sábado, abril 21, 2007

Trama 6 – Venganza (1/2)

Cristian era un muchacho que, para etiquetarlo con un simple adjetivo, podríamos denominarlo como un profundo “espiritualista”. Desde siempre, mientras todos los muchachos de su edad solamente tenían cabeza para los deportes y las motocicletas, la única obsesión de Cristian se centró en la introspección de su alma, un espíritu sensible que sufría con el materialismo y ateísmo que le rodeaba. No sólo había llegado a la plena convicción de que él mismo constituía una difícil amalgama de cuerpo y alma, sino que en este dualismo era la parte espiritual la única real, incorruptible, imperecedera. A raíz de su frenética actividad de reflexión y autoconocimiento había forjado un ecléctico andamiaje de verdades religiosas, filosóficas y morales que guiaban su vida. A una base espiritista, despojada de rituales folclóricos como la invocación de almas penadas, había incrementado ideas sui generis de la inmortalidad del alma, basada incluso en supuestos cientificistas. Incluso en el campo de la ciencia, en que muchos acumulan racionamientos para abrazar el credo materialista, Cristian veía pruebas de que el alma habitaba en el código genético de las células: Dios existía en la VIDA; el ser humano está hecho a semejanza de Dios porque es parte de Él, porque en todo ser humano, atrapado en un cuerpo, vive un principio divino capaz de perpetuarse más allá de la muerte o liberación del espíritu. Entendía el universo bajo la inexorable ley de la tendencia al equilibrio, a la transformación y conservación de la Energía. Creía en esta ley del eterno equilibrio universal que en las culturas de Oriente llaman “karma” y que en la filosofía de occidente trata como “causa y efecto”, aunque él concebía este último concepto no como simple correlación de hechos cronológicamente sucesivos, sino como una relación necesaria de finalidad, prueba irrefutable del principio divino que impregnaba a todas las Cosas y Seres. Cristian por ejemplo distinguía inequívocamente entre “destino” y “predestinación”. La diferencia sutil no le dejaba el mínimo margen a la duda. Porque nuestra alma es en esencia de naturaleza divina, ésta posee la característica de libertad absoluta de elección, de forjarse un destino, lo que prueba su omnipotencia, que es la propia de Dios. Precisamente se está “predestinado” cuando el alma abandona su poder de elección. Si la persona crea su destino, no hay opción al victimismo. Una víctima es alguien que cree que la predestinación le ha jugado una mala pasada; no sé da cuenta de que el universo ha de volver a su posición de equilibrio. El bien que uno haga a los demás acabará volviendo sobre sí mismo y de igual manera sucede con el mal, porque el universo se está siempre reajustando constantemente para adaptar esta ley.

Con estas ideas, con la absoluta certeza de que un día iba a encontrar a su verdadera alma gemela, Cristian asistió a la conferencia de Juana R, doctora en literatura hispanoamericana. Nada más verla supo que ahí estaba el amor de su vida, el complemento perfecto, la unión de espíritus. Parecía que la técnica de sugestión en el sueño había dado sus frutos, técnica que él mismo había inventado y perfeccionado con constancia y esfuerzo de concentración mental. Todas las noches, al acostarse, pasaba indefectiblemente por estadios obligados: comenzaba mentalizándose en la necesidad de su alma gemela y de que su propia alma era merecedora de tan querido premio; luego, bajo la sugestión de que conseguiría su alma gemela por el poder del deseo, lo materializaba en un cuerpo (¡sí, era ella: Juana!), para, acto seguido, agotado por el esfuerzo, en sueño profundo, poder visualizar a su amada y vivir escenas de otras reencarnaciones anteriores o del futuro. Estaba saliendo con Tania, pero aquello no era magnetismo, apenas relación eléctrica de bienestar emocional y biológico. Ver y escuchar a la docta profesora resultaba para Cristian una sensación extraña, porque la convicción del reconocimiento y la de haber vivido ya aquellos instantes lo empujaban a una emoción de eufórico desasosiego. Intentó concentrarse en el discurso de aquella mujer de 52 años y, como la temática era un análisis riguroso de las ideas espiritistas en la obra Como agua para chocolate de la escritora mexicana Laura Esquivel, aún encontró mayores motivos para la coincidencia, aunque este término estaba excluido de su vocabulario mental: los hechos suceden porque así están escritos, especialmente aquéllos justos por los que el alma opta y ejerce su libertad de elección.

Ni por un minuto Cristian pensó en sus 19 años recién cumplidos, en la distancia académica que lo separaba de aquella consagrada doctora, de atractiva madurez, y él, un simple alumno de primero de filología hispánica. Al acabar el turno de preguntas y dar por concluida la conferencia, Cristian se precipitó con un juvenil ímpetu hacia la profesora de los últimos cursos de carrera y de doctorado.

—Necesito hablar contigo, ahora, sin falta.

Juana sintió una extraña atracción por aquel nervioso alumno. Ni ella misma supo cómo de pronto se encontraba cenando con un jovencito que le repetía fidedignamente los supuestos filosóficos de la novela que ella acaba de analizar en la conferencia impartida en la universidad, y además aportaba interesantes sugerencias para nuevas investigaciones.

El colmo de la irracionalidad fue la inconsciencia del paso del tiempo, como en una elipsis brusca de tiempo, y sentir su cuerpo desnudo acariciado por aquella piel joven. Como anécdota, recuerdó haber proferido estas palabras, a modo de vana excusa disuasoria:

—¡Pero si tienes la edad de mi hija menor! Mi otro hijo te lleva cinco años. ¡Qué locura!

Juana, con una vida intensa de amantes y en un matrimonio sexualmente activo, nunca en su existencia había sentido el placer que le proporcionaba aquel cuerpo delgaducho. Cristian, envuelto en una sensación de vértigo y borrachera de sentidos, revivía las escenas de sus sueños.

La noche se hizo corta, pero hubo otras noches, otros fantásticos encuentros; hasta el día que Juana decidió cortar con aquella temeraria relación que ponía en peligro su propio matrimonio y la anulaba como persona, totalmente dependiente de un Cristian, mitad hombre mitad crío: ella, que había tenido los amantes que había querido, que había sabido aprovecharse de ellos, de usarlos y tirarlos, de haberles sacado el jugo para su provecho con la complejidad de su marido, también adúltero, bajo la implícita política de guardar las formas y la discreción y desviar la mirada de lo que resultara desagradable ver.

Trama 6 – Venganza (2/2)



Un día Juana se armó de coraje para enviarle una despedida en formato de correo electrónico:

Cristian:

Tenemos que dejarlo. No podemos vivir más esta situación. Quiero liberarme de la carga de sentirme que te soy totalmente necesaria. Tú tienes una vida por hacer. La mía ya la he hecho. Lo hemos hablado muchas veces: eres más joven que mis hijos. Tú eres maravilloso, pero te mereces una mujer de tu edad, con quien puedas formar una familia y que te pueda dar hijos de tu sangre. Yo misma ya ni quiero y de aquí a unos años, muy pocos, ni podría. Quiero que no dependas de mí ni de nuestros encuentros semanales o de los correos diarios para caminar en tu vida. Creo que sería bonito que entre nosotros quede una bella amistad, pero sólo eso: sabes, sin embargo, que voy a ayudarte siempre en tus estudios de literatura. No quiero que tu vida dependa de mí (tampoco puedo soportar necesitarte). No debiste dejar a Tania. La vida cambia y tenemos que cambiar forzosamente. No me imagino el resto de mi vida junto a ti. Luego sería demasiado tarde. Con mi edad, no puedo perder lo que he ido construyendo a lo largo de años. No soy una jovencita para vivir de sueños y de un príncipe azul. A ti mismo un día los “fósforos” se te van a acabar o incluso yo no pueda encender las cerillas de tu pasión. Cuanto antes nos dejemos de ver va a ser mucho mejor. Tú mismo me dices que lo que sucedió ha sucedido porque tenía que pasar así, pero somos personas, yo mucho más vieja que tú, y quiero tener la oportunidad de escoger. Es duro para mí, pero ya he decidido mi futuro: quiero vivir con mi marido y mis dos hijos, aunque de aquí a poco sé que los chicos van a dejar la casa. Si algún día me aburro y veo que necesito algo extramatrimonial que me dé vida, ya habrá hombres dispuestos y no necesariamente, perdona, alguien como tú, a quien llevo más de veinte años y ahora le doblo en edad.

