viernes, junio 29, 2007

Trama 1 – Búsqueda (1/3)

Podría presumir con orgullo, como Núria Feliu, de ser filla del barri de Sants, pero a punto de cumplir 88 años no he conseguido que nadie me considere artista, privilegio reservado a mi difunto esposo, el reconocido fotógrafo Andreu Pla i Blasco, que en paz descanse. También tendría que ocultar mi condición de xarnega, xarnega de bona família, pero xarnega al fin y al cabo. Los charnegos somos una estirpe de mezcla, de raza impura, siempre como perros “nocherniegos” buscando nuestra identidad. Los que tuvimos a la madre forastera mamamos como materna la lengua castellana. Aprendí catalán en la calle y hablando con mi padre, pero nunca lo suficiente para plasmar en papel mis reflexiones y sentimientos.

Mi madre, Rosita García Echeverría, tenía sangre castellana y vasca. Nacida en Madrid, abandonó la capital del Reino porque su padre, funcionario en Gobierno Civil, fue destinado a Barcelona.

Mi padre, cuyo nombre prefiero omitir, era catalán y catalanista. Como he podido saber después, había participado activamente, entre el 17 y 19 de marzo de aquel 1931, en la fundación del partido político de Esquerra Republicana, en el Casal de la calle Cros, 7, a pocos metros de nuestra casa de entonces.

Quiero creer que la relación de mis padres empezó con un amor a primera vista, que hizo tambalear todas las convicciones ideológicas y la oposición de las respectivas familias a la boda. Porque mi padre, hasta meses antes de lo de la fotografía no habló con mi madre ni una palabra en catalán: se esforzaba en proferir un castellano macarrónico para agradar a su querida esposa. Mi padre, secretario de alguien que tomó posesión de un cargo importante en la Generalitat posteriormente constituida, escribía poesía; no sé si buenos poemas o ripiosos, pero en un catalán impecable, lleno de palabras para mí desconocidas y que solía robar descaradamente de Josep Carner o de Carles Riba.

La última conversación larga que recuerdo haber mantenido con mi padre sucedió el día que lo acompañé a votar en las elecciones municipales de 12 de abril de 1931. Con mis 12 años reciente cumplidos, todo aquello me resultaba extraño: la fila de votantes, la dichosa cédula (que costó encontrarla, porque la había guardado demasiado bien), la urna misteriosa, el voto… Excitada mi imaginación, no paraba de bombardear con mis preguntas a mi padre, a quien, paciente, lo sentía verdaderamente feliz, tan diferente de cómo lo veía en casa.

Pare, que em podeu dir què és “Autonomia”? —le solté al leer la placa de una calle a nuestro regreso.

Rosita, filla, “autonomia” vol dir un pas previ a la “independencia", el dret que tenen els pobles i les persones a viure lliures i no dependre pas dels altres. Molt lluny d’aquí, hi ha una illa, Cuba, que era una segona pàtria per a nosaltres, catalans. Aquesta illa va obtenir una “autonomia” i aquí la vam viure com si fos la nostra… Avui Cuba ja és independent (o almenys ha canviat d’amo), però encara ens queda aquesta illa per somiar la llibertat i l’enyorança de la nostra veritable pàtria.

Memoricé estas palabras, a pesar de desconocer su significado, y un día volvieron, nítidas, a mi mente, cuando varios años después de la guerra, me fijé que habían cambiado la placa y ahora rezaba: “Calle de la Unidad”.

Trama 1 – Búsqueda (2/3)

La República trajo una Catalunya autònoma. De alguna manera, si fue breve o no, quizá mi padre pudo ver realizado su sueño. Deseo que lograse también su ansiada libertad personal, incluso que pudiera huir a América, porque quiero descartar la triste idea que me ha rondado alguna vez por mi cabeza de que quizá le pegaron un tiro durante la guerra; aunque inconscientemente le reprocho que desde el día de la fotografía ya no lo volvimos a ver nunca más mi madre y yo. No sé si hoy él estaría contento con la actual autonomía política de nuestra Comunidad. A mí, la huida de mi padre me dejó huérfana y creo que mi vida, en parte, ha sido una búsqueda inconsciente de un anhelo de unidad, no la del fascista con su eslogan de “Una, Grande y Libre”, sino de la esperanza de un reencuentro con mi padre, que pareció olvidarme.

Porque aquella fotografía me acompaña hasta el día de hoy. La convulsión política de aquel 14 de abril me era ajena, si exceptúo la lógica curiosidad que despierta en una niña intuir que cambiaban cosas. Para convulsiones ya tenía las domésticas, con mi padre y madre siempre como el perro y el gato, en casa, desde hacía meses, a todas horas del día, sin recato alguno. La monarquía tenía las horas contadas como el matrimonio de mis padres, náufrago entre las desgañitadas peleas e insultos, y unas falsas apariencias para imaginar que yo era la criatura que daba sentido a aquel malvivir de pareja.

En casa éramos republicanos. Como supe después, incluso mi tío Manuel, el hermano menor de mi madre, que acabó derecho en la Universitat Central de Barcelona, abrazó los postulados nacionalistas y militó en la Unió Socialista de Catalunya, partido socio de Esquerra Republicana. Mi padre hasta ese día, el de la fotografía, era uña y carne con mi tío Manuel. Y fue éste último quien más nos ayudaría durante la guerra, hasta que tuvo que exiliarse. Mi madre dijo que no abandonaba su casa y, visto que mi tío murió en Auschwitz, debió de ser una decisión acertada. Pero esto es otra historia. Aquel 14 de abril mi madre fue por la mañana a peluquería. Mi madre había comprado ropas tricolores —rojo, amarillo y morado— y había mandado confeccionar una bandera que colgó con orgullo en el balcón de casa. Mi padre ya no regresó más. Cuando volví de las monjas, del colegio regentado por las paulinas del barrio (una incoherencia ideológica de mi madre que confiaba en aquellas hermanas para hacer de mí una perfecta esposa), mi madre me pidió que comprase algún diario de la tarde. Me tuve que despabilar porque la gente casi literalmente robaba los periódicos de las manos de los vendedores. Y yo misma lo descubrí todo. Allí estaba, en portada, la fotografía que inmortalizó el momento. Aún hoy desconozco el autor de aquella instantánea, si realmente podemos atribuir autoría a un anónimo reportero gráfico cuya única virtud fue la de estar en el momento y lugar preciso, con aquella Nettel, cámara de cajón de madera y utilizando, a modo de flash, placas de magnesio. Desgraciadamente para mi intimidad, esta fotografía (que en la época sería la única cobrada, porque los reporteros sólo cobraban por la publicada) ha sido reproducida posteriormente, una y mil veces, para ilustrar libros, exposiciones, congresos y alguna crónica nostálgica del acontecimiento. Aquella imagen reproduce el entusiasmo del pueblo manifestándose jubilosamente en la plaza Sant Jaume. Todos los rostros reflejan la alegría en forma de explosión jovial, todos los rostros menos el de mi padre, que transmitía un rictus de perplejidad, como pillado in fraganti. A su lado, una mujer bella y atractiva, con el pelo corto y un gracioso bucle de moda en la época, con unas cejas finísimas y maquilladas a conciencia, está concentrada en abrazar a mi padre. Esa mujer, claro está, no era mi madre.

