viernes, junio 29, 2007

Trama 1 – Búsqueda (1/3)

Podría presumir con orgullo, como Núria Feliu, de ser filla del barri de Sants, pero a punto de cumplir 88 años no he conseguido que nadie me considere artista, privilegio reservado a mi difunto esposo, el reconocido fotógrafo Andreu Pla i Blasco, que en paz descanse. También tendría que ocultar mi condición de xarnega, xarnega de bona família, pero xarnega al fin y al cabo. Los charnegos somos una estirpe de mezcla, de raza impura, siempre como perros “nocherniegos” buscando nuestra identidad. Los que tuvimos a la madre forastera mamamos como materna la lengua castellana. Aprendí catalán en la calle y hablando con mi padre, pero nunca lo suficiente para plasmar en papel mis reflexiones y sentimientos.

Mi madre, Rosita García Echeverría, tenía sangre castellana y vasca. Nacida en Madrid, abandonó la capital del Reino porque su padre, funcionario en Gobierno Civil, fue destinado a Barcelona.

Mi padre, cuyo nombre prefiero omitir, era catalán y catalanista. Como he podido saber después, había participado activamente, entre el 17 y 19 de marzo de aquel 1931, en la fundación del partido político de Esquerra Republicana, en el Casal de la calle Cros, 7, a pocos metros de nuestra casa de entonces.

Quiero creer que la relación de mis padres empezó con un amor a primera vista, que hizo tambalear todas las convicciones ideológicas y la oposición de las respectivas familias a la boda. Porque mi padre, hasta meses antes de lo de la fotografía no habló con mi madre ni una palabra en catalán: se esforzaba en proferir un castellano macarrónico para agradar a su querida esposa. Mi padre, secretario de alguien que tomó posesión de un cargo importante en la Generalitat posteriormente constituida, escribía poesía; no sé si buenos poemas o ripiosos, pero en un catalán impecable, lleno de palabras para mí desconocidas y que solía robar descaradamente de Josep Carner o de Carles Riba.

La última conversación larga que recuerdo haber mantenido con mi padre sucedió el día que lo acompañé a votar en las elecciones municipales de 12 de abril de 1931. Con mis 12 años reciente cumplidos, todo aquello me resultaba extraño: la fila de votantes, la dichosa cédula (que costó encontrarla, porque la había guardado demasiado bien), la urna misteriosa, el voto… Excitada mi imaginación, no paraba de bombardear con mis preguntas a mi padre, a quien, paciente, lo sentía verdaderamente feliz, tan diferente de cómo lo veía en casa.

Pare, que em podeu dir què és “Autonomia”? —le solté al leer la placa de una calle a nuestro regreso.

Rosita, filla, “autonomia” vol dir un pas previ a la “independencia", el dret que tenen els pobles i les persones a viure lliures i no dependre pas dels altres. Molt lluny d’aquí, hi ha una illa, Cuba, que era una segona pàtria per a nosaltres, catalans. Aquesta illa va obtenir una “autonomia” i aquí la vam viure com si fos la nostra… Avui Cuba ja és independent (o almenys ha canviat d’amo), però encara ens queda aquesta illa per somiar la llibertat i l’enyorança de la nostra veritable pàtria.

Memoricé estas palabras, a pesar de desconocer su significado, y un día volvieron, nítidas, a mi mente, cuando varios años después de la guerra, me fijé que habían cambiado la placa y ahora rezaba: “Calle de la Unidad”.

Trama 1 – Búsqueda (2/3)

La República trajo una Catalunya autònoma. De alguna manera, si fue breve o no, quizá mi padre pudo ver realizado su sueño. Deseo que lograse también su ansiada libertad personal, incluso que pudiera huir a América, porque quiero descartar la triste idea que me ha rondado alguna vez por mi cabeza de que quizá le pegaron un tiro durante la guerra; aunque inconscientemente le reprocho que desde el día de la fotografía ya no lo volvimos a ver nunca más mi madre y yo. No sé si hoy él estaría contento con la actual autonomía política de nuestra Comunidad. A mí, la huida de mi padre me dejó huérfana y creo que mi vida, en parte, ha sido una búsqueda inconsciente de un anhelo de unidad, no la del fascista con su eslogan de “Una, Grande y Libre”, sino de la esperanza de un reencuentro con mi padre, que pareció olvidarme.

Porque aquella fotografía me acompaña hasta el día de hoy. La convulsión política de aquel 14 de abril me era ajena, si exceptúo la lógica curiosidad que despierta en una niña intuir que cambiaban cosas. Para convulsiones ya tenía las domésticas, con mi padre y madre siempre como el perro y el gato, en casa, desde hacía meses, a todas horas del día, sin recato alguno. La monarquía tenía las horas contadas como el matrimonio de mis padres, náufrago entre las desgañitadas peleas e insultos, y unas falsas apariencias para imaginar que yo era la criatura que daba sentido a aquel malvivir de pareja.

En casa éramos republicanos. Como supe después, incluso mi tío Manuel, el hermano menor de mi madre, que acabó derecho en la Universitat Central de Barcelona, abrazó los postulados nacionalistas y militó en la Unió Socialista de Catalunya, partido socio de Esquerra Republicana. Mi padre hasta ese día, el de la fotografía, era uña y carne con mi tío Manuel. Y fue éste último quien más nos ayudaría durante la guerra, hasta que tuvo que exiliarse. Mi madre dijo que no abandonaba su casa y, visto que mi tío murió en Auschwitz, debió de ser una decisión acertada. Pero esto es otra historia. Aquel 14 de abril mi madre fue por la mañana a peluquería. Mi madre había comprado ropas tricolores —rojo, amarillo y morado— y había mandado confeccionar una bandera que colgó con orgullo en el balcón de casa. Mi padre ya no regresó más. Cuando volví de las monjas, del colegio regentado por las paulinas del barrio (una incoherencia ideológica de mi madre que confiaba en aquellas hermanas para hacer de mí una perfecta esposa), mi madre me pidió que comprase algún diario de la tarde. Me tuve que despabilar porque la gente casi literalmente robaba los periódicos de las manos de los vendedores. Y yo misma lo descubrí todo. Allí estaba, en portada, la fotografía que inmortalizó el momento. Aún hoy desconozco el autor de aquella instantánea, si realmente podemos atribuir autoría a un anónimo reportero gráfico cuya única virtud fue la de estar en el momento y lugar preciso, con aquella Nettel, cámara de cajón de madera y utilizando, a modo de flash, placas de magnesio. Desgraciadamente para mi intimidad, esta fotografía (que en la época sería la única cobrada, porque los reporteros sólo cobraban por la publicada) ha sido reproducida posteriormente, una y mil veces, para ilustrar libros, exposiciones, congresos y alguna crónica nostálgica del acontecimiento. Aquella imagen reproduce el entusiasmo del pueblo manifestándose jubilosamente en la plaza Sant Jaume. Todos los rostros reflejan la alegría en forma de explosión jovial, todos los rostros menos el de mi padre, que transmitía un rictus de perplejidad, como pillado in fraganti. A su lado, una mujer bella y atractiva, con el pelo corto y un gracioso bucle de moda en la época, con unas cejas finísimas y maquilladas a conciencia, está concentrada en abrazar a mi padre. Esa mujer, claro está, no era mi madre.

De nada sirvió que mi madre rompiese con rabia el diario en mil pedazos y lo lanzase al fuego de leña que preparaba la cena de aquella noche: esa fotografía marcó mi vida, me ha acompañado siempre.

Mi padre, como muerto presente, desapareció de nuestras vidas. A mis veinte años, mi tío Manuel, al ver que no convencía a mi madre de que lo acompañásemos a Francia porque la guerra la habíamos perdido, me confesó que tampoco él había sabido nada de mi padre desde aquel día. Él pensaba que mi padre, al verse retratado, decidió irse a América. Yo personalmente me inclino a pensar que la huida ya la tenía preparada, pues mi madre no encontró los documentos oficiales de mi padre ni el dinero de la cuenta bancaria, y su esposo, si creo a mi madre, nunca volvió a poner los pies en casa. No sé qué pensar de su actitud, pero mi rabia mayor ha sido no recibir noticias suyas, ni una triste carta: un padre no es un simple progenitor o un tutor; para mí él era mucho más que mera biología o condición legal.

Trama 1 – Búsqueda (3/3)

Mi búsqueda ha resultado infructuosa. Nunca volví a tener noticias de mi padre, ni el mínimo rastro. Descubrí que mi tío había muerto en un campo de concentración nazi a través del libro de Montserrat Roig. Mi madre, orgullosa, nunca quería que sacase el tema de la guerra, y mucho menos de que se mencionase a mi padre. Ella no tuvo coraje ni de leer el libro que le regalé. Sin embargo, algo debía de saber de la muerte de su hermano porque conocía yo que mi madre estuvo recibiendo cartas de mi tío, hasta una última en que enigmáticamente le decía que no sabía él si iba a poder escribir más. Sé que debió de llorar toda la noche, por las ojeras que le noté a la mañana siguientes, y presencié que en un arrebato de furia quemaba las cartas del hermano en la barbacoa de nuestra torre de Comarruga, donde pasábamos unos días de vacaciones. Ya sé que es una aprensión mía, pero aquella carn de xai que Andreu asó en aquellas brasas (porque mi marido todavía vivía entonces) amargaba un poco.

Quiso la ironía del destino que yo me casase con un fotógrafo. Yo ya no era una cría y a mis 26 años, en 1945, contraje matrimonio con Andreu en la iglesia Santa Maria de Sants, entonces en la Plaza de Málaga, en la misma iglesia cuya entrada y vestíbulo vimos arder la madrugada del 20 de febrero de 1936 mi madre y yo, cuando ya vivíamos hacía años solas, sin mi padre. Mi esposo era siete años mayor que yo. Trabajábamos antes juntos (nuestro festeig fue muy extraño) con nuestra cámara de gran formato Mampel, de madera y sin obturador, así como con la ampliadora horizontal con fuelle que compramos posteriormente. Ahorramos lo suficiente para casarnos y montar el estudio en la Creu Coberta. El negoció marchó sobre ruedas especialmente por la localización, dada la proximidad geográfica con respecto a la Policía de Plaça Espanya, y por el tema de los documentos de identidad y pasaportes.