Yo voy a recordar cada encuentro nuestro como los instantes más felices de mi vida. No intentes hacerme cambiar de idea. No voy a volver atrás. Tú, que tuviste el valor de enamorarme, sé fuerte y vive tu vida, porque la vida continúa.

Si te sirve de algo, quiero que sepas que, en el caso de que realmente exista amor, el amor de mi vida has sido tú.

Un beso y una despedida:

Juana


Aquellas palabras lo herían de muerte. Sus impresiones de impotencia, dolor y postración dejaron paso a un sentimiento de rabia y deseo de justicia brutal.

Nunca había estado en aquel piso de lujo cercano a la zona universitaria. Juana observó a través de la mirilla de la puerta a un desencajado Cristian, que había logrado entrar y subir sin usar el portero electrónico, aprovechando que un vecino entraba en el edificio. Abrió la puerta y la cerró, tras dejar pasarlo pasar. Todo sucedió muy rápidamente. Cristian había robado a su madre el cuchillo más afilado de la cocina. El arma entraba y salía en el cuerpo de aquella mujer con una saña sin freno. Lo que más le dolía a Juana en aquel momento era la certera idea de una muerte tan absurda. Agotado de tantas cuchilladas, Cristian, con frialdad de mártir, se cortó las venas de la mano izquierda, cerró los ojos y aguantó estoicamente la agonía de su lenta muerte.

Fue el hijo de Juana quien descubrió aquella escena dantesca del cuerpo sin vida de su madre en un charco de sangre. A pocos metros, apoyado en la pared, un chico de su edad, el asesino, también estaba muerto. Si los pensamientos tuvieran el poder de plasmarse en los rostros humanos, hubiera podido leer el último de aquel hombre:

—Perdona, Juana, tenemos que encontramos en otra reencarnación, quizás la próxima.

jueves, abril 12, 2007

Trama 7 – Enigma (1/2)

Los relatos de ciencia ficción se saldan con batallitas de terrestres y alienígenas. Para mí, sin embargo, la ciencia ocupa una presencia vital, manifiestamente real en mi existencia, en mi mundo. No necesito ensoñaciones fantásticas que me hagan volar la imaginación. Me pongo a redactar esta historia y percibo, además, que es la primera vez en que las ciencias —incluidas las exactas— me devuelven una sensación de vértigo, de caos, que hace tambalearse todas mis convicciones.

Estoy a punto de matricularme en primero de medicina y soy consciente de que esta elección, lejos de guiar una vocación arraigada en el tiempo, obedece al reflejo de unas circunstancias, de una coyuntura aleatoria. Mis dos grandes pasiones (confesables) son las matemáticas y la lectura. Las matemáticas actúan de refugio donde evado mis preocupaciones. El placer que experimento al resolver un problema, al probar un axioma o incluso al dar con el contraejemplo que lo refute sólo es contrastable para mí con la lectura de un buen libro, que me atrape, me zarandee y me abstraiga de la vacía realidad cotidiana.

Escogí en el bachillerato la opción de ciencias de la salud no tanto por la tradición familiar (mi padre es ginecólogo) sino porque a mi madre en esa fecha le detectaron una leucosis aguda. Conocer el fatal diagnóstico y decidir que iba a convertirme en el mejor hematólogo, para poderla ayudar, fue cuestión de segundos y esa elección todavía dirige mi presente.

No me dejaban donar sangre por la edad, pero fue tanto hablar de transfusiones y de pruebas para encontrar compatibilidades en el previsto transplante de médula ósea que me encontré con un dato que me produjo seria conmoción: comparar mi grupo sanguíneo con el de mis padres. De mis conocimientos de la ESO, sabía que la distribución de los grupos sanguíneos en la población humana no es uniforme. Mi grupo AB– resulta ser el más infrecuente. Pero, al comprobar que mi madre era A+ y que la combinación de mi padre era A–, un sudor frío se apoderó de mí. Sé que puede resultar absurdo dar importancia a la presencia o no de determinadas proteínas en los glóbulos rojos; pero aquello concernía a mis verdaderos orígenes. Confieso que lo que primero me llamó la atención fue el factor Rh, pero necesité repasar los apuntes y consultar libros de genética, para comprobar visualmente que existía una posibilidad combinatoria. Lo que no tenía vuelta de hoja, por más que dibujara flechitas de cruzamientos, era que mi madre fuera mi madre biológica. Lo de mi padre me despertó la consiguiente duda; pero es que yo soy una fotocopia de él: rasgos faciales, tamaño, peso y hasta una mancha en la espalda que tenemos todos los Sierra.

Tener esta certeza excitó mis recuerdos, como el de que cuando pequeño pensaba, en momentos de ingenuidad infantil y por pequeñas peleas con mi madre, que mi madre verdadera era otra. Y siempre me refugiaba en mi tía Laura, la tieta, la artista y bohemia de la familia. Un día, con 9 años, me escapé y logré llegar a su casa, y allí pasé la noche, acurrucado con ella, en su cama inmensa, de matrimonio.

Trama 7 – Enigma (2/2)

Como ven, lo que empezó siendo una historia de sesgo científico tomó los visos de una historia de detectives y el protagonista era yo. No podía contar con nadie, porque nadie me hubiera dicho la verdad y la frágil salud de mi madre me impedía que ni sacara el tema.

Un día, en casa, con mi madre ingresada y mi padre avisando que se quedaría en el Hospital hasta muy tarde, lo regiré todo. Recuperé todos los recuerdos, en forma de fotografías y documentos. Con la seguridad de las leyes de la genética, asistía ahora al montaje de unas fotografías de mi madre con una abultada barriga, en un cuerpo que no había engordado ni el mínimo gramo. Con la inocencia pueril, alguna vez pregunté por qué no había fotos de tía Laura en mi nacimiento y en los meses que los precedieron. La única respuesta había sido de mi padre, en plan burlón: —Tu tía se nos hizo hippie y se nos fue de casa casi un año. También reclamaba yo que me hubiera gustado que mi madrina fuera ella, y no mi abuela, que para mayor inri y en propiedad no era mi abuela, sino la segunda esposa de mi abuelo, madrastra de mi madre, Júlia, y madre de mi única tía, Laura. En apariencia todos los papeles (certificados de registro civil, libro de familia, hojas de ingreso en la clínica) daban fe de que mi madre me había traído al mundo, a la edad de 37 años, cinco años después de casarse.

