Trama 1 – Búsqueda (1/3)
Podría presumir con orgullo, como Núria Feliu, de ser filla del barri de Sants, pero a punto de cumplir 88 años no he conseguido que nadie me considere artista, privilegio reservado a mi difunto esposo, el reconocido fotógrafo Andreu Pla i Blasco, que en paz descanse. También tendría que ocultar mi condición de xarnega, xarnega de bona família, pero xarnega al fin y al cabo. Los charnegos somos una estirpe de mezcla, de raza impura, siempre como perros “nocherniegos” buscando nuestra identidad. Los que tuvimos a la madre forastera mamamos como materna la lengua castellana. Aprendí catalán en la calle y hablando con mi padre, pero nunca lo suficiente para plasmar en papel mis reflexiones y sentimientos.Mi madre, Rosita García Echeverría, tenía sangre castellana y vasca. Nacida en Madrid, abandonó la capital del Reino porque su padre, funcionario en Gobierno Civil, fue destinado a Barcelona.
Mi padre, cuyo nombre prefiero omitir, era catalán y catalanista. Como he podido saber después, había participado activamente, entre el 17 y 19 de marzo de aquel 1931, en la fundación del partido político de Esquerra Republicana, en el Casal de la calle Cros, 7, a pocos metros de nuestra casa de entonces.
Quiero creer que la relación de mis padres empezó con un amor a primera vista, que hizo tambalear todas las convicciones ideológicas y la oposición de las respectivas familias a la boda. Porque mi padre, hasta meses antes de lo de la fotografía no habló con mi madre ni una palabra en catalán: se esforzaba en proferir un castellano macarrónico para agradar a su querida esposa. Mi padre, secretario de alguien que tomó posesión de un cargo importante en la Generalitat posteriormente constituida, escribía poesía; no sé si buenos poemas o ripiosos, pero en un catalán impecable, lleno de palabras para mí desconocidas y que solía robar descaradamente de Josep Carner o de Carles Riba.
La última conversación larga que recuerdo haber mantenido con mi padre sucedió el día que lo acompañé a votar en las elecciones municipales de 12 de abril de 1931. Con mis 12 años reciente cumplidos, todo aquello me resultaba extraño: la fila de votantes, la dichosa cédula (que costó encontrarla, porque la había guardado demasiado bien), la urna misteriosa, el voto… Excitada mi imaginación, no paraba de bombardear con mis preguntas a mi padre, a quien, paciente, lo sentía verdaderamente feliz, tan diferente de cómo lo veía en casa.
—Pare, que em podeu dir què és “Autonomia”? —le solté al leer la placa de una calle a nuestro regreso.
—Rosita, filla, “autonomia” vol dir un pas previ a la “independencia", el dret que tenen els pobles i les persones a viure lliures i no dependre pas dels altres. Molt lluny d’aquí, hi ha una illa, Cuba, que era una segona pàtria per a nosaltres, catalans. Aquesta illa va obtenir una “autonomia” i aquí la vam viure com si fos la nostra… Avui Cuba ja és independent (o almenys ha canviat d’amo), però encara ens queda aquesta illa per somiar la llibertat i l’enyorança de la nostra veritable pàtria.
Memoricé estas palabras, a pesar de desconocer su significado, y un día volvieron, nítidas, a mi mente, cuando varios años después de la guerra, me fijé que habían cambiado la placa y ahora rezaba: “Calle de la Unidad”.