De nada sirvió que mi madre rompiese con rabia el diario en mil pedazos y lo lanzase al fuego de leña que preparaba la cena de aquella noche: esa fotografía marcó mi vida, me ha acompañado siempre.

Mi padre, como muerto presente, desapareció de nuestras vidas. A mis veinte años, mi tío Manuel, al ver que no convencía a mi madre de que lo acompañásemos a Francia porque la guerra la habíamos perdido, me confesó que tampoco él había sabido nada de mi padre desde aquel día. Él pensaba que mi padre, al verse retratado, decidió irse a América. Yo personalmente me inclino a pensar que la huida ya la tenía preparada, pues mi madre no encontró los documentos oficiales de mi padre ni el dinero de la cuenta bancaria, y su esposo, si creo a mi madre, nunca volvió a poner los pies en casa. No sé qué pensar de su actitud, pero mi rabia mayor ha sido no recibir noticias suyas, ni una triste carta: un padre no es un simple progenitor o un tutor; para mí él era mucho más que mera biología o condición legal.

Trama 1 – Búsqueda (3/3)

Mi búsqueda ha resultado infructuosa. Nunca volví a tener noticias de mi padre, ni el mínimo rastro. Descubrí que mi tío había muerto en un campo de concentración nazi a través del libro de Montserrat Roig. Mi madre, orgullosa, nunca quería que sacase el tema de la guerra, y mucho menos de que se mencionase a mi padre. Ella no tuvo coraje ni de leer el libro que le regalé. Sin embargo, algo debía de saber de la muerte de su hermano porque conocía yo que mi madre estuvo recibiendo cartas de mi tío, hasta una última en que enigmáticamente le decía que no sabía él si iba a poder escribir más. Sé que debió de llorar toda la noche, por las ojeras que le noté a la mañana siguientes, y presencié que en un arrebato de furia quemaba las cartas del hermano en la barbacoa de nuestra torre de Comarruga, donde pasábamos unos días de vacaciones. Ya sé que es una aprensión mía, pero aquella carn de xai que Andreu asó en aquellas brasas (porque mi marido todavía vivía entonces) amargaba un poco.

Quiso la ironía del destino que yo me casase con un fotógrafo. Yo ya no era una cría y a mis 26 años, en 1945, contraje matrimonio con Andreu en la iglesia Santa Maria de Sants, entonces en la Plaza de Málaga, en la misma iglesia cuya entrada y vestíbulo vimos arder la madrugada del 20 de febrero de 1936 mi madre y yo, cuando ya vivíamos hacía años solas, sin mi padre. Mi esposo era siete años mayor que yo. Trabajábamos antes juntos (nuestro festeig fue muy extraño) con nuestra cámara de gran formato Mampel, de madera y sin obturador, así como con la ampliadora horizontal con fuelle que compramos posteriormente. Ahorramos lo suficiente para casarnos y montar el estudio en la Creu Coberta. El negoció marchó sobre ruedas especialmente por la localización, dada la proximidad geográfica con respecto a la Policía de Plaça Espanya, y por el tema de los documentos de identidad y pasaportes.

Mi nieto Jordi, especialista en la última fotografía digital, continuará el negocio de familia, más en lo comercial, no tan preocupado por el toque artístico atribuido a mi esposo y que a mí se me ha negado, porque lo mío era atender tras el mostrador de la tienda. No obstante, guardo un secreto: a lo largo de estos años de profesión he ido salvando en un baúl enorme la mayoría de fotografías de tipo carnet que las personas se han tirado en el estudio. Dejé de frecuentar la tienda cuando la gente se decantó por las máquinas automáticas de retratar. Si mi madre estuviera viva, habría considerado absurda mi costumbre y en uno de sus arrebatos le hubiera calado fuego a las fotos y al baúl. Lo que me ha costado años recopilar (alguien podría decir “acumular”) ardería en cuestión de minutos. Cada rostro fotografiado es un mundo, es una historia, un enigma que invita a ser descifrado. Después de la búsqueda infructuosa de mi padre, también fracasé en la búsqueda de intentar congelar el tiempo. Una fotografía es un desperado intento de los seres humanos por parar el tiempo, pero el tiempo fluye y nuestra acción resulta tan vana como querer contener un océano o asir en nuestras manos toda la arena de un desierto. A mis 88 años, la vida me trajo de todo: con mi vejez, la torpeza en el andar y dolores en el cuerpo; pero no ha disminuido en lo más mínimo la lucidez de mi cabeza. Sólo sé que quiero vivir. Seguiré buscando, porque la búsqueda, aunque no obtenga frutos, me mantiene viva. Esta primavera, lluviosa y fría, se levanta hoy radiante. Recuerdo. Escribo. Quiero vivir un año más, y más, aunque es doloroso percatarse que los otros se empeñan en dejarte sola.

No quiero mi muerte, aunque quizá sea la única estrategia de parar el tiempo.