Investigando llegué a registrar el secreter de mamá, un bonito escritorio de nogal cerrado con llave. Lo encontré abierto, no obstante, y me llamó la atención un cuaderno sellado con un mecanismo de seguridad con la combinación de seis letras de entre las 27 letras del alfabeto. Probé suerte con mi nombre, E-U-G-E-N-I, y pude abrir el libro. Lo que leí allí aún me afecta hoy en día. Parecía un relato decimonónico:

Mi tía Laura, doce años más joven que mi madre, se enamora apasionadamente de su atractivo ginecólogo, recién llegado de Zaragoza, con la ilusión de comerse el mundo en la ciudad condal. En los planes de mi padre consta implícitamente el casarse para obtener un buen nivel de vida, y especialmente emparentarse con los Codina y mi abuelo materno, que, no en vano, regentaba una clínica particular. Mi abuelo reacciona inusitadamente diciendo que la pequeña no se casa y que la primera boda de sus hijas será la de la pubilla Júlia, hija de su primera esposa y heredera universal, exceptuando la legítima. Mi padre acepta el vergonzante trato y, a las semanas de la ceremonia, Júlia Codina, prisionera en su nuevo angosto mundo doméstico, percibe con estupor que su hermana es la amante de su marido y que, más o menos (más menos que más), cuidando las formas, se citan a escondidas. Cuando la situación se hace insostenible y mi madre decide agarrarse a su última dosis de orgullo y de amor propio, y planea la separación y divorcio, unos análisis rutinarios le confirman su esterilidad. Un costoso tratamiento de fecundación asistida en la Dexeus no da resultados, pues morfológicamente su útero muestra la imposibilidad congénita de un implante de óvulos. Obsesionada por la idea de su hijo, habla con su hermana Júlia y, a cambio de renunciar a la exclusividad de su marido, le pide el favor de que tenga un hijo para ella. Mi padre, Santiago, lo apañó todo y él mismo me trajo al mundo y me cortó el cordón umbilical, arreglando todos los documentos oficiales.

Y aquí me encuentro yo: con mi secreto. En los descubrimientos científicos, como en las novelas policíacas, siempre hay un dato, una variable perdida que acaba confirmando una hipótesis o que desenmascara al culpable. Aquí no hay descubrimiento ni culpable. He perdido mis raíces, mis referencias, pero la vida continúa…

miércoles, abril 11, 2007

Trama 8 – Rivalidad (0/4)

martes, abril 10, 2007

Trama 8 – Rivalidad (1/4)

Nacieron casi con el siglo, el mismo mes, separados por un pequeño arroyuelo y la inconciliable linde —aunque a veces posible de franquear— entre ricos y pobres, amos y sirvientes.

Jaume Giralt Barrull, el hereu, aseguraba a sus progenitores la continuidad del apellido y de los bienes sabiamente amasados por el carácter emprendedor del fradistern o segundón Santiago Giralt Lamarca y por la herencia de su esposa, Eugènia Barrull Raventós, la finca Campanyà, de más de 3.200 hectáreas y otras propiedades menores. El comercio del aceite en Les Borges Blanques, y en toda la comarca de Les Garrigues, suponía un negocio en alza, que permitía diversificaciones del capital hacia la Hidroeléctrica del Segre y una pequeña fábrica de hilaturas.

Con un futuro menos provisorio vino al mundo Llorenç Soler Vila, hijo de los masovers de Can Campanyà. Las malas lenguas de la comarca, sin embargo, siempre quisieron ver en el niño los rasgos fisonómicos inequívocos de Santiago Giralt Lamarca. Si el vulgo barajaba dudas sobre la verdadera paternidad biológica del pequeño Llorenç, recibió la certeza definitiva de la infidelidad del rico Giralt (de quien se rumoreaba que había contraído matrimonio con la pubilla Eugènia, beata y la mujer más instruida del pueblo, sólo para incrementar su patrimonio y para lavar la afrenta de haber nacido el segundo) cuando éste decidió apadrinar al primogénito de los Soler Vila. Por este motivo, lo padrí de Llorenç no fue uno de sus abuelos, sino un generoso hacendado, quien, junto a la padrina Eugènia, le colmó de atenciones y de algo que podemos traducir como “cariño”, más allá de la relación fría que se presuponía hacia un simple hijo de sus empleados.

Los niños, Jaume y Llorenç, se criaron como hermanos: eran inseparables. El carácter soñador y el físico frágil y la salud enfermiza del pequeño Jaume —al parecer herencia de los Barrull— se complementaba a la perfección con el espíritu práctico, de aventurero con los pies en el suelo, y un vigor y una salud envidiables que siempre mostraba Llorenç. Las posesiones de los Can Campanyà pasaron a constituir el escenario de juegos e iniciación de los niños y después adolescentes; en especial, aquel arroyuelo de agua pura y cristalina que daba vida a la finca y separaba el Mas y Casa pairal de los Giralt de la modesta barraca de los abnegados masovers. En las ruinas de la torre árabe imaginaban audaces incursiones de “guerra”; entre los olivos y el febril molino de aceite jugaban a un laberíntico policia i lladre: Jaume siempre era el fugitivo, para que tuviese tiempo para esconderse, pero la mano implacable de la justicia, representada por Llorenç, lo apresaba indefectiblemente.

Cuando los dos fueron a los Jesuitas (porque Lo Padrí insistía en hacerse cargo también de los gastos escolares de Llorenç), el tiempo de juegos se fue acortando; pero, al crecer y aprender a leer, Jaume tuvo acceso a la rica biblioteca materna y entre los libros descubrió casi intuitivamente las teorías del origen de la Tierra y de la evolución de las especies. Fue el propio Jaume quien inculcó a Llorenç la pasión por la búsqueda de fósiles.

Aqui on estem un dia va ser un oceà, per això trobem cargols, però de mar —intentó adoctrinar a Llorenç, que asistía a los argumentos prestando la máxima atención—. Això de Adan i Eva és una mentida dels hermanos. Tot ve de l’aigua

La ingenuidad de Llorenç recibía constantes asaltos y su cómodo andamiaje de verdades infantiles se tambaleaba.

La pasión por las ciencias en general y por la genética en particular fue inculcada por el hermano Sebastián, un sacerdote metido a profesor de la Orden, aunque por afinidad íntima le hubiera ido mejor el hábito de monje franciscano; físicamente sus redondeados rasgos y la delicadeza de sus movimientos y de su pausado discurso se traducían en un evidente amaneramiento que despertó especial empatía en el jovencísimo Jaume, quien pasó a convertirse en el discípulo aventajado y en el principal suministrador de insectos y plantas que procedían de Can Campanyà. Con el hermano Sebastián aprendieron el sorprendente mundo de los genes dominantes y de las leyes de Mendel, aunque la Historia (en mayúsculas) todavía no había hecho justicia a las conclusiones extraídas de los experimentos de guisantes por parte del monje agustino hacía más de medio sigo antes y atribuía el mérito de las leyes fundamentales de la genética a un botánico holandés, De Vries, de quien se alimentaban las inquietudes de aquel improvisado equipo de investigación. Llorenç, quien siempre iba a remolque de Jaume en esta iniciación científica, acabó por aburrirse de tanta planta. Sin embargo, el hereu de los Giralt se obsesionó con la botánica el mismo día que descubrió lo fascinante del mundo vegetal, aunque no siempre consiguiera atraer la colaboración y entusiasmo del amigo. Sin llegar a hacer explícita, sólo como mera intuición, la que sería su posterior inclinación intelectual, la de las reacciones químicas y su relación con los procesos vitales, llegó a la conclusión de que en las plantas había componentes capaces de sanar o de enfermar: el tallo y las flores de la cicuta resultaban tan semejantes a los del perejil o del hinojo que la primera planta apenas se distingue de las otras por el color oscuro y el olor desagradable de las hojas, siendo un terrible veneno o sedante para calmar dolores persistentes e intratables. Toda la vida de Jaume estuvo marcada por el conocimiento, cuando era niño aún, de que lo que puede curar también puede matar fulminantemente, de que existe un límite difuso entre la medicina y el veneno, porque éste último quizá sea una cuestión de grado y de proporciones. La Naturaleza no engendra el mal, pero puede menguar el bien: aficionarse a las plantas venenosas, encerradas en la belleza de un jardín capricho de su madre, supuso al joven Jaume experimentar la contradicción del horror y del éxtasis ante la vida.