Mi nieto Jordi, especialista en la última fotografía digital, continuará el negocio de familia, más en lo comercial, no tan preocupado por el toque artístico atribuido a mi esposo y que a mí se me ha negado, porque lo mío era atender tras el mostrador de la tienda. No obstante, guardo un secreto: a lo largo de estos años de profesión he ido salvando en un baúl enorme la mayoría de fotografías de tipo carnet que las personas se han tirado en el estudio. Dejé de frecuentar la tienda cuando la gente se decantó por las máquinas automáticas de retratar. Si mi madre estuviera viva, habría considerado absurda mi costumbre y en uno de sus arrebatos le hubiera calado fuego a las fotos y al baúl. Lo que me ha costado años recopilar (alguien podría decir “acumular”) ardería en cuestión de minutos. Cada rostro fotografiado es un mundo, es una historia, un enigma que invita a ser descifrado. Después de la búsqueda infructuosa de mi padre, también fracasé en la búsqueda de intentar congelar el tiempo. Una fotografía es un desperado intento de los seres humanos por parar el tiempo, pero el tiempo fluye y nuestra acción resulta tan vana como querer contener un océano o asir en nuestras manos toda la arena de un desierto. A mis 88 años, la vida me trajo de todo: con mi vejez, la torpeza en el andar y dolores en el cuerpo; pero no ha disminuido en lo más mínimo la lucidez de mi cabeza. Sólo sé que quiero vivir. Seguiré buscando, porque la búsqueda, aunque no obtenga frutos, me mantiene viva. Esta primavera, lluviosa y fría, se levanta hoy radiante. Recuerdo. Escribo. Quiero vivir un año más, y más, aunque es doloroso percatarse que los otros se empeñan en dejarte sola.

No quiero mi muerte, aunque quizá sea la única estrategia de parar el tiempo.


Rosa Alibés, viuda de Pla

14 de abril de 2007

Trama 2 – Aventura (1/3)

Desde su más tierna infancia un sueño guiaba su existencia: deseaba ser escritor con todas sus fuerzas. El motivo de esta obsesión radicaba en querer vivir sus propias aventuras. La vida sólo tenía sentido si se llenaba de acción y precisamente esta premisa echó por tierra la propia pasión literaria. En efecto, si lo importante resultaba ser vivir las aventuras, ¿por qué no se arrojaba desesperadamente a vivirlas sin la mediación de la molestia de lo escrito? ¿Para qué crear personajes, héroes o heroínas trasuntos de su personalidad, si el mundo estaba allí, bien real, invitando a ser explorado? La atracción verdadera no era rellenar con letras hojas en blanco; la atracción estribaba en la propia aventura, en alcanzar el límite del peligro y regresar a salvo. Y la aventura no se la encontraría entre cuatro paredes, necesitaba encontrarla en la calle, salir al exterior. Él se crearía como protagonista y buscaría fortuna. No haría falta, sin embargo, embarcarse en viajes lejanos; le bastaba vivir la sensación de incesante reto y movimiento. A su modo, emularía a Indiana Jones, Luke Skywalker o James Bond, por repasar algunos de sus ídolos. Cualquier personaje de Jules Verne hubiera colmado su aspiración; incluso se hubiese identificado con el mismísimo Robison Crusoe o el propio Gulliver en sus viajes, pero sin necesitar lanzarse a alcanzar remotos lugares. La culpa de tanta fantasía se remontaba a la lectura adolescente de toda la colección de Enid Blyton: con los cinco, el club de los siete secretos…

El mundo perdió un escritor que se podía haber consagrado y recibió con aplausos a un excepcional actor. Ya se sabe que los personajes son la savia vital de un relato. Ahora, se trataba de crear a personajes creíbles, vivos, y más “reales” que los reales.

Amanecía todos los días y nuestro personaje luchaba por erigirse en protagonista. El agua de la ducha le inspiraba arriesgados desafíos: tirarse de paracaídas; sumergirse a pulmón libre al límite de sus fuerzas; hacerse pasar por inspector de gas y estafar a todos los vecinos de un edificio, sugiriéndoles una falsa revisión obligatoria; tirarse por las pistas negras a toda velocidad; poner el vehículo a 220 km/h por un tramo de autopista; presionar a su jefe para un aumento de sueldo; practicar la espeleología; disfrutar de todas las atracciones de infarto de un parque temático; interceptar con los de Greenpeace el vertido de substancias peligrosas en alta mar...

Con el tiempo, su destreza en la caracterización lo impulsaron a desempañar el papel por el que se había esforzado meses: se haría pasar por un “sin papeles” y tendría que casarse con una chica de española, para regularizar su situación en el país.

Trama 2 – Aventura (2/3)

Sus rasgos étnicos y falta de melanina en la piel le hubiese frustrado cualquier intento de interpretar a un marroquí o a un subsahariano, y al final se decantó por un modelo que estaba presente hacía tiempo en su cabeza: un primo lejano de Argentina había convivido con él en el piso. Como hubiera dicho la persona huésped de nuestro personaje, recién había marchado de vuelta a Buenos Aires, con la amarga sensación de derrota de no aguantar la presión de ser alguien en tu país y venir a la Barcelona postmoderna a intentar sobrevivir nomás. Todo un licenciado en Informática de sistemas se había visto obligado a montar un locutorio, con cabinas de teléfonos y algunas computadoras; pero una inspección del Ayuntamiento le precintó el local, por no cumplir la normativa legal vigente y ser excesivamente pequeño. Nuestro protagonista robó a su familiar hasta el nombre, Martín, y para los amigos, “Tucho”. El “Tucho” verdadero, no el trucho, coincidía en estatura media con el imitador, pero se diferenciaban por el físico: el argentino de nacimiento lucía una cara ancha y cuadrada, y una espesa “uniceja” que le daba un aspecto de bonachón. Esto no constituía ningún handicap, ya que un argentino puede adquirir cualquier fisonomía de mezcla europea, menos la de rasgos étnicos de una persona negra o de caracteres indios (amerindios). Además, esa característica era la de menor importancia, pues pensaba actuar en barrios de la ciudad condal alejados prudentemente de su lugar de residencia. Martín Andrés Eguren, el real y no imitado, mostraba externamente características de un fornido levantador de piedras, y en el interior, se le sumaba el tópico de que los descendientes de vascos son brutos, testarudos y obsesionados con hacer fortuna. Había marchado de Buenos Aires para respirar “nuevos aires”, acuciado por la crisis económica: cuando el paro alcanzó el 24% y él se negó a conducir un remís. Se decantó por Barcelona, por el Mar Mediterráneo, además de por el familiar —hijos de primos segundos— con departamento. Se aficionó a navegar en el puerto de Quilmes, en su ciudad natal, y ahora las tranquilas aguas mediterráneas, de un mar cerrado, resultaban mejores que las bravas e impredecibles del estuario de Río de la Plata. Y de este modo pareció cumplirse la premonición de haber cursado sus estudios primarios en la escuela Nuestra Señora de Montserrat, del barrio de Montserrat de Buenos Aires, y por esas coincidencias del destino vivían en Barcelona en la calle Mare de Déu de Montserrat. La estancia del argentino educó el oído de nuestro personaje sediento de aventuras. Aprender el “argentinés” y pensar como un argentino más fue cuestión de “tragarse” los 318 capítulos de la telenovela argentina: Rebelde Way (139 episodios en la primera temporada y 179 en la segunda). Tampoco se perdió la película basada en la serie: Erreway: 4 caminos. Poco a poco su mente se fue empapando de la serie, que contaba las vivencias de unos adolescentes estudiantes internos en un colegio de la capital argentina llamado Elite Way School, destinado a los hijos de las familias más poderosas y con mayor nivel adquisitivo del país (ya en crisis). Se sentía tan atrapado en la trama de la historia que de repente se identificó con las músicas y las core de los cuatro estudiantes que, a pesar de sus diferencias, formaron una banda musical, Erreway: Mía Colucci, Pablo Bustamante, Marizza Pía Spirito y Manuel Aguirre (el azteca en el país del Río de la Plata).

Sin darse cuenta, de un día para otro, amaneció voseando, convirtiendo todas los fonemas [λ] e [y] en [∫] (por sheísmo), seseando y aspirando las consonantes implosivas, musicalizando la entonación y con un sinfín de expresiones, palabras o acepciones nuevas.

Trama 2 – Aventura (3/3)

Cuando el mecanismo de mimetismo lingüístico y mental estuvo lo suficiente memorizado, se atrevió a actuar. Escogió una barriada popular y encontró una peluquería de la cadena de franquicias de Rafael Pagès. Le tocó una verdadera “choni”, una aspirante de “maruja” de barrio, escuchimizá, toda huesos, dentro de aquella blusa que a las otras peluqueras más rellenas les hacía, por el volante, un efecto de ropa de premamá.

Cuando hubo un mínimo de confianza de la forzada conversación sobre el peinado y tipo de corte en los dos países hispanos, Argentina y España, nuestro personaje le soltó a bocajarro:

—Oshe, mamita, ¿voh te queréh casar conmigo? Te puedo dar todo lo que tengo ahorrao: 6.000 mangoh… euroh, pero sho nesesito los papeleh para quedarme acá. O(b)vio, me tirahte honda desde el principio, nomáh te vi. Pensá, corasón, no eh chihte.

La chica se sintió halagada con esa improvisada declaración. Con muestras de nerviosismo, una incontrolada risilla se apoderó de ella.

—No banco h esta espera. Decíme: “¿Te queréh casar conmigo?”. El amor es así: aparece y lo agarrás. Me guhtás con esos anteojitos: sos relinda. Pensá, pero decíme que sí.

La chica no pensó mucho.

—Yo acabo hoy a las 9 de la noche. Ven a buscarme y luego hablamos.


La muchacha, que se llamaba Conchita (lo que resultó altamente excitante para la mente de aquel hispanoargentino de corazón), se había enamorado perdidamente de aquel joven, que le recordaba un empalagoso novio italiano que le rompió el corazón cuando era más cría. Se sorprendió al ver al cliente de la tarde esperando cuando salía de la tienda. Ante la envidia y sorpresa del resto de peluqueras y de la encargada en persona, Conchita le estampó un beso que descontroló al muchacho. ¡Cómo besaba la flaquita!

No hicieron falta papeles. No hubo boda. Nuestro personaje protagonista declaró que no tenía aquellos 6.000 € y decidió un día que quemaría su DNI y todo rastro de su verdadera nacionalidad. Se fue a vivir con Conchita. Con los dineros de aquella princesa hortera de barrio alquilaron un local y montaron un locutorio. Debe de ser el único locutorio de la ciudad donde las mujeres, de una en una, a escondidas detrás de un biombo, van a cortarse el pelo, lavar y marcar, teñirse o hacerse la permanente, y otras cuestiones de manicura y depilación.

La pareja espera su primer hijo. Es varón: lo llamarán “Tuchito”. Y este cuento se ha acabado y parece que son felices, aunque no coman perdices, pero sí que, todos los días y varias veces, chupan su matesito de una bombisha compartida.

lunes, junio 18, 2007

Trama 3 – Persecución (1/3)

La vida es una alternativa: o persigues o te persiguen. Si eres mujer, juegas con el factor sorpresa, porque todos te presuponen de entrada una actitud vital de sumisión, de darte por vencida y de dejarte atrapar. Yo nunca renuncié a mi intelectualidad, a mi autoafirmación, a crear mis propias normas, a mi independencia económica, a mi formación y a mi éxito. Los hombres y las mujeres se descolocan al principio: te ven mujer y establecen la ecuación de que eres un ser débil, dependiente, capaz de comprender y auxiliar a todos, sacrificarte, ser modesta y compasiva. Cuando se dan cuenta de que mi índole resulta totalmente antitética, ya es tarde para ellos, que pasan a ser víctimas y pretenden huir en vano, pues el margen de ventaja se ha acortado tanto que mi aliento les alcanza la nuca. Soy mujer y descubrí mi verdadero valor y méritos: perseguir antes de que pretendan perseguirme. Aprendí a decir “no” y a sentir la atracción del poder. Yo sé lo que quiero y para conseguirlo no necesito en absoluto mostrarme dulce y desvalida; a mucho estirar, como simple disfrazar o camuflaje.