Rosa Alibés, viuda de Pla

14 de abril de 2007

Trama 2 – Aventura (1/3)

Desde su más tierna infancia un sueño guiaba su existencia: deseaba ser escritor con todas sus fuerzas. El motivo de esta obsesión radicaba en querer vivir sus propias aventuras. La vida sólo tenía sentido si se llenaba de acción y precisamente esta premisa echó por tierra la propia pasión literaria. En efecto, si lo importante resultaba ser vivir las aventuras, ¿por qué no se arrojaba desesperadamente a vivirlas sin la mediación de la molestia de lo escrito? ¿Para qué crear personajes, héroes o heroínas trasuntos de su personalidad, si el mundo estaba allí, bien real, invitando a ser explorado? La atracción verdadera no era rellenar con letras hojas en blanco; la atracción estribaba en la propia aventura, en alcanzar el límite del peligro y regresar a salvo. Y la aventura no se la encontraría entre cuatro paredes, necesitaba encontrarla en la calle, salir al exterior. Él se crearía como protagonista y buscaría fortuna. No haría falta, sin embargo, embarcarse en viajes lejanos; le bastaba vivir la sensación de incesante reto y movimiento. A su modo, emularía a Indiana Jones, Luke Skywalker o James Bond, por repasar algunos de sus ídolos. Cualquier personaje de Jules Verne hubiera colmado su aspiración; incluso se hubiese identificado con el mismísimo Robison Crusoe o el propio Gulliver en sus viajes, pero sin necesitar lanzarse a alcanzar remotos lugares. La culpa de tanta fantasía se remontaba a la lectura adolescente de toda la colección de Enid Blyton: con los cinco, el club de los siete secretos…

El mundo perdió un escritor que se podía haber consagrado y recibió con aplausos a un excepcional actor. Ya se sabe que los personajes son la savia vital de un relato. Ahora, se trataba de crear a personajes creíbles, vivos, y más “reales” que los reales.

Amanecía todos los días y nuestro personaje luchaba por erigirse en protagonista. El agua de la ducha le inspiraba arriesgados desafíos: tirarse de paracaídas; sumergirse a pulmón libre al límite de sus fuerzas; hacerse pasar por inspector de gas y estafar a todos los vecinos de un edificio, sugiriéndoles una falsa revisión obligatoria; tirarse por las pistas negras a toda velocidad; poner el vehículo a 220 km/h por un tramo de autopista; presionar a su jefe para un aumento de sueldo; practicar la espeleología; disfrutar de todas las atracciones de infarto de un parque temático; interceptar con los de Greenpeace el vertido de substancias peligrosas en alta mar...

Con el tiempo, su destreza en la caracterización lo impulsaron a desempañar el papel por el que se había esforzado meses: se haría pasar por un “sin papeles” y tendría que casarse con una chica de española, para regularizar su situación en el país.

Trama 2 – Aventura (2/3)

Sus rasgos étnicos y falta de melanina en la piel le hubiese frustrado cualquier intento de interpretar a un marroquí o a un subsahariano, y al final se decantó por un modelo que estaba presente hacía tiempo en su cabeza: un primo lejano de Argentina había convivido con él en el piso. Como hubiera dicho la persona huésped de nuestro personaje, recién había marchado de vuelta a Buenos Aires, con la amarga sensación de derrota de no aguantar la presión de ser alguien en tu país y venir a la Barcelona postmoderna a intentar sobrevivir nomás. Todo un licenciado en Informática de sistemas se había visto obligado a montar un locutorio, con cabinas de teléfonos y algunas computadoras; pero una inspección del Ayuntamiento le precintó el local, por no cumplir la normativa legal vigente y ser excesivamente pequeño. Nuestro protagonista robó a su familiar hasta el nombre, Martín, y para los amigos, “Tucho”. El “Tucho” verdadero, no el trucho, coincidía en estatura media con el imitador, pero se diferenciaban por el físico: el argentino de nacimiento lucía una cara ancha y cuadrada, y una espesa “uniceja” que le daba un aspecto de bonachón. Esto no constituía ningún handicap, ya que un argentino puede adquirir cualquier fisonomía de mezcla europea, menos la de rasgos étnicos de una persona negra o de caracteres indios (amerindios). Además, esa característica era la de menor importancia, pues pensaba actuar en barrios de la ciudad condal alejados prudentemente de su lugar de residencia. Martín Andrés Eguren, el real y no imitado, mostraba externamente características de un fornido levantador de piedras, y en el interior, se le sumaba el tópico de que los descendientes de vascos son brutos, testarudos y obsesionados con hacer fortuna. Había marchado de Buenos Aires para respirar “nuevos aires”, acuciado por la crisis económica: cuando el paro alcanzó el 24% y él se negó a conducir un remís. Se decantó por Barcelona, por el Mar Mediterráneo, además de por el familiar —hijos de primos segundos— con departamento. Se aficionó a navegar en el puerto de Quilmes, en su ciudad natal, y ahora las tranquilas aguas mediterráneas, de un mar cerrado, resultaban mejores que las bravas e impredecibles del estuario de Río de la Plata. Y de este modo pareció cumplirse la premonición de haber cursado sus estudios primarios en la escuela Nuestra Señora de Montserrat, del barrio de Montserrat de Buenos Aires, y por esas coincidencias del destino vivían en Barcelona en la calle Mare de Déu de Montserrat. La estancia del argentino educó el oído de nuestro personaje sediento de aventuras. Aprender el “argentinés” y pensar como un argentino más fue cuestión de “tragarse” los 318 capítulos de la telenovela argentina: Rebelde Way (139 episodios en la primera temporada y 179 en la segunda). Tampoco se perdió la película basada en la serie: Erreway: 4 caminos. Poco a poco su mente se fue empapando de la serie, que contaba las vivencias de unos adolescentes estudiantes internos en un colegio de la capital argentina llamado Elite Way School, destinado a los hijos de las familias más poderosas y con mayor nivel adquisitivo del país (ya en crisis). Se sentía tan atrapado en la trama de la historia que de repente se identificó con las músicas y las core de los cuatro estudiantes que, a pesar de sus diferencias, formaron una banda musical, Erreway: Mía Colucci, Pablo Bustamante, Marizza Pía Spirito y Manuel Aguirre (el azteca en el país del Río de la Plata).

Sin darse cuenta, de un día para otro, amaneció voseando, convirtiendo todas los fonemas [λ] e [y] en [∫] (por sheísmo), seseando y aspirando las consonantes implosivas, musicalizando la entonación y con un sinfín de expresiones, palabras o acepciones nuevas.

Trama 2 – Aventura (3/3)

Cuando el mecanismo de mimetismo lingüístico y mental estuvo lo suficiente memorizado, se atrevió a actuar. Escogió una barriada popular y encontró una peluquería de la cadena de franquicias de Rafael Pagès. Le tocó una verdadera “choni”, una aspirante de “maruja” de barrio, escuchimizá, toda huesos, dentro de aquella blusa que a las otras peluqueras más rellenas les hacía, por el volante, un efecto de ropa de premamá.

