este libro, presentan como elementos comunes, amores bilingües, con sus encuentros y desencuentros, éxitos y fracasos comunicativos, respectivamente. No obstante, la narración “El deseo del espacio” fue vertida al catalán, como homenaje al editor Victor Alegria».