lunes, septiembre 25, 2006

Trama 10 – Tentación (1/4)

Eran amigos porque sabían jugar bien sus papeles.

Martín, el jefe, era el típico “hijo de puta”, aunque nada tuviera que ver para ello la profesión (en realidad, profesora universitaria) ni el carácter (de hecho, bastante puritana) de su madre: lo que sería el peor y tópico insulto popular se convertía en él en la más atinada de las descripciones, pues era lo que mejor expresaba su verdadera índole maligna. Martín era de esos tipos que vienen al mundo a sembrar el mal y su existencia se justifica por esa práctica reprobable de intentar hundir al prójimo. Como todos los seres de su calaña, socialmente Martín mostraba dos caras: en familia se constituía en abnegado padre, pero fuera de casa desplegaba toda su inteligencia y sutil conocimiento de la psicología humana para satisfacer un depurado sentimiento masoquista.

Fernando era el mejor vendedor de la empresa. Inteligente, astuto, a nadie dejaría indiferente su descripción moral y hasta física emparentada con los personajes de la tradición picaresca española. Había superado una infancia dolorosa, huérfano de padre militar, inmerso en las castrantes experiencias de su paso por un duro orfanato del ejército, en la época de la dictadura. Vivía ahora para resarcirse de los tiempos difíciles y acumulaba riquezas en inversiones inmobiliarias, con las generosas comisiones que le proporcionaban las ventas. Su espíritu despierto le hacía interesarse por las ciencias y conocía todo sobre enfermedades, hasta caer en la hipocondría más férrea.

Más que amistad, lo que les unía, a Martín y a Fernando, era un recelo, un mantener las distancias. Martín era alto y fofo, mientras que Fernando lucía una complexión atlética en su baja estatura. Como jefe, Martín se permitía tomar copas con su mejor empleado, después de la jornada laboral. Fernando aceptaba las invitaciones (aunque, por convención médica, no le gustaba nada el alcohol) para mostrar una actitud sumisa que le acababa proporcionando mayores cotas de ventas y la envidia de los otros subordinados.

Sus conversaciones discurrían con una fluidez e interesantes temas hasta que Martín se atiborraba de copas y empezaba a desvariar con infantiles bravatas de macho hispánico. Fernando controlaba con su única cervecita (si podía, la pedía sin alcohol) y riéndole todas las gracias al jefe.

Trama 10 – Tentación (2/4)

Era todavía pronto y comentaban lo absurdo de la película “Una proposición indecente”, protagonizada por Robert Redford.

—La película está mal planteada. El argumento es bueno, pero nadie se lo cree. Cualquier mujer engañaría a su marido con Robert Redford (especialmente el más joven) y ¡lo haría gratis! —exponía Fernando frente a Martín, que escuchaba interesado.

—Y… ¿tú que propondrías para mejorar el guión?

—Fácil —añadió Fernando—. En vez del Redford yo pondría un “cuasimodo”, un adefesio y forzaba a la pareja a una situación económica aún más desesperada. Lo de escoger a la Demi Moore como protagonista femenina ya me parece bien.

Una lucecita se iluminó en los ojos de Martín y en cuestión de segundos urdió un plan maquiavélico.

—Entonces, tú eres de los que crees que todo hombre tiene un precio, ¿no es verdad?

—¡Pues claro! —le contestó Fernando, con un convencimiento a toda prueba.

—¿Y si una mujer de 70 años te ofreciese dinero porque pasases con ella una noche de amor.

—Lo tendría muy fácil. (Risas.) Casi lo haría gratis por morbo, para saber lo que se siente.

—¿Y si la mujer en cuestión tuviera sida? —apuntó Martín sibilinamente, conocedor de la aprensión que Fernando sentía por las enfermedades.

—Por un millón de euros, yo me la follaba, aunque tuviera que hacerlo con tres condones, uno encima de otro…

—¡Coño, esa mujer existe! —interrumpió Martín, después de escuchar lo que quería de labios de su empleado—. A mí mismo me ofreció esa cantidad, pero reconozco que no tengo estómago para eso.

Trama 10 – Tentación (3/4)

Lo que sucedió en los tres días siguientes es fácil de adivinar. Martín se excitó en la farsa. Deambuló por los barrios paupérrimos de la ciudad, a la búsqueda de la prostituta más decrépita. Finalmente la encontró. Externamente, era casi un deshecho humano: sin dientes, cabello muy ralo, llena de pústulas, de sífilis y otras venéreas mal curadas. Nada quedaba de la prostituta joven y de apariencia sana que vino hacía mucho tiempo a la ciudad huyendo de la miseria del campo. Martín acabó sabiendo que seguía de puta por dos motivos: a) por vicio y b) porque necesitaba dinero para el “caballo”, al que estaba enganchada.

Martín ofreció a aquella mujer los billetes de varios “picos”, si lograba tirarse a su “amigo”. Cobraría la mitad por adelantado y le proporcionaría una suite lujosa en un hotel de cinco estrellas. El jefe de Fernando justificó los gastos como “representación” para captar a unos directivos de una multinacional alemana.

El día elegido se acercó: sábado. Por la tarde, a las cinco, Martín recogió a Fernando en su BMW. A la puerta del hotel le entregó el cheque. Fernando miró tranquilizado la generosa cifra y la firma femenina: al día siguiente, a las 10, recibiría la otra mitad. Al entrar en la habitación, el espectáculo que vieron sus ojos no podía ser más deprimente. El vendedor, acostumbrado a ver cuerpos jóvenes, apenas reaccionó, boquiabierto, ante la dantesca visión de aquella vieja semidesnuda en ropas vulgares, gastadas y de mal gusto: todo una atentado a la libido.

—¿Qué te pasa? ¿No te gusto? Te voy a hacer una mama, que mi boca es mejor que el mejor cocho del mundo.

Fernando, lleno de repulsión, nunca había sentido antes tal ausencia de deseo sexual, porque asociaba simplemente la felatio de la vieja al contagio seguro.

Sus peores sospechas se confirmaron en los instantes inmediatamente posteriores, cuando asistió atónito a cómo esa mujer se inyectaba la droga, después de calentar el polvo blanco.

—No te voy a pegar nada, pero necesito “jaco” —decía la prostituta, mientras hincaba la aguja de la jeringa en la vena encallecida.

Fernando se sintió impotente, con las piernas temblorosas. Durante angustiosos momentos concibió la idea de abandonar, de marcharse. Ya no le importaba ni el dinero, que había pasado a ser una lejana tentación: lo que le retenía entre aquellas paredes era su propio orgullo y evitar la vergüenza al volver a ver a su jefe.

Parece ser que los efectos de la droga tranquilizaron a la vieja.

«Ahora o nunca», pensó Fernando.

—Voy al baño. Cuando vuelva quiero la luz apagada y que usted se ponga de cuatro patas. ¡Y sin una puta palabra! —fanfarroneó Fernando.

Tras el lavabo, que cerró con llave y a donde llevó toda su ropa, realizó esfuerzos sobrehumanos para obtener una mínima erección, con lo cual poderse colocar el preservativo. El problema adicional era que quería colocarse dos. Todo su poder de sugestión y la manipulación hábil de su miembro viril lograron el objetivo fijado, desafiando los miedos y ascos anteriores. Curiosamente, al enfundarse los guantes de látex —que trajo con la finalidad de extremar las medidas de seguridad—, sintió una excitación renovada, por ese contacto y sensación de poder. Ese sentimiento incrementó la dureza de la erección.

