
La afirmación que constituye el título de la entrada de hoy de mi
blog es de aquellas verdades irrefutables, porque los alumnos de la ESO plantean la relación con sus profesores en términos bélicos: “a por él/ella, que es uno/una y cobarde”. El profesor (se entiende que también me refiero a las abnegadas profesoras, que además son mayoría en mi profesión), al entrar en el aula, es uno e indivisible; queda muy lejano el aura de autoridad y respecto de otras épocas, que permitan actitudes autoritarias y despóticas. La mala leche del profesor no suele dar resultados positivos y además te agria el carácter. En el fondo es un problema aritmético: un triste profesor frente a un grupo de alumnos en la edad del pavo. Es verdad que en el instituto un alumno llega a conocer hasta diez profesores distintos por trimestre; pero no son simultáneos sino de uno en uno. El profesor despótico y de mal genio, siempre que éste sea su verdadera índole, puede que tenga suerte en el control disciplinario de sus clases (mucho menos en el aprendizaje significativo, que sólo es fruto del placer del estudio); pero esa “suerte” sólo es posible porque los alumnos encuentran otros profesores “blandos” donde suelen descargar tensiones y dosis de sadismo. Si los alumnos plantean las clases como una guerra, donde el triunfo es humillar al profesor (hay muchas proyecciones psicoanalíticas extrañas ante la figura del profesor o profesora) y pasárselo bien, al profesor le vienen muy bien los consejos del arte que permite ganar batallas cuando se parte de inferioridad de condiciones: el arte de la estrategia. De mi experiencia docente y lingüística, uno de los trucos que más me funcionan es aprender su “lenguaje”. No sólo para captar el elogio (“El pavo ese, el profe de lengua, es un tipo
enrollao”), sino cualquier tipo de emisión oral: “Profe, no nos ralle de nuevo”). Porque una de sus virtudes, la de sinceridad y espontaneidad, suele volverse contra ellos. Dominando su lenguaje, descifras sus mensajes codificados y puedes camuflarse entre sus filas. La experiencia de dar clases te lleva al conocimiento de una verdad absoluta: el grupo/clase constituye una amalgama de componentes heterogéneos. Cada alumno es un mundo. Después viene la suerte de que puedas traspasar esa burbuja o coraza individual. En el conocimiento del enemigo estriba la clave del éxito. La vulnerabilidad del alumno se basa, paradójicamente, en la diversidad absoluta de una treintena de alumnos que el azar ha etiquetado con un ordinal y una letra (1º D; 2º A, 3º C o 4º B). En esos momentos, el profesor de ESO se convierte en un psicólogo aficionado y “ataca” al alumno en su individualidad. Un día te enteras que aquella chica rebelde es una lectora compulsiva de Harry Potter y le pides como redacción alguna producción que haya colgado como
fan-fiction. Para el grafitero empedernido le propones la lectura de un tal SCAT, alumno ficticio de 3º de ESO obsesionado por “hacerse un tren”, y ves cómo “flipa”, cuando nunca antes te hubiera abierto un libro. De aquí, de allá, a lo tonto, otro día uno de tus alumnos te dice al final de una clase: “Profe, has conseguido de nosotros con ese control con libro lo que ningún profesor antes: que durante una hora hayamos estado pensando”. En ese momento, me pareció alcanzar la gloria con mis manos y, atacado por un brote de síndrome de Estocolmo, llegué a pensar: “¡Es bonito ser profesor de ESO!
1 Comments:
Professor José Antonio,
Realmente, a inter-relação entre professor e alunos não deve se reduzir apenas a sala de aula, já que esta inter-relação implica em situações bem mais abrangentes e está inserida na dinâmica das relações sociais.
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