Trama 1 – Búsqueda (2/3)
La República trajo una Catalunya autònoma. De alguna manera, si fue breve o no, quizá mi padre pudo ver realizado su sueño. Deseo que lograse también su ansiada libertad personal, incluso que pudiera huir a América, porque quiero descartar la triste idea que me ha rondado alguna vez por mi cabeza de que quizá le pegaron un tiro durante la guerra; aunque inconscientemente le reprocho que desde el día de la fotografía ya no lo volvimos a ver nunca más mi madre y yo. No sé si hoy él estaría contento con la actual autonomía política de nuestra Comunidad. A mí, la huida de mi padre me dejó huérfana y creo que mi vida, en parte, ha sido una búsqueda inconsciente de un anhelo de unidad, no la del fascista con su eslogan de “Una, Grande y Libre”, sino de la esperanza de un reencuentro con mi padre, que pareció olvidarme.Porque aquella fotografía me acompaña hasta el día de hoy. La convulsión política de aquel 14 de abril me era ajena, si exceptúo la lógica curiosidad que despierta en una niña intuir que cambiaban cosas. Para convulsiones ya tenía las domésticas, con mi padre y madre siempre como el perro y el gato, en casa, desde hacía meses, a todas horas del día, sin recato alguno. La monarquía tenía las horas contadas como el matrimonio de mis padres, náufrago entre las desgañitadas peleas e insultos, y unas falsas apariencias para imaginar que yo era la criatura que daba sentido a aquel malvivir de pareja.
En casa éramos republicanos. Como supe después, incluso mi tío Manuel, el hermano menor de mi madre, que acabó derecho en la Universitat Central de Barcelona, abrazó los postulados nacionalistas y militó en la Unió Socialista de Catalunya, partido socio de Esquerra Republicana. Mi padre hasta ese día, el de la fotografía, era uña y carne con mi tío Manuel. Y fue éste último quien más nos ayudaría durante la guerra, hasta que tuvo que exiliarse. Mi madre dijo que no abandonaba su casa y, visto que mi tío murió en Auschwitz, debió de ser una decisión acertada. Pero esto es otra historia. Aquel 14 de abril mi madre fue por la mañana a peluquería. Mi madre había comprado ropas tricolores —rojo, amarillo y morado— y había mandado confeccionar una bandera que colgó con orgullo en el balcón de casa. Mi padre ya no regresó más. Cuando volví de las monjas, del colegio regentado por las paulinas del barrio (una incoherencia ideológica de mi madre que confiaba en aquellas hermanas para hacer de mí una perfecta esposa), mi madre me pidió que comprase algún diario de la tarde. Me tuve que despabilar porque la gente casi literalmente robaba los periódicos de las manos de los vendedores. Y yo misma lo descubrí todo. Allí estaba, en portada, la fotografía que inmortalizó el momento. Aún hoy desconozco el autor de aquella instantánea, si realmente podemos atribuir autoría a un anónimo reportero gráfico cuya única virtud fue la de estar en el momento y lugar preciso, con aquella Nettel, cámara de cajón de madera y utilizando, a modo de flash, placas de magnesio. Desgraciadamente para mi intimidad, esta fotografía (que en la época sería la única cobrada, porque los reporteros sólo cobraban por la publicada) ha sido reproducida posteriormente, una y mil veces, para ilustrar libros, exposiciones, congresos y alguna crónica nostálgica del acontecimiento. Aquella imagen reproduce el entusiasmo del pueblo manifestándose jubilosamente en la plaza Sant Jaume. Todos los rostros reflejan la alegría en forma de explosión jovial, todos los rostros menos el de mi padre, que transmitía un rictus de perplejidad, como pillado in fraganti. A su lado, una mujer bella y atractiva, con el pelo corto y un gracioso bucle de moda en la época, con unas cejas finísimas y maquilladas a conciencia, está concentrada en abrazar a mi padre. Esa mujer, claro está, no era mi madre.
De nada sirvió que mi madre rompiese con rabia el diario en mil pedazos y lo lanzase al fuego de leña que preparaba la cena de aquella noche: esa fotografía marcó mi vida, me ha acompañado siempre.
Mi padre, como muerto presente, desapareció de nuestras vidas. A mis veinte años, mi tío Manuel, al ver que no convencía a mi madre de que lo acompañásemos a Francia porque la guerra la habíamos perdido, me confesó que tampoco él había sabido nada de mi padre desde aquel día. Él pensaba que mi padre, al verse retratado, decidió irse a América. Yo personalmente me inclino a pensar que la huida ya la tenía preparada, pues mi madre no encontró los documentos oficiales de mi padre ni el dinero de la cuenta bancaria, y su esposo, si creo a mi madre, nunca volvió a poner los pies en casa. No sé qué pensar de su actitud, pero mi rabia mayor ha sido no recibir noticias suyas, ni una triste carta: un padre no es un simple progenitor o un tutor; para mí él era mucho más que mera biología o condición legal.


0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home