Sin luz en la habitación, se orientó con la penumbra de las persianas bastante bajadas y lo traslucido de las tupidas cortinas, hasta poder penetrar a aquella mujer por detrás, como una vulgar perra. Fue un coito rabioso, corto, con la sensación de Fernando de introducir su pene en un holgado agujero y aceptablemente lubricado. Eyaculó poquísima cantidad de semen.

El resto de la noche Fernando la pasó encerrado en el baño, lavándose obsesivamente bajo la ducha, restregándose tanto jabón que enrojecía su piel. La mujer dormía relajada, emitiendo ronquidos desagradables.

A las seis de la madrugada, Fernando se vistió con las ropas arrugadas, que había dejado en el taburete de aquel cuarto de baño. Las horas, minutos y segundos que tuvieron que pasar hasta las 10.00h discurrieron con una lentitud pasmosa, como una tortura lacerante.

Serían las 8.00h, cuando la mujer intentó en vano entrar al servicio, pero Fernando se lo prohibió, con el pestillo cerrado por dentro.

Trama 10 – Tentación (4/4)

A las 10.00h en punto, sin palabras, sin querer volver la vista a la mujer, Fernando salió de la habitación con una rabia que podía masticar. Puntual, su jefe le estaba esperando.

—¿Cómo te ha ido? —preguntó Martín, disimulando como podía la carcajada que se iban forjando en su interior.

—Logré tirarme a ese saco de pedos, a la vieja de los pellejos. Pero no puede permanecer a su lado durante toda la noche. Así que te perdono el otro medio millón del que hablamos.

Apenas el jefe le dejó en su casa, Fernando se dirigió a urgencias del hospital. No tenía nada en el estómago, pero necesitaba urgentemente una prueba de sangre que descartase que había sido infectado del VIH. De nada le sirvió que le recordaran que, con tan poco espacio de tiempo después de la conducta de riesgo, el test era poco fiable.

Ni el resultado negativo lo tranquilizó. Fernando pasó toda la tarde del domingo sin un buche de agua ni un bocado de comida. No logró dormir en toda la noche.

Por ello, no ha de extrañarnos que al día siguiente, lunes, cuando fue al banco más cercano de la oficina, para hacer efectivo el cheque de medio millón, Fernando no mostró la mínima reacción. Como conformado a la fatalidad, escuchó con parsimonia cómo el jefe de la sucursal le explicaba que la cuenta de aquel cheque, de la madre del Sr. Martín, había sido cancelada días antes y que la nota del sobre que le entregaría lo explicaría todo.

Fernando decidió subir por las escaleras (casi de emergencia, pues todos solían usar el ascensor) para llegar a su despacho en el edificio de oficinas. En un rellano, no puedo contener más la curiosidad y sucumbió a la tentación de abrir el sobre.

En el interior, una nota, escrita en el ordenador con letras grandes, rezaba:

«¡HA SIDO UNA BROMA!»

Cabizbajo, se ha sentado frente a su escritorio, inmóvil, sin fuerzas para nada. Martín ha entrado en la pequeña separación de paneles, y, de manera campechana, le ha soltado:

—Espero que no te hayas enfadado. Todos tenemos un precio, pero el tuyo debe de ser bastante reducido: por ingenuo.

Por primera vez, Fernando había regalado parte de su vida para que los papeles estuvieran invertidos.

Sus ojos de odio y rabia no han podido vencer la vista de sarcasmo burlón con que Martín lo ha mirado.

domingo, septiembre 24, 2006

Trama 11 – Metamorfosis (1/2)

¿Cómo explicar mi existencia escindida? Siento que dentro de mí habitan dos bestias feroces que quieren acabar conmigo y se apoderan de mi personalidad: no soy capaz de controlarlas.

Podría decir al mundo —como quieren mi psiquiatra y mi propia madre— que sufro una enfermedad que afecta a diversos sistemas de mi cuerpo, como el sistema límbico y el tiroides. A veces me ha dado problemas, como, por ejemplo, insomnio, nerviosismo e inquietud. Hasta tuvieron que hospitalizarme en alguna ocasión. En otros momentos, esta enfermedad me quita toda la fuerza y me hace sentir tremendamente fatigado y con molestias físicas. Afortunadamente estoy tomando unas medicaciones que me ayudan mucho y que me ayudarán a mejorar más, cuando me controlen algunos pequeños efectos secundarios.

Sin embargo, lo que siento es rabia, deseo loco de gritar a todos que soy un loco y que en ocasiones mi locura me hace perder el control de mis emociones. Me tienen que encerrar en un hospital, porque me pongo por las nubes y, cuando me siento deprimido, con la angustia que se apodera de mí, he intentado suicidarme. Las cicatrices de mis venas cortadas no engañan. Con las pastillas parecen que mejoran los síntomas, pero sé que me estoy convirtiendo en un “drogata”.

Mi psiquiatra intenta explicarme lo que denomina como “trastornos bipolar”, que me hace perder el control sobre mis estados de ánimo, en oscilaciones bruscas desde la euforia patológica a la depresión. Me intenta consolar haciendo propaganda de las pastillas, que van a controlar mi enfermedad crónica y recurrente. Sé que es absurdo eso, pero me intenta vender una salida al laberinto enmarañado de dentro de mí, en que habitan dos terribles minotauros que propinan cornadas desgarradoras. Tal vez ni la salida sea la solución: sólo me conformaría con aprender a encontrar la salida yo solo.

Mi madre es psicóloga, con influencias heterogéneas, que la han llevado desde el psicoanálisis más ortodoxo a una concepción gestaltista de que la mente funciona como un todo, y le seduce también la escuela de psicología humanista, con su chorrada de la “autorrealización”, que me repite hasta la saciedad siempre que puede. Sé que su primer objetivo de estudios fue licenciarse en psicología y especializarse en psicología clínica, para el diagnóstico y la terapia de los trastornos emotivos y de conducta. Por una ironía del destino quiso éste que su hijo sea un enfermo mental; pero ella se dedicó a eclécticos cursos y cursillos —y muchas lecturas autodidactas— fuera de España.

Mi madre creo que se enamoró perdidamente de mi psiquiatra, el joven investigador del mismísimo Stanley Research Centre. Hasta mi padre parece tener celos. De entrada ella, que siempre hubiera pensado en factores psicológicos, se creyó la teoría de que la causa de mi enfermedad era biológica, con todo aquel discurso del sistema límbico y la entelequia de los neurotransmisores.

Pero yo sé que hubo un desencadenante de esta situación bifronte: la muerte de Claudia.