Era muy joven cuando percibí que el éxito se medía en centímetros o en segundo. En una carrera de caballos la diferencia entre llegar primero o en segundo lugar se nos presenta excesivo. El primer caballo gana un premio de 15.000 € pero el segundo colocado recibe apenas la cantidad de 5.000 €. ¿Quiere esto decir que el caballo primero corre tres veces más rápido que el segundo en cruzar la meta? No, en absoluto: la llegada a veces resulta tan ajustada que los jueces recurren a observar con detenimiento la llamada photo-finished o visionan a cámara lenta, tras rebobinar las veces necesarias, el final de la filmación de la carrera. Esa diferencia mínima, esos centímetros o fracciones de segundos, marcan la verdadera diferencia. A la semana, además del dinero que recibieron los propietarios de los equinos, la gente suele recordar el nombre del caballo vencedor, pero al segundo se le reserva el triste olvido. Yo siempre quise ser caballo ganador. Podría decir “yegua ganadora”, pero reconocer que el éxito sólo esta reservado a los varones constituye una trampa mental de que conseguí liberarme hace muchísimo tiempo. Quien inventó la frase de que lo importante es participar debía de ser un frustrado perdedor que intentaba consolarse disfrazándolo todo de dulce altruismo y sentimientos de santa conformidad.

“Éxito” no hay que confundirlo con “felicidad” o “buenos sentimientos”; de hecho, diría que son conceptos incompatibles. La felicidad consiste en querer lo que se ha conseguido. Mi felicidad nunca será completa, desde el momento en que mi padre falleció y no lo voy a tener conmigo nunca más. Puedo bajar el listón de “lo feliz” a mi satisfacción por lo que poseo, al aceptarlo sin reservas. Para ser feliz creo que basta no tener remordimiento y una conciencia tranquila que te permita dormir a pierna suelta. Las personas confunden, sin embargo, “éxito” con “felicidad”. Se pasan la vida afirmando que serán felices cuando sean mayores, cuando se licencien, cuando se casen, cuando los niños nazcan, cuando éstos se saquen la carrera, cuando nazcan los nietos, cuando llegue la jubilación… No y mil veces no. “Éxito” es conseguir lo que queremos. Si el éxito me hace feliz se vuelve una cuestión personal. Pretendo y ansío el éxito y me importa un bledo si al conseguir lo que quiero soy realmente feliz o si los demás me ven como un ser egoísta y despiadado.

Trama 3 – Persecución (2/3)

A la palabra “CRISIS” le sustituyo las por sendos símbolo del dólar (<$>). Para mi cualquier caída, cualquier revés del destino, constituye una oportunidad para conseguir éxito. El éxito está emparentado con el dinero. Prosperar económicamente resulta una vía de éxito, y lo acepto como tal. El dinero es importante en la vida, pero aún lo es más el poder sobre los demás. Mi autoestima alta se convierte en herramienta fundamental a la conquista del éxito de las metas, que me trazo. (“Meta” no es exactamente lo mismo que “sueño”, pues nos perdemos en los sueño, que suelen hacerse irrealizables. Un “sueño” se vuelve “meta” cuando le fijamos un plazo de tiempo: sólo así es que el sueño se materializa, se hace realidad.) Aprendí que puedo lograr lo que quiero y que poseo una fuerza dentro de mí que me permite superar todos los obstáculos.

Hay quien pueda pensar que soy un ser despreciable, pero mi moral no es la de esclavo. Yo he nacido para dominar, para someter y perseguir y no para ser dominada, sometida o perseguida.

Soy informática, 28 años. Mi expediente académico es excelente. Me licencié aquí y estudié en EEUU, donde realicé cursos de especialización y postgrado. Muchos de estos datos suelo ocultarlos en mi currículum, porque así mis víctimas actúan más confiadas y mis superiores no se sientes amenazados. Más que el hardware y el software lo que realmente me atrae es la dirección de empresas y el poder que siento de escalar por la jerarquía del organigrama de la firma en que trabajo, sin importarme a quien piso ni de los medios de que me sirvo para conseguir mis fines y objetivos trazados.

Por ahora, aunque ya le tengo descubierto sus puntos vulnerables, existe un director general, el Sr. A. Toro, de quien dependo, y como jefa de proyectos tengo bajo mi responsabilidad a equipos de empleados.

Por el placer de hacer sufrir a mis subordinados los he sometido a noticias “bomba” de que un número x de personas recibirían antes de tal día una carta en que se le agradecería por todos los servicios prestados y que se pusieran en contacto y a disposición del departamento de personal. Era falsa alarma, pero algunos empleados al día siguiente se encontraron indispuestos y con gastroenteritis aguda.

Me gustan las bromas de cambiar las claves del ordenador y desactivar teléfonos después de un periodo de vacaciones. Esto descoloca a las ya descolocadas personas que se reincorporan al trabajo después de un periodo de estar alejadas de la empresa.

Disfruto seleccionando a víctimas a quien someto a un cursillo intensivo y las envío a una sucursal. Lo curioso del caso es que la medida aporta grandes beneficios a la empresa, salvo para personas que no aguantan la presión y tenemos que dejarla en un departamento repartiendo la correspondencia, porque el despido, dado la categoría, nos costaría bastante dinero.

Que abandonen los trabajadores en desbandada la empresa constituye nuestro gran éxito. Sólo permanecen las personas que aguantan la presión. En algún caso hacemos felices a personas al proporcionarle una prejubilación más o menos deseada.

Trama 3 – Persecución (3/3)

Divido y venzo. Creo mi red de chivatos y delatores. Lo importante es crear la culpabilidad en tus víctimas o el comentario de «algo habrá hecho» entre lo otros. Persigo a los trabajadores más competentes y capacitados, aunque tenga que encubrir la mediocridad de algunos. Para no caer uno siempre tenemos que tener a mano a nuestro “chivo expiatorio” o a nuestro “espía chivato” de confianza.

Llegó hace poco un informático que había coincidido conmigo en otra empresa del sector. Sobre el papel, el currículum de J. M. Cierva era más brillante que el mío y fue este dato sin duda que despertó el interés del director general, quien se apresuró en contratarlo. Ataqué desde el principio. Por su machismo, el Sr. Director general no me había consultado la contratación de aquel joven. Nada más tomar éste último posesión de su nuevo cargo de subdirección, me dirigí a mi jefe y puse en duda la valía y labor del Sr. Cierva en la empresa anterior. Tan convincente resultó mi confesión, que en ese mismo momento el director adquirió una actitud cautelosa ante su nuevo subordinado. El Sr. Cierva empezó a sentirse nerviosos: la persona que la había contratado por su presunta aptitud profesional ya dudaba al respecto. Era como si a J. M. Cierva le hubieran dado la espalda y lo ignorasen profesionalmente, al relegarlo a tareas de menor confianza. Mi actitud de leal, de modosita y atractiva empleada estaba dando sus frutos, porque mis ambiguas estrategias de cortejo habían puesto en ascuas a mi director general. Llegados a ese punto, fingí lágrimas y le solté a mi jefe que en la antigua empresa aquel nuevo empleado había intentado propasarse conmigo y que ésa era la verdadera razón de que yo dejase aquella empresa. El Sr. Toro reaccionó haciendo honor a su apellido: embistiendo brutalmente a su desprevenido desempleado, con la excusa de que no le tenía confianza de que guardase los secretos de la empresa. Como me comunicaron posteriormente, la escena había concluido con la amenaza del director general de que le partiría la cara si la competencia se enteraba de nuestros proyectos. A partir de ese día, J. M. perdió los papeles y se le ocurrió la brillante idea de redactar un informe al director general. Mis conocimientos informáticos me permiten acceder a través de la red a las contraseñas de los equipos de los usuarios de la intranet. Pude descubrir que el mosquita muerta de J. M. había accedido en horario laboral a varias páginas pornográficas y de información deportiva, y, lo más importante, tuve acceso a borradores y al informe definitivo. Cuando el director general recibió aquel informe, yo ya había manipulado previamente su opinión, y llamó, furioso, a su despacho a aquel redactor del informe. Por la complicidad femenina con la secretaria del director general, me contó algunas frases literales proferidas por su jefe, realmente alterado: «si no estás contento con algo, ya sabes: ¡puerta!»; «no te rompo este informe de niño malcriado delante de tus narices, porque me queda educación» o«si tienes algún problema con tu jefa, me la trae floja. Que esto es una organización, coño, y se exige compromiso y aunar esfuerzos. Si no quieres o sabes trabajar, lo mejor es que te des el piro». El resto de mi estrategia fue sencillo. J. M. Cierva cometía bastantes fallos. No paré hasta verlo de patitas en la calle, aunque antes tuve acceso a los diagnósticos del médico de la empresa que le describían un cuadro de estrés, ansiedad, depresión e hipocondría.

Yo ya sé que el éxito no da la felicidad; pero ese día que vi a J. M. Cierva aceptando su cese, sentí un placeroso cosquilleo de bienestar por todo mi cuerpo.

Autora: Victoria Sánchez León
De Confesiones póstumas de una triunfadora


lunes, junio 11, 2007

Trama 4 – Rescate (1/2)


Érase una vez un pequeño reino surgido, siglos después, a raíz de la descomposición del Imperio romano. Un caudillo germánico había conseguido someter, por derecho de guerra, a un puñado de súbditos, y aseguraba su poder como un señor más a quien otros señores le habían jurado vasallaje. Con el paso del tiempo, el envejecido rey fue mostrando una actitud cada vez más despótica. Había quien opinaba que se le venía agriando el carácter por el hecho de no tener descendiente varón. Del derecho de pernada y de su fogosa juventud a la caza de campesinas, abadesas y señoras casada (fue un entusiasta seguidor, avant la lettre, de la teoría del “amor cortés”), se le atribuía un ejército de bastardos, a quienes de alguna manera beneficiaba materialmente, a modo de reconocimiento público); No obstante, su única descendencia legítima era la más tierna criatura: una bellísima y delicada hija, que permanecía soltera con dieciséis años a la espera del mejor matrimonio. La pena del rey estribaba en que su hija nunca le sucedería en el trono. Las leyes de su pueblo dejaban claro que sólo los varones podían gobernar, y en ese caso fijaban que el hermano del monarca o el primogénito varón de éste si ya fuese mayor de edad tendrían el derecho de llevar la corona. Quien no podría ser investido rey sería el mayor de sus sobrinos, aunque legalmente le correspondiera el trono, pues, guiado por sentimiento de rebeldía e incluso imitando las tácticas del rey, había roto la fidelidad a su señor feudal y tío, y competía con el otro reino, separados por un valle y unas tierras yermas, tras otras montañas próximas. La fama de ese intrépido y temerario muchacho se forjaba por la leyenda de que había pactado con el demonio. Hubo muchos que afirmaron y juraron por lo más sagrado que lo habían visto convertirse en una serpiente alada con la capacidad de volar y escupir llamaradas de fuego por la boca. Fuera o no cierto esta superstición, pasó a ser conocidos por todos como “Dragón”. El poder de Dragón era tan evidente que su tío se había visto en la necesidad vergonzosa de aceptar que cada mes, coincidiendo con la luna llena, se le tendría que entregar a una bella adolescente virgen. Nadie sabía que destino se le reservaba a aquel harén personal. El hermano del rey sentía la mayor de las afrentas, pues su hijo mayor, declarado en rebeldía, aspiraba a someter al reino gobernado por su hermano. Por desgracia, no podían contar con su hijo menor, Jorge, aficionado a los libros y ajeno a todo espíritu de guerra. La princesa estaba enamoradísima de su primo Jorge. Su padre, el rey, le decía que aquel destripaterrones (porque a Jorge le encantaba hacerse cargos de las tierras paternas) nunca conseguiría gobernar algo más que la pareja de bueyes en el arado. La delicadeza del muchacho —quien, de haber podido escoger, hubiera elegido la opción del monasterio— no resultaba indiferente a los ojos de la infanta. Él la amaba con pasión, pero evitaba disgustar a su tío después de la salida de tono de su hermano.