Lo que realmente atraía a Llorenç eran los animales. Y no los aburridos insectos, que satisfacían el espíritu taxonómico y coleccionista de un entomólogo avant la lettre padre Sebastián. Al muchacho lo que le despertaba la curiosidad eran los pájaros, reptiles y los animales mayores, aunque fueran de granja; es decir, la vida como un libro abierto, en forma de lucha de supervivencia. Llorenç robaba los huevos y polluelos de todos los nidos de las posesiones de Can Campanyà. Se aficionó a enjaular jilgueros machos por el simple placer de hurtar a la Naturaleza aquel canto armonioso, que quería para él solo. En los días de parva de la hectárea que su padre labraba para el trigo del gasto de todo el Mas, debajo del rastrojo descubría alacranes, que mataba él sin compasión. Cazaba vivos serpientes de agua, culebras, sapos y lagartos con la única intención de asustar a otros compañeros o incluso a incautos “hermanos”, que se encontraban con las más extrañas alimañas en los lugares menos insospechados. Descubrió, sin ayuda de libros o del hermano Sebastián, que la lagartija logra sobrevivir aunque le corten el rabo. Posteriormente, con la incipiente maduración sexual de ambos, Llorenç aficionó a Jaume a observar —a escondidas, durante las vacaciones y en los momentos en que el mayor de los Soler Vila lograba escaquearse de los compromisos de ayudar a los padres— a los animales en plenos actos de procreación. La atracción por el tamaño de aquellas vergas equinas en erección despertó, como algo natural, el interés por sus propios genitales, excitados. Los juegos de niños, los fósiles, las disquisiciones científicas dejaron paso a la actividad iniciática de fer-se un palla.

En una ocasión, en plena “turbación” manual, la mano libre de Jaume fue a parar a los genitales de un sorprendido Llorenç:

Què fas, mariconàs?
És que… la tens més grossa —intentó apuntar Jaume a modo de excusa.

El preludio de cierto distanciamiento sobrevino cuando Pepeta Delofeu entró a formar parte del servicio de los Giralt, por un capricho y caridad cristiana de la señora. Eugènia, que quiso rescatar a una pobre infeliz del Convento de las Carmelitas de Aitona. Abandonada con escasas horas de venir al mundo, las hermanas de la Orden Tercera de la Virgen del Carmen y Santa Teresa de Jesús habían aprimorado una exquisita y refinada educación para Josefa Delofeu (porque nada se sabía de sus verdaderos progenitores) con la esperanza de que se casase bajo el cobijo de una de las casas de las cuales se recibiese mayores aportaciones económicas o, en el peor de los casos, de que prosiguiese la vocación religiosa de ser esposa de Cristo. Con el tiempo, Pepeta pasaría a ser la sirvienta de confianza de Eugènia Barrull, la padrina de Llorenç, en especial porque, a resulta de una diabetes, la señora se iba quedando ciega y exigió a la muchacha que le leyese para ella los heterogéneos ejemplares de su nutrida biblioteca. La plenitud que apuntaba en sus esplendorosos 14 años, con ropas buenas, un corte de pelo con gracia y una pulcra higiene impensable en las austeras paredes del convento, pero sobre todo el porte, las buenas maneras y la simpatía que irradiaban en la bella Pepeta enamoraron a todos, características que no pasaban desapercibidas a nadie, puesto que la adolescente despertaba una atracción nada indiferente; pero fue Llorenç quien, menos tímido, se atrevió a festejar a la nueva chica de la casa. La joven, con las ideas claras y una educación cauta de no someterse a los caprichos y deseos lujuriosos de sus amos, también sintió una pasión hacia alguien más cercano a su condición social y tan ben plantat. El amor de Llorenç se encendió con fugaces besos robados en la mejilla de la muchacha, algún leve toque y roce de manos y una promesa firme de que, cuando fueran mayores, se casarían. Jaume llegó tarde y mal; en su torpeza sólo obtuvo un displicente rechazo:

No, que aquest cos no serà mai per al senyoret, que ja en té d’amo.

Quiso la fortuna que los excesos juveniles del patriarca Santiago Giralt se tradujeran en una terribles purgaciones que postraron al cincuentón galán en una impotencia e inapetencia sexual extremas, lo que libertó a Pepeta de un desagradable acoso y preservó su virginidad, impensable de haber sido conservada en tiempos anteriores por un consuetudinario dret de cuixa casi aceptado como ley de derecho entre las personas de la comarca.

Trama 8 – Rivalidad (2/4)

Llorenç regaló a su “prometida” el mejor jilguero, el que alegraba la casa de sus padres con un vigor de incansable cortejador. Pepeta empezó a sospechar que el senyoret Jaume ponía mucho interés en aquella cadernera y observó que alguien colocaba unos manojos de perejil. Un día, el pajarillo amaneció sin vida, más frío y tieso que la escarcha que campaba afuera.

Después, llegó la hora de que los amigos tuvieran que separarse definitivamente. La inquietud científica del hereu Jaume lo impulsó a los estudios de química y de su conexión con la vida. Estudió bachillerato en Lleida capital, porque su sueño era estudiar medicina en la Facultad de Madrid. Conocía los trabajos y éxitos de D. Santiago Ramón y Cajal, en su cátedra de Histología e Histoquímica Normal y Anatomía Patológica de la Universidad Central de la capital de España, antes de centrarse más en su Instituto de Neurobiología. También conocía que un brillante científico, Juan Negrín, ocupaba la cátedra de fisiología y el joven estudiante de provincias soñaba con que fuera su maestro y le introdujera en el apasionante mundo de la bioquímica.

La firme decisión de Jaume Giralt ocasionó el disgusto y desilusión de su padre, que había pensado para su hijo en una carrera de abogacía que le permitiera el salto a la política y a la defensa y ampliación de bienes de la familia. No obstante, era tanta la convicción del primogénito que su padre tuvo que acabar aceptándolo, no sin antes consolarse con la idea de que el fadristern, Enric Giralt Barrull, cumpliría sus ansiados deseos.

Llorenç, por su parte, había desarrollado una acusada conciencia social, que alguien podría catalogar de desagradecimiento hacia sus benefactores: “Abans de ser un esclau com els meus pares, jo m’estimo més ser rabassaire... a meitat, a terços o a quarts, tant se me’n fot!”, gritaba constantemente a modo de bravata. Tenía asumido que le reservaban que se dedicase a las tierras y negocios de lo Padrí, pero éste último se desmarcó del cometido para el joven y le propuso al muchacho que siguiera estudiando, lo que liberó al impulsivo primogénito de los Soler Vila a tener que rebelarse.

Padrí, de debò voleu pagar-me els estudis?... Jo vull fer carrera militar.

Con 15 años, Llorenç fue aceptado como cadete en la Academia de Ingenieros de Guadalajara. Pronto se percata que donde más puede tener futuro era en los negocios de una compañía, la Unión de Española de Explosivos, fundada por un tal Alfred Nobel en 1872 y que monopolizaba los avances tecnológicos de la Artillería. Por ello, se especializa en la Sección de Explosivos y acaba, como teniente, destinado a Sevilla. Después de varios destinos, con la participación activa en los hechos de Annual, de donde salvó de milagro su vida, con el recuerdo de heridas cicatrizadas en el cuerpo y en el alma, y la rabia y desengaño de aquella absurda guerra; pues bien, después de esto y una larga convalecencia fue premiado (ascendió a teniente coronel) con un destino más cerca de casa: la capitanía general de Barcelona, bajo el mando de Miguel Primo de Rivera, un año antes de su golpe de estado. Atrincherado en el destacamento del Castillo de Montjuïc, a pesar de disfrutar, si hubiera querido, de un soldado asistente para él las veinticuatro horas, el joven teniente coronel Lorenzo Soler Vila no pudo soportar cumplir órdenes de represión contra el pueblo. Sus ideas socialistas, más intelectualizadas que revolucionarias, chocaban brutalmente con las ideas y actuaciones de sus superiores, y por este motivo decidió abandonar el ejército. El amor que sentía hacia Pepeta Deulofeu no era una excusa, sino un rescate, una nota de certidumbre, una agarradera en aquella situación que se le desmoronaba encima. Al casarse con su primer amor, un amor juvenil hecho de gestos tiernos y de una firme promesa, recuperaba él unas coordenadas y un sentido a su vida. Su instinto práctico le llevó a buscarse el sustento de la nueva familia en lo que había aprendido de su juventud militar: el conocimiento de explosivos. A través de la Comandancia de Ingenieros obtuvo un contrato como responsable de esta área en las canteras explotadas por la sociedad Fomento de Obras y Construcciones, especialmente por los contactos que aún mantenía con la Unión Española de Explosivos. Quiso la ironía del destino que los lugares en que paseaba al disfrutar de algún día de permiso (él, que encontraba fósiles como murex torulariosus o turritella proto-rotifera en las fallas sedimentarias, que confirmaban que la montaña había estado antiguamente debajo del mar) acabasen siendo familiares: Font Trobada, Santa Madrona, Font del Gat, Ballarona, Urbina, Serafina, Mabre, Mata Gats… Con esta actividad laboral, la pareja encontró tranquilidad económica y una casa barata en el barrio de Sants, aunque luego con la Exposición del 1929 se dispararían los precios.