Recuerdo su penúltimo correo electrónico:

«[…] Tengo un deseo loco de que entres de nuevo en mi casa, cuando mis padres se vayan el fin de semana. Sentiré cómo me besas desesperadamente, recorriendo con tus manos, debajo de la ropa, mi cuerpo. Y yo te apretaré con fuerza, resbalando mis manos hasta tu carne dura de pasión. Quiero que conduzcas mis dedos para que te la sienta rígida dentro de tus calzoncillos inconfundiblemente abultados. Entonces de nuevo nos quitaremos la ropa y me restregaré por detrás con tu sexo, mientras me agarras de espaldas. Me giraré y me chuparás los pezones hasta hacerme poner los ojos en blanco. Te dejaré que me introduzcas los dedos en mi vagina, que chorreará húmeda de ganas. Te bajaré con fuerza la cabeza para que me chupes el clítoris dulcemente. Siempre llego al orgasmo con tus labios y tu lengua “torturándome” tan levemente mi botón hinchado de sangre. De nuevo, no aguantaré tanto placer y querré chuparte golosamente hasta que te pida que me penetres como dos animales en celo. Cuando no resistas más, te correrás en mí sintiendo tu líquido inundarme, y descansaremos juntos, empapaos de sudor, entre besos […]»

El último correo era para avisarme que la iban a ingresar, porque unos análisis de sangre habían salido alterados. Y se desencadenó la tragedia: un cáncer galopante se fue apoderando de ella y en tres agónicos meses se me fue para siempre.

Mi madre nunca sabrá nada de mi desgracia. La familia de Claudia no me permitió ni que la visitara. Siempre me vieron como extraño y me obligaron a abandonar el hospital, porque yo era el culpable de que ella cortase con su novio abogado de toda la vida, con quien iba a casarse al acabar ella la Facultad.

Trama 11 – Metamorfosis (2/2)





Mi primera crisis me atacó por sorpresa. Irracionalmente, el mismo día de su entierro —al que ni pude ir: nunca me lo hubieran permitido— empecé a sentirme eufórico, con una vitalidad sorprendente, hiperactivo. Allí estaba el “subidón”, convertido en lobo, paradójicamente lleno de vida, invencible, incapaz de relajarme, irritable por fuera pero inundado de un exceso de sentimiento de bienestar interior, con ideas demasiado rápidas y demasiadas en número, y las ganas de hablar por los codos, en la sensación de poder hacer cualquier cosa.

A las tres semanas me convertí en repugnante insecto, de mi tamaño, pero autodestructivo como el que se emperra en morir abrasado en una luz de la noche. Me sentía incapaz de hacer nada bien, con mi mente al ralentí: un inútil, un perfecto inútil, atrapado por la desesperación y el pesimismo. Sin interés por nada, no soportaba las palabras de consuelo de que todo iba a pasar rápido. El cuerpo entero me dolía. Perdí el apetito y todo mi futuro se predecía negro, tan negro que la idea del suicido me rondaba obsesivamente, hasta el punto de que intenté cortarme las venas por primera vez. Y hubiera muerto, si mi padre no hubiera forzado la puerta del baño. En el hospital lograron taponar la hemorragia y me salvaron a tiempo.

Yo me niego a aceptar mi enfermedad como biológica. El argumento del componente genético no me convence, porque no nos consta en las dos ramas de mi familia que haya un caso precedente al mío. No me conformo a vivir esta enfermedad incurable, parcheada con una medicación que me anula, pero que la deja “dormida”.

He decidido "pasar" de las pastillas, pero, sin tomarlas, me suceden delirios y alucinaciones. Me da vergüenza contarlo, pero he llegado a sentir absurdamente que los coches en la autopista me seguían, todos a mí. Imágenes, ruidos e incluso olores inexistentes para los demás han cobrado vida en mi cabeza. Me he llegado a sentir, en mi fase eufórica, metamorfoseado en lobo, como si tuviese superpoderes y, sumido en la depresión, cuando me transformo en repugnante insecto de mi tamaño, he llegado a experimentar la "certeza" de que yo y mi familia padecíamos una enfermedad mortal.

Para estabilizar mis constantes cambios emocionales, me han hecho atiborrarme de todas las píldoras posibles, con los consiguientes controles de sangre periódicos para verificar la concentración de los medicamentos. No consigo vencer a los dos monstruos que habitan en mi interior y que logran suplantar mi personalidad, pero las pastillas los domestican. Esas medicinas me deforman, me ceban, me inflan como un cerdo: ¡a la porra mi psiquiatra con su cálculo de valoración de riesgos y beneficios!

Ha habido momentos en que me he querido consolar con la probable excepcionalidad que me aportaba mi enfermedad mental: me he creído el mito de los artistas bipolares. Ilusamente, me forjé la fantasía de aguantar mi calvario para reconocerme como espíritu creativo. Personajes tan influyentes como Theodore Roosevelt o Winston Churchill, bipolares confirmados, destacaron en sus cargos de responsabilidad, a pesar de su estigma.

Esas metamorfosis que pretenden controlar a todo riesgo con las medicaciones han hecho de mí un ser asexuado, sin ningún deseo ni goce sexual. Las drogas me ocasionan la ausencia de cualquier excitación sexual (no consigo ni la más tímida erección). Por no pensar, no pienso en el tema; pero me acuerdo en todo momento de Claudia, la mujer que daba una justificación a mi existencia y que luego “marchó”, para dejarme desamparado. Sin ella, no sé si vale la pena vivir.

viernes, septiembre 08, 2006

Trama 12 – Transformación (1/5)

Advertencia: La siguiente trascripción literal de un programa de radio y. en especial, la crudeza de las descripciones de la entrevistada pudieran herir la sensibilidad de la persona lectora. Absténgase, por tanto, de leer este relato cualquier ser menor de 18 años, edad biológica y/o mental. El autor declina todas las responsabilidades de no tomarse en serio este aviso. Lamentaría cualquier trauma psicológico derivado de la lectura de las siguientes líneas, pues son propiedad intelectual exclusiva de su narradora, procaz y provocadora en sus confesiones íntimas, y que en ciertos momentos incurre en el abuso de un vocabulario callejero, escudada en la inmunidad que cree que le permite la emisión nocturna de su programa radiofónico.


EMISORA: RADIO MUJER
Fecha: 24 de abril de 2006
Horario de emisión: 3.00h
Duración: 55’
Autora: Núria Arnau Ullstrell


Control: Sintonía. Pasa a F.

Loca.: Buenas noches., una nueva cita con Núria, vuestra amiga y confidente, en la madrugada de este ya lunes 24 de abril de 2006.

Control: Sintonía a PP. Pasa a F.

Loca.: Hoy no tenemos en nuestros estudios a nadie para entrevistar. No voy a responder a ninguna de las preguntas que hayáis formulado… Sencillamente éste va a ser mi último programa en la Emisora o consigo convencer al jefe (¿qué os pensabais que una radio para mujeres tenía una jefa? Pues, no) de que el aumento de la audiencia justifica mi sueldo aquí.

Control: Sintonía a PP. Pasa a F.

Loca.: Queridas, sois muy malas conmigo. Y el jefe tiene razón: «Núria, que cayó la audiencia». Yo no sabía qué decirle. Vosotras sois la audiencia. ¿Por qué os habéis caído? ¿Por qué dejasteis de sintonizar el programa? ¿Os creéis que ya lo sabéis todo y que no os hacen faltan mis consejos y un discurso feminista de ver el mundo? ¡No hay derecho! «A grandes males grandes remedios», pensé yo. Hoy he decidido cambiar radicalmente al programa. Vamos a tener una única entrevistadora: yo misma. ¿Qué os parece? Entrevistada y entrevistadora: la misma persona. Os voy a dedicar mi steap-tease integral.