Cuando hubo un mínimo de confianza de la forzada conversación sobre el peinado y tipo de corte en los dos países hispanos, Argentina y España, nuestro personaje le soltó a bocajarro:

—Oshe, mamita, ¿voh te queréh casar conmigo? Te puedo dar todo lo que tengo ahorrao: 6.000 mangoh… euroh, pero sho nesesito los papeleh para quedarme acá. O(b)vio, me tirahte honda desde el principio, nomáh te vi. Pensá, corasón, no eh chihte.

La chica se sintió halagada con esa improvisada declaración. Con muestras de nerviosismo, una incontrolada risilla se apoderó de ella.

—No banco h esta espera. Decíme: “¿Te queréh casar conmigo?”. El amor es así: aparece y lo agarrás. Me guhtás con esos anteojitos: sos relinda. Pensá, pero decíme que sí.

La chica no pensó mucho.

—Yo acabo hoy a las 9 de la noche. Ven a buscarme y luego hablamos.


La muchacha, que se llamaba Conchita (lo que resultó altamente excitante para la mente de aquel hispanoargentino de corazón), se había enamorado perdidamente de aquel joven, que le recordaba un empalagoso novio italiano que le rompió el corazón cuando era más cría. Se sorprendió al ver al cliente de la tarde esperando cuando salía de la tienda. Ante la envidia y sorpresa del resto de peluqueras y de la encargada en persona, Conchita le estampó un beso que descontroló al muchacho. ¡Cómo besaba la flaquita!

No hicieron falta papeles. No hubo boda. Nuestro personaje protagonista declaró que no tenía aquellos 6.000 € y decidió un día que quemaría su DNI y todo rastro de su verdadera nacionalidad. Se fue a vivir con Conchita. Con los dineros de aquella princesa hortera de barrio alquilaron un local y montaron un locutorio. Debe de ser el único locutorio de la ciudad donde las mujeres, de una en una, a escondidas detrás de un biombo, van a cortarse el pelo, lavar y marcar, teñirse o hacerse la permanente, y otras cuestiones de manicura y depilación.

La pareja espera su primer hijo. Es varón: lo llamarán “Tuchito”. Y este cuento se ha acabado y parece que son felices, aunque no coman perdices, pero sí que, todos los días y varias veces, chupan su matesito de una bombisha compartida.

lunes, junio 18, 2007

Trama 3 – Persecución (1/3)

La vida es una alternativa: o persigues o te persiguen. Si eres mujer, juegas con el factor sorpresa, porque todos te presuponen de entrada una actitud vital de sumisión, de darte por vencida y de dejarte atrapar. Yo nunca renuncié a mi intelectualidad, a mi autoafirmación, a crear mis propias normas, a mi independencia económica, a mi formación y a mi éxito. Los hombres y las mujeres se descolocan al principio: te ven mujer y establecen la ecuación de que eres un ser débil, dependiente, capaz de comprender y auxiliar a todos, sacrificarte, ser modesta y compasiva. Cuando se dan cuenta de que mi índole resulta totalmente antitética, ya es tarde para ellos, que pasan a ser víctimas y pretenden huir en vano, pues el margen de ventaja se ha acortado tanto que mi aliento les alcanza la nuca. Soy mujer y descubrí mi verdadero valor y méritos: perseguir antes de que pretendan perseguirme. Aprendí a decir “no” y a sentir la atracción del poder. Yo sé lo que quiero y para conseguirlo no necesito en absoluto mostrarme dulce y desvalida; a mucho estirar, como simple disfrazar o camuflaje.

Era muy joven cuando percibí que el éxito se medía en centímetros o en segundo. En una carrera de caballos la diferencia entre llegar primero o en segundo lugar se nos presenta excesivo. El primer caballo gana un premio de 15.000 € pero el segundo colocado recibe apenas la cantidad de 5.000 €. ¿Quiere esto decir que el caballo primero corre tres veces más rápido que el segundo en cruzar la meta? No, en absoluto: la llegada a veces resulta tan ajustada que los jueces recurren a observar con detenimiento la llamada photo-finished o visionan a cámara lenta, tras rebobinar las veces necesarias, el final de la filmación de la carrera. Esa diferencia mínima, esos centímetros o fracciones de segundos, marcan la verdadera diferencia. A la semana, además del dinero que recibieron los propietarios de los equinos, la gente suele recordar el nombre del caballo vencedor, pero al segundo se le reserva el triste olvido. Yo siempre quise ser caballo ganador. Podría decir “yegua ganadora”, pero reconocer que el éxito sólo esta reservado a los varones constituye una trampa mental de que conseguí liberarme hace muchísimo tiempo. Quien inventó la frase de que lo importante es participar debía de ser un frustrado perdedor que intentaba consolarse disfrazándolo todo de dulce altruismo y sentimientos de santa conformidad.

“Éxito” no hay que confundirlo con “felicidad” o “buenos sentimientos”; de hecho, diría que son conceptos incompatibles. La felicidad consiste en querer lo que se ha conseguido. Mi felicidad nunca será completa, desde el momento en que mi padre falleció y no lo voy a tener conmigo nunca más. Puedo bajar el listón de “lo feliz” a mi satisfacción por lo que poseo, al aceptarlo sin reservas. Para ser feliz creo que basta no tener remordimiento y una conciencia tranquila que te permita dormir a pierna suelta. Las personas confunden, sin embargo, “éxito” con “felicidad”. Se pasan la vida afirmando que serán felices cuando sean mayores, cuando se licencien, cuando se casen, cuando los niños nazcan, cuando éstos se saquen la carrera, cuando nazcan los nietos, cuando llegue la jubilación… No y mil veces no. “Éxito” es conseguir lo que queremos. Si el éxito me hace feliz se vuelve una cuestión personal. Pretendo y ansío el éxito y me importa un bledo si al conseguir lo que quiero soy realmente feliz o si los demás me ven como un ser egoísta y despiadado.

