Trama 18 – El precio del exceso (1/3)
Octavio era el típico mujeriego que había desarrollado la patética estrategia de hacerse pasar por un hombre frágil y desvalido con el único objetivo de granjearse las simpatías de las mujeres, que, al sublimar su instinto maternal, quedaban atrapadas en las garras de aquel varón que sólo les ofrecía una fugaz relación pasional y el amargo sinsabor de la frustración consiguiente.Todo este esquema de conducta cambió de manera radical cuando Emilia entró en su vida. Emilia era una muñeca, esplendorosa en el cuerpo y de cabeza tan lúcida —con la madurez que le otorgó el frustrado matrimonio con un niñato terrateniente de la comarca, además de Alba, su hija, una preciosa niña de ojos verdes— que nunca se hubiera interesado en un Octavio pelele. Emilia en Managua lo era todo; su boda en nada había menguado la riqueza paterna y ofrecía las mejores fiestas de la ciudad, donde eran invitadas toda la oligarquía local y las representaciones diplomáticas al completo. Cuando Octavio fue presentado a la anfitriona, su mundo vacuo del ilusorio esquema de coleccionador de mujeres se derrumbó por completo. La mera visión de Emilia la había elevado a objeto de deseo, en que cualquier otra parecería un débil espejo. Ese simple momento, le hizo vivir por primera vez la sensación de vértigo, de caer en el amor (y la expresión inglesa fall in love le recordaba machaconamente la caída en esa enfermedad). Emilia vio en Octavio, a lo largo del cortejo de aquel romántico ministro consejero de la Embajada de España, al amor de su vida. Aquel otro, lleno de atención y delicadezas, había despertado en ella la atracción física más violenta; pero Emilia aspiraba a descubrir en un hermético Octavio —y asumir el riesgo mutuo— los sentimientos y pensamientos íntimos. Por ello, decidieron amarse y sellar la relación con un matrimonio.
El embajador, Santiago, compañero de promoción de un brillante Octavio, en la escuela diplomática, reaccionó con la exageración de un desmesurado sadismo. Para intentar entender su conducta, alguien podría pensar que le movía la envidia hacia Octavio, una de las mejores cabezas del país, relegado a un puesto inferior en aquel destino, porque el actual ministro consejero no había apostado, como él, premiado como embajador, a mojarse políticamente por un partido, que para la desgracia de Santiago acababa de perder las elecciones generales. No, no era la simple venganza de alguien que observa el peligro inmediato de perder su cargo de confianza en el exterior para ir a parar a una embajada de inferior rango o al propio Ministerio en Madrid. No, tampoco era la rabia de la indiferencia y negativa de Emilia ante el torpe y descarado acoso de un embajador de España, lo que se mantuvo en el más estricto secreto, dada la discreción de una Emilia que sólo tenía ojos para su marido. Santiago, por su índole dañina, se había entrevistado con Ricardo, padre de Emilia, para contarle ciertos “rumores” de un depravado Octavio que aspiraba sólo a la riqueza familiar. Emilia borró de la cabeza de su padre cualquier huella de duda: Octavio quería a Alba sin reservas y además siempre él había insistido en el régimen de separación de bienes, porque el amor que los unía era la mejor riqueza.


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