Control: CD0754. Pista 01. “You can leave your hat on!”, Intérprete: Joe Cocker (1986). Pasa a F.

Trama 12 – Transformación (2/5)

Loca.: (Ella misma con dos papeles. En las respuestas: impostación de voz)
Pregunta: ¿Qué hace una catalana como tú en una emisora de radio que emite desde el Paseo de la Castellana?
Respuesta: Podría responder a la catalana, diciendo aquello de que “la pela és la pela”, pero la cuestión económica no ha resultado lo más determinante en este cúmulo de causalidades que me han traído aquí. De hecho, me encanta esta ciudad y estoy maravillada con el clima, más seco que en Barcelona. No obstante, hay cosas que echo de menos… como el Mediterráneo.

Control: CD0815. Pista 01. “Aquí no hay playa”, Intérprete: Los refrescos (1989). Pasa a F.

Loca.:
P: ¿Cómo definirías a una mujer catalana?
R: El catalán, con independencia de sexo, es un individuo en difícil equilibrio entre el seny y la rauxa.

P: ¿Qué? ¿Eso no son palabras feas?
R: Hay cosas que cuestan traducir; quizás: ‘juicio’ y ‘locura’. De hecho, Niestzche ya lo dijo con otras palabras: lo apolíneo en pugna con lo dionisiaco.

Control: CD0323. Pista 01. “Así habló Zaratrusta (Amanecer)”, Autor: Richard Stauss, Intérprete: Orquesta Nacional de RTVE. Pasa a F.

Loca.:
P: ¡Qué terriblemente pedante son ustedes los catalanes!
R: Un respeto, señorita… Eso no es pedantería, sino cultura general.. Es que como nos meten dos lenguas, acabamos teniendo la cabeza más abierta…

P: Hablemos de su vida…
R: En realidad, yo tengo dos personalidades, algo así como Dr. Jekyll y Mr. Hyde dento de mí. Es lo que decía antes del seny y la rauxa, del control y descontrol, la niña comportadita y la mujer desmadrada.

P: ¿Y quién está hablando ahora?
R: La primera, la niña “comportadita”. Mi otro “yo” viene después de la pausa publicitaria de nuestro patrocinador. Núria, como entrevistadora, ¡eres un desastre!

P: Perdona, me había olvidado… Pero, ¿de verdad siempre fuiste tan “comportadita”? ¿Cuándo cambiaste?
R: Creo que sí que hay un momento de mi vida en que puedo hablar de un cambio radical y consciente. Recién acabada la carrera de periodismo, me fui a vivir con Marc, un tío fantástico, con quien aprendí a realizar mis fantasías, al descubrir que a él le iban las mismas cosas que a mí. Con él, por ejemplo, me aficioné a los clubes de intercambio de parejas, pero de eso ya hablará mi otro “yo” después de la publicidad.

Trama 12 – Transformación (3/5)

P: Pero, ¿y antes de esa fecha? Yo me imagino que siempre fuiste una viciosilla, hasta en tu infancia, ¿no es verdad?
R: Es verdad a medias. Siempre fui muy discreta. Yo diría que hasta demasiado ingenua, aunque probablemente algo había dentro de mí que me impulsaba a experimentar y conocer cosas; pero sin malicia ninguna. Recuerdo, por ejemplo, que debía de tener ochos años y mi hermana casi los sietes cuando nuestra prima nos inició en el juego de las cosquillas en las tetas. Nosotras íbamos a un colegio de monjas y, aún así, me acuerdo de que, desde los diez a los trece años, con mi mejor amiga aprovechaba cualquier momento para toquetearnos bien. De hecho, con trece años, yo ya era medía el uno setenta y cinco de ahora (tuve la regla a los 11 años)…

P: Un momento, por favor.

Control: Eslogan del patrocinador (una conocida marca de compresas y tampones). Pasa a F.

P: Ya podemos continuar.
R: Bueno, como iba diciendo, con trece años un chaval de dieciocho de mi barrio me intentó violar en la escalera de mi casa. Yo lo asimilé muy bien y hasta lo entendí, porque él ni imaginaría mi verdadera edad, aunque siempre tenía que llevar el maldito uniforme de la escuela. Y aquello sí que era obsceno: los calcetines por debajo de la rodilla y la falda bastante corta que dejaba intuir mis gruesos muslos. Además, yo era toda una deportista y supe defenderme… Para que veas que no me produjo ningún trauma le pedí a mi madre unas semanas más tardes que me diera permiso para salir con aquel chico. Con él, menos penetración, creo que jugamos a todo. Me comía el coño (con perdón) a las mil maravillas.

P: Pero, ¿cuándo perdiste “aquello”?
R: El tema de mi virginidad nunca me preocupó. Evitaba el coito inconscientemente, porque me costaba aceptar mi cuerpo, tan grande como era (y soy). Hoy día lo tendría peor con lo de las modelos anoréxicas, pero descubrí que a la gran mayoría de los hombres les gusta tener dónde agarrarse. Pero, a lo que íbamos, perdí mi virginidad el verano que pasé con mis padres en un camping de la Costa Brava, al acabar el COU (ya soy mayorcita). Nada especial: ni trauma, ni dolores, ni mayor intensidad de placer que la que hubiera experimentado antes, yo solita o con otra persona. Lo que sí significa esta relación fue el final de mi etapa petting y ya en la universidad, después de asumir que no podía ser monógama, me acosté con más de un hombre a la vez (pero no revueltos), hasta el punto de quedarme embarazada. Fue una época mala de mi vida, porque tuve que abortar y no sólo porque no quería tener el hijo sino porque no sabía realmente quién, entre cuatro posibles candidatos, era el verdadero padre.

P: Y ya para acabar, permíteme una pregunta muy íntima: ¿Prefieres una compresa o un tampón?
R: Me es indistinto, aunque el tampón te ofrece más libertad, pero sobre todo si son de la marca X (marca del patrocinador). [Risas]

P: Muchas gracias, Núria1 (sub1), por tu presencia y esperamos verte aquí en breve.
R: Gracias, a ti.

Control: Eslogan del patrocinador (una conocida marca de compresas y tampones). Pasa a F.
Control: Anuncio del patrocinador. Pasa a F.
Control: Eslogan del patrocinador a PP. Pasa a F.

Trama 12 – Transformación (4/5)

Loca.: (Ella misma con dos papeles. En las respuestas: impostación de voz)
P: De nuevo, aquí, para continuar nuestro programa. Se encuentra con nosotros Núria2 (sub2), en esta agradable madrugada primaveral de la capital de España.
Buenas noches, Núria.
R: Buenas noches

Control: CD0264-I. Música para hacer amor. Pista 03. “Je t’aime, moi non plus”, Intérprete: Serge Gainsbourg (1969). Pasa a F.

P: En alguna ocasión confesaste, que descubriste los clubes de intercambio de parejas. ¿Cómo son?
R: Realmente yo soy fiel a un solo club, uno muy conocido de mi ciudad, Barcelona. El que frecuento es como un pub normal, con una barra y mesas, pero le añaden una pista de baile y reservados, además de monitores de televisión donde se echan películas porno.