Quiso el destino que la princesa descubriese que su padre engañaba al Consejo, pues sobornaba a sus hombres de confianza para que éstos retirasen el nombre de su hija antes del sorteo de la sacrificada para Dragón. Dentro de palacio, ella pudo convencer a los de su guardia personal para que en aquellos pergaminos doblados sólo apareciese su nombre. El sentimiento de justicia de la joven la obligaba a pagar los excesos de su padre. No le importaba morir ni sentía el menor miedo: de pequeña jugaba con sus primos, y también con el que ahora llamaban Dragón. Ella sentía la sensación de rabia y las ganas de resarcir a las chicas que la habían precedido.

Cuando el rey supo que salía el nombre de su hija, entró en una enfermedad que lo llevaría más tarde a la muerte. Fue en ese momento cuando el rey descubrió cuán importante era su hija para su vida. ¿De qué le importaba que su hija nunca hubiera gobernado, salvo por casamiento, si ahora se le hacía evidente el vacío de ella en su existencia: el báculo de su vejez, la alegría de la casa? Delante de sus consejeros, no se atrevió a contradecir su mala suerte: perdería a su hija, como había perdido a las jóvenes de su reino que habían sido abandonadas a la suerte del tan sanguinario Dragón. Entró en el mayor de los desesperos y, comiéndose el orgullo, se dirigió a Jorge:

—Jorge, sobrino, vos sois el único que podéis salvar a mi hija. Os la ofrezco en matrimonio (os concedo mi mano y mi bendición), si lográis borrar la sombra de vuestro hermano de la faz de la Tierra.

—Querido tío y mi rey, yo amo a vuestra hija como si fuera yo mismo, pero no puedo casarme con ella, porque Dios me ha llamado para que lo sirva de otro modo. Salvaré a mi prima, pero dejadme cumplir la misión que mi Dios me dicta. Antes, sin embargo, nombradme caballero, y rezad por mi alma.

Veló las armas aquella noche de luna llena y en ceremonia sencilla y rápida, por la premura de tiempo, fue investido caballero.

Nuestro héroe quiso recibir el consejo del mago, en realidad, un ermitaño que habitaba las tierras yermas, entre los dos reinos en disputa. Para su sorpresa, el eremita, quien había abrazado su fe (y única verdadera), le obligaba a permanecer en aquellas montañas cercana, dentro de un cueva, durante siete día y siete noches. En un de sus sueños descubriría donde se encontraba la lanza, que sólo a él se le reservaba, para que diese muerte al tirano que tenía encerrada a la princesa en la torre del homenaje de su castillo,.

Siete días con sus respectivas noches resultan insignificantes para alguien que pretende alcanzar la inmortalidad del alma con aquella gesta. Para amenizar esa espera, ayunó y purificó su alma con oraciones a su Dios. Cuando su alma quedó limpia de cualquier impureza, un reparador sueño lo venció. En un sueño, poblado de imágenes, supo que el destino le tenía reservado una lanza invencible y un veloz corcel blanco, en las entrañas de la tierra.

—Cuando desclaves la lanza, el más puro, en apariencia, manantial brotará de la roca, pero no puede beber ni una gota de esa agua, pues te conduciría a los Infiernos —escuchó en sueños.

Trama 4 – Rescate (2/2)

Se despertó empapado en sudor y con el firme cometido de salvar a su prima, cuanto antes mejor. ¿Pero dónde buscar? Miró a su alrededor y observó por primera vez que aquella caverna se adentraba en el interior de la montaña. Con paso firme, y con la única luz de sus confianza ciega en el objetivo trazado, fue discurriendo por aquel laberinto de galerías. Empezó a sudar por el esfuerzo realizado y una sed desesperante ardía en su garganta. La incertidumbre empezaba a socavar la certeza del muchacho, pero intentaba no pensar y escupía la saliva reseca de la comisura de los labios. Aquejado por una fiebre alta, alcanzó una sala de las grutas. Y en una de sus paredes, totalmente a oscuras, supo que se encontraba clavada su lanza. Pretendió desclavarla con fuerza, pero luego de llegar a ciegas empuñó aquel arma y los esfuerzos resultaban en vano. Sólo después de mentalizarse con la obsesiva idea de que aquella lanza estaba reservada para él, como único elegido, la lanza cedió, como si tratase de una cuchara hundida en mantequilla blanda. Nada más hacerse con ella, de donde la punta había estado totalmente soldada, empezó a brotar un chorro helado de agua. Guiado por el frescor y el ruido, acercó los labios para empaparse de aquel líquido; pero en ese justo instante, una medalla de su fe empezó a describir un movimiento oscilatorio, como de vida propia. Recordó las palabras del ermitaño y dejó de agacharse. En posición firme, cerró los ojos y cuando los abrió, ya estaba afuera de aquel mundo subterráneo. Allí, al aire libre, se encontraba el más majestuoso corcel: ¡qué porte en aquella belleza de blanco intenso!

Dragón no se había atrevido a desvirgar a su prima. Se había limitado a encerrarla y aguardar a mejores tiempos para marcar un casamiento beneficioso o un suculento rescate; pero el caballo blanco de Jorge poseía la excepcional característica de hacer girar el tiempo a la inversa. Durante casi siete días con sus respectivas siete noches estuvo cabalgando nuestro héroe, describiendo círculos, sin más alimentos o bebida que la fe en la aventura.

—¿Cómo has llegado tan rápido? A nuestra prima no le va pasar nada, pero yo voy a ser rey de las tierras de su padre —interrogó y comentó Dragón a Jorge, mientras se percataba de lo ridículo de aquel atuendo de caballero rescatador de su hermano—. Un consejo, hermanito, vete por donde has venido.

Dragón recordaba aún lo frágil que era su hermano, incapaz de mal alguno y con una torpeza encantadora a la hora de empuñar un arma.

—Te reto a un duelo. Si me vences, podrás matarme o someterme a la peor de las afrentas. Pero si venzo, quiéralo Dios, dame la palabra de honor que nos dejarás marchar y no nos someterás a ninguna represalia —lo desafió en público Jorge.

Dragón pensó en la diversión que le sobrevenía. Con aquella facha de su hermano, la de caballero desnutrido y que hubiese cabalgado durante días y noches, iría a ser muy fácil el simulacro de una pelea. Se veía, como siempre, vencedor ante su hermano menor. Bastaría vencerlo para ponerlo en ridículo y que escarmentara por siempre jamás.

La justa se acordó que fuera con lanzas en ristre y en tierra se usaría la espada. La primera embestida tomó desprevenido a nuestro héroe Jorge. En el momento del impacto, dudo, como si desconfiara de su lanza y caballo excepcionales. Este descuido se le tradujo en que la lanza de su hermano le pasó ronzando el hombro izquierdo produciendo una aparatosa herida superficial y abundante hemorragia. El escozor del rasguño despertó a Jorge, quien empuñando la lanza con cierta rabia acometió sin reservas contra su hermano. La lanza astilló en mil pedazos la rodela de Dragón, quien impulsado por el golpe comió (y no sólo literalmente) el polvo. Ante la presencia del concurrido público, Jorge obligó, acercándose la lanza peligrosamente a la nuez del cuello de su hermano, a que gritase en voz alta los acuerdos previamente pactados.

Y así fue cómo Jorge y la princesa regresaron a casa sanos y salvos. De vuelta por la cabaña del ermitaño, Jorge se acercó al venerable anciano y, al hincarse de rodillas, le dirigió una plegaria.

—Sois vos el “santo”: ¡alabado sea el señor, que os ha escogido! Yo no soy digno de permanecer en pie en vuestra presencia, caballero del Ungido.

Jorge liberó el corcel blanco por aquellos prados. A quien le sea reservado de nuevo alcanzará la inmortalidad, porque cabalgando de noche puede descontar el tiempo gastado durante el día.

La lanza la clavó en tierra con toda su fuerza. Se hizo el milagro, porque la vara creó raíces y se convirtió en frondoso rosal de rosas rojas, tan rojas como la sangre de su herida, ya coagulada.

En el castillo del rey, en los aposentos reales, en su cama regia, yacía moribundo el monarca, quien al ver a Jorge vencedor y a su hija de vuelta, afirmó en su último estertor:

—Ahora puedo morir feliz…

Y así acaba la historia. No hubo boda, pero fueron felices comiendo perdices. Jorge, obedeciendo a su voz interior, abandonó el reino a la búsqueda de la palabra de su Dios. Su fama de caballero ideal fue trocada por la del hombre más sabio de su época. Aprendió latín, griego y árabe, y encontró los manuscritos que encerraban toda la sabiduría de la antigüedad, además de su fe. La princesa trajo al mundo a un bello varón, fruto de la semilla de Jorge, quien a su vez obedecía los designios divinos en aquellos momentos en que, conocedores de que aquel equino descontaba el tiempo, se solazaban en maravillosos locus amoenus. La regencia de aquella mujer, en apariencia frágil, hasta la mayoría de su hijo se registra en los anales y libros de historia como una época de firmeza en las decisiones y a la vez en unos tiempos donde la monarca en funciones tuvo que interceder por los abusos hacia su pueblos a manos de despiadados aristócratas. De su hijo la Historia recuerda su magnanimidad y autoridad, sin autoritarismos.

Y a mí —a quien el destino me deparó el registro fidedigno de estos hechos narrados, por otra parte, injustos y con tufo de rancia santidad; mi intención, a tenor de no caer en el anacronismo, hubiera sido burlarme de un régimen político basado en la coronación de seres parásitos cuyo único mérito es ser hijo o parientes de otros y ridiculizar la figura patética de un héroe beato, que no dudó en beneficiarse de su prima menor de edad— sólo me queda cerrar esta historia y desear por los siglos de los siglos que muchas rosas y libros llenen nuestras vidas.

