lunes, junio 18, 2007

Trama 3 – Persecución (3/3)

Divido y venzo. Creo mi red de chivatos y delatores. Lo importante es crear la culpabilidad en tus víctimas o el comentario de «algo habrá hecho» entre lo otros. Persigo a los trabajadores más competentes y capacitados, aunque tenga que encubrir la mediocridad de algunos. Para no caer uno siempre tenemos que tener a mano a nuestro “chivo expiatorio” o a nuestro “espía chivato” de confianza.

Llegó hace poco un informático que había coincidido conmigo en otra empresa del sector. Sobre el papel, el currículum de J. M. Cierva era más brillante que el mío y fue este dato sin duda que despertó el interés del director general, quien se apresuró en contratarlo. Ataqué desde el principio. Por su machismo, el Sr. Director general no me había consultado la contratación de aquel joven. Nada más tomar éste último posesión de su nuevo cargo de subdirección, me dirigí a mi jefe y puse en duda la valía y labor del Sr. Cierva en la empresa anterior. Tan convincente resultó mi confesión, que en ese mismo momento el director adquirió una actitud cautelosa ante su nuevo subordinado. El Sr. Cierva empezó a sentirse nerviosos: la persona que la había contratado por su presunta aptitud profesional ya dudaba al respecto. Era como si a J. M. Cierva le hubieran dado la espalda y lo ignorasen profesionalmente, al relegarlo a tareas de menor confianza. Mi actitud de leal, de modosita y atractiva empleada estaba dando sus frutos, porque mis ambiguas estrategias de cortejo habían puesto en ascuas a mi director general. Llegados a ese punto, fingí lágrimas y le solté a mi jefe que en la antigua empresa aquel nuevo empleado había intentado propasarse conmigo y que ésa era la verdadera razón de que yo dejase aquella empresa. El Sr. Toro reaccionó haciendo honor a su apellido: embistiendo brutalmente a su desprevenido desempleado, con la excusa de que no le tenía confianza de que guardase los secretos de la empresa. Como me comunicaron posteriormente, la escena había concluido con la amenaza del director general de que le partiría la cara si la competencia se enteraba de nuestros proyectos. A partir de ese día, J. M. perdió los papeles y se le ocurrió la brillante idea de redactar un informe al director general. Mis conocimientos informáticos me permiten acceder a través de la red a las contraseñas de los equipos de los usuarios de la intranet. Pude descubrir que el mosquita muerta de J. M. había accedido en horario laboral a varias páginas pornográficas y de información deportiva, y, lo más importante, tuve acceso a borradores y al informe definitivo. Cuando el director general recibió aquel informe, yo ya había manipulado previamente su opinión, y llamó, furioso, a su despacho a aquel redactor del informe. Por la complicidad femenina con la secretaria del director general, me contó algunas frases literales proferidas por su jefe, realmente alterado: «si no estás contento con algo, ya sabes: ¡puerta!»; «no te rompo este informe de niño malcriado delante de tus narices, porque me queda educación» o«si tienes algún problema con tu jefa, me la trae floja. Que esto es una organización, coño, y se exige compromiso y aunar esfuerzos. Si no quieres o sabes trabajar, lo mejor es que te des el piro». El resto de mi estrategia fue sencillo. J. M. Cierva cometía bastantes fallos. No paré hasta verlo de patitas en la calle, aunque antes tuve acceso a los diagnósticos del médico de la empresa que le describían un cuadro de estrés, ansiedad, depresión e hipocondría.

Yo ya sé que el éxito no da la felicidad; pero ese día que vi a J. M. Cierva aceptando su cese, sentí un placeroso cosquilleo de bienestar por todo mi cuerpo.

Autora: Victoria Sánchez León
De Confesiones póstumas de una triunfadora