Trama 15 – Amores prohibidos (2/3)
El timbre de la puerta tocó.
—Ya voy yo, querida. Debe de ser la enana anoréxica.
Gustavo es injusto con Margarita María, una cría de 16 años cumplidos, ecuatoriana, que él mismo me trajo a esta casa, recomendada por unos clientes de confianza. Vino para hacernos de niñera de Laura, mi Laurita, pero yo la prefiero en la cocina y para la limpieza de la casa, por lo menos mientras disfrute yo de mi licencia de maternidad. El domingo es su día de descanso; pero acordamos que hoy era especial: que se lo pagaríamos aparte y, a la vuelta, Gustavo la llevaría en coche. Es buena chica. Con esa edad es lógico que a veces se despiste, pero es bastante trabajadora y muy limpia. Por asociación de ideas (y nombre parcial) yo la comparo con Margaret, Margaret Mead, la antropóloga por referencia. La semejanza me la recuerda especialmente el físico, porque Margarita apenas debe de medir un metro y medio y sé que pesa unos cuarenta y ocho kilos. Es verdad que le saca partido a su cuerpecito y culito respingón, con ropas conjuntadas —que debe de encontrar en la sección infantil del Corte Inglés— y porque siempre lleva plataformas o tacones altos ocultos en sus pantalones muy ceñidos de pata de elefante, que recuerdan los de una gitanilla salerosa. Su manía del pelo cortito y esos ojos pícaros suyos me evocan —como en la antropóloga Margaret Mead de joven— la cara de un golfillo. Espero que no se engorde, porque sí que va a parecer entonces, redonda y pigmea (como Margaret después de romperse la pierna en 1960), una croquetita.
Yo me quedé arreglándome, mientras Gustavo bajaba la escalera abotonándose la camisa, para abrir a la chica. Parece que Laurita adivinó que yo ya estaba casi lista, pues se puso a berrear para pedir su lechecita. Juro que hasta sus mordisquitos me producen un placer indescriptible. Cuando doy de mamar a mi hija, mis ojos se nublan de lágrimas, dulces de gozo y de felicidad. Sé que en un diario personal no podemos abusar para escribir intimidades; pero lo que son las cosas, después de acceder varias veces a la fantasía erótica de Gustavo de convertirse durante minutos en mi bebe, no he sentido nunca lo mismo.
Bajé a la cocina. La puerta traslucida estaba cerrada. Me pareció oír cuchicheos y sonrisitas. Si no pensara que es absurdo, diría que Margarita y Gustavo estaban cariñosamente juntos. ¡Qué idea más peregrina! ¡Con lo frío que es Gustavo: que sólo vive para el deporte y sus ventas! Entré finalmente y comprobé una nerviosa Margarita, de espaldas, como cerrando el móvil. Al girarse, la vi colorada. Fijé mi mirada en un botón abierto de su camisa, que dejaba ver un bonito sujetador para sostener unos diminutos pechitos; pero no le he dicho nada. Como la puerta del fondo, la que da al jardín, estaba encajada, he supuesto que Gustavo ya estaría en el garaje o arreglando cualquier detalle para la visita de Aurora.
La mañana ha discurrido plácidamente. En realidad, Gustavo ha estado recogiendo hojas y porquería encima del césped y del toldo que cubre la piscina. Es todo un manitas y me arregló lo que le pedí: un enchufe que no tenía corriente, una lámpara con los cables pelados y hasta la lavadora, pues sacó varios objetos que obturaban el filtro. Después, le he exigido que se duchara y que fuera a buscar a Aurora, al centro de Madrid.
—¿A esa vieja gorda? ¡Bien podría tomar el autobús!
Gustavo a veces resulta grosero. A sus veintisiete años no lo voy a cambiar; pero tampoco me importa. Le gusta protestar, aunque hace lo que yo le pida. No lo hace con malicia, es su manera de ser: siempre tan impulsivo de boquilla. Luego, delante de los otros, o no habla o bien se comporta muy atento y con una sonrisa en los labios.
Con el pelo aún húmedo, Gustavo me ha dado un besito fugaz, mientras me decía:
—Tardaré un poco más, que tengo que recoger unos informes en la agencia.
—No hagas esperar a Aurora, que ya sabes cómo son las personas mayores.
Tendría que haber regresado en media hora; pasándose por la oficina, calculaba veinte minutos más; pero había pasado ya más de la hora y yo estaba nerviosa por la comida. Era de encargo, pero es bueno saber el momento para introducirla en el horno y recalentarla. Me he visto obligada a llamarle por el móvil. Él ha tardado un poco en atender y he notado cierta respiración agitada.
—Parece ridículo, pero se nos ha pinchado la rueda. Ahora no puedo atenderte; pero entre pitos y flautas voy a tardar más de una hora, que voy a necesitar pasar por la gasolinera, que me parece que tiene taller de guardia. Un beso…
Y cortó. Cuando se lo he dicho a Margarita, que tendría que esperar más de una hora a que el “señor” regresara para calentar la comida, me ha lanzado una mirada de desaprobación y fastidio.
—Recuerde que el trato de venir yo hoy, además de pagárseme como día extra, era con la condición de que el Sr. Gustavo me llevase a casa, que los domingos hay muy pocos autobuses.