La primera noche que los cuerpos desnudos de Pepeta y Llorenç se encontraron, estalló un espectáculo pirotécnico de luces y gemidos de placer. Llorenç, acostumbrado a servicios de prostitutas durante su carrera militar, casi no podía imaginar como real aquel cuerpo tibio, con olor a pan recién sacado del horno, esplendoroso en formas y rotundas redondeces. La débil imagen que le había acompañado a lo largo de años, una imagen preñada de sueños y futuro, por fin tomaba cuerpo en aquel cuerpo de dureza blanda y suave. Pepeta, por su parte, ofrecía gozosa y ufana su virginidad, la física y especialmente la mental, a aquel que era el amor de su vida: aumentó su deseo y excitación al reseguir con sus manos las cicatrices de su marido, recién estrenado. El matrimonio realizó un viaje de bodas a Madrid, Toledo y Aranjuez. Después de hoteles de bastante lujo, en la última parada de su pequeño periplo pernoctaron en una fonda modesta, en una habitación grande, muy baja de techo y con un balcón que daba a la calle, pero tan a la altura de los transeúntes que vieron peligrar su intimidad amatoria. Estaban dispuestos a marchar, pero lo avanzado del día y un cuadro hicieron desistir a la pareja.

—¿Conocen este estilo de pintura? Es de un catalán como ustedes, Rusiñol, ya se lo presentaré en la cena.

De vuelta a Barcelona, pasaron por Les Borges Blanques. Visitaron a los padres e hicieron el amor en la casa de Lo Padrí, en la habitación de invitados, como señores, un regalo más de los generosos Giralt hacia el ahijado, a pesar de que Doña Eugènia perdía a su mejor sirvienta y dónde encontrar una sustituta como lectora, para llenar las horas largas de una ceguera progresiva e irreversible. Sin embargo, Jaume no estaba y quien realmente mandaba en Can Montanyà era Enric, el segundo de los Giralt Barrull, quien también en vano había pretendido añadir a Pepeta Delofeu a su lista de conquista de alcoba.

Jaume no estaba en la casa pairal, pero ya en esas fechas, 1926, ultimaba los trámites para el regreso definitivo de su aventura peninsular meseteña. La fascinación primera por la Residencia de Estudiantes, donde conoció interesantes personajes y un amor en forma de becaria alemana que frecuentó fugazmente la capital del Reino; la ilusión por las clases de fisiología y haber sido aceptado por Negrín en las prácticas de laboratorio, después de una selección dura y de demostrar que resultaban útiles los conocimientos de alemán imbuidos por la relación con Helga y un arduo estudio y lecturas… dejaron paso a una desilusión sin precedentes, al comprobar lo arbitrario del maestro a la hora de escoger sus verdaderos discípulos y la preocupación convulsiva del profesor canario por la juerga nocturna madrileña, su gula y afición desmesurada por la bebida, así como percatarse que en las oposiciones de cátedras actuaba parcialmente beneficiando a candidatos de quien podía obtener retribución en forma de favores políticos y económicos. El hastío y la depresión se apoderaron de un desorientado Jaume, quien en un momento de extraña racionalidad decidió reconvertir su antigua pasión por la bioquímica (más específicamente por la incipiente biología molecular) en estudios de farmacia, que siempre tendrían una posible salida profesional digna y que de alguna manera le permitían abordar las sustancias químicas en los organismos vivos.

No obstante, hubo un tiempo en que todavía vivía el espejismo e ilusión de la novedad de haber aterrizado en Madrid, obnubilado por una Residencia con un laboratorio de Fisiología. Un día, en ese mismo lugar, en un descanso de una práctica de síntesis de colesterol de cálculos hepáticos, cayó en la tentación de un adolescente delante de su primer microscopio y se puso a analizar su líquido seminal. Quiso confirmar sus sospechas con el veredicto de su compañero y amigo, Luis Castán, de Zaragoza:

—¿Ves lo que estoy viendo?
—Lo siento. Parece de manual: concentración baja de espermatozoides con escasa vitalidad: esterilidad en un 98 %.

Y ese secreto lo guardó para el resto de sus días.

A punto de acabar la carrera de Medicina, abandonó Madrid y regresó a Lleida capital para matricularse en la Facultad de Farmacia, con la posibilidad de convalidar bastantes asignaturas. Se enteró de la boda de Pepeta y Jaume unos meses antes de licenciarse y el conocimiento de que la pareja se instalaba en Barcelona le reafirmó en una decisión meditada, a raíz del consejo de su compañero Luis Castán, que sí había acabado la carrera en Madrid, pero que, sin voluntad de perpetuarse en la docencia o investigación universitarias, optó por instalar un consultorio en el Eixample barcelonés. Fue el propio Castán quien le propuso lo que entendía como negocio del futuro: que montase una farmacia en Barcelona. En una carta afectuosa, el médico zaragozano le instaba a que traspasase una farmacia, en pleno funcionamiento, “en un barrio modesto, Sans , pero te juro que la Farmacia Forns y Plana, de la calle Valladolid, 8, por 6.000 pesetas es un negocio que no te lo puedes perder”.

Pare, cal que em doneu 1.200 duros. Jo no serveixo per a les terres. Enric fará això molt bé i no us en penedireu. Em quedo una farmacia i us torno els diners, quan podré.
Queda-te’ls, són teus; però mai em demanis res més, porque has deixat de ser l’hereu —sentenció el patriarca de los Giralt.

Los 24.000 reales, la herencia en vida de Jaume Giralt, costearon la compra-traspaso de la farmacia, en los bajos del edificio, una farmacia perfectamente surtida con sustancias contenidas en tarros decorados de rótulos latinos caligráficos y de cerámica del siglo anterior que atiborraban las estanterías del suelo al alto techo; así como las dos plantas más del número 8 de la calle para residencia. En la transacción de compraventa también se incluía un sótano de cuatro casas más adentro de la calle, en el nº 16, y que se hacía servir a modo de almacén. Allí Jaume se hizo construir un modesto pero completo laboratorio, con microscopio alemán e infinidad de redomas, crisoles y tubos de ensayo. Al poco tiempo, el negocio se mostró próspero, en parte por la fama de sabio de Jaume, quien pasaba tardes enteras encerrado en su improvisado laboratorio. La fama atrajo clientes incluso de otros barrios de Barcelona y el respeto de numerosos médicos de la ciudad, aunque en su inicio sólo contase con la recomendación incondicional de su amigo Castán. Era verdad que la buena fe de Jaume siempre pretendía ayudar a los pacientes, que venían atraídos como si de un santo (o un demonio) se tratara. De hecho, de poco servía contratar ayudantes, porque las personas hacían filas interminables para recibir el consejo exclusivamente de aquella eminencia científica. Nadie hubiera imaginado que todos los esfuerzos en las tardes de Jaume se centraban en destilar alcaloides (incluso psicotrópicos), glucosidos, taninos, oxolatos, fotocoumarinas, aceites esenciales, saponinas… sustancias altamente tóxicas, capaces de sanar en las dosis precisas, pero también capaces de producir muertes instantáneas.

