viernes, agosto 18, 2006

Trama 20 – Caída

Hubo una época en que aún era un muchacho tímido e idealista. Con Ella, la primera, descubrió todo: el amor más puro, pero también el sabor agridulce de la venganza. Endureció sus sentimientos y aprendió a manipularla, a explotarla y descubrir la absurda atractiva sensación de anular a alguien como persona. Pasó factura a la indiferencia de aquella muchacha en los primeros tiempos de la relación, demasiado infantil Él y torpemente romántico, y de su odio no se escapó ni el propio suegro. Cuando supo ganarse su confianza, pues sólo vivía para su única hija, lo estafó vilmente con un tema de avales, para quedarse con todo el dinero. Coincidió su éxito económico con el nacimiento de su primogénita, en un matrimonio que hacía aguas y cuyas brasas de pasión se habían enfriado tiempo atrás y al que sólo sobrevivían las mezquinas hieles del odio y la venganza. Al observar aquel pedazo de carne que la Otra le asignaba como hija, no sintió el mínimo apego y decidió sumir a su esposa en la profunda miseria, llevándose todo el dinero y el patrimonio de aquella frustrada relación conyugal. Como mal menor para Él, la justicia —que no había evitado que arruinara al confiado suegro— le impuso el deber de una ridícula pensión hasta los veintiún años del inocente retoño.

Mientras amasaba una envidiable fortuna, ampliando sus influencias y prestigio públicos, repitió este mismo esquema con dos esposas más. Al principio las engañaba, sus artes de seductor, como lobo bajo piel de cordero, convertía a sus víctimas en presas fáciles para minar la frágil personalidad de las cónyuges. Se abrían unos años de insoportable convivencia, en los cuales buscaba Él el sexo —sin ningún disimulo— en los brazos de otras mujeres, y obtenía así el agridulce sabor de la victoria de la humillación de la esposa legal. Y de pronto, como ironía del destino, aparecía un embarazo fantasma y una nueva hija, y Él forzaba el divorcio y las leyes le exigían una pensión, que Él asumía como vulgar limosna, como ridículo precio para liberarse de aquella mujer que había logrado enterrar en el barro.

El tiempo pasó inexorablemente y su primera hija alcanzó los veintiún años. Instalado en una gloriosa cuarentena, de éxitos económicos que le permitían comprar a las mujeres que quisiera, quiso burlarse de su primera esposa. Ya había decidido que se haría cargo de los gastos de la Facultad de la muchacha, pero necesitaba crear el miedo en su primera mujer, el último zarpazo para erigirse acto seguido en un magnánimo ser.

Se citó a solas con la mujer de su primera hija y la insultó: parásita, vividora, has criado a la niña con mi dinero. Por ello, le comunicaba que dejaría de pagar la pensión de la hija, después de concluido el plazo legal.

Él sabía que esta amenaza constituía un último mazazo para aquella aniquilada mujer, que se había visto obligada a aceptar trabajos ínfimos para poder sobrevivir. Pero una gota final de orgullo hizo que, humillada ex esposa, sacase a la luz la terrible confesión:

—Tu hija no es tu hija.

No dio más pistas, ni frente a la reacción violenta de su ex marido, que intentó golpearla. La frialdad de aquel hombre, ahora arrebatado por la locura, le permitió pensar en que era absurdo exigir una prueba de paternidad para recuperar su dinero de esos veintiún últimos años. El fantasma de su esterilidad, que le acompañaba como idea obsesiva a lo largo de su vida, se le hincó dentro como una evidencia certera e irrefutable. Y en ese momento masticó el sabor del vacío y del fracaso de su existencia, el derrumbe de su elevada posición que ilusamente creyó haber escalado.

1 Comments:

At 2:50 p. m., Anonymous Anónimo said...

Muy buena historia, pero me gustaría que el hombre pudiera contestar a la mujer:
- Y tu padre no es tu padre.

 

Publicar un comentario

<< Home