domingo, agosto 06, 2006

Medio caliente

A raíz de un manual de diseño de programas en radio* (yo diría “de radio”, para evitar el anglicismo), leo con bastante sorpresa una teoría de Marshall McLuhan que distinguía entre medios de comunicación “calientes” y “fríos”, en relación con el grado de participación que el receptor presta al emisor, según el soporte que se utilice. A este respecto, la radio ejemplificaría un medio caliente, porque la participación del público es baja y éste debe concentrarse en el mensaje radiofónico, que descansa exclusivamente en los sonidos, a través del canal auditivo. No sé si esta teoría convence a algún posible lector, pero a mí me causado bastante extrañeza. De hecho, estamos acostumbrados a ver programas radiofónicos, que ganan muchísimo (no sé si calor) en la medida en que el público toma protagonismo y parece no someterse a ningún guión preestablecido. Es más, de mi experiencia de oyente de radio, cada vez más observo (o escucho) en la radio que el medio asimila y se adapta a los tiempos, y, por tanto, programas fundamentados en la generosa participación de la audiencia. Esta teoría de la radio como medio caliente pudo causar verdaderas muestras de apoyo en la época en que Mc Luhan la formulaba (década de los 60). No en vano, me imagino que en aquellos tiempos la radio vivía momentos de máximo predicamento. Chocan, sin embargo, las connotaciones de “caliente” y “frío”.

Más acorde con mi concepción de esos términos, me permito sugerir que lo “caliente” de la radio es el poder sensual de la palabra. Yo nunca voy a creer aquello tan absurdo de «una imagen vale más que mil palabras». La imagen resulta algo inmediato, que rompe toda evocación y estímulo de la imaginación. Voy a formular una teoría que puede sorprender a algunos pero me atrevo a afirmar que el erotismo tiene un componente de cierto fetichismo y lo pornográfico tiene su exponente en la visión directa (en cine sería pornográfico un primer plano de unos genitales y mucho más erótico, dejarlos insinuados). El soporte de la radio es el sonido y éste es profundamente sensual porque entra por un sentido noble que estimula más, pues provoca que la imaginación tome rienda suelta. A pesar de esto, sabemos que hay gente que se excita, se “calienta” con el estímulo pornográfico. Si alguien me preguntase qué considero más sensual: la lengua oral o la lengua escrita, me pondría en un serio brete, porque, por coherencia con lo dicho hasta ahora, la lengua escrita (o lectura silenciosa, que es una “conquista” o moda, que triunfó en la época de San Agustín) es menos “directa” que la oral, sugiere mayor desafío para lo imaginativo. Sin embargo, me resulta evidente la sexualidad de lo oral (no es con malas intenciones que digo estas cosas), porque el sonido o fonema parece poseer una corporeidad casi táctil: las notas, ruidos y palabras parecen cosquillearnos. Esto sería mi modesta “teoría de las consonantes nasales”, para mí los sonidos o fonemas, que se articulan con el aire saliendo al mismo tiempo por la boca y fosas nasales, me despiertan un erotismo casi animal (si no estuviera utilizando una figura retórica cercana al oxímoron). Ya he hablado de mi preferencia de la lengua portuguesa para la práctica amatoria, por esas nasales que envuelven un ruido de fondo erótico. Supongo que el francés, por la misma hipótesis, también es una lengua erótica, aunque al hacer de abocinamiento de los labios un rasgo distintivo en la vocales creo que se pierde en seriedad (y se gana lo que se diría en portugués frescura).

En mi vida, llegué a publicar una obra donde se refleja la oposición entre lo erótico y pornografía: 25 sonetos descaradamente eróticos. Como puede observarse, más que valentía habría que acusárseme de temeridad, por aquello de meterme en camisa de once varas. Aunque los sexólogos afirmen: «El sexo está en el cerebro de las personas y no en sus zonas erógenas», yo diría que en materias de sexo resulta más placentero la práctica que no la reflexión intelectual. Dicho de otra manera, lo importante del sexo no es un determinado sentido sensorial que se estimule, sino vivir la experiencia artística total y simultánea de captar palabras, imágenes, olores, sabores y texturas.


* ORTIZ, Miguel Angel y VOLPINI, Federico, 1995: Diseño de programas en radio. Guiones, géneros y fórmulas. Ediciones Piados Ibérica, Barcelona. (Paidós Papeles de Comunicación, 11)