A los dos años, amortizada la inversión y saldadas las deudas que pudieran haber surgido, el carácter huraño de científico obsesionado por sus descubrimientos dejó paso a una preocupación política y de sociedad sin precedentes: se afilió a Esquerra Republicana de Catalunya y frecuentó constantemente la sede del partido del distrito IV. A modo de casino, consumía bebidas poco alcohólicas, jugaba al ajedrez y recibía algún curso de lengua catalana, según la nueva normativa. Jaume, a Pompeu Fabra, lo admiraba con locura, por lo racional de su propuesta. En la práctica, el deje de su catalán occidental fue desapareciendo y acabó por reproducir con maestría las vocales neutras. De hecho, la culminación social y adaptación a la burguesía del barrio por parte de Jaume sobrevinieron al marcar el enlace matrimonial con la señorita Helena Junyent, más conocida cariñosamente como Ena. Jaume se quedó prendado de Ena, al verla jugar baloncesto contra el Club Femení de Básquetbol Institució Montserrat y ella era la que más pelotas robaba al equipo contrario, más rebotes atrapaba y más canastas realizó a lo largo de partido, con lo que su equipo la Unió Esportiva de Sants consiguió una cómoda victoria. Le impactó aquel físico fibroso y angulado, un tanto masculino, de poco pecho y escasas curvas, predominio de rectas y piernas largas de quitar el hipo. Después hubo otro encuentro fortuito en el envelat organizado por el partido. Ena derrochaba vitalidad y desparpajo, y tomó cariño a aquel hombre de casi treinta años, diez más que ella, que torpemente pretendía acercársele y mantener una mínima conversación. El efecto del cremat y de aquella música frenética de la orquesta Coopey Jazz, de Manresa, que reproducía los ritmos norteamericanos, llevó a la incipiente pareja a un clima de intimidad. De repente, la sonrisa de Ena competía con el ruido de fondo en frescura y sonoridad.

Per què rius?
No t’ho prenguis malament, però pensava que si tinguessim un fill podria sortir amb la teva intel·ligència i amb el meu físic: seria el nen més sabi i més maco del món —se justicaba Ena.
Aixo és tot un elogi i un convit, pero també pot passar que el nostre fill fos “menys” intel·ligent (com tu) i més lleig que un pecat (com jo) —mentía descaradamente Jaume, pues aquella joven era despierta y viva de inteligencia, mucho más que él, y él mismo sin ser un adonis no era en absoluto ningún adefesio, muy al contrario resultaba bastante agraciado, de cuerpo frágil pero rostro bonito.

Y empezaron a reír los dos. Y cuando Jaume quiso ser consciente, ya le había pedido que se casase con él, y ella, que tal vez empezó todo por un frívolo coqueteo, acabó aceptando la petición y citando al farmacéutico para presentarlo en familia.

A pesar de ser vecinos de barrio y seguirse la pista por pesquisas indirectas, Jaume y Llorenç evitaban encontrarse. Una vez Pepeta necesitó de unas medicinas recetadas y mandó a su marido a comprarlas, pero éste prefirió andar hasta la otra farmacia del barrio, la Mataplana, de Creu Roberta. El motivo de tantos recelos era las opciones políticas que representaban los dos amigos de infancia. Pepeta Delofeu, antes de casarse, había decidido que nunca iría a traer un hijo al mundo, en una firme resolución que nunca reveló a su marido. Mientras hubiese niños abandonados por su padres, entendía ella, que parir hijos propios era una debilidad burguesa. La ausencia de padres biológicos y su estancia en el convento de carmelitas le afirmaron en su decisión, que pudo llevar a la práctica conociendo su cuerpo y los ciclos menstruales, de bastante regularidad en ella, además de algunas plantas abortivas a que tuvo que recurrir cuando la Naturaleza venció la racionalidad humana de sus meticulosos cálculos de días fértiles. Además, el fundador de la Orden, Francisco Palau y Quer, que pasó un exilio de once años en Francia, había fomentado en su pueblo natal de Aitona, en la Orden Tercera por él fundada, la importancia de enseñar francés. Ese francés estudiado con las monjas carmelitas, junto a un castellano impecable, era lo que le permitió convertirse en la “lectora” de la pobre Eugènia Barrull Raventós y también lo que le dio acceso a aquella biblioteca, que no censuraba ninguna obra a pesar de la preferencia de la señora de Giralt por los de ortodoxia católica, y le transportó a unos escritos de Mijail Bakunin. En Barcelona, siempre con el apoyo incondicional aunque de verlas venir por parte de Jaume, abrazó el credo libertario e incluso se cambió la identidad para borrar el estigma de “ésser que déu lo feu”, bastarda, expósita, huérfana, abandonada, y se hizo llamar Federica Gustavo, en homenaje a Frederica Montseny y a la madre de ésta, Soledad Gustavo, que en realidad era pseudónimo de Teresa Mañé. Económicamente el matrimonio no lo necesitaba, pero pidió a su esposo que la dejara trabajar en un taller del barrio declarado como artes gráficas, pero que nunca llegó a editar un libro, a lo máximo folletos publicitarios y material de papelería, en especial, sobres de cartas, que tenían que pegarse uno a uno después del troquelado y corte de guillotina. Se afilió a CNT en tiempos de Primo de Ribera. Llorenç, con la nueva identidad de Lorenzo, acompañaba a su esposa a las charlas y participaba como simpatizante, aunque siempre con miedo de entrar en la acción revolucionaria.

Trama 8 – Rivalidad (3/4)

La fecha del 14 de abril de 1931 cambió la vida de todos. La familia de Ena eran destacados afiliados de Esquerra Republicana de Catalunya. Las mujeres todavía no habían podido votar en esas elecciones municipales, pero de alguna manera Ena y su madre se prepararon para recibir la República: fueron por la mañana a la peluquería, y la madre, que había comprado ropas de colores a escondidas, había cosido banderas y tuvo el coraje de colgar la tricolor del balcón de casa. Jaume cerró la farmacia y, junto con Ena, se desplazó por la tarde a la plaça de Sant Jaume.

Aquesta és la teva plaça, Sant Jaume —le soltó a modo de chiste.
Que jo no sóc pas “sant”, malgrat que visc a Sants —y hacía este comentario Jaume, mientras su mano se posó descaradamente en los glúteos musculosos de una deportista Ena, entre la multitud de personas manifestándose llena de júbilo.

Allí estaban los suyos. Habían ganado. Primero en el balcón del Ayuntamiento, Companys proclamó la República ante cuatro gatos. Al parecer, Companys, cabeza de lista por Barcelona de las elecciones municipales del domingo anterior, no había consultado a Macià su decisión personal de proclama, pero l’avi se vio obligado a volver a proclamar la República, pero esta vez desde el todavía Palau de la Diputació, ante una multitud que había ido congregándose en considerable número y cantando espontánea y emocionadamente Els Segadors.

La experiencia del matrimonio Lorenzo y Federica aquel 14 de abril de 1931 fue bastante diferente: se dirigieron a la Modelo a abrir las puertas de la prisión. Un número considerable de personas, a primeras horas de la tarde, empezó a tirar piedras contra las puertas de la cárcel hasta que consiguieron entrar dentro del primer patio y llegar a los locutorios Por todos los indicios, los funcionarios ya habían recibido las órdenes de abrir las celdas y los presos salían, por lo que la gente no se adentró más allá. Ya el próximo 1 de Mayo (entonces se decía “Primero de Mayo”) nació la bandera roja y negra de la CNT con un mitin en que destacaron los parlamentos de Frederica Montseny y Buenaventura Durruti.

