miércoles, octubre 11, 2006

Trama 9 – El desvalido (1/2)

Nos conocimos en la cafetería de un hospital. Mi madre estaba ingresada y me sentía frágil, porque su repentina enfermedad había supuesto, de entrada, que yo renunciase a mi beca de estudios en los EEUU; pero aún peores augurios se derivaban de mis conversaciones con los médicos, quienes no dejaban margen a la esperanza y prácticamente sentenciaron con su diagnóstico y experiencia una larga y dolorosa agonía que se cumpliría matemáticamente para aquella mujer relativamente joven todavía, pero sin ganas de luchar, después de la muerte de mi padre, que, paradójicamente había hecho un infierno de nuestra existencia.

El otro hombre, Carlos, estaba allí, delante de un café con leche de vaso. Solo, sin compañía, con cara de una tristeza desgarrada. La sensación de desconsuelo que me transmitía me hizo acercarme y ponerme a su lado. Hablamos no de su tío, también ingresado, sino sobre otra mujer, su ex mujer. Durante media hora me contó con pelos y señales cómo ella lo hirió y lo acabó abandonando sin piedad. En aquel momento, pensé, claro está: «Pobrecito, menuda mala pécora le ha tocado. María —es decir, yo— va a cuidar de ti». Supongo que en aquel momento, en que incluso llegué a observar sus ojos llenos de lágrimas que pugnaban por soltarse, sentí un cariño infinito por aquel ser que creía indefenso, sin salida. Era como si experimentara un reto, el de vengarme de aquella mujer que lo había maltratado, y el deseo inconsciente de ser madre. Centrada en mis estudios y en la investigación, mis 35 años parecían reclamarme más que a un hombre, que me hiciera feliz, a un padre de mi hijo. Como atraída por un imán, recuerdo un leve contacto de manos y un dulce beso en los labios.

Esa misma noche dormimos juntos y durante dos meses de loca pasión vivimos en mi piso. En lo profesional poco teníamos en común: él, con sus ventas de neumáticos, y yo, con la investigación biológica en la Universidad. No le conté nada a mamá, pero nos apoderamos de su habitación y cama de matrimonio. ¡Quedaba tan lejos la beca! Si logro abstraerme de la pena de observar el deterioro físico y mental de mi madre en el hospital, aquellos han sido los días más felices de mi vida. Pero todo tiene un final, y Carlos, como si sus palabras me asestaran terribles hachazos, me comunicó su decisión de intentar volver con Alicia, su ex mujer. En realidad, estaban sólo separados: nada de trámites de divorcio, como me había prometido. Yo recibí la noticia como si me desgarraran en pedazos. No podía entender cómo él, que me había confesado que nunca volvería a ver aquella “mala puta” (son palabras de Carlos), decidía de repente intentar una reconciliación. El muy cínico me habló de principios religiosos, porque, como católico, vivía atormentado por nuestra relación de pecado, aunque jurara que era una maravilla. Sentí un odio de muerte hacia ella y sufrí muchísimo con la partida de Carlos: creo que el peor dolor físico es más fácil de aguantar que aquella situación que tuve que pasarme solita. Mi autoestima era tan baja que me hubiera ofrecido como una cualquiera, como su amante de horas. Por eso, cuando él volvió conmigo, a los tres meses, la única cosa que sentí fue alivio, un alivio mayor que la reciente muerte de mi madre, que supuso el fin de un absurdo sufrimiento.

Trama 9 – El desvalido (2/2)

Me quedé en estado (de buena esperanza, como se dice) y después llegó Carlitos. Durante el embarazo, ya pude percibir indicios de que, por lo menos, había otra en la vida de Carlos. Mi intuición parecía avisarme de su infidelidad. Empezó a actuar de manera distinta; claro que es un perfecto actor, pero yo noté cierta distancia, mucho más retraído en casa. Cambiaron sus hábitos, porque de repente en la empresa se intensificaron las reuniones y los viajes de negocios. Daniel, el mejor amigo y compañero de Carlos, parecía su tapadera, siempre dispuesto a proporcionarle coartadas. Obsesionada hasta la manía, me lancé a la desesperada caza de pistas que lo delatasen: me fijé hasta en los olores (nadie después de un largo día de trabajo, tras una reunión con clientes, llega a casa como si acabase se salir de la ducha), en el mínimo arañazo y en sus morados inexplicables. En el colmo de mi pesquisa detectivesca revisé su cartera: encontré lo que nunca hubiera querido encontrar. Las mujeres somos unas perfectas ingenuas al no reconocer la doblez de nuestras parejas y culpabilizamos a las otras; o por el contrario, tenemos el grado de sadismo de herir a las demás dejando señales tangibles de nuestras citas amorosas, como objetos personales o cabellos en la ropa o las tópicas marcas de carmín.

Y llegué a la terrible conclusión: Carlos era un enfermo, un mujeriego empedernido. En ese momento se me presentaba una alternativa: o cerraba los ojos y callaba para siempre o bien, por el contrario, destapaba las cartas. La primera opción era la fácil. La había visto en casa, como si mi padre se materializase, con un grado de mayor sofisticación y disimulo, en la figura de Carlos. Mi madre también lo sabía todo de mi padre, quien mantuvo una querida durante muchos años; pero ella aguantó, sumisa y en silencio, aquella situación, por el qué dirán y supongo que por mí misma, su única hija. Para mí hubiera resultado bastante cómodo continuar con Carlos, porque era excelente en la cama. Entre sus brazos, incluso durante el embarazo y no sé si más intensificadamente aun, alcanzaba yo las máximas cotas de placer.

Si me decidí a romper mi matrimonio fue porque no quería ilusionarme vanamente con la idea de que lograría cambiar a Carlos. En un ataque de celos, visualicé la escena de él intentando ligar con otra y repitiendo su depurada técnica de seducción, que ya aplicó conmigo: desvalido, sentado en un bar, fingiendo una profunda depresión para contarle a su víctima la incomprensión y frialdad de su mujer, de la legal (es decir, yo) y despertar su compasión para robar el mínimo contacto que sellase un beso en los labios y la aventura de cama.

Y mi vida ha sido esto: perdí mi beca y nunca voy a optar más a la investigación, pues me conformé al pasar unas oposiciones de secundaria; perdí también al mejor amante (como perdí a mi madre, irremediablemente, para siempre). No obstante, Carlos me dio un hijo y me abrió los ojos, que ya es mucho. El continúa coleccionando conquistas (citas, besos, cópulas…) mientras depura su técnica interpretativa; se equivocó de profesión: toda su vida dedicada al teatro.

Hay quien piense quizás que mi revuelta fue absurda, románticamente absurda; fruto de la irracionalidad del momento. Sin embargo, creo que no me arrepiento de nada.

A mí últimamente también me viene seduciendo la farsa, e intento buscar a mi príncipe azul, que con práctica seguridad no existe. Buscó a hombres que en el fondo sigan siendo unos niños y los hago sentirse seguros y comprendidos. Me esfuerzo en la cocina, preparando guisos nutritivos y sabrosos. Los escuchó, los animo, los mino como a Carlitos, a quien toman cariño. Los primeros días no me atrevo, pero los días siguientes los reprendo en todo momento. Sé que algún día alguien cae y entra en mi vida definitivamente.