Trama 17 – Descubrimiento (2/5)
Un día, con mis 40 años cumplidos, mi abuela se me muere —el abuelo había muerto dos años antes— y me encontré, de repente, solo, muy solo. Con la excusa de querer pasar unas oposiciones para el grupo B de la Administración, me vine a Madrid. Y allí cambió mi vida. ¡Y cuánto!
Las primeras semanas fueron horribles. Por motivos económicos, decidí alquilar una habitación en una pensión de la calle Montera. Yo no podía concentrarme en el estudio. Aquel temario, aquellos temas áridos de fundamentos del derecho o de los artículos de la Constitución, de absurdos psicotécnicos, se me atragantaban en un ambiente que hedía a calcetines sucios y a sudor rancio. Por la noche no podía pegar un ojo: con el ruido de fondo de unos gemidos de placer de las habitaciones contiguas, que recordaban a animales degollados en el matadero. Se me quitó el apetito y adelgacé a pasos agigantados. ¡Si hasta la ducha estaba en el pasillo y tenía que pagar un suplemento por el agua caliente (un aparato de tortura, accionado por fichas, previamente compradas a la patrona de la pensión, que acababa escupiendo agua hirviendo después del helor inicial)! Suerte que soy un as de la informática y acabé descubriendo las bibliotecas públicas. Con mi portátil y el acceso gratuito a Internet pasaba las horas fuera de aquel habitáculo inmundo. No obstante, también descubrí los cines, los teatros, los cafés, los museos; total: que el precio de mi adaptación a Madrid fue el que me olvidase de las dichosas oposiciones.
Pero la gran ciudad nos reserva dolorosos ritos de iniciación a los catetos de pueblo. Una tarde, dirigiéndome a la primera sesión de unas multisalas de un centro comercial, fui vulgarmente asaltado. Para mi desgracia, por la mañana había sacado de mi cuenta en la Caja de ahorros de Granada la considerable suma (para llevar encima) de 300 €. Sin ningún aviso, me vi con una navaja en la yugular externa. En esos momentos solo pensé en mi vida y entregué la cartera sin ninguna objeción. Afortunadamente el atraco no me dejó ni marca (física), pero me sentí el ser más desgraciado. Creo que estaba tan desolado que me olvidé de lo que realmente era importante: mis documentos. Ni se me pasó por la cabeza denunciar el robo en la policía o algo de sentido común como cancelar la tarjeta Visa. Sin dinero, me colé en el metro y me acerqué al centro. Deambulé por las calles, rodeándome de gente por las cercanías de la Puerta del Sol.
En ese preciso instante, en frente de mí, a la entrada o salida de un Corte Inglés, un pedazo de mujer, la hembra más atractiva que había visto en mi vida, me suelta:
—¿Dónde vas, Javier, con esa facha?
No pude contenerme. La abracé torpemente y me puse a llorar. Sólo el agradable roce en mi mejilla de los senos esplendorosos de aquella mujer me despertó en la escena más ridícula de mi vida. Y mi cabeza empezó a pensar, para destilar la frase más feliz e ingeniosa de toda mi existencia:
—Lo siento, no recuerdo nada. Debo de sufrir amnesia.
Las primeras semanas fueron horribles. Por motivos económicos, decidí alquilar una habitación en una pensión de la calle Montera. Yo no podía concentrarme en el estudio. Aquel temario, aquellos temas áridos de fundamentos del derecho o de los artículos de la Constitución, de absurdos psicotécnicos, se me atragantaban en un ambiente que hedía a calcetines sucios y a sudor rancio. Por la noche no podía pegar un ojo: con el ruido de fondo de unos gemidos de placer de las habitaciones contiguas, que recordaban a animales degollados en el matadero. Se me quitó el apetito y adelgacé a pasos agigantados. ¡Si hasta la ducha estaba en el pasillo y tenía que pagar un suplemento por el agua caliente (un aparato de tortura, accionado por fichas, previamente compradas a la patrona de la pensión, que acababa escupiendo agua hirviendo después del helor inicial)! Suerte que soy un as de la informática y acabé descubriendo las bibliotecas públicas. Con mi portátil y el acceso gratuito a Internet pasaba las horas fuera de aquel habitáculo inmundo. No obstante, también descubrí los cines, los teatros, los cafés, los museos; total: que el precio de mi adaptación a Madrid fue el que me olvidase de las dichosas oposiciones.
Pero la gran ciudad nos reserva dolorosos ritos de iniciación a los catetos de pueblo. Una tarde, dirigiéndome a la primera sesión de unas multisalas de un centro comercial, fui vulgarmente asaltado. Para mi desgracia, por la mañana había sacado de mi cuenta en la Caja de ahorros de Granada la considerable suma (para llevar encima) de 300 €. Sin ningún aviso, me vi con una navaja en la yugular externa. En esos momentos solo pensé en mi vida y entregué la cartera sin ninguna objeción. Afortunadamente el atraco no me dejó ni marca (física), pero me sentí el ser más desgraciado. Creo que estaba tan desolado que me olvidé de lo que realmente era importante: mis documentos. Ni se me pasó por la cabeza denunciar el robo en la policía o algo de sentido común como cancelar la tarjeta Visa. Sin dinero, me colé en el metro y me acerqué al centro. Deambulé por las calles, rodeándome de gente por las cercanías de la Puerta del Sol.
En ese preciso instante, en frente de mí, a la entrada o salida de un Corte Inglés, un pedazo de mujer, la hembra más atractiva que había visto en mi vida, me suelta:
—¿Dónde vas, Javier, con esa facha?
No pude contenerme. La abracé torpemente y me puse a llorar. Sólo el agradable roce en mi mejilla de los senos esplendorosos de aquella mujer me despertó en la escena más ridícula de mi vida. Y mi cabeza empezó a pensar, para destilar la frase más feliz e ingeniosa de toda mi existencia:
—Lo siento, no recuerdo nada. Debo de sufrir amnesia.


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