Trama 5 – Huida (1/2)

Pedro Paniagua, a sus 39 años, ni se había planteado una sola vez en su vida la remota posibilidad de marcharse del domicilio de sus padres: inconsciente y conscientemente, aquélla era su casa. Bien es verdad que al pasar las oposiciones de auxiliar en la Seguridad Social tenía cubiertas sus necesidades económicas básicas y contribuía al presupuesto familiar; pero no hubiera entendido su vida fuera de aquellas paredes que acogieron su infancia y su ahora prolongada adolescencia. Su aspecto jovial y sus rasgos casi infantiles lograban burlar su cabello ralo y aquellas llamativas entradas. La Sra. Buendía, apellido de soltera de su madre, todavía le lavaba el pelo a su hijo, le cortaba las uñas de las manos y de los pies, y se desvivía en la cocina por preparar los platos preferidos de su tierno retoño.

Pero, a su manera, era feliz. Con un subconsciente miedo enorme a la soledad, lideraba una crew de grafiteros que actuaba en el centro de la ciudad, disfrazado él de b-boy. Se había convertido en un consumado patinador en línea y especialmente con este hecho último lograba esconder su inseguridad, aparentando lo contrario. Luchaba, por lo menos en la forma, por ocultar a los otros la falta de confianza que depositaba en sí mismo, a la par que una autovaloración negativa. Sobre todo con su madre había creado una relación de dependencia en una búsqueda constante de obtener de ella la aprobación de todos sus actos. Pedro nunca quiso asumir responsabilidades: delegó en sus progenitores hasta que falleció su padre y fue la madre quien lo liberó de todo compromiso y deber sociales. En el fondo, Pedro cautivaba a los otros: chispeante, seductor —en primeros contactos—, conseguía eclipsar a los demás; hasta que éstos —al poco tiempo— descubrían en Pedro a un ser egocéntrico, inmaduro y profundamente insatisfecho. Resultaba difícil, salvo para su madre, convivir con aquel individuo que siempre culpaba a los demás de todo lo negativo que le sucedía. Nadie, excepto la abnegada mujer, soportaba a un individuo que, aparentemente arrogante, a la mínima, mostraba su verdadera condición de fragilidad y de sentirse incomprendido por la humanidad entera; siempre escudado en sus permanentes quejas de autocompasión.

De sus recuerdos infantiles, Pedro rescataba siempre en su memoria las veces que había jugado a pillar. El juego del “pilla-pilla” o del “corre-corre-que-te-pillo” se le quedó grabado en su mente: la sensación de ser perseguido para acabar ineludiblemente atrapado por la persona que pillaba. En esos momentos intentaba desesperadamente liberarse del perseguidor, aunque fuera recurriendo a la trampa de la lógica infantil:

—No, no se vale. Sólo con rozar no vale —si alguien en el patio del colegio lo tocaba.

O bien:

—Eh, que me has cogido muy fuerte. Que no vale —si alguien lo agarraba con fuerza, para no dejar dudas al fugaz roce, a modo del argumento de “no valen caquis” en los partidos de fútbol de mismo patio, a la misma hora del recreo.

Trama 5 – Huida (2/2)

A Pedro le gustaba ser pillado más que perseguir, y se esforzaba mucho para no ser de los primeros atrapados y, en la próxima partida, él tener que pillar.

Quizás por este motivo ya no sintió la misma emoción ni sensaciones cuando, un poco mayor, el resto de muchachos pretendían sustituir el “pilla-pilla” por el “pilla-besos”, a la caza de chicas para recibir como premio estampar un casto ósculo en la mejilla de la fémina atrapada.

Por esa época, la escena de huida se materializó en forma de pesadillas que, con periodicidad breve, no lo abandonarían nunca más. Pedro soñaba con una persona que lo perseguía y él, impotente y atenazado por la propia angustia, finalmente era capturado. Con el tiempo, cuando el sueño se fosilizó en un esquema de no dar la cara y no afrontar a quien le intentaba dar alcance, el rostro borroso del perseguidor, en el momento de la captura, acababa adquiriendo los rasgos inequívocos de su madre.

Los sueños y la realidad acabaron confundiéndose el día de sus cumpleaños, el de sus 39 años, cuando decidió pasarlo bombardeando la fachada impoluta del MACBA. Sólo a él se le podía ocurrir un acto tan descabellado, temerario e irracional, a plena luz de la tarde. Los demás, de edades comprendidas entre los 12 y los 16 años, seguían fielmente las órdenes de su líder indiscutible.

Por eso, cuando Pedro se percató de que una patrulla de la Guardia Urbana los pilló in fraganti, apenas se le ocurrió una desesperada huida para atraer toda la atención sobre él. Con el tiempo justo de calzarse los patines, el casco y unas rodilleras provocó a los agentes para que fueran detrás de él y la chiquillada pudiera escaparse. La destreza del contumaz patinador provocó que despistaran la atención del resto de jóvenes. A punto de ser atrapado, el veloz impulso de arranque y de avance desconcertó a los urbanos, que sólo pudieron poner en sobreaviso a otros miembros del Cuerpo de que un patinador había tomado la calle del Carmen a su izquierda con dirección a las Ramblas. Pedro era un prodigio encima de los patines: con dobles S evitó obstáculos —coches y peatones—; giros cruzados le hacían mantener la velocidad; o sortear bordillos, tapas de cloacas y unas bolsas de basuras mediante acrobacias de salto, e incluso se vio obligado a deleitar a un nutrido número de extrañados e improvisados espectadores en su entrada triunfal en las Ramblas, manteniendo el peso sobre la pierna de delante y levantando el patín posterior, girando la puntera hacia fuera para asegurarse de colocar el piel de tal modo que aminorase la veloz carrera con el canto interior de las ruedas y no con la guía de los patines.

Él ya era sabedor, como en los juegos de patio de su infancia y en sus pesadillas posteriores, de que indefectiblemente sería atrapado. Resultaba vital, sin embargo, arañar minutos, segundos de apasionante aventura. Pero Pedro nunca hubiera imaginado que el final de su inútil huida sería una moto, cuyo conductor no mostró los reflejos suficientes para esquivar a aquel loco con patines.

La colisión sumió a Pedro en estadio de grave inconsciencia. A final, después de varias horas, la primera imagen de Pedro al despertar fue un rostro difuso que acabó perfilándose en los rasgos inequívocos de su madre, empapados en lágrimas.

sábado, abril 21, 2007

Trama 6 – Venganza (1/2)

Cristian era un muchacho que, para etiquetarlo con un simple adjetivo, podríamos denominarlo como un profundo “espiritualista”. Desde siempre, mientras todos los muchachos de su edad solamente tenían cabeza para los deportes y las motocicletas, la única obsesión de Cristian se centró en la introspección de su alma, un espíritu sensible que sufría con el materialismo y ateísmo que le rodeaba. No sólo había llegado a la plena convicción de que él mismo constituía una difícil amalgama de cuerpo y alma, sino que en este dualismo era la parte espiritual la única real, incorruptible, imperecedera. A raíz de su frenética actividad de reflexión y autoconocimiento había forjado un ecléctico andamiaje de verdades religiosas, filosóficas y morales que guiaban su vida. A una base espiritista, despojada de rituales folclóricos como la invocación de almas penadas, había incrementado ideas sui generis de la inmortalidad del alma, basada incluso en supuestos cientificistas. Incluso en el campo de la ciencia, en que muchos acumulan racionamientos para abrazar el credo materialista, Cristian veía pruebas de que el alma habitaba en el código genético de las células: Dios existía en la VIDA; el ser humano está hecho a semejanza de Dios porque es parte de Él, porque en todo ser humano, atrapado en un cuerpo, vive un principio divino capaz de perpetuarse más allá de la muerte o liberación del espíritu. Entendía el universo bajo la inexorable ley de la tendencia al equilibrio, a la transformación y conservación de la Energía. Creía en esta ley del eterno equilibrio universal que en las culturas de Oriente llaman “karma” y que en la filosofía de occidente trata como “causa y efecto”, aunque él concebía este último concepto no como simple correlación de hechos cronológicamente sucesivos, sino como una relación necesaria de finalidad, prueba irrefutable del principio divino que impregnaba a todas las Cosas y Seres. Cristian por ejemplo distinguía inequívocamente entre “destino” y “predestinación”. La diferencia sutil no le dejaba el mínimo margen a la duda. Porque nuestra alma es en esencia de naturaleza divina, ésta posee la característica de libertad absoluta de elección, de forjarse un destino, lo que prueba su omnipotencia, que es la propia de Dios. Precisamente se está “predestinado” cuando el alma abandona su poder de elección. Si la persona crea su destino, no hay opción al victimismo. Una víctima es alguien que cree que la predestinación le ha jugado una mala pasada; no sé da cuenta de que el universo ha de volver a su posición de equilibrio. El bien que uno haga a los demás acabará volviendo sobre sí mismo y de igual manera sucede con el mal, porque el universo se está siempre reajustando constantemente para adaptar esta ley.

Con estas ideas, con la absoluta certeza de que un día iba a encontrar a su verdadera alma gemela, Cristian asistió a la conferencia de Juana R, doctora en literatura hispanoamericana. Nada más verla supo que ahí estaba el amor de su vida, el complemento perfecto, la unión de espíritus. Parecía que la técnica de sugestión en el sueño había dado sus frutos, técnica que él mismo había inventado y perfeccionado con constancia y esfuerzo de concentración mental. Todas las noches, al acostarse, pasaba indefectiblemente por estadios obligados: comenzaba mentalizándose en la necesidad de su alma gemela y de que su propia alma era merecedora de tan querido premio; luego, bajo la sugestión de que conseguiría su alma gemela por el poder del deseo, lo materializaba en un cuerpo (¡sí, era ella: Juana!), para, acto seguido, agotado por el esfuerzo, en sueño profundo, poder visualizar a su amada y vivir escenas de otras reencarnaciones anteriores o del futuro. Estaba saliendo con Tania, pero aquello no era magnetismo, apenas relación eléctrica de bienestar emocional y biológico. Ver y escuchar a la docta profesora resultaba para Cristian una sensación extraña, porque la convicción del reconocimiento y la de haber vivido ya aquellos instantes lo empujaban a una emoción de eufórico desasosiego. Intentó concentrarse en el discurso de aquella mujer de 52 años y, como la temática era un análisis riguroso de las ideas espiritistas en la obra Como agua para chocolate de la escritora mexicana Laura Esquivel, aún encontró mayores motivos para la coincidencia, aunque este término estaba excluido de su vocabulario mental: los hechos suceden porque así están escritos, especialmente aquéllos justos por los que el alma opta y ejerce su libertad de elección.

Ni por un minuto Cristian pensó en sus 19 años recién cumplidos, en la distancia académica que lo separaba de aquella consagrada doctora, de atractiva madurez, y él, un simple alumno de primero de filología hispánica. Al acabar el turno de preguntas y dar por concluida la conferencia, Cristian se precipitó con un juvenil ímpetu hacia la profesora de los últimos cursos de carrera y de doctorado.