Trama 3 – Persecución (2/3)

A la palabra “CRISIS” le sustituyo las por sendos símbolo del dólar (<$>). Para mi cualquier caída, cualquier revés del destino, constituye una oportunidad para conseguir éxito. El éxito está emparentado con el dinero. Prosperar económicamente resulta una vía de éxito, y lo acepto como tal. El dinero es importante en la vida, pero aún lo es más el poder sobre los demás. Mi autoestima alta se convierte en herramienta fundamental a la conquista del éxito de las metas, que me trazo. (“Meta” no es exactamente lo mismo que “sueño”, pues nos perdemos en los sueño, que suelen hacerse irrealizables. Un “sueño” se vuelve “meta” cuando le fijamos un plazo de tiempo: sólo así es que el sueño se materializa, se hace realidad.) Aprendí que puedo lograr lo que quiero y que poseo una fuerza dentro de mí que me permite superar todos los obstáculos.

Hay quien pueda pensar que soy un ser despreciable, pero mi moral no es la de esclavo. Yo he nacido para dominar, para someter y perseguir y no para ser dominada, sometida o perseguida.

Soy informática, 28 años. Mi expediente académico es excelente. Me licencié aquí y estudié en EEUU, donde realicé cursos de especialización y postgrado. Muchos de estos datos suelo ocultarlos en mi currículum, porque así mis víctimas actúan más confiadas y mis superiores no se sientes amenazados. Más que el hardware y el software lo que realmente me atrae es la dirección de empresas y el poder que siento de escalar por la jerarquía del organigrama de la firma en que trabajo, sin importarme a quien piso ni de los medios de que me sirvo para conseguir mis fines y objetivos trazados.

Por ahora, aunque ya le tengo descubierto sus puntos vulnerables, existe un director general, el Sr. A. Toro, de quien dependo, y como jefa de proyectos tengo bajo mi responsabilidad a equipos de empleados.

Por el placer de hacer sufrir a mis subordinados los he sometido a noticias “bomba” de que un número x de personas recibirían antes de tal día una carta en que se le agradecería por todos los servicios prestados y que se pusieran en contacto y a disposición del departamento de personal. Era falsa alarma, pero algunos empleados al día siguiente se encontraron indispuestos y con gastroenteritis aguda.

Me gustan las bromas de cambiar las claves del ordenador y desactivar teléfonos después de un periodo de vacaciones. Esto descoloca a las ya descolocadas personas que se reincorporan al trabajo después de un periodo de estar alejadas de la empresa.

Disfruto seleccionando a víctimas a quien someto a un cursillo intensivo y las envío a una sucursal. Lo curioso del caso es que la medida aporta grandes beneficios a la empresa, salvo para personas que no aguantan la presión y tenemos que dejarla en un departamento repartiendo la correspondencia, porque el despido, dado la categoría, nos costaría bastante dinero.

Que abandonen los trabajadores en desbandada la empresa constituye nuestro gran éxito. Sólo permanecen las personas que aguantan la presión. En algún caso hacemos felices a personas al proporcionarle una prejubilación más o menos deseada.

Trama 3 – Persecución (3/3)

Divido y venzo. Creo mi red de chivatos y delatores. Lo importante es crear la culpabilidad en tus víctimas o el comentario de «algo habrá hecho» entre lo otros. Persigo a los trabajadores más competentes y capacitados, aunque tenga que encubrir la mediocridad de algunos. Para no caer uno siempre tenemos que tener a mano a nuestro “chivo expiatorio” o a nuestro “espía chivato” de confianza.

Llegó hace poco un informático que había coincidido conmigo en otra empresa del sector. Sobre el papel, el currículum de J. M. Cierva era más brillante que el mío y fue este dato sin duda que despertó el interés del director general, quien se apresuró en contratarlo. Ataqué desde el principio. Por su machismo, el Sr. Director general no me había consultado la contratación de aquel joven. Nada más tomar éste último posesión de su nuevo cargo de subdirección, me dirigí a mi jefe y puse en duda la valía y labor del Sr. Cierva en la empresa anterior. Tan convincente resultó mi confesión, que en ese mismo momento el director adquirió una actitud cautelosa ante su nuevo subordinado. El Sr. Cierva empezó a sentirse nerviosos: la persona que la había contratado por su presunta aptitud profesional ya dudaba al respecto. Era como si a J. M. Cierva le hubieran dado la espalda y lo ignorasen profesionalmente, al relegarlo a tareas de menor confianza. Mi actitud de leal, de modosita y atractiva empleada estaba dando sus frutos, porque mis ambiguas estrategias de cortejo habían puesto en ascuas a mi director general. Llegados a ese punto, fingí lágrimas y le solté a mi jefe que en la antigua empresa aquel nuevo empleado había intentado propasarse conmigo y que ésa era la verdadera razón de que yo dejase aquella empresa. El Sr. Toro reaccionó haciendo honor a su apellido: embistiendo brutalmente a su desprevenido desempleado, con la excusa de que no le tenía confianza de que guardase los secretos de la empresa. Como me comunicaron posteriormente, la escena había concluido con la amenaza del director general de que le partiría la cara si la competencia se enteraba de nuestros proyectos. A partir de ese día, J. M. perdió los papeles y se le ocurrió la brillante idea de redactar un informe al director general. Mis conocimientos informáticos me permiten acceder a través de la red a las contraseñas de los equipos de los usuarios de la intranet. Pude descubrir que el mosquita muerta de J. M. había accedido en horario laboral a varias páginas pornográficas y de información deportiva, y, lo más importante, tuve acceso a borradores y al informe definitivo. Cuando el director general recibió aquel informe, yo ya había manipulado previamente su opinión, y llamó, furioso, a su despacho a aquel redactor del informe. Por la complicidad femenina con la secretaria del director general, me contó algunas frases literales proferidas por su jefe, realmente alterado: «si no estás contento con algo, ya sabes: ¡puerta!»; «no te rompo este informe de niño malcriado delante de tus narices, porque me queda educación» o«si tienes algún problema con tu jefa, me la trae floja. Que esto es una organización, coño, y se exige compromiso y aunar esfuerzos. Si no quieres o sabes trabajar, lo mejor es que te des el piro». El resto de mi estrategia fue sencillo. J. M. Cierva cometía bastantes fallos. No paré hasta verlo de patitas en la calle, aunque antes tuve acceso a los diagnósticos del médico de la empresa que le describían un cuadro de estrés, ansiedad, depresión e hipocondría.

Yo ya sé que el éxito no da la felicidad; pero ese día que vi a J. M. Cierva aceptando su cese, sentí un placeroso cosquilleo de bienestar por todo mi cuerpo.