Al poco tiempo se abrieron ateneos libertarios y el matrimonio Soler Delofeu (en propiedad, Soler Gustavo) se afilió al de Sans . Federica Gustavo se vio encuadrada en el sector más radical de CNT y consideró la República un nuevo régimen burgués. Para ella había llegado la hora de actuar. En el Ateneo había diferentes secciones: excursionismo, cuadro escénico, de esperanto e incluso una sección naturista, pero la joven se apuntó a la parte cultural, a la escuela de formación. Allí es donde ella vislumbró su verdadero cometido. Vivía las contradicciones de alguien que pretende cambiar el mundo y no puede cambiar ni a su propio compañero. Una sensación de impotencia y desespero la hundía cuando intentaba convencer a los otros: cómo entender que era posible un mundo y futuro mejores, y que la gente no lo consiguiese ver. Incluso en casa, después de un día de trabajo, en el taller y en el Ateneo, se encontraba que Lorenzo se tumbaba en un sofá del comedor a la espera de que ella, su esposa por la iglesia, preparara la cena. ¿Dónde estaba la presunta igualdad de sexos, que “su” hombre incluso preconizaba desde presupuestos teóricos? Estaba afiliada al sindicato, a la rama de Artes Gráficas, y después formó parte de la FAI. A escondidas muchas veces de Lorenzo, intentó por militancia ejercicios de lo que se llamaba “gimnasia revolucionaria” y participó en los piquetes para invitar a las fábricas a “secundar” las huelgas generales. En una fábrica, no hicieron caso de las acciones intimidatorias del grupo y la policía los pilló a todos, después del chivitazo. Uno de los jóvenes anarquistas llevaba un arma y se la pasó a ella, para evitar pena mayor en la cárcel. De nada sirvió que dijese que se había encontrado esa pistola, pues la llevaron a la prisión de mujeres, de la calle Reina Amalia, en El Raval. Desde las ventanas podía observar el teatro Olimpia y allí se personó su marido con la intención de sacarla aunque fuera mediante fianza: no consiguió nada apelando a su pasado militar o a sus referencias de Fomento de Obras y Construcciones. Y fue en ese momento en que el desesperado esposo entró en contacto con el amigo de la infancia, Jaume Giralt. Éste recibió el encargo con el escepticismo de que pudiese ayudar en algo, pero se dirigió raudo a la prisión de mujeres con un abogado amigo y compañero de partido: aquellos tiempos de la República, después de vencer las derechas en las generales del noviembre de 1933, eran difíciles para intentar ayudar a anarquistas, que en cierto modo habían contribuido a la situación de represión generalizada habiendo propugnado la abstención, con pintadas en el barrio que rezaban: “Obrero, por tu dignidad, no votes” y que todavía nadie las había borrado. Coincidieron las gestiones de Jaume con la declaración, bajo tortura, del muchacho del arma de que la pistola era suya, y Pepeta/Federica pudo salir con libertad bajo fianza. Aquello supuso un golpe muy duro en las convicciones revolucionarias. Esa política de tirar tiros un día para que al día siguiente se tuviera que ir a trabajar como si nada era absurda, demasiado romanticismo, demasiado querer ir demasiado rápido para nada, porque sin una inmensa mayoría, sin una revolución de las mentes no era posible cambiar el mundo. Al día siguiente, Federica era mucho más Pepeta, pero con el cansancio y la desilusión de una persona vieja, sin parte de sus sueños.

De algo sirvió el encuentro de amigos. En lo formal se produjo un resurgir de la amistad entre ambos. Jaume ya estaba casado con Ena y los dos matrimonios empezaron a salir juntos a algún espectáculo teatral e incluso a alguna comida popular en Montjuïc: una forada a la muntanya, para una costellada o una popular arrossada. Pronto, todo el mundo pudo percibir el grado de afinidad entre un recuperado “Llorenç” (que volvía a usar el catalán) y Ena, la mujer de Jaume, que de nuevo parecía volver a su vitalidad y alegría características. Pepeta, de repente, sentía celos porque su marido mostrase una remozada ilusión; pero no podía hacer nada.

Trama 8 – Rivalidad (4/4)

Y sucedió el accidente. Unos de los trabajadores de la cantera Serafina había bautizado al “ingeniero” Lorenzo Soler Vila con el premonitorio mote de “Sargantana”, por su manía de esconderse entre las piedras, con una actitud temeraria, ya que la pedrera tenía su vida propia y había que tenerle más respeto, porque se le estaba robando lo que la Naturaleza había creado. Él había sido contratado para el método de explotación llamado per rampell i enderroc, cuando no eran viables o económicamente interesantes los otros métodos: a cel obert, per galeries subterrànies o per pous. El método primero era el que más se utilizaba en las canteras de Fomentos de Obras y Construcciones en la montaña de Montjuïc y consistía en perforar en la parte inferior y con una altura de 1,80 m una serie de galerías o pilares para que, al faltar la base, toda la masa superior se fuera desprendiendo de la roca madre y, con ayuda de explosivos, se ganaba tiempo y se rompía en mil pedazos el material extraído, lo que evitaba el trabajo forzado de los empleados con la misión de hacer menores los fragmentos de roca mediante tascons, pins, maces, martells, trinxants, buixardes… Llorenç/Lorenzo no hacía caso ni al geólogo, un ex ingeniero del ejército, del cuerpo de Topógrafos, cuando éste le recordaba que no podía acceder dentro de las galería o pilares excavados, porque sin explosivos también eran frecuentes los desprendimientos de materiales. Y sucedió. Después de un fin de semana de lluvias, Llorenç quiso inspeccionar los puntos más frágiles de unas galerías para la dinamita posterior. Todo fue cuestión de segundos. Sargantana percibió instintivamente un pequeño temblor de tierras que hizo que buscase la salida al exterior. Se arrojó por los suelos a la desesperada, pero su brazo izquierdo quedó cubierto de un montón de piedras. Un grupo de picapedreros encontró al ingeniero en estado de inconsciencia. Cuando Pepeta recibió la noticia, la mujer buscó ayuda en el matrimonio amigo. Jaume se presentó en el Clínic, aunque la herida evolucionó negativamente: el brazo comenzaba un proceso de gangrena y la única opción era amputar la extremidad.

La convalecencia se realizó en la casa de los Giralt Juyent aprovechando una de las habitaciones de invitados del edificio de la farmacia. Pepeta accedió a que su marido lo desplazasen allá, porque después de abandonar su lucha revolucionaria anarcosindicalista no quería renunciar a su trabajo ni pretendía abandonar su labor cultural de alfabetizar adultos en el Ateneo, pero alguien tendría que atender a su esposo. Ena pasó a ser la abnegada enfermera de las mañanas, con una diligencia encomiable. Cuando Llorenç estaba en fase de verdadera recuperación, excitada por aquel muñón de carne cicatrizada, excitó otro miembro que se hizo duro y, a horcajadas, desafiando todos las normas de precaución, decencia y fidelidad a su marido, penetró/fue penetrada por aquel garañón. Estaban hechos el uno para el otro, semental y yegua en celo. Una pasión animal, de músculos tensos, despertó entre ambos y los encuentros amatorios se fueron sucediendo con la única discreción de que Ena intentaba ahogar los gemidos de placer y rabia contenida mordiendo una toalla, al límite de mantener el aliento, sabedora de que Jaume se encontraba dos plantas más abajo despachando remedios a una larga fila de clientes. Éste intuyó la infidelidad de su esposa indirectamente, al percatarse de un repentino furor sexual de su esposa que le volvía a pedir todos las días al acostarse juntos que hicieran el amor (si a aquel deseo febril se le podía llamar amor), y especialmente cuando, pasado un mes y medio, una Ena exultante en su belleza felina comunicó que estaba embarazada.