—Necesito hablar contigo, ahora, sin falta.

Juana sintió una extraña atracción por aquel nervioso alumno. Ni ella misma supo cómo de pronto se encontraba cenando con un jovencito que le repetía fidedignamente los supuestos filosóficos de la novela que ella acaba de analizar en la conferencia impartida en la universidad, y además aportaba interesantes sugerencias para nuevas investigaciones.

El colmo de la irracionalidad fue la inconsciencia del paso del tiempo, como en una elipsis brusca de tiempo, y sentir su cuerpo desnudo acariciado por aquella piel joven. Como anécdota, recuerdó haber proferido estas palabras, a modo de vana excusa disuasoria:

—¡Pero si tienes la edad de mi hija menor! Mi otro hijo te lleva cinco años. ¡Qué locura!

Juana, con una vida intensa de amantes y en un matrimonio sexualmente activo, nunca en su existencia había sentido el placer que le proporcionaba aquel cuerpo delgaducho. Cristian, envuelto en una sensación de vértigo y borrachera de sentidos, revivía las escenas de sus sueños.

La noche se hizo corta, pero hubo otras noches, otros fantásticos encuentros; hasta el día que Juana decidió cortar con aquella temeraria relación que ponía en peligro su propio matrimonio y la anulaba como persona, totalmente dependiente de un Cristian, mitad hombre mitad crío: ella, que había tenido los amantes que había querido, que había sabido aprovecharse de ellos, de usarlos y tirarlos, de haberles sacado el jugo para su provecho con la complejidad de su marido, también adúltero, bajo la implícita política de guardar las formas y la discreción y desviar la mirada de lo que resultara desagradable ver.

Trama 6 – Venganza (2/2)



Un día Juana se armó de coraje para enviarle una despedida en formato de correo electrónico:

Cristian:

Tenemos que dejarlo. No podemos vivir más esta situación. Quiero liberarme de la carga de sentirme que te soy totalmente necesaria. Tú tienes una vida por hacer. La mía ya la he hecho. Lo hemos hablado muchas veces: eres más joven que mis hijos. Tú eres maravilloso, pero te mereces una mujer de tu edad, con quien puedas formar una familia y que te pueda dar hijos de tu sangre. Yo misma ya ni quiero y de aquí a unos años, muy pocos, ni podría. Quiero que no dependas de mí ni de nuestros encuentros semanales o de los correos diarios para caminar en tu vida. Creo que sería bonito que entre nosotros quede una bella amistad, pero sólo eso: sabes, sin embargo, que voy a ayudarte siempre en tus estudios de literatura. No quiero que tu vida dependa de mí (tampoco puedo soportar necesitarte). No debiste dejar a Tania. La vida cambia y tenemos que cambiar forzosamente. No me imagino el resto de mi vida junto a ti. Luego sería demasiado tarde. Con mi edad, no puedo perder lo que he ido construyendo a lo largo de años. No soy una jovencita para vivir de sueños y de un príncipe azul. A ti mismo un día los “fósforos” se te van a acabar o incluso yo no pueda encender las cerillas de tu pasión. Cuanto antes nos dejemos de ver va a ser mucho mejor. Tú mismo me dices que lo que sucedió ha sucedido porque tenía que pasar así, pero somos personas, yo mucho más vieja que tú, y quiero tener la oportunidad de escoger. Es duro para mí, pero ya he decidido mi futuro: quiero vivir con mi marido y mis dos hijos, aunque de aquí a poco sé que los chicos van a dejar la casa. Si algún día me aburro y veo que necesito algo extramatrimonial que me dé vida, ya habrá hombres dispuestos y no necesariamente, perdona, alguien como tú, a quien llevo más de veinte años y ahora le doblo en edad.

Yo voy a recordar cada encuentro nuestro como los instantes más felices de mi vida. No intentes hacerme cambiar de idea. No voy a volver atrás. Tú, que tuviste el valor de enamorarme, sé fuerte y vive tu vida, porque la vida continúa.

Si te sirve de algo, quiero que sepas que, en el caso de que realmente exista amor, el amor de mi vida has sido tú.

Un beso y una despedida:

Juana


Aquellas palabras lo herían de muerte. Sus impresiones de impotencia, dolor y postración dejaron paso a un sentimiento de rabia y deseo de justicia brutal.

Nunca había estado en aquel piso de lujo cercano a la zona universitaria. Juana observó a través de la mirilla de la puerta a un desencajado Cristian, que había logrado entrar y subir sin usar el portero electrónico, aprovechando que un vecino entraba en el edificio. Abrió la puerta y la cerró, tras dejar pasarlo pasar. Todo sucedió muy rápidamente. Cristian había robado a su madre el cuchillo más afilado de la cocina. El arma entraba y salía en el cuerpo de aquella mujer con una saña sin freno. Lo que más le dolía a Juana en aquel momento era la certera idea de una muerte tan absurda. Agotado de tantas cuchilladas, Cristian, con frialdad de mártir, se cortó las venas de la mano izquierda, cerró los ojos y aguantó estoicamente la agonía de su lenta muerte.

Fue el hijo de Juana quien descubrió aquella escena dantesca del cuerpo sin vida de su madre en un charco de sangre. A pocos metros, apoyado en la pared, un chico de su edad, el asesino, también estaba muerto. Si los pensamientos tuvieran el poder de plasmarse en los rostros humanos, hubiera podido leer el último de aquel hombre:

—Perdona, Juana, tenemos que encontramos en otra reencarnación, quizás la próxima.

jueves, abril 12, 2007

Trama 7 – Enigma (1/2)

Los relatos de ciencia ficción se saldan con batallitas de terrestres y alienígenas. Para mí, sin embargo, la ciencia ocupa una presencia vital, manifiestamente real en mi existencia, en mi mundo. No necesito ensoñaciones fantásticas que me hagan volar la imaginación. Me pongo a redactar esta historia y percibo, además, que es la primera vez en que las ciencias —incluidas las exactas— me devuelven una sensación de vértigo, de caos, que hace tambalearse todas mis convicciones.

Estoy a punto de matricularme en primero de medicina y soy consciente de que esta elección, lejos de guiar una vocación arraigada en el tiempo, obedece al reflejo de unas circunstancias, de una coyuntura aleatoria. Mis dos grandes pasiones (confesables) son las matemáticas y la lectura. Las matemáticas actúan de refugio donde evado mis preocupaciones. El placer que experimento al resolver un problema, al probar un axioma o incluso al dar con el contraejemplo que lo refute sólo es contrastable para mí con la lectura de un buen libro, que me atrape, me zarandee y me abstraiga de la vacía realidad cotidiana.

Escogí en el bachillerato la opción de ciencias de la salud no tanto por la tradición familiar (mi padre es ginecólogo) sino porque a mi madre en esa fecha le detectaron una leucosis aguda. Conocer el fatal diagnóstico y decidir que iba a convertirme en el mejor hematólogo, para poderla ayudar, fue cuestión de segundos y esa elección todavía dirige mi presente.

No me dejaban donar sangre por la edad, pero fue tanto hablar de transfusiones y de pruebas para encontrar compatibilidades en el previsto transplante de médula ósea que me encontré con un dato que me produjo seria conmoción: comparar mi grupo sanguíneo con el de mis padres. De mis conocimientos de la ESO, sabía que la distribución de los grupos sanguíneos en la población humana no es uniforme. Mi grupo AB– resulta ser el más infrecuente. Pero, al comprobar que mi madre era A+ y que la combinación de mi padre era A–, un sudor frío se apoderó de mí. Sé que puede resultar absurdo dar importancia a la presencia o no de determinadas proteínas en los glóbulos rojos; pero aquello concernía a mis verdaderos orígenes. Confieso que lo que primero me llamó la atención fue el factor Rh, pero necesité repasar los apuntes y consultar libros de genética, para comprobar visualmente que existía una posibilidad combinatoria. Lo que no tenía vuelta de hoja, por más que dibujara flechitas de cruzamientos, era que mi madre fuera mi madre biológica. Lo de mi padre me despertó la consiguiente duda; pero es que yo soy una fotocopia de él: rasgos faciales, tamaño, peso y hasta una mancha en la espalda que tenemos todos los Sierra.

Tener esta certeza excitó mis recuerdos, como el de que cuando pequeño pensaba, en momentos de ingenuidad infantil y por pequeñas peleas con mi madre, que mi madre verdadera era otra. Y siempre me refugiaba en mi tía Laura, la tieta, la artista y bohemia de la familia. Un día, con 9 años, me escapé y logré llegar a su casa, y allí pasé la noche, acurrucado con ella, en su cama inmensa, de matrimonio.

Trama 7 – Enigma (2/2)

Como ven, lo que empezó siendo una historia de sesgo científico tomó los visos de una historia de detectives y el protagonista era yo. No podía contar con nadie, porque nadie me hubiera dicho la verdad y la frágil salud de mi madre me impedía que ni sacara el tema.

Un día, en casa, con mi madre ingresada y mi padre avisando que se quedaría en el Hospital hasta muy tarde, lo regiré todo. Recuperé todos los recuerdos, en forma de fotografías y documentos. Con la seguridad de las leyes de la genética, asistía ahora al montaje de unas fotografías de mi madre con una abultada barriga, en un cuerpo que no había engordado ni el mínimo gramo. Con la inocencia pueril, alguna vez pregunté por qué no había fotos de tía Laura en mi nacimiento y en los meses que los precedieron. La única respuesta había sido de mi padre, en plan burlón: —Tu tía se nos hizo hippie y se nos fue de casa casi un año. También reclamaba yo que me hubiera gustado que mi madrina fuera ella, y no mi abuela, que para mayor inri y en propiedad no era mi abuela, sino la segunda esposa de mi abuelo, madrastra de mi madre, Júlia, y madre de mi única tía, Laura. En apariencia todos los papeles (certificados de registro civil, libro de familia, hojas de ingreso en la clínica) daban fe de que mi madre me había traído al mundo, a la edad de 37 años, cinco años después de casarse.

Investigando llegué a registrar el secreter de mamá, un bonito escritorio de nogal cerrado con llave. Lo encontré abierto, no obstante, y me llamó la atención un cuaderno sellado con un mecanismo de seguridad con la combinación de seis letras de entre las 27 letras del alfabeto. Probé suerte con mi nombre, E-U-G-E-N-I, y pude abrir el libro. Lo que leí allí aún me afecta hoy en día. Parecía un relato decimonónico:

Mi tía Laura, doce años más joven que mi madre, se enamora apasionadamente de su atractivo ginecólogo, recién llegado de Zaragoza, con la ilusión de comerse el mundo en la ciudad condal. En los planes de mi padre consta implícitamente el casarse para obtener un buen nivel de vida, y especialmente emparentarse con los Codina y mi abuelo materno, que, no en vano, regentaba una clínica particular. Mi abuelo reacciona inusitadamente diciendo que la pequeña no se casa y que la primera boda de sus hijas será la de la pubilla Júlia, hija de su primera esposa y heredera universal, exceptuando la legítima. Mi padre acepta el vergonzante trato y, a las semanas de la ceremonia, Júlia Codina, prisionera en su nuevo angosto mundo doméstico, percibe con estupor que su hermana es la amante de su marido y que, más o menos (más menos que más), cuidando las formas, se citan a escondidas. Cuando la situación se hace insostenible y mi madre decide agarrarse a su última dosis de orgullo y de amor propio, y planea la separación y divorcio, unos análisis rutinarios le confirman su esterilidad. Un costoso tratamiento de fecundación asistida en la Dexeus no da resultados, pues morfológicamente su útero muestra la imposibilidad congénita de un implante de óvulos. Obsesionada por la idea de su hijo, habla con su hermana Júlia y, a cambio de renunciar a la exclusividad de su marido, le pide el favor de que tenga un hijo para ella. Mi padre, Santiago, lo apañó todo y él mismo me trajo al mundo y me cortó el cordón umbilical, arreglando todos los documentos oficiales.