Autora: Victoria Sánchez León
De Confesiones póstumas de una triunfadora


lunes, junio 11, 2007

Trama 4 – Rescate (1/2)


Érase una vez un pequeño reino surgido, siglos después, a raíz de la descomposición del Imperio romano. Un caudillo germánico había conseguido someter, por derecho de guerra, a un puñado de súbditos, y aseguraba su poder como un señor más a quien otros señores le habían jurado vasallaje. Con el paso del tiempo, el envejecido rey fue mostrando una actitud cada vez más despótica. Había quien opinaba que se le venía agriando el carácter por el hecho de no tener descendiente varón. Del derecho de pernada y de su fogosa juventud a la caza de campesinas, abadesas y señoras casada (fue un entusiasta seguidor, avant la lettre, de la teoría del “amor cortés”), se le atribuía un ejército de bastardos, a quienes de alguna manera beneficiaba materialmente, a modo de reconocimiento público); No obstante, su única descendencia legítima era la más tierna criatura: una bellísima y delicada hija, que permanecía soltera con dieciséis años a la espera del mejor matrimonio. La pena del rey estribaba en que su hija nunca le sucedería en el trono. Las leyes de su pueblo dejaban claro que sólo los varones podían gobernar, y en ese caso fijaban que el hermano del monarca o el primogénito varón de éste si ya fuese mayor de edad tendrían el derecho de llevar la corona. Quien no podría ser investido rey sería el mayor de sus sobrinos, aunque legalmente le correspondiera el trono, pues, guiado por sentimiento de rebeldía e incluso imitando las tácticas del rey, había roto la fidelidad a su señor feudal y tío, y competía con el otro reino, separados por un valle y unas tierras yermas, tras otras montañas próximas. La fama de ese intrépido y temerario muchacho se forjaba por la leyenda de que había pactado con el demonio. Hubo muchos que afirmaron y juraron por lo más sagrado que lo habían visto convertirse en una serpiente alada con la capacidad de volar y escupir llamaradas de fuego por la boca. Fuera o no cierto esta superstición, pasó a ser conocidos por todos como “Dragón”. El poder de Dragón era tan evidente que su tío se había visto en la necesidad vergonzosa de aceptar que cada mes, coincidiendo con la luna llena, se le tendría que entregar a una bella adolescente virgen. Nadie sabía que destino se le reservaba a aquel harén personal. El hermano del rey sentía la mayor de las afrentas, pues su hijo mayor, declarado en rebeldía, aspiraba a someter al reino gobernado por su hermano. Por desgracia, no podían contar con su hijo menor, Jorge, aficionado a los libros y ajeno a todo espíritu de guerra. La princesa estaba enamoradísima de su primo Jorge. Su padre, el rey, le decía que aquel destripaterrones (porque a Jorge le encantaba hacerse cargos de las tierras paternas) nunca conseguiría gobernar algo más que la pareja de bueyes en el arado. La delicadeza del muchacho —quien, de haber podido escoger, hubiera elegido la opción del monasterio— no resultaba indiferente a los ojos de la infanta. Él la amaba con pasión, pero evitaba disgustar a su tío después de la salida de tono de su hermano.

Quiso el destino que la princesa descubriese que su padre engañaba al Consejo, pues sobornaba a sus hombres de confianza para que éstos retirasen el nombre de su hija antes del sorteo de la sacrificada para Dragón. Dentro de palacio, ella pudo convencer a los de su guardia personal para que en aquellos pergaminos doblados sólo apareciese su nombre. El sentimiento de justicia de la joven la obligaba a pagar los excesos de su padre. No le importaba morir ni sentía el menor miedo: de pequeña jugaba con sus primos, y también con el que ahora llamaban Dragón. Ella sentía la sensación de rabia y las ganas de resarcir a las chicas que la habían precedido.

Cuando el rey supo que salía el nombre de su hija, entró en una enfermedad que lo llevaría más tarde a la muerte. Fue en ese momento cuando el rey descubrió cuán importante era su hija para su vida. ¿De qué le importaba que su hija nunca hubiera gobernado, salvo por casamiento, si ahora se le hacía evidente el vacío de ella en su existencia: el báculo de su vejez, la alegría de la casa? Delante de sus consejeros, no se atrevió a contradecir su mala suerte: perdería a su hija, como había perdido a las jóvenes de su reino que habían sido abandonadas a la suerte del tan sanguinario Dragón. Entró en el mayor de los desesperos y, comiéndose el orgullo, se dirigió a Jorge:

—Jorge, sobrino, vos sois el único que podéis salvar a mi hija. Os la ofrezco en matrimonio (os concedo mi mano y mi bendición), si lográis borrar la sombra de vuestro hermano de la faz de la Tierra.

—Querido tío y mi rey, yo amo a vuestra hija como si fuera yo mismo, pero no puedo casarme con ella, porque Dios me ha llamado para que lo sirva de otro modo. Salvaré a mi prima, pero dejadme cumplir la misión que mi Dios me dicta. Antes, sin embargo, nombradme caballero, y rezad por mi alma.

Veló las armas aquella noche de luna llena y en ceremonia sencilla y rápida, por la premura de tiempo, fue investido caballero.

Nuestro héroe quiso recibir el consejo del mago, en realidad, un ermitaño que habitaba las tierras yermas, entre los dos reinos en disputa. Para su sorpresa, el eremita, quien había abrazado su fe (y única verdadera), le obligaba a permanecer en aquellas montañas cercana, dentro de un cueva, durante siete día y siete noches. En un de sus sueños descubriría donde se encontraba la lanza, que sólo a él se le reservaba, para que diese muerte al tirano que tenía encerrada a la princesa en la torre del homenaje de su castillo,.

Siete días con sus respectivas noches resultan insignificantes para alguien que pretende alcanzar la inmortalidad del alma con aquella gesta. Para amenizar esa espera, ayunó y purificó su alma con oraciones a su Dios. Cuando su alma quedó limpia de cualquier impureza, un reparador sueño lo venció. En un sueño, poblado de imágenes, supo que el destino le tenía reservado una lanza invencible y un veloz corcel blanco, en las entrañas de la tierra.

—Cuando desclaves la lanza, el más puro, en apariencia, manantial brotará de la roca, pero no puede beber ni una gota de esa agua, pues te conduciría a los Infiernos —escuchó en sueños.