P: ¿Frecuentas mucho ese club?
R: Mi verdadera transformación en mi vida fue el día que supe distinguir afecto (o amor) del puro sexo. Acto seguido, descubrí que este sexo por el sexo también lo disfruto muchísimo y que, dependiendo del día, lo necesito. Ese club es como un santuario donde puedo realizar mis fantasías eróticas. Me conocen allí, soy habitual, casi de la casa: cliente VIP.

Control: CD0988. Pista 01. “Erotica”, Intérprete: Madonna (1992). Pasa a F.

P: ¿Cómo fue tu primera experiencia en el club?
R: Las dos primeras veces fui con Marc simplemente a ver una película y a tomar un cerveza. Todo bastante sosito. Pero la tercera vez pasamos a bailar a un salón con un ambiente más íntimo, rodeado de mesas con cortinas, donde la gente estaba metiéndose mano. En la pista de baile me desnudé y me puse a tocarme, mientras observaba cómo los otros se lo montaban. ¡Fue ma-ra-vi-llo-so!

P: ¿Nunca has tenido malos rollos?
R: La verdad es que no. Yo el vivo el club como un espacio de libertad y seguridad absolutas. Allí no entran profesionales del sexo; son personas normales, como tú y yo. [Risas] Yo tengo una confianza ciega en la “relaciones públicas” del local; somos casi amigas. Le puedo decir: «Esa pareja, esa chica, ese chico me interesan» y sé que va a transmitir mi recado. Que ellos acepten o no ya es cuestión de ellos mismos. En el club hay habitaciones con camas, servicios, duchas con toallas. Puedes hacerlo con tu pareja o la que te busques, en la mayor intimidad o montártelo delante de más gente…

Trama 12 – Transformación (5/5)

P: ¿Lo has hecho… en un trío?
R: Sí, muchas veces. Era una de mis fantasías: hacerlo con dos hombre a la vez y al mismo tiempo, disponer de dos pollas para mí sola; pero, claro, en la época no quería hacerlo con dos hombres que yo conociera. De esta manera, en el club, me liberé de los malos rollos.

P: ¿Qué es mejor para ti: un trío con dos hombres o bien con una mujer y un hombre?
R: Son casos diferentes. Cuando te follan dos hombres a la vez, sientes que es un rollo de los dos tíos contigo, porque los dos hombres están “distantes” entre ellos. Cuando hay otra mujer (debo de ser medio bollera) el rollo es entre los tres. Con dos hombres, el disfrute es más físico; pero habiendo una mujer, hay más ternura.

P: ¿Qué opinas de las orgías?
R: Para mí, más allá de tres, es multitud. Lo he intentado, pero tener más de tres personas a mi alrededor me agobia, me cansa, me empacha. Es como si te faltara aire. Algo psicológico, porque sí que disfruto observando. En el fondo, cualquier orgía se puede reducir a una combinación de uno, dos o tres “miembros” entre sí. ¡Y perdona por lo de “miembros”: que me ha salido un chiste fácil!

P: ¿Sabes lo que creo? Que eso del club parece un invento catalán, como tu propia sexualidad, un desmadre loco sin perder nunca el control.
R: Nunca lo había pensado así. Debe de ser el sentimiento de autocensura y represión a que estamos sometidos todos los catalanes.

P: Ssshhhhh… Por favor, Núria2 (sub2), nada de temas políticos en el programa.
R: Perdona, lo había olvidado.

Control: Eslogan del patrocinador. Pasa a F.

P: Muchas gracias, Núria2 (sub2), te esperamos aquí mañana para que nos impartas una conferencia con la técnica de cómo obtener “multiorgasmos”.
R: Gracias. No faltaré a la cita.

Control: Sintonía. Pasa a F.

P: [A los oyentes:] Y ahora sí. Es hora de concluir nuestra programación de hoy: “De madrugado con Núria”. El tema está lanzado en el aire: “Cómo conseguir fácilmente multiorgasmos”. Querida radioyente, ¡por fin obtendrás respuestas a todas las preguntas sobre clítoris y puntos G que nunca te atreviste a formular!
A cargo de Núria, una amiga (si no dejáis de sintonizarnos).
Un abrazo y hasta mañana

Control: Sintonía. Pasa a F.

martes, septiembre 05, 2006

Trama 13 – Maduración (1/3)

Jonathan L. G (aunque se podría haber escrito así su nombre: Yónatan L. G.) con bastante probabilidades era lo que el vulgo “vulgarmente” denomina un “niño de goma rota”. Se barajan dos hipótesis al respecto:
a) su madre, María G., realmente no quería tener ningún hijo más, después de las desgracias acaecidas a los dos primeros, nacidos hacía 15 y 17 años, y
b) su madre, María G., quería un hijo, con la vana ilusión de dar sentido a su vida y matrimonio, y olvidar (o paliar) las amargas experiencias y el horrible saber de boca que habían dejado los anteriores. Hay quien llegaría a afirmar que, en el fondo, María G. deseaba una niña, como sostén de su vejez; esto último explicaría cierto amaneramiento en Jonathan, ya de por sí mimado y sobreprotegido a lo largo de su infancia.

Sea como fuera, Jonathan fue concebido en el duelo reciente del joven Jesús L. G, de 15 años de edad, muerto en el acto al chocar frontalmente con un tractor en uno de los caminos vecinales del pueblo de El Ejido. La autopsia y el peritaje de los de tráfico verificaron que la muerte a plena luz del día se justificaba por una temeraria velocidad para aquella motocicleta, que discurría muy abierta en la curva, en el momento de la colisión, y que el muchacho circulaba bajo los efectos de estupefacientes. Las drogas también eran ya el problema del mayor, José Manuel L. G., entonces con 17 años, pero que empezó en la época un infructuoso —y gravoso para la familia— periplo de clínicas de desintoxicación.

Que su primogénito fuera un drogadicto sin salvación fue socavando la entereza y frágil personalidad del ex guardia civil Manuel L., quien había abandonado el “cuerpo” con la ilusión de hacerse millonario con los “invernaderos” en aquella población almeriense. Trabajó él duro y recogió los frutos en lo económico; pero la fortuna le pasaba cuentas en lo familiar. Lo del hijo mayor fue la excusa que impulsó a un aparentemente pacífico Manuel L. a verter la brutal violencia, física y psíquica, sobre su cónyuge. A partir de ese momento, construyó su vida en función del dominio, del sometimiento a esa mujer. La muerte del segundo, de Jesús L. G., fue el mazazo que intensificó su comportamiento de violencia, de totalitarismo, de anulación de su mujer. María G. era fuerte, no obstante; sufría, se sentía sin autoestima, pero con la firme voluntad de salir adelante.