Y aquí me encuentro yo: con mi secreto. En los descubrimientos científicos, como en las novelas policíacas, siempre hay un dato, una variable perdida que acaba confirmando una hipótesis o que desenmascara al culpable. Aquí no hay descubrimiento ni culpable. He perdido mis raíces, mis referencias, pero la vida continúa…

miércoles, abril 11, 2007

Trama 8 – Rivalidad (0/4)

martes, abril 10, 2007

Trama 8 – Rivalidad (1/4)

Nacieron casi con el siglo, el mismo mes, separados por un pequeño arroyuelo y la inconciliable linde —aunque a veces posible de franquear— entre ricos y pobres, amos y sirvientes.

Jaume Giralt Barrull, el hereu, aseguraba a sus progenitores la continuidad del apellido y de los bienes sabiamente amasados por el carácter emprendedor del fradistern o segundón Santiago Giralt Lamarca y por la herencia de su esposa, Eugènia Barrull Raventós, la finca Campanyà, de más de 3.200 hectáreas y otras propiedades menores. El comercio del aceite en Les Borges Blanques, y en toda la comarca de Les Garrigues, suponía un negocio en alza, que permitía diversificaciones del capital hacia la Hidroeléctrica del Segre y una pequeña fábrica de hilaturas.

Con un futuro menos provisorio vino al mundo Llorenç Soler Vila, hijo de los masovers de Can Campanyà. Las malas lenguas de la comarca, sin embargo, siempre quisieron ver en el niño los rasgos fisonómicos inequívocos de Santiago Giralt Lamarca. Si el vulgo barajaba dudas sobre la verdadera paternidad biológica del pequeño Llorenç, recibió la certeza definitiva de la infidelidad del rico Giralt (de quien se rumoreaba que había contraído matrimonio con la pubilla Eugènia, beata y la mujer más instruida del pueblo, sólo para incrementar su patrimonio y para lavar la afrenta de haber nacido el segundo) cuando éste decidió apadrinar al primogénito de los Soler Vila. Por este motivo, lo padrí de Llorenç no fue uno de sus abuelos, sino un generoso hacendado, quien, junto a la padrina Eugènia, le colmó de atenciones y de algo que podemos traducir como “cariño”, más allá de la relación fría que se presuponía hacia un simple hijo de sus empleados.

Los niños, Jaume y Llorenç, se criaron como hermanos: eran inseparables. El carácter soñador y el físico frágil y la salud enfermiza del pequeño Jaume —al parecer herencia de los Barrull— se complementaba a la perfección con el espíritu práctico, de aventurero con los pies en el suelo, y un vigor y una salud envidiables que siempre mostraba Llorenç. Las posesiones de los Can Campanyà pasaron a constituir el escenario de juegos e iniciación de los niños y después adolescentes; en especial, aquel arroyuelo de agua pura y cristalina que daba vida a la finca y separaba el Mas y Casa pairal de los Giralt de la modesta barraca de los abnegados masovers. En las ruinas de la torre árabe imaginaban audaces incursiones de “guerra”; entre los olivos y el febril molino de aceite jugaban a un laberíntico policia i lladre: Jaume siempre era el fugitivo, para que tuviese tiempo para esconderse, pero la mano implacable de la justicia, representada por Llorenç, lo apresaba indefectiblemente.

Cuando los dos fueron a los Jesuitas (porque Lo Padrí insistía en hacerse cargo también de los gastos escolares de Llorenç), el tiempo de juegos se fue acortando; pero, al crecer y aprender a leer, Jaume tuvo acceso a la rica biblioteca materna y entre los libros descubrió casi intuitivamente las teorías del origen de la Tierra y de la evolución de las especies. Fue el propio Jaume quien inculcó a Llorenç la pasión por la búsqueda de fósiles.

Aqui on estem un dia va ser un oceà, per això trobem cargols, però de mar —intentó adoctrinar a Llorenç, que asistía a los argumentos prestando la máxima atención—. Això de Adan i Eva és una mentida dels hermanos. Tot ve de l’aigua

La ingenuidad de Llorenç recibía constantes asaltos y su cómodo andamiaje de verdades infantiles se tambaleaba.

La pasión por las ciencias en general y por la genética en particular fue inculcada por el hermano Sebastián, un sacerdote metido a profesor de la Orden, aunque por afinidad íntima le hubiera ido mejor el hábito de monje franciscano; físicamente sus redondeados rasgos y la delicadeza de sus movimientos y de su pausado discurso se traducían en un evidente amaneramiento que despertó especial empatía en el jovencísimo Jaume, quien pasó a convertirse en el discípulo aventajado y en el principal suministrador de insectos y plantas que procedían de Can Campanyà. Con el hermano Sebastián aprendieron el sorprendente mundo de los genes dominantes y de las leyes de Mendel, aunque la Historia (en mayúsculas) todavía no había hecho justicia a las conclusiones extraídas de los experimentos de guisantes por parte del monje agustino hacía más de medio sigo antes y atribuía el mérito de las leyes fundamentales de la genética a un botánico holandés, De Vries, de quien se alimentaban las inquietudes de aquel improvisado equipo de investigación. Llorenç, quien siempre iba a remolque de Jaume en esta iniciación científica, acabó por aburrirse de tanta planta. Sin embargo, el hereu de los Giralt se obsesionó con la botánica el mismo día que descubrió lo fascinante del mundo vegetal, aunque no siempre consiguiera atraer la colaboración y entusiasmo del amigo. Sin llegar a hacer explícita, sólo como mera intuición, la que sería su posterior inclinación intelectual, la de las reacciones químicas y su relación con los procesos vitales, llegó a la conclusión de que en las plantas había componentes capaces de sanar o de enfermar: el tallo y las flores de la cicuta resultaban tan semejantes a los del perejil o del hinojo que la primera planta apenas se distingue de las otras por el color oscuro y el olor desagradable de las hojas, siendo un terrible veneno o sedante para calmar dolores persistentes e intratables. Toda la vida de Jaume estuvo marcada por el conocimiento, cuando era niño aún, de que lo que puede curar también puede matar fulminantemente, de que existe un límite difuso entre la medicina y el veneno, porque éste último quizá sea una cuestión de grado y de proporciones. La Naturaleza no engendra el mal, pero puede menguar el bien: aficionarse a las plantas venenosas, encerradas en la belleza de un jardín capricho de su madre, supuso al joven Jaume experimentar la contradicción del horror y del éxtasis ante la vida.

Lo que realmente atraía a Llorenç eran los animales. Y no los aburridos insectos, que satisfacían el espíritu taxonómico y coleccionista de un entomólogo avant la lettre padre Sebastián. Al muchacho lo que le despertaba la curiosidad eran los pájaros, reptiles y los animales mayores, aunque fueran de granja; es decir, la vida como un libro abierto, en forma de lucha de supervivencia. Llorenç robaba los huevos y polluelos de todos los nidos de las posesiones de Can Campanyà. Se aficionó a enjaular jilgueros machos por el simple placer de hurtar a la Naturaleza aquel canto armonioso, que quería para él solo. En los días de parva de la hectárea que su padre labraba para el trigo del gasto de todo el Mas, debajo del rastrojo descubría alacranes, que mataba él sin compasión. Cazaba vivos serpientes de agua, culebras, sapos y lagartos con la única intención de asustar a otros compañeros o incluso a incautos “hermanos”, que se encontraban con las más extrañas alimañas en los lugares menos insospechados. Descubrió, sin ayuda de libros o del hermano Sebastián, que la lagartija logra sobrevivir aunque le corten el rabo. Posteriormente, con la incipiente maduración sexual de ambos, Llorenç aficionó a Jaume a observar —a escondidas, durante las vacaciones y en los momentos en que el mayor de los Soler Vila lograba escaquearse de los compromisos de ayudar a los padres— a los animales en plenos actos de procreación. La atracción por el tamaño de aquellas vergas equinas en erección despertó, como algo natural, el interés por sus propios genitales, excitados. Los juegos de niños, los fósiles, las disquisiciones científicas dejaron paso a la actividad iniciática de fer-se un palla.

En una ocasión, en plena “turbación” manual, la mano libre de Jaume fue a parar a los genitales de un sorprendido Llorenç:

Què fas, mariconàs?
És que… la tens més grossa —intentó apuntar Jaume a modo de excusa.

El preludio de cierto distanciamiento sobrevino cuando Pepeta Delofeu entró a formar parte del servicio de los Giralt, por un capricho y caridad cristiana de la señora. Eugènia, que quiso rescatar a una pobre infeliz del Convento de las Carmelitas de Aitona. Abandonada con escasas horas de venir al mundo, las hermanas de la Orden Tercera de la Virgen del Carmen y Santa Teresa de Jesús habían aprimorado una exquisita y refinada educación para Josefa Delofeu (porque nada se sabía de sus verdaderos progenitores) con la esperanza de que se casase bajo el cobijo de una de las casas de las cuales se recibiese mayores aportaciones económicas o, en el peor de los casos, de que prosiguiese la vocación religiosa de ser esposa de Cristo. Con el tiempo, Pepeta pasaría a ser la sirvienta de confianza de Eugènia Barrull, la padrina de Llorenç, en especial porque, a resulta de una diabetes, la señora se iba quedando ciega y exigió a la muchacha que le leyese para ella los heterogéneos ejemplares de su nutrida biblioteca. La plenitud que apuntaba en sus esplendorosos 14 años, con ropas buenas, un corte de pelo con gracia y una pulcra higiene impensable en las austeras paredes del convento, pero sobre todo el porte, las buenas maneras y la simpatía que irradiaban en la bella Pepeta enamoraron a todos, características que no pasaban desapercibidas a nadie, puesto que la adolescente despertaba una atracción nada indiferente; pero fue Llorenç quien, menos tímido, se atrevió a festejar a la nueva chica de la casa. La joven, con las ideas claras y una educación cauta de no someterse a los caprichos y deseos lujuriosos de sus amos, también sintió una pasión hacia alguien más cercano a su condición social y tan ben plantat. El amor de Llorenç se encendió con fugaces besos robados en la mejilla de la muchacha, algún leve toque y roce de manos y una promesa firme de que, cuando fueran mayores, se casarían. Jaume llegó tarde y mal; en su torpeza sólo obtuvo un displicente rechazo:

No, que aquest cos no serà mai per al senyoret, que ja en té d’amo.