Trama 4 – Rescate (2/2)

Se despertó empapado en sudor y con el firme cometido de salvar a su prima, cuanto antes mejor. ¿Pero dónde buscar? Miró a su alrededor y observó por primera vez que aquella caverna se adentraba en el interior de la montaña. Con paso firme, y con la única luz de sus confianza ciega en el objetivo trazado, fue discurriendo por aquel laberinto de galerías. Empezó a sudar por el esfuerzo realizado y una sed desesperante ardía en su garganta. La incertidumbre empezaba a socavar la certeza del muchacho, pero intentaba no pensar y escupía la saliva reseca de la comisura de los labios. Aquejado por una fiebre alta, alcanzó una sala de las grutas. Y en una de sus paredes, totalmente a oscuras, supo que se encontraba clavada su lanza. Pretendió desclavarla con fuerza, pero luego de llegar a ciegas empuñó aquel arma y los esfuerzos resultaban en vano. Sólo después de mentalizarse con la obsesiva idea de que aquella lanza estaba reservada para él, como único elegido, la lanza cedió, como si tratase de una cuchara hundida en mantequilla blanda. Nada más hacerse con ella, de donde la punta había estado totalmente soldada, empezó a brotar un chorro helado de agua. Guiado por el frescor y el ruido, acercó los labios para empaparse de aquel líquido; pero en ese justo instante, una medalla de su fe empezó a describir un movimiento oscilatorio, como de vida propia. Recordó las palabras del ermitaño y dejó de agacharse. En posición firme, cerró los ojos y cuando los abrió, ya estaba afuera de aquel mundo subterráneo. Allí, al aire libre, se encontraba el más majestuoso corcel: ¡qué porte en aquella belleza de blanco intenso!

Dragón no se había atrevido a desvirgar a su prima. Se había limitado a encerrarla y aguardar a mejores tiempos para marcar un casamiento beneficioso o un suculento rescate; pero el caballo blanco de Jorge poseía la excepcional característica de hacer girar el tiempo a la inversa. Durante casi siete días con sus respectivas siete noches estuvo cabalgando nuestro héroe, describiendo círculos, sin más alimentos o bebida que la fe en la aventura.

—¿Cómo has llegado tan rápido? A nuestra prima no le va pasar nada, pero yo voy a ser rey de las tierras de su padre —interrogó y comentó Dragón a Jorge, mientras se percataba de lo ridículo de aquel atuendo de caballero rescatador de su hermano—. Un consejo, hermanito, vete por donde has venido.

Dragón recordaba aún lo frágil que era su hermano, incapaz de mal alguno y con una torpeza encantadora a la hora de empuñar un arma.

—Te reto a un duelo. Si me vences, podrás matarme o someterme a la peor de las afrentas. Pero si venzo, quiéralo Dios, dame la palabra de honor que nos dejarás marchar y no nos someterás a ninguna represalia —lo desafió en público Jorge.

Dragón pensó en la diversión que le sobrevenía. Con aquella facha de su hermano, la de caballero desnutrido y que hubiese cabalgado durante días y noches, iría a ser muy fácil el simulacro de una pelea. Se veía, como siempre, vencedor ante su hermano menor. Bastaría vencerlo para ponerlo en ridículo y que escarmentara por siempre jamás.

La justa se acordó que fuera con lanzas en ristre y en tierra se usaría la espada. La primera embestida tomó desprevenido a nuestro héroe Jorge. En el momento del impacto, dudo, como si desconfiara de su lanza y caballo excepcionales. Este descuido se le tradujo en que la lanza de su hermano le pasó ronzando el hombro izquierdo produciendo una aparatosa herida superficial y abundante hemorragia. El escozor del rasguño despertó a Jorge, quien empuñando la lanza con cierta rabia acometió sin reservas contra su hermano. La lanza astilló en mil pedazos la rodela de Dragón, quien impulsado por el golpe comió (y no sólo literalmente) el polvo. Ante la presencia del concurrido público, Jorge obligó, acercándose la lanza peligrosamente a la nuez del cuello de su hermano, a que gritase en voz alta los acuerdos previamente pactados.

Y así fue cómo Jorge y la princesa regresaron a casa sanos y salvos. De vuelta por la cabaña del ermitaño, Jorge se acercó al venerable anciano y, al hincarse de rodillas, le dirigió una plegaria.

—Sois vos el “santo”: ¡alabado sea el señor, que os ha escogido! Yo no soy digno de permanecer en pie en vuestra presencia, caballero del Ungido.

Jorge liberó el corcel blanco por aquellos prados. A quien le sea reservado de nuevo alcanzará la inmortalidad, porque cabalgando de noche puede descontar el tiempo gastado durante el día.

La lanza la clavó en tierra con toda su fuerza. Se hizo el milagro, porque la vara creó raíces y se convirtió en frondoso rosal de rosas rojas, tan rojas como la sangre de su herida, ya coagulada.

En el castillo del rey, en los aposentos reales, en su cama regia, yacía moribundo el monarca, quien al ver a Jorge vencedor y a su hija de vuelta, afirmó en su último estertor:

—Ahora puedo morir feliz…

Y así acaba la historia. No hubo boda, pero fueron felices comiendo perdices. Jorge, obedeciendo a su voz interior, abandonó el reino a la búsqueda de la palabra de su Dios. Su fama de caballero ideal fue trocada por la del hombre más sabio de su época. Aprendió latín, griego y árabe, y encontró los manuscritos que encerraban toda la sabiduría de la antigüedad, además de su fe. La princesa trajo al mundo a un bello varón, fruto de la semilla de Jorge, quien a su vez obedecía los designios divinos en aquellos momentos en que, conocedores de que aquel equino descontaba el tiempo, se solazaban en maravillosos locus amoenus. La regencia de aquella mujer, en apariencia frágil, hasta la mayoría de su hijo se registra en los anales y libros de historia como una época de firmeza en las decisiones y a la vez en unos tiempos donde la monarca en funciones tuvo que interceder por los abusos hacia su pueblos a manos de despiadados aristócratas. De su hijo la Historia recuerda su magnanimidad y autoridad, sin autoritarismos.

Y a mí —a quien el destino me deparó el registro fidedigno de estos hechos narrados, por otra parte, injustos y con tufo de rancia santidad; mi intención, a tenor de no caer en el anacronismo, hubiera sido burlarme de un régimen político basado en la coronación de seres parásitos cuyo único mérito es ser hijo o parientes de otros y ridiculizar la figura patética de un héroe beato, que no dudó en beneficiarse de su prima menor de edad— sólo me queda cerrar esta historia y desear por los siglos de los siglos que muchas rosas y libros llenen nuestras vidas.