Trama 13 – Maduración (2/3)

El embarazo del futuro Jonathan L. G. supuso una tregua; por lo menos, en las palizas. Al nacer su último hijo, María G. consiguió que su marido no le volviera a ponerle una mano encima. Pactó con el esposo algunos encuentros carnales, a cambio de una relación de apariencias. Se sentía una puta accediendo a las zafias violaciones de un hombre que había amado de joven y que odiaba con todas sus fuerzas. Cuando Jonathan tenía 8 años, la mujer le pidió el divorcio: no podía aguantar un minuto más con aquel hombre a su lado. Ella se fue a vivir a la casa de sus ya fallecidos padres, que ahora también era propiedad del matrimonio; volvió a trabajar en la peluquería de su hermana, con quien había empezado hacía tanto tiempo y de donde salieron los primeros ahorros para comprar las tierras de la costa, de los invernaderos, que habían hecho millonario a Manuel. Éste, al saber la decisión de su esposa, la amenazó con quedarse con todo: los coches y furgonetas, el cortijo, la maquinaria, los invernaderos… Sin hacer ruido, pero, firme, María luchó y fue interponiendo recursos: no estaba dispuesta a renunciar a lo que era suyo.

Jonathan fue creciendo en una burbuja, ajeno a la violencia que se vivía en casa, con pequeños fogonazos intuidos que le convirtieron en un niño introvertido y sensible. A diferencia de sus hermanos era negado en los deportes y hasta le gustaban la escuela y los estudios. Nunca le faltó de nada. Abría la boca y ahí tenía juguete más caro. Cuando se fueron a vivir a la casa que había sido de sus abuelos maternos, no notó los sacrificios de su madre en la nueva situación. Su padre le había comprado un ordenador y le aseguraba el acceso a Internet. Tenía Jonathan mucho tiempo libre y le apasionaban los videojuegos y los chats con los amigos. Los fines de semana los pasaba con su padre y su nueva pareja, Lucía, una veinteañera atractiva, cuyo hermano menor, Alejandro, llegó a ser el mejor amigo de Jonathan. Disfrutaba el chaval muchísimo con el tito Juan, el hermano mayor de Manuel L., que continuaba como guardia civil destinado en la zona. A Jonathan le encantaba subir en el coche patrulla y escuchar los mensajes de radio de los de la benemérita. El fantasioso crío soñaba que algún día sería detective privado, como sus héroes de videojuegos.

A los 14 años del hijo, su madre quiso enviarlo de colonias. En esa semana, sin ordenador y videoconsola las veinticuatro horas, fue aprendiendo a valorar mucho más la amistad de los compañeros, y a colaborar y ayudar en equipo, especialmente con Alejandro, con quien compartió muchas conversaciones y tiempo juntos.

Trama 13 – Maduración (3/3)

A su vuelta a casa, la tragedia se había consumado. El propio tito Juan había encontrado ahorcada a María G. en la primera planta de la residencia, antiguo corral de animales y luego garaje de coches y maquinaria agrícola, después que la hermana de su ex cuñada denunciase el que María no había ido a la peluquería ni atendía al teléfono. A la espera definitiva de enterarla, Jonathan L. G. pudo observar con estupor el cuerpo sin vida de su madre, colgando casi grotescamente.

Allí, no obstante, había algo que no cuadraba. Jonathan se percató de que la cabeza de su madre estaba muy cerca de las vigas y que hubiera sido imposible que ella se subiese tan alto. Miró alrededor y vio que el suelo había sido limpiado; pero no le costó imaginar que, entre una o dos personas, después de ya muerta o en estado inconsciente, la hubieran arrastrado hace ese lugar. Como si apareciese la luz después de un periodo de tinieblas, Jonathan L. G. descubrió que quizás su padre había matado a su madre, sabedor de que una sentencia judicial estaba al caer, en que se haría efectiva la separación de bienes tras el divorcio de sus padres, empezado a tramitarse mucho antes. Sabía esto por lo que hablaba con Alejandro, a quien su hermana Lucía le contaba todo, preocupada por perder parte de los bienes de su actual pareja. Pensando y pensando, no le fue difícil intuir a Jonathan L. G. la complicidad de su tío Juan, siempre dispuesto a ayudar a su hermano. Todo cuadraba ahora: eso explicaría la frivolidad con que la Guardia Civil instruyó el caso, sin tomar fotografías ni huellas, y señalando de entrada el suicidio.

Nuestro “niño de goma rota” tenía poco tiempo en aquella casa. Ahora Jonathan L. G. se iría a vivir con su padre y Lucía. Se encerró en su cuarto y envió un largo correo electrónico a Alejandro (con copia a su profesor Julián, del instituto), en que explicaba todo lo que se disponía a realizar aquella noche. Rápidamente cerró el ordenador y marchó con su padre.

En el bonito chalet de la zona residencial de El Ejido, Jonathan L. G. entró en el cuarto de su padre, que estaba pensativo. Al cerrar la puerta, el hijo le pidió que le enseñara una vez más el arma reglamentaria de cuando Manuel L. era guardia civil.

Una sonrisa iluminó la cara de aquel hombre, que recordó aquellos tiempos en el “cuerpo” como una época de sueños e ilusiones.

—Siempre la tengo cargada, por si quiere entrar algún chorizo en casa —añadió un orgulloso padre, mientras mostraba el revólver en su cartuchera.

De pronto, el silencio. Jonathan L. G. tragó saliva y empezó a hablar:

—Sé que mataste a mamá y que tito Juan te ayudó. Y la gente lo va a saber todo. Tienes pocas opciones… Coges la pistola… Si me matas, esto es absurdo, porque ya he enviado un correo explicándolo todo: mi muerte no va a cambiar nada… Si por una vez en tu vida no eres cobarde, mátate de una vez, haz que me sienta orgulloso de mi padre y que los del pueblo te recuerden con dignidad… Lo que hiciste con mamá no tiene nombre…

Como pudo, con las piernas temblando, Jonathan L. G. se levantó y dio la espalda a su padre. Cerró los ojos esperando lo peor; pero no pasó nada… sólo un silencio que hería, y se puso a caminar lentamente. Al cerrar la puerta, respiró hondo y se apoyó en la pared, pero la detonación del disparo le golpeó todo. Lucía abrió la puerta de aquel cuarto, porque Jonathan L. G. se había quedado bloqueado con el pomo en las manos… Gritos, histerismo: Manuel L. yacía muerto.

En un estado de semiinconsciencia, como flotando en una nube, Jonathan fue recibiendo las muestras de pésame de todos los familiares y vecinos. Habló con Alejandro y le preguntó si había recibido un e-mail; pero éste le contestó que no había abierto el correo. Corroído por la duda, al día siguiente, tuvo la oportunidad Jonathan L. G. de acceder a Internet y abrir el correo electrónico. Un sudor frío recorrió su cuerpo: el mensaje que supuestamente había enviado la noche anterior no constaba como enviado, ni como simple borrador.

domingo, septiembre 03, 2006

Trama 14 – Amor (1/4)

Dicen que la más bella historia de amor tiene que concluir en tragedia. La tragedia de mi historia ha sido que el amor hacia un hombre no ha concluido ni después de la verdadera tragedia de que ese hombre muriera.