Una tarde Pepeta regresó antes del trabajo. Llorenç había marchado a solucionar unos papeles de la pensión que le quedaría de Fomentos de Obras y Construcciones. Ena, por su parte, estaba con su madre, recorriendo las tiendas de la Carretera de Sants, con la intención de ir preparando el nacimiento de su primer hijo. Esa tarde Jaume coincidió a solas con Pepeta en la cocina de casa. Se armó del coraje suficiente para estampar sus manos en forma de garras en los senos llenos, redondos, abultados de la mujer de Llorenç. Ésta reaccionó con rabia, con insultos que había oído a otros y le salió en castellano:

—¿Qué haces, cabrón, cornudo? —le soltó a modo de rechazo.
Tu també en tens de banyes i ben grosses. I tu et dius anarquista? Tu tens amo i sempre en tindràs.
L’únic orgull que pot tenir un pobre és no prostituir-se —lanzó Pepeta a modo de sentencia, y la escena, tensa, dramática, se saldó con un pacto implícito de silencio.

Preparando su venganza, Jaume propuso a Llorenç que, ahora que dejaba las canteras y recibía una pensión holgada de Fomento, aceptase trabajar con él (bien podía agenciarse un aprendiz) en el negocio de hierbas. Jaume confesó (algo que ya sabía Llorenç desde la época del padre Sebastián) la fascinación que le despertaban las hierbas y raíces y lo útil que eran para sus preparados; pero que él como farmacéutico debía preservar su prestigio científico y no confundirse con un simple herbolari. Lo que pretendía que fuese un motivo de afrenta para Llorenç, acabó convirtiéndose en un próspero negocio. Con el aura de ser manco del brazo izquierdo, aunque su porte marcial y aristocrático no disminuyese en nada, ayudado de un chiquillo, vivo como el hambre (que además muchas mujeres confundían con su hijo), Llorenç iba ganándose la confianza de las personas del barrio, en especial de la mujeres mayores, al acusar a los farmacéuticos de estar compinchados con los médicos para engañar a los pacientes, robándoles el dinero, con fórmulas inocuas o malignas de nombres raros. A Jaume le hubiera gustado defenderse, pero no podía; de entrada, porque estaba convencido más que nadie en el poder curativo (y también destructivo) de las plantas y, en segundo lugar, porque su farmacia le iba tan bien que no importaba si algún paciente buscaba otras soluciones en manos de curanderos o herboristas sin escrúpulos que fomentaban la superstición y en el mejor de los casos “remedios de abuela” sin ningún valor científico. El negocio de hierbas fue un éxito, no necesitaban ni abrir una tienda: bastaba un carrito repleto de hierbas, tirado entre Llorenç y el chico pequeño. Después de unas horas de venta ambulante, el carro, que salía del laboratorio y almacén de la calle Valladolid nº 16, con género exclusivamente extraído de la montaña de la ciudad, la de Montjuïc, con la colaboración fiel de personas que recolectaban plantas a un precio ridículo en comparación al valor a que se vendían; pues bien, ese carro regresaba vacío. Llorenç había recuperado algunas expresiones de otras épocas y que él pregonaba sin ningún tipo de vergüenza: «Malves, malví, romaní…», «Plantatge, sàlvia i orenga…», «Herbetes de Montserrat…». Todo esto sin olvidar la Fira de Sant Ponç, celebrada el día 11 de mayo, en que el público arrasaba con todas las existencias.

La venganza de Jaume se postergó al nacimiento del hijo. Sorprendentemente, Jaume vio en aquella criatura el rostro de su padre, fallecido apenas unos meses atrás. Quien sí podía ver (de no tener una ceguera tan avanzada) a su nieto (aunque no de sangre, porque ésos también se los había dado su hermano Enric) era su madre, Eugènia Barrull. Nadie se percató de la ironía de que el niño se llamase Eugeni: todos vieron un homenaje de amor filial, hacia aquella mujer de frágil salud de hierro.

Seguían viviendo los cuatro bajo el mismo techo, quizás por la inercia de la costumbre ahora sellada por los negocios comunes de los dos amigos de infancia, y porque Pepeta, después de superar la desagradable situación del acoso inequívoco de Jaume, no estaba dispuesta a volver a cargarse sola con las tareas domésticas de una casa. Su realización personal eran sus clases algunas tarde y el trabajo, en verdad muchas veces repetitivo, pero en definitiva un trabajo y la oportunidad de liberarse del esclavismo y del sexismo de los quehaceres de un piso.

La venganza llegó en el momento que tenía que llegar. Aprovechando que Llorenç cayó enfermo de un simple constipado con febrícula, Jaume llamó rápidamente a su amigo Luis Castán y, asumiendo todos los honorarios del doctor, fue dándole unas infusiones que curiosamente coincidieron con la gravedad de la enfermedad: lo que empezó como un simple catarro fue complicándose en una neumonía y, en menos de dos semanas, en una insuficiencia respiratoria y parada cardiaca. La principal coartada de Jaume, cuando el propio Llorenç asoció la medicina con su empeoramiento general, es que el primero ofreció a su paciente la tisana y el farmacéutico no tuvo inconveniente de beber también de la misma tetera. Acusar a alguien de asesinato es una decisión seria y que exige prudencia y pruebas; no obstante, podemos pensar que alguien aficionado al mundo de los venenos siempre puede tener acceso a antídotos o a seguir un método homeópata.

A raíz de la muerte del marido, súbita e inexplicable, Pepeta decidió abandonar aquella casa de la calle del farmacéutico y esposa, y buscó un piso modesto, pequeño, aunque en el mismo barrio de Sants. No llegó a vestir de luto, porque toda la pena y negra tristeza penetraron en su interior. Continuó con sus clases y pegando sobres, mientras podía hacer volar la imaginación y los recuerdos.

Con la excusa de invitar a Pepeta a que los acompañase, a él y a Ena, a la verbena de la fiesta mayor y que pudiese admirar la decoración de la calle Valladolid, Jaume, solo, se presentó en la casa de la viuda de Llorenç Soler. Corría el año de 1935 y hacía cinco meses que el marido de Pepeta había fallecido. Olvidando todo lo negativo del pasado, la mujer sentía ahora una gratitud infinita por aquel amigo de su esposo, por ayudarlo hasta el último momento de su vida y por hacerse cargo de todos los gastos del prestigioso médico del Eixample y de todo el entierro. La conversación derivó en declaración apasionada por parte de Jaume: «que sempre t’he estimat, des del primer dia que et vaig veure; que en Llorenç se’m va avançar, perquè jo sóc més tímid i cagadubtes; que sempre t’estimaré; que si vols deixo l’Ena i l’Eugeni i comencem de nou…»

Estas palabras despertaron en Pepeta un deseo sano de vivir la vida, de liberarse de sus remordimientos morales e incluso sociales, porque un hombre enamorado no importa que sea rico o pobre, señor o esclavo.

Fes-me l’amor, fes-me que torni a sentir vida.

Dentro de la poca vitalidad que caracterizaba a Jaume en la cama, éste copuló con bastante empeño, excitado por aquella orondez de formas. Como un perro copula con una perra, colocó a Pepeta de cuatro patas y la penetró por detrás agarrando con fuerza aquellos pechos que no cabían en sus manos.

Después del acto, los improvisados amantes se dedicaron una sonrisa y miradas de agradecimiento.

Cuando Jaume bajaba las escaleras de aquel edificio, supo con certeza absoluta que nunca volvería a ver a aquella mujer. Desilusionado por haber matado un sueño que le había acompañado toda su vida, porque para matar a un sueño basta hacerlo realidad, Jaume tuvo el pensamiento de comparar a Ena con Pepeta: acostumbrado a las líneas y músculos de su esposa, a Pepeta las curvas y carne le quitaban nervio y la hacían excesivamente fofa para su gusto.