Trama 5 – Huida (1/2)

Pedro Paniagua, a sus 39 años, ni se había planteado una sola vez en su vida la remota posibilidad de marcharse del domicilio de sus padres: inconsciente y conscientemente, aquélla era su casa. Bien es verdad que al pasar las oposiciones de auxiliar en la Seguridad Social tenía cubiertas sus necesidades económicas básicas y contribuía al presupuesto familiar; pero no hubiera entendido su vida fuera de aquellas paredes que acogieron su infancia y su ahora prolongada adolescencia. Su aspecto jovial y sus rasgos casi infantiles lograban burlar su cabello ralo y aquellas llamativas entradas. La Sra. Buendía, apellido de soltera de su madre, todavía le lavaba el pelo a su hijo, le cortaba las uñas de las manos y de los pies, y se desvivía en la cocina por preparar los platos preferidos de su tierno retoño.

Pero, a su manera, era feliz. Con un subconsciente miedo enorme a la soledad, lideraba una crew de grafiteros que actuaba en el centro de la ciudad, disfrazado él de b-boy. Se había convertido en un consumado patinador en línea y especialmente con este hecho último lograba esconder su inseguridad, aparentando lo contrario. Luchaba, por lo menos en la forma, por ocultar a los otros la falta de confianza que depositaba en sí mismo, a la par que una autovaloración negativa. Sobre todo con su madre había creado una relación de dependencia en una búsqueda constante de obtener de ella la aprobación de todos sus actos. Pedro nunca quiso asumir responsabilidades: delegó en sus progenitores hasta que falleció su padre y fue la madre quien lo liberó de todo compromiso y deber sociales. En el fondo, Pedro cautivaba a los otros: chispeante, seductor —en primeros contactos—, conseguía eclipsar a los demás; hasta que éstos —al poco tiempo— descubrían en Pedro a un ser egocéntrico, inmaduro y profundamente insatisfecho. Resultaba difícil, salvo para su madre, convivir con aquel individuo que siempre culpaba a los demás de todo lo negativo que le sucedía. Nadie, excepto la abnegada mujer, soportaba a un individuo que, aparentemente arrogante, a la mínima, mostraba su verdadera condición de fragilidad y de sentirse incomprendido por la humanidad entera; siempre escudado en sus permanentes quejas de autocompasión.

De sus recuerdos infantiles, Pedro rescataba siempre en su memoria las veces que había jugado a pillar. El juego del “pilla-pilla” o del “corre-corre-que-te-pillo” se le quedó grabado en su mente: la sensación de ser perseguido para acabar ineludiblemente atrapado por la persona que pillaba. En esos momentos intentaba desesperadamente liberarse del perseguidor, aunque fuera recurriendo a la trampa de la lógica infantil:

—No, no se vale. Sólo con rozar no vale —si alguien en el patio del colegio lo tocaba.

O bien:

—Eh, que me has cogido muy fuerte. Que no vale —si alguien lo agarraba con fuerza, para no dejar dudas al fugaz roce, a modo del argumento de “no valen caquis” en los partidos de fútbol de mismo patio, a la misma hora del recreo.

Trama 5 – Huida (2/2)

A Pedro le gustaba ser pillado más que perseguir, y se esforzaba mucho para no ser de los primeros atrapados y, en la próxima partida, él tener que pillar.

Quizás por este motivo ya no sintió la misma emoción ni sensaciones cuando, un poco mayor, el resto de muchachos pretendían sustituir el “pilla-pilla” por el “pilla-besos”, a la caza de chicas para recibir como premio estampar un casto ósculo en la mejilla de la fémina atrapada.

Por esa época, la escena de huida se materializó en forma de pesadillas que, con periodicidad breve, no lo abandonarían nunca más. Pedro soñaba con una persona que lo perseguía y él, impotente y atenazado por la propia angustia, finalmente era capturado. Con el tiempo, cuando el sueño se fosilizó en un esquema de no dar la cara y no afrontar a quien le intentaba dar alcance, el rostro borroso del perseguidor, en el momento de la captura, acababa adquiriendo los rasgos inequívocos de su madre.

Los sueños y la realidad acabaron confundiéndose el día de sus cumpleaños, el de sus 39 años, cuando decidió pasarlo bombardeando la fachada impoluta del MACBA. Sólo a él se le podía ocurrir un acto tan descabellado, temerario e irracional, a plena luz de la tarde. Los demás, de edades comprendidas entre los 12 y los 16 años, seguían fielmente las órdenes de su líder indiscutible.

Por eso, cuando Pedro se percató de que una patrulla de la Guardia Urbana los pilló in fraganti, apenas se le ocurrió una desesperada huida para atraer toda la atención sobre él. Con el tiempo justo de calzarse los patines, el casco y unas rodilleras provocó a los agentes para que fueran detrás de él y la chiquillada pudiera escaparse. La destreza del contumaz patinador provocó que despistaran la atención del resto de jóvenes. A punto de ser atrapado, el veloz impulso de arranque y de avance desconcertó a los urbanos, que sólo pudieron poner en sobreaviso a otros miembros del Cuerpo de que un patinador había tomado la calle del Carmen a su izquierda con dirección a las Ramblas. Pedro era un prodigio encima de los patines: con dobles S evitó obstáculos —coches y peatones—; giros cruzados le hacían mantener la velocidad; o sortear bordillos, tapas de cloacas y unas bolsas de basuras mediante acrobacias de salto, e incluso se vio obligado a deleitar a un nutrido número de extrañados e improvisados espectadores en su entrada triunfal en las Ramblas, manteniendo el peso sobre la pierna de delante y levantando el patín posterior, girando la puntera hacia fuera para asegurarse de colocar el piel de tal modo que aminorase la veloz carrera con el canto interior de las ruedas y no con la guía de los patines.

Él ya era sabedor, como en los juegos de patio de su infancia y en sus pesadillas posteriores, de que indefectiblemente sería atrapado. Resultaba vital, sin embargo, arañar minutos, segundos de apasionante aventura. Pero Pedro nunca hubiera imaginado que el final de su inútil huida sería una moto, cuyo conductor no mostró los reflejos suficientes para esquivar a aquel loco con patines.

La colisión sumió a Pedro en estadio de grave inconsciencia. A final, después de varias horas, la primera imagen de Pedro al despertar fue un rostro difuso que acabó perfilándose en los rasgos inequívocos de su madre, empapados en lágrimas.