Trama 16 – Sacrificio (3/3)
Han pasado seis años. Felipe Alejandro ha trabajado de todo: de ayudante de montador de cocinas, de guardia de seguridad de un local de máquinas tragaperras, de vigilante de párquing, de monitor de bailes latinos… Hace un año servía de camarero en un hotel de una importante cadena y alguien le ofreció que si quería hacer de boy, para despedidas de solteras. Aceptó con reservas, pero pronto descubrió que había nacido para ello. Pasó a llamarse Alex. Se gana muy bien la vida y prácticamente es “rico” con las propinas de las clientas, que, enloquecidas por un ambiente de histerismo colectivo, se obsesionan en introducir billetes de 20 € y de 50 € en el minúsculo taparrabos, que apenas consigue atrapar su generoso paquete genital. El numerito de streap-tease al final del show, a ritmo de batuca, con su barra dura, pingadeburro, colgando las braguitas y sostenes arrojados por las mujeres del público, transporta al paroxismo a las enfervorizadas espectadoras.* * *
Es un día del último mes de agosto. A la noche tenía apalabrado show en el hotel, una despedida de soltera más. Hay gente que se casa en vacaciones. Él, como en un ritual, decide dar una vuelta por la playa. Se lleva una botella de agua de panela: la panela es una ‘piedra de azúcar’; se corta un trozo y se hierve con agua hasta que se deshace; se deja enfriar y se le añaden dos limones exprimidos (los de Colombia son limones verdes y no amarillos). Como siempre, lleva en sus pupilas otro mar, el mar que conoció hace 12 años con Marlene. Entre sorbos de la bebida, ve una mujer que viene acercándosele: es ella.
—¿Azuquita, chulita linda? Estás igual: pura pulpa —recordando el vocabulario que la joven le enseñó.
—Tú no estás nada mal, requetebuenísimo —aunque en una nota de ironía y distancia apunta.—: Pero no descuides tus entradas, se te clarea el pelo.
—¡Son cosas de las hormonas masculinas, ya sabés!... ¿Ahora sí?
Ellos entendían su código, su laconismo. Aquella última pregunta era obligada. ¡Había esperado tanto! Marlene le contó que el precio para borrar las sospechas de Carlos Ramón fue dejarse preñar. Dio a luz a una lindísima niña.
—Le puse Alejandra. Tuve suerte de que la madre de Carlos se llame así.
Y la criollita irrumpió a llorar, a llorar desconsoladamente, porque su vida era aquella niña que ahora cuidaba su madre, la abuela materna de Alejandra, que Marlene había logrado sacarla de la isla. Carlos Ramón, a pesar de sus precauciones, dio con sus huesos en la cárcel, por una traición de los amigos “americanos”; seguía controlándolo todo, pero había aprovechado la prisión para olvidarse de ellas; que sobrevivían con la santería de la vieja y con el trabajo de Marlene, como bailarina en un grupo famoso de cumbia. Por eso estaba allí, por la gira, pero necesitaba volver para la Feria de las Flores. Tenía que volver.
—No insistas, tú eras un niño. No podemos volver atrás.
Se besaron y el olor de mar —en la mente del muchacho, el de la playa de Tolú y el del sexo jugoso, papaya dulce de Marlene— lo embriagó y le hizo perder la noción del tiempo.
Con gran sacrificio, aceptó la separación, esta vez definitiva, por la felicidad de su amada. Y la vio partir. Apretó los dientes y se acordó de su abuela, que siempre le recordaba que los paisas (‘habitantes de la región de Antioquia’) no se arrugan ante nada.


1 Comments:
Interessante o vocabulário em itálico, que parece reproduzir regionalismos. As cenas eróticas estão mais afiadas e se o texto fosse mais curto, sem tantas explicações, se destacariam mais. Tá indo bem.
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