Por elegir una fecha de comienzo, recuerdo que yo tenía 7 años y Fernando, mi primo mayor, nos visitó con su madre, en el piso de Zaragoza. Mi madre, Carmen, y mi tía, Pilar, eran mellizas: nacieron con diferencia de segundos, tal vez un par de minutos. Contaba mi abuela materna que Pilar, la mayor, también lo era en tamaño y fuerza: era tragona y dejaba sin pecho a mi madre; como la eterna segundona, la que sería con el tiempo mi madre se quedaba sin mamar o chupaba con tanta poca fuerza que no conseguía succionar la poca leche que le dejaban y, con ello, volvía a tener menos fuerza; necesitaron una ama de cría, que trajeron del pueblo, para que pudiera salir adelante. La historia de mi madre y de mi tía —las únicas hijas de mis abuelos maternos— fue una relación de rivalidad constante: siempre echando el ojo en lo que la otra hacía. Mi madre iba a casarse joven con el novio de toda la vida, un “mañico” de Teruel afincado en Zaragoza y heredero de un modesto colmado de sus padres. Por eso mi tía Pilar no tardó ni tres meses en formalizar el compromiso de boda, lo que en aquel tiempo resultó ser una vergüenza, pues pisaba el altar con dos faltas de la menstruación, en estado de buena esperanza de Fernando. De nuevo, mi tía Pilar se había adelantado a mi madre y además Fernando sería el primogénito de la familia y el nieto preferido, el que marcó la línea del resto de primos. Además, mi tío Luis no era un “pelagatos” como mi padre: quince años mayor que su esposa (a quien dejaría viuda pocos años después), tenía estudios de abogado e iba a pasar unas oposiciones de notario, porque soñaban con irse fuera de Zaragoza, lo que finalmente consiguieron. En Madrid, definitivamente, borraron cualquier comentario, rumores y la difamación de una capital de provincia. Fernando era guapísimo, bastante mimado y edulcorado por vivir en la Villa y Corte. No veíamos de higos a breas, concretamente en verano, en la casa de los abuelos en un pueblecito del Pirineo aragonés, donde se encontraba la “casa” (metafórica y real) de los Peñarroya. Pero con 7 años yo, Fernando y su madre nos visitaron a una Zaragoza tórrida y malsana por la humedad, una tarde de inicios de julio, antes de subir a la Sierra. Mi tía Pilar había entrado parlanchina y nos contó una anécdota, que la llenaba de orgullo filial. Intentaré reproducirla literalmente:

—Cuando sea mayor quiero casarme contigo —le dijo mi primo Fernando a mi tía Pilar.
—¿Y papá? —le interrumpió su madre.
—Entonces será ya viejo y él será abuelo: yo, el papá, y tú, la mamá.

Yo había decidido inconscientemente robar a mi primo de su madre: sólo para mí. Sé que logramos escaparnos de mi hermano Miguel. ¡Por fin solos, Fernando y yo! Cómo odiaba a mi hermano: era más que celos, era odio. El mismo se inventaría más tarde la teoría que minó mi infancia en dudas sin respuesta, al afirmar que yo era hija adoptada, por ser tan diferente y la única pelirroja de toda la familia. Miguelito, con cinco años, estaba obsesionado por recortar y no me importó un bledo entonces que me destrozase mi colección de muñequitas recortables con sus respectivos vestidos y complementos. Le propuse a Fernando que jugáramos a médicos y él prefirió a papás y a mamás. Acepté. Debajo de la cama de mi cuarto, montamos nuestra casita, tumbados; pero en vez de preparar “comidita”, acabamos con la braguita y calzoncillos bajados. Aún cierro los ojos y recuerdo cómo él me tocaba y yo le tocaba a él su cosita. Mi madre, beatona y muy tradicionalista, llamaba a la vulva “el culito de delante”, como si quisiera inculcarme que todo lo mío, de todas las mujeres, era feo y sucio. A mí me gustó acariciar su “colita” pequeña, pero dura (yo ya sabía que eso pasaba con los niños, como cuando veía cambiar los pañales a mi hermano Miguel). Con esas edades, no tiene sentido pensar en una burda sexualidad, porque ni fisiológicamente creo que me sintiese húmeda de abajo; yo lo único que recuerdo es una inmensa emoción que me recorría todo el cuerpo y me erizaba el poco vello de entonces.

El sueño tuvo una interrupción brusca, porque la luz eléctrica de mi cuarto apagó las estrellas que nacían en mi cabeza. Salimos de la cama, asustados, con la ropa desabrochada. Sólo después entendí la reacción desproporcionada de aquellas dos mujeres que nos insultaban y nos llegaron a pegar con el calzado en el trasero. Yo lloré, lloré; pero especialmente porque mi tía Pilar juró que no iba a venir más a vernos y que, a partir de ese momento, ya podían establecer turnos para las vacaciones en las montañas de Huesca.

Trama 14 – Amor (2/4)

Cuando volví a ver a Fernando, yo ya tenía 14 años y él, 15. Era mi viaje de fin de curso de los de octavo y ese año tocó Madrid. Yo logré escaparme del grupo (con la complicidad de algunas amigas, que al pasar la lista y pronunciar mi nombre, repetían el “presente” e incluso me contaban en el número que pasaban a las profesoras) y viví una bella historia de besos en el parque de El Retiro.

Con 16 años, nuestra abuela estaba a punto de morir. Mi tía Pilar parecía dispuesta a hacer las paces y a olvidar el pasado. Supongo que confiaba más en su hijo, ahora que lo habían internado en un colegio del Opus. Miguel, mi hermano, se marchó a casa de un amigo. Y nos dejaron solos, para acercarse ellas al hospital. Yo conseguí en cuestión de segundos avivar el fuego de nuestra antigua pasión. Nos besamos como si nos faltara el aire. No nos desnudamos, pero las yemas de nuestros dedos se volvieron tan sensibles que traspasaban la ropa. Creo que se juntó el fuego y la estopa; el hambre y las ganas de comer. No sé que hubiera pasado, si el teléfono no hubiera sonado insistentemente:

—La abuelita ha muerto.

Aún hubo otra vez en que nos dejaron solos. Fernando y mi tía Pilar vinieron a mi casa. Ella nos comunicaba con orgullo que su hijo iba a estudiar medicina, en la que entendía como mejor universidad del país, la de Navarro. Yo aún no sabía nada del Opus, pero encontré absurda la decisión, porque medicina se podía estudiar en cualquier capital de provincia, y más en Madrid, que lo difícil era la residencia médica. Con las convicciones cristianas de su hijo, mi tía Pilar permitió que diéramos una vuelta, no sin antes prometerle que iba a presentarle mi pandilla de amigos y que, por supuesto, me llevaba a Miguel con nosotros. En el paseo del río, Miguel acabó cansándose de la conversación en términos académicos y optó por irse con sus amigos. Nada más perderlo de vista, Fernando y yo nos volvimos a besar con furia. Llorábamos de felicidad y renovamos nuestra promesa de amor eterno.

