Trama 17 – Descubrimiento (1/5)
Quien lea la siguiente historia puede llegar a pensar que soy un tipo temerario y que me arriesgo innecesariamente revelando hechos que podrían inculparme. Sin embargo, el motivo que me impulsa a escribir esta “confesión” —aunque no soy tan tonto de no disfrazar nombres y detalles importantes— es que pertenezco a esa clase de varones que no disfrutan plenamente si sus “hazañas” no salen a la luz pública. ¿De qué nos serviría pasar una noche de pasión con Claudia Schiffer, Naomi Campbell o Giselle Bundchen, si al día siguiente no se enterara toda la ciudad, hasta el quiosquero de mi barrio? Ese afán publicitario me obliga a escribir estas letras, a tenor de parecer ingenuo o un ser despreciable.
Me llamo Antonio José (o quizás tampoco). Me crié con mi madre, Carmen, madre soltera, en casa de mis abuelos, en un pequeño pueblo de Andalucía. De joven se marchó a servir a la capital y me llevó al pueblo recién nacido. Viví con ella hasta los dieciocho años, en que falleció por una enfermedad extraña, que el médico del pueblo diagnosticó como un virus, palabra que viene a confirmar que nunca llegó a saber la verdadera etiología de la enfermedad y muerte. Todo sucedió muy rápido: unas fiebres altísimas durante dos días y dos noches, y se nos fue de este mundo. Ni en los momentos últimos de su agonía logré conocer la identidad de mi padre. Lo máximo que le entresaqué fue el siguiente enigma: «Tu padre era alguien importante y no se podía casar conmigo; pero tú de alguna manera estás a su lado».
En lo material no me pude quejar. Mis abuelos eran de los pocos del pueblo propietarios de sus tierras, y bien o mal nunca nos faltó un plato en la mesa. De hecho, en plena adolescencia, le dije seriamente a mi abuelo (que fue como un verdadero padre para mí) que el arado estaba reñido con mi manera de ser, que yo quería estudiar. El pueblo era tan pequeño que estudié la FP de administrativo en el municipio cabeza de partido próximo, a treinta kilómetros, y donde amortizaban un mastodóntico instituto politécnico. Creo que la mala suerte se alió conmigo al librarme del servicio militar por excedente de cupo, porque mi sueño siempre había sido salir a conocer más mundo. Tuve (o ella me tuvo a mí) una novia desde los 15 a los 21 años, pero la muy zo… me dejó para casarse con hijo de pastores. Todo el mundo en aquella época dejaba las labores agrícolas y hacía fortuna con las ovejas. Creo que María Angustias se casó virgen: durante todo nuestro noviazgo nos repasábamos mucho con las manos, pero nada de cama. Y yo, que no me casé, casi hubiera sido virgen si Montse, una chica nacida en Figueres, hija de emigrantes del pueblo en la década de los cincuenta, no hubiera irrumpido en mi vida. A Montse le debo yo el que me hiciera olvidar la anatomía palpada de Maria Angustias, y unos veranos locos de pasión coital, hasta que concluyó su carrera de medicina y se casó con un oftalmólogo que todavía debe trabajar en la Barraquer. De los otros contactos con chicas —en número reducidísimo— recuerdo más la intensidad que la frecuencia de los encuentros.
Con mi título de administrativo, llevé las economías familiares de medio pueblo, aunque mi época de mayores beneficios coincidía con la de las declaraciones de renta. Pero mi verdadera pasión no eran los números, sino el teatro; teatro de aficionados, en el instituto y en el pueblo. Para mí el teatro supuso superar la timidez, casi congénita; por mi esfuerzo interpretativo había erradicado el molesto ceceo, el comerme vocales y consonantes, y cualquier otro indicio de la relajada habla de mis paisanos.
Me llamo Antonio José (o quizás tampoco). Me crié con mi madre, Carmen, madre soltera, en casa de mis abuelos, en un pequeño pueblo de Andalucía. De joven se marchó a servir a la capital y me llevó al pueblo recién nacido. Viví con ella hasta los dieciocho años, en que falleció por una enfermedad extraña, que el médico del pueblo diagnosticó como un virus, palabra que viene a confirmar que nunca llegó a saber la verdadera etiología de la enfermedad y muerte. Todo sucedió muy rápido: unas fiebres altísimas durante dos días y dos noches, y se nos fue de este mundo. Ni en los momentos últimos de su agonía logré conocer la identidad de mi padre. Lo máximo que le entresaqué fue el siguiente enigma: «Tu padre era alguien importante y no se podía casar conmigo; pero tú de alguna manera estás a su lado».
En lo material no me pude quejar. Mis abuelos eran de los pocos del pueblo propietarios de sus tierras, y bien o mal nunca nos faltó un plato en la mesa. De hecho, en plena adolescencia, le dije seriamente a mi abuelo (que fue como un verdadero padre para mí) que el arado estaba reñido con mi manera de ser, que yo quería estudiar. El pueblo era tan pequeño que estudié la FP de administrativo en el municipio cabeza de partido próximo, a treinta kilómetros, y donde amortizaban un mastodóntico instituto politécnico. Creo que la mala suerte se alió conmigo al librarme del servicio militar por excedente de cupo, porque mi sueño siempre había sido salir a conocer más mundo. Tuve (o ella me tuvo a mí) una novia desde los 15 a los 21 años, pero la muy zo… me dejó para casarse con hijo de pastores. Todo el mundo en aquella época dejaba las labores agrícolas y hacía fortuna con las ovejas. Creo que María Angustias se casó virgen: durante todo nuestro noviazgo nos repasábamos mucho con las manos, pero nada de cama. Y yo, que no me casé, casi hubiera sido virgen si Montse, una chica nacida en Figueres, hija de emigrantes del pueblo en la década de los cincuenta, no hubiera irrumpido en mi vida. A Montse le debo yo el que me hiciera olvidar la anatomía palpada de Maria Angustias, y unos veranos locos de pasión coital, hasta que concluyó su carrera de medicina y se casó con un oftalmólogo que todavía debe trabajar en la Barraquer. De los otros contactos con chicas —en número reducidísimo— recuerdo más la intensidad que la frecuencia de los encuentros.
Con mi título de administrativo, llevé las economías familiares de medio pueblo, aunque mi época de mayores beneficios coincidía con la de las declaraciones de renta. Pero mi verdadera pasión no eran los números, sino el teatro; teatro de aficionados, en el instituto y en el pueblo. Para mí el teatro supuso superar la timidez, casi congénita; por mi esfuerzo interpretativo había erradicado el molesto ceceo, el comerme vocales y consonantes, y cualquier otro indicio de la relajada habla de mis paisanos.


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