—Ya voy yo, querida. Debe de ser la enana anoréxica.
Gustavo es injusto con Margarita María, una cría de 16 años cumplidos, ecuatoriana, que él mismo me trajo a esta casa, recomendada por unos clientes de confianza. Vino para hacernos de niñera de Laura, mi Laurita, pero yo la prefiero en la cocina y para la limpieza de la casa, por lo menos mientras disfrute yo de mi licencia de maternidad. El domingo es su día de descanso; pero acordamos que hoy era especial: que se lo pagaríamos aparte y, a la vuelta, Gustavo la llevaría en coche. Es buena chica. Con esa edad es lógico que a veces se despiste, pero es bastante trabajadora y muy limpia. Por asociación de ideas (y nombre parcial) yo la comparo con Margaret, Margaret Mead, la antropóloga por referencia. La semejanza me la recuerda especialmente el físico, porque Margarita apenas debe de medir un metro y medio y sé que pesa unos cuarenta y ocho kilos. Es verdad que le saca partido a su cuerpecito y culito respingón, con ropas conjuntadas —que debe de encontrar en la sección infantil del Corte Inglés— y porque siempre lleva plataformas o tacones altos ocultos en sus pantalones muy ceñidos de pata de elefante, que recuerdan los de una gitanilla salerosa. Su manía del pelo cortito y esos ojos pícaros suyos me evocan —como en la antropóloga Margaret Mead de joven— la cara de un golfillo. Espero que no se engorde, porque sí que va a parecer entonces, redonda y pigmea (como Margaret después de romperse la pierna en 1960), una croquetita.
Yo me quedé arreglándome, mientras Gustavo bajaba la escalera abotonándose la camisa, para abrir a la chica. Parece que Laurita adivinó que yo ya estaba casi lista, pues se puso a berrear para pedir su lechecita. Juro que hasta sus mordisquitos me producen un placer indescriptible. Cuando doy de mamar a mi hija, mis ojos se nublan de lágrimas, dulces de gozo y de felicidad. Sé que en un diario personal no podemos abusar para escribir intimidades; pero lo que son las cosas, después de acceder varias veces a la fantasía erótica de Gustavo de convertirse durante minutos en mi bebe, no he sentido nunca lo mismo.
Bajé a la cocina. La puerta traslucida estaba cerrada. Me pareció oír cuchicheos y sonrisitas. Si no pensara que es absurdo, diría que Margarita y Gustavo estaban cariñosamente juntos. ¡Qué idea más peregrina! ¡Con lo frío que es Gustavo: que sólo vive para el deporte y sus ventas! Entré finalmente y comprobé una nerviosa Margarita, de espaldas, como cerrando el móvil. Al girarse, la vi colorada. Fijé mi mirada en un botón abierto de su camisa, que dejaba ver un bonito sujetador para sostener unos diminutos pechitos; pero no le he dicho nada. Como la puerta del fondo, la que da al jardín, estaba encajada, he supuesto que Gustavo ya estaría en el garaje o arreglando cualquier detalle para la visita de Aurora.
La mañana ha discurrido plácidamente. En realidad, Gustavo ha estado recogiendo hojas y porquería encima del césped y del toldo que cubre la piscina. Es todo un manitas y me arregló lo que le pedí: un enchufe que no tenía corriente, una lámpara con los cables pelados y hasta la lavadora, pues sacó varios objetos que obturaban el filtro. Después, le he exigido que se duchara y que fuera a buscar a Aurora, al centro de Madrid.
—¿A esa vieja gorda? ¡Bien podría tomar el autobús!
Gustavo a veces resulta grosero. A sus veintisiete años no lo voy a cambiar; pero tampoco me importa. Le gusta protestar, aunque hace lo que yo le pida. No lo hace con malicia, es su manera de ser: siempre tan impulsivo de boquilla. Luego, delante de los otros, o no habla o bien se comporta muy atento y con una sonrisa en los labios.
Con el pelo aún húmedo, Gustavo me ha dado un besito fugaz, mientras me decía:
—Tardaré un poco más, que tengo que recoger unos informes en la agencia.
—No hagas esperar a Aurora, que ya sabes cómo son las personas mayores.
Tendría que haber regresado en media hora; pasándose por la oficina, calculaba veinte minutos más; pero había pasado ya más de la hora y yo estaba nerviosa por la comida. Era de encargo, pero es bueno saber el momento para introducirla en el horno y recalentarla. Me he visto obligada a llamarle por el móvil. Él ha tardado un poco en atender y he notado cierta respiración agitada.
—Parece ridículo, pero se nos ha pinchado la rueda. Ahora no puedo atenderte; pero entre pitos y flautas voy a tardar más de una hora, que voy a necesitar pasar por la gasolinera, que me parece que tiene taller de guardia. Un beso…
Y cortó. Cuando se lo he dicho a Margarita, que tendría que esperar más de una hora a que el “señor” regresara para calentar la comida, me ha lanzado una mirada de desaprobación y fastidio.
—Recuerde que el trato de venir yo hoy, además de pagárseme como día extra, era con la condición de que el Sr. Gustavo me llevase a casa, que los domingos hay muy pocos autobuses.


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