miércoles, agosto 23, 2006

Trama 17 – Descubrimiento (4/5)

Me desperté a las 7 y experimenté miedo: una simple llamada telefónica podría desbaratarlo todo. Al fin y al cabo, yo no era Javier y no podría mantener aquella farsa durante más tiempo. Me afeité. Tomé un baño por última vez en la bañera-jacuzzi, y disfruté de un generoso desayuno en régimen de bufette libre del hotel. Me dirigí a la pensión y la patrona me recibió preocupada, porque yo no había dormido allí esa noche. Para mi sorpresa me devolvió una bolsa con mi cartera y todos los papeles. No faltaba nada: sólo los 300 €. Le di las gracias y la obsequié con 50 €, por si acababa sabiendo la identidad de la persona que había encontrado la billetera. A esas alturas de campeonato, yo había sospechado ya que mi atracador tendría algún vínculo con la pensión; pero preferí hacerme el despistado y fingir que la había perdido con 2.000 € en efectivo. La verdad es que, recuperados mis documentos, no me importaba en absoluto que mi patrona se quedara con el ridículo billete de 50 €.

El resto de los días los pasé investigando a mi doble perfecto: el tal Javier. Con los datos de Cristina (¡cuántas añoranzas!) e informaciones de Internet, realicé una excelente labor documentalista. Me ayudó bastante cierto acusado narcisismo del individuo analizado, en especial una actualizada y completísima página web personal y, más concretamente, su fotolog. En ese formato tomé acceso a numerosas fotos digitales que pusieron imágenes y color al mundo de Javier y de las personas que lo rodeaban.

Nuestro parecido físico era sorprendente. A partir de la impresión de algunas fotos, imité su corte y forma de peinado, la marca de las gafas de sol y de las ropas que vestía. “Adiviné” incluso el sastre de su ropa más formal y dónde le hacían las camisas exclusivas. Acabé conociendo todos los complementos que usaba y la marca de calzado (un número de pie mayor que yo). En la cuenta común de correo electrónico de Cristina y Javier, descubrí la correspondencia personal de varios años; guardaba íntegramente secretos y unos celos que recomían por dentro. Con el acopio de datos, me atreví a robar las contraseñas de sus otras cuentas de correo electrónico, a través de la estrategia del olvido de contraseña y luego borrando el mensaje en donde aparecía ese dato.

Reconozco que el móvil primero para interesarme por Javier era Cristina; pero, atando cabos, mi objetivo era él. Descubrí, por tanto, que Javier tenía que ser mi hermano gemelo. Eran demasiadas coincidencias de fisonomía; pero además investigué a su padre y comprobé que le unía una relación directa con mi pueblo. La familia X-Y (apellido compuesto), formada por falangistas, habían atesorado todas las tierras del pueblo, de mi pueblo, expropiadas a los rojos (que debieron ser todos) después de la guerra. En la década de los cuarenta, con las rentas aseguradas de dichas propiedades, decidieron marcharse a Madrid y diversificaron las inversiones en sectores inmobiliarios, de alimentación y otros. Cuando mi madre fue a servir a Madrid (debía de ser Madrid) tendría la edad aproximada del primogénito de la casa, Ricardo, ya casado; pero sin hijos. No me costó “imaginar” que si Javier era hijo único, lo fue en una familia tan formalmente católica y del régimen, porque la esposa del Sr. Ricardo debía de estéril y fue fruto d los amores ilícitos (más o menos consentidos o acordados) con mi madre. Imaginé hasta que todo estaba pactado, amañado: mi madre paría un hijo (supongo que tendría que ser varón), lo entregaba a la familia y se volvía al pueblo. Pero algo no salió como lo previsto: éramos dos hijos, gemelos, y eso hubiera sido fuente de peleas en las transmisiones de herencia y patrimonios; con lo cual, mi madre regresó al pueblo conmigo. El precio para aquella madre de alquiler, que tenía que sacar adelante a un hijo, era la de otorgar la propiedad de las tierras trabajadas por mis abuelos maternos, con la exención consiguiente de las rentas a Madrid.

Este descubrimiento me produjo una conmoción total: no sólo había encontrado a un hermano sino que había descubierto a mi padre, el Sr. Ricardo X-Y, “alguien importante” que no se había podido casar con mi madre.