Recién aprobaba en la Selectividad y empezada la carrera, pedí a mis padre un fin de semana en la costa de Tarragona, para matar la nostalgia del verano que acabábamos de pasar allí y porque con tanto estudio necesitaba descansar. Di un rodeo absurdo, pero acabé en Navarra, al encuentro con mi primo. Yo hallé a Fernando cambiado. Cuando entró en la habitación del hotel que había alquilado, me dijo que aquello que hacíamos era pecado. Yo estaba tan enamorada que hice oídos sordos a lo que sin duda pretendía ser una disculpa, una negativa a pasar una noche de pasión desenfrenada. En aquella época, yo era muy insegura. Me sentía fea, con mi cuerpo lleno de pecas; pero se produjo el milagro: podría erotizar a Fernando, porque con su presencia yo me erotizaba a mí misma, me sentía hermosa y deseada. Me imaginé seductora, con ganas de enseñar todo mi cuerpo y no ocultar nada. Mis ojos, de normal soñadores y de color avellana, parecían brillar como aquellas estrellas que intuí junto a él, a mi siete años. Estaba tan loca de deseo, mi confianza total y sensación de gozoso abandono, que me sentí un mantel desplegado. Lo que viví —y rememoro desde entonces— no lo puedo condensar en palabras. Sólo me arrepiento de no haberme quedado preñada para poder traer al mundo el niño más hermoso. No había mantenido relación sexual de penetración nunca antes. Perdí (o gané, pues me sentía pura) mi virginidad con el amor de mi vida, aquella noche deliciosamente lluviosa de entrado otoño. Mi excitación era tal que el molesto dolor de hacerlo por primera vez me prolongó el placer y aguanté sin explotar. No tenía nada que ver con los orgasmos que había descubierto al acariciar mis clítoris —aunque siempre pensaba en él— y que me producían espasmos vaginales, más bien mecánicos. Lo que yo viví aquella noche era mucho más prolongado, como olas secas de placer contenido, y, al final, irrumpió en la explosión y expulsión de un líquido caliente, que vino a mezclarse con el esperma de un Fernando incapaz de controlarse más.

Trama 14 – Amor (3/4)

Con la sensación del deber cumplido, mi vida cambió a partir del día siguiente. En los meses que siguieron a esa noche, a mi vuelta a Zaragoza, ultrapasé los últimos resquicios de un sexo prohibido hacia un sexo en que valía todo. Distinguía plenamente entre amor y sexo, y lo que hice fue más porque había que hacerlo que porque lo quisiera realmente. Había aprendido a vivir sola mi sexualidad y a alcanzar los orgasmos. La primera vez lo había descubierto después de una sesión de abdominales, apretando los músculos, pero perfeccioné la técnica con la turbación de mano de mis clítoris, y con la mente puesta en Fernando. Entonces, después de aquella maravillosa noche, se abría mi época de “progre”: cuantos más polvos echase una, y con más tíos, mas liberada te creías. Pero juro que nunca experimenté la sensación de engañar a Fernando —ni con el sexo a solas, que continué practicando y perfeccionando—: con él, había mucho más, había AMOR.

Nuestras vidas corrieron divergentes, pero a mis treinta y cinco años el destino volvió a cruzar a Fernando en mi camino. Nos encontramos en una exposición de vanguardia europea en Londres. Yo estaba allí de paso, a solicitud de mi empresa, para que aprendiese técnicas en un Seminario que impartía la filial inglesa que permitiesen mejorar mi gestión de directora de marketing. Fernando no supo o no quiso decirme qué hacía allí: estaba muy cambiado; mucho más flaco, descuidado en la forma de vestir (él que siempre había sido un figurín) y sin afeitar, con barba de varios días. Me dijo muchas tonterías, que si el paso por la facultad y la gente del Opus le habían comido el coco y le habían lavado el cerebro, para hacer de él un tipo neurótico, con remordimientos que no le dejaban ni dormir. Acabé convenciéndole de que fuéramos a cenar, en uno de aquellos restaurantes económicos —de una cadena conocida en la capital inglesa—, donde podías entrarte en el estómago algo con apariencia comestible. En un tono de confianza, como queriéndome frustrar una noche de pasión, me confesó que había descubierto que era homosexual y que vivía una relación con un hombre que le chuleaba. Le hablé de nuestra promesa de amor eterno (—Éramos tan jóvenes —interrumpió él). Yo le dije que no me lo creía, que a lo sumo era bisexual. Le engañé diciéndole que yo misma había tenido una experiencia lésbica totalmente satisfactoria. Lo engañé sólo en lo de totalmente satisfactoria, porque eso hubiera sido enamorarme de una mujer y el amor en mi vida sólo ocupaba espacio para él, para Fernando.

—¿Me esperas un momento? Voy a lavabo. Yo no te importe, que te invito yo.

Cuando volví a la mesa, antes de pedir la cuenta incluso, le solté:

—Me he pintado de carmín los pezones y el coño.

Funcionó y cómo funcionó. Todo él pareció perder el control, excitándose locamente. En mi habitación del hotel, comprobé que una estrecha cama de soltero no impide dejar de crear el universo mayor y más inmensamente compacto entre una mujer y un hombre que se aman. Me extrañó su insistencia en ponerse el preservativo; yo que para cualquier otro lo hubiera exigido como condición inexcusable. Si hubiera sido menos ingenua, quizás hubiera pensado que otra de las tragedias del amor verdadero es que no tiene por que ser correspondido: creo que en ese momento él me amaba sólo por mi propio amor, por hacerle sentir un ser especial.

Trama 14 – Amor (4/4)

Pasaron dos o tres años y las noticias se sucedieron. Como fichas de dominó en posición vertical, en que algunas acaban cayendo, los hechos se precipitaron. A mi tía Pilar le detectaron un cáncer de mama y los tratamientos sólo le alargaron una dolorosa agonía. Parece que hubiese algo que le impedía luchar. Fui la única sobrina que iba a visitarla, en la clínica de Madrid. Fernando no regresaba de los EEUU, obligaciones inexcusables en San Francisco. Algo sabe siempre una madre y, una tarde a solas, me cuchicheó al oído:

—Tú hubieras podido hacer feliz y salvar a mi Fernando.

En el día de su entierro —de nuevo, mi tía se adelantó a su hermana melliza—, supe toda la verdad. El propio Fernando me lo dijo. Tenía sida y nada había servido hacer de conejillo de indias para probar nuevos fármacos: la enfermedad se le reproducía y sus defensas caían en picado.

Días antes de que lo llevaran casi incomunicado a la zona esterilizada de los transplantes, estuve a solas con él. Vi un cadáver, pero, a pesar de su estado físico, como siempre, volví a sentir un infinito amor. No lo consiguió, porque él apenas tenía fuerzas; yo logré estamparle un beso, el último beso.

Logré robarle ese último beso, pero mi tía Pilar logró arrebatármelo. De existir algo parecido a un cielo, a veces me los imagino juntitos: Fernando y mi tía Pilar, papá y mamá, bajo la mirada tierna de un viejito tío Luis, como un compasivo abuelo anciano.

Ahora estoy en el Hospital. A mi madre le diagnosticaron la misma enfermedad que a su hermana. No descarto lo peor, pero se que ella va a luchar con todas sus fuerzas. Todos en casa le damos fuerzas: mi abnegado padre y hasta mi hermano, que puede tener todos los defectos, pero es un sentimental en cuestiones familiares. Casi he abandonado mi empleo; tuve que pedir permisos y abandonar Madrid. Con tantas horas que paso en este hospital oncológico de Zaragoza, tengo mucho tiempo para pensar, para pensar en Fernando, y en nuestro amor. La tragedia de mi historia ha sido que el amor hacia un hombre no ha concluido ni después de la verdadera tragedia de que ese hombre muriera.