Quiso la fortuna que los excesos juveniles del patriarca Santiago Giralt se tradujeran en una terribles purgaciones que postraron al cincuentón galán en una impotencia e inapetencia sexual extremas, lo que libertó a Pepeta de un desagradable acoso y preservó su virginidad, impensable de haber sido conservada en tiempos anteriores por un consuetudinario dret de cuixa casi aceptado como ley de derecho entre las personas de la comarca.

Trama 8 – Rivalidad (2/4)

Llorenç regaló a su “prometida” el mejor jilguero, el que alegraba la casa de sus padres con un vigor de incansable cortejador. Pepeta empezó a sospechar que el senyoret Jaume ponía mucho interés en aquella cadernera y observó que alguien colocaba unos manojos de perejil. Un día, el pajarillo amaneció sin vida, más frío y tieso que la escarcha que campaba afuera.

Después, llegó la hora de que los amigos tuvieran que separarse definitivamente. La inquietud científica del hereu Jaume lo impulsó a los estudios de química y de su conexión con la vida. Estudió bachillerato en Lleida capital, porque su sueño era estudiar medicina en la Facultad de Madrid. Conocía los trabajos y éxitos de D. Santiago Ramón y Cajal, en su cátedra de Histología e Histoquímica Normal y Anatomía Patológica de la Universidad Central de la capital de España, antes de centrarse más en su Instituto de Neurobiología. También conocía que un brillante científico, Juan Negrín, ocupaba la cátedra de fisiología y el joven estudiante de provincias soñaba con que fuera su maestro y le introdujera en el apasionante mundo de la bioquímica.

La firme decisión de Jaume Giralt ocasionó el disgusto y desilusión de su padre, que había pensado para su hijo en una carrera de abogacía que le permitiera el salto a la política y a la defensa y ampliación de bienes de la familia. No obstante, era tanta la convicción del primogénito que su padre tuvo que acabar aceptándolo, no sin antes consolarse con la idea de que el fadristern, Enric Giralt Barrull, cumpliría sus ansiados deseos.

Llorenç, por su parte, había desarrollado una acusada conciencia social, que alguien podría catalogar de desagradecimiento hacia sus benefactores: “Abans de ser un esclau com els meus pares, jo m’estimo més ser rabassaire... a meitat, a terços o a quarts, tant se me’n fot!”, gritaba constantemente a modo de bravata. Tenía asumido que le reservaban que se dedicase a las tierras y negocios de lo Padrí, pero éste último se desmarcó del cometido para el joven y le propuso al muchacho que siguiera estudiando, lo que liberó al impulsivo primogénito de los Soler Vila a tener que rebelarse.

Padrí, de debò voleu pagar-me els estudis?... Jo vull fer carrera militar.

Con 15 años, Llorenç fue aceptado como cadete en la Academia de Ingenieros de Guadalajara. Pronto se percata que donde más puede tener futuro era en los negocios de una compañía, la Unión de Española de Explosivos, fundada por un tal Alfred Nobel en 1872 y que monopolizaba los avances tecnológicos de la Artillería. Por ello, se especializa en la Sección de Explosivos y acaba, como teniente, destinado a Sevilla. Después de varios destinos, con la participación activa en los hechos de Annual, de donde salvó de milagro su vida, con el recuerdo de heridas cicatrizadas en el cuerpo y en el alma, y la rabia y desengaño de aquella absurda guerra; pues bien, después de esto y una larga convalecencia fue premiado (ascendió a teniente coronel) con un destino más cerca de casa: la capitanía general de Barcelona, bajo el mando de Miguel Primo de Rivera, un año antes de su golpe de estado. Atrincherado en el destacamento del Castillo de Montjuïc, a pesar de disfrutar, si hubiera querido, de un soldado asistente para él las veinticuatro horas, el joven teniente coronel Lorenzo Soler Vila no pudo soportar cumplir órdenes de represión contra el pueblo. Sus ideas socialistas, más intelectualizadas que revolucionarias, chocaban brutalmente con las ideas y actuaciones de sus superiores, y por este motivo decidió abandonar el ejército. El amor que sentía hacia Pepeta Deulofeu no era una excusa, sino un rescate, una nota de certidumbre, una agarradera en aquella situación que se le desmoronaba encima. Al casarse con su primer amor, un amor juvenil hecho de gestos tiernos y de una firme promesa, recuperaba él unas coordenadas y un sentido a su vida. Su instinto práctico le llevó a buscarse el sustento de la nueva familia en lo que había aprendido de su juventud militar: el conocimiento de explosivos. A través de la Comandancia de Ingenieros obtuvo un contrato como responsable de esta área en las canteras explotadas por la sociedad Fomento de Obras y Construcciones, especialmente por los contactos que aún mantenía con la Unión Española de Explosivos. Quiso la ironía del destino que los lugares en que paseaba al disfrutar de algún día de permiso (él, que encontraba fósiles como murex torulariosus o turritella proto-rotifera en las fallas sedimentarias, que confirmaban que la montaña había estado antiguamente debajo del mar) acabasen siendo familiares: Font Trobada, Santa Madrona, Font del Gat, Ballarona, Urbina, Serafina, Mabre, Mata Gats… Con esta actividad laboral, la pareja encontró tranquilidad económica y una casa barata en el barrio de Sants, aunque luego con la Exposición del 1929 se dispararían los precios.

La primera noche que los cuerpos desnudos de Pepeta y Llorenç se encontraron, estalló un espectáculo pirotécnico de luces y gemidos de placer. Llorenç, acostumbrado a servicios de prostitutas durante su carrera militar, casi no podía imaginar como real aquel cuerpo tibio, con olor a pan recién sacado del horno, esplendoroso en formas y rotundas redondeces. La débil imagen que le había acompañado a lo largo de años, una imagen preñada de sueños y futuro, por fin tomaba cuerpo en aquel cuerpo de dureza blanda y suave. Pepeta, por su parte, ofrecía gozosa y ufana su virginidad, la física y especialmente la mental, a aquel que era el amor de su vida: aumentó su deseo y excitación al reseguir con sus manos las cicatrices de su marido, recién estrenado. El matrimonio realizó un viaje de bodas a Madrid, Toledo y Aranjuez. Después de hoteles de bastante lujo, en la última parada de su pequeño periplo pernoctaron en una fonda modesta, en una habitación grande, muy baja de techo y con un balcón que daba a la calle, pero tan a la altura de los transeúntes que vieron peligrar su intimidad amatoria. Estaban dispuestos a marchar, pero lo avanzado del día y un cuadro hicieron desistir a la pareja.

—¿Conocen este estilo de pintura? Es de un catalán como ustedes, Rusiñol, ya se lo presentaré en la cena.

De vuelta a Barcelona, pasaron por Les Borges Blanques. Visitaron a los padres e hicieron el amor en la casa de Lo Padrí, en la habitación de invitados, como señores, un regalo más de los generosos Giralt hacia el ahijado, a pesar de que Doña Eugènia perdía a su mejor sirvienta y dónde encontrar una sustituta como lectora, para llenar las horas largas de una ceguera progresiva e irreversible. Sin embargo, Jaume no estaba y quien realmente mandaba en Can Montanyà era Enric, el segundo de los Giralt Barrull, quien también en vano había pretendido añadir a Pepeta Delofeu a su lista de conquista de alcoba.

Jaume no estaba en la casa pairal, pero ya en esas fechas, 1926, ultimaba los trámites para el regreso definitivo de su aventura peninsular meseteña. La fascinación primera por la Residencia de Estudiantes, donde conoció interesantes personajes y un amor en forma de becaria alemana que frecuentó fugazmente la capital del Reino; la ilusión por las clases de fisiología y haber sido aceptado por Negrín en las prácticas de laboratorio, después de una selección dura y de demostrar que resultaban útiles los conocimientos de alemán imbuidos por la relación con Helga y un arduo estudio y lecturas… dejaron paso a una desilusión sin precedentes, al comprobar lo arbitrario del maestro a la hora de escoger sus verdaderos discípulos y la preocupación convulsiva del profesor canario por la juerga nocturna madrileña, su gula y afición desmesurada por la bebida, así como percatarse que en las oposiciones de cátedras actuaba parcialmente beneficiando a candidatos de quien podía obtener retribución en forma de favores políticos y económicos. El hastío y la depresión se apoderaron de un desorientado Jaume, quien en un momento de extraña racionalidad decidió reconvertir su antigua pasión por la bioquímica (más específicamente por la incipiente biología molecular) en estudios de farmacia, que siempre tendrían una posible salida profesional digna y que de alguna manera le permitían abordar las sustancias químicas en los organismos vivos.

No obstante, hubo un tiempo en que todavía vivía el espejismo e ilusión de la novedad de haber aterrizado en Madrid, obnubilado por una Residencia con un laboratorio de Fisiología. Un día, en ese mismo lugar, en un descanso de una práctica de síntesis de colesterol de cálculos hepáticos, cayó en la tentación de un adolescente delante de su primer microscopio y se puso a analizar su líquido seminal. Quiso confirmar sus sospechas con el veredicto de su compañero y amigo, Luis Castán, de Zaragoza:

—¿Ves lo que estoy viendo?
—Lo siento. Parece de manual: concentración baja de espermatozoides con escasa vitalidad: esterilidad en un 98 %.

Y ese secreto lo guardó para el resto de sus días.

A punto de acabar la carrera de Medicina, abandonó Madrid y regresó a Lleida capital para matricularse en la Facultad de Farmacia, con la posibilidad de convalidar bastantes asignaturas. Se enteró de la boda de Pepeta y Jaume unos meses antes de licenciarse y el conocimiento de que la pareja se instalaba en Barcelona le reafirmó en una decisión meditada, a raíz del consejo de su compañero Luis Castán, que sí había acabado la carrera en Madrid, pero que, sin voluntad de perpetuarse en la docencia o investigación universitarias, optó por instalar un consultorio en el Eixample barcelonés. Fue el propio Castán quien le propuso lo que entendía como negocio del futuro: que montase una farmacia en Barcelona. En una carta afectuosa, el médico zaragozano le instaba a que traspasase una farmacia, en pleno funcionamiento, “en un barrio modesto, Sans , pero te juro que la Farmacia Forns y Plana, de la calle Valladolid, 8, por 6.000 pesetas es un negocio que no te lo puedes perder”.

Pare, cal que em doneu 1.200 duros. Jo no serveixo per a les terres. Enric fará això molt bé i no us en penedireu. Em quedo una farmacia i us torno els diners, quan podré.
Queda-te’ls, són teus; però mai em demanis res més, porque has deixat de ser l’hereu —sentenció el patriarca de los Giralt.

Los 24.000 reales, la herencia en vida de Jaume Giralt, costearon la compra-traspaso de la farmacia, en los bajos del edificio, una farmacia perfectamente surtida con sustancias contenidas en tarros decorados de rótulos latinos caligráficos y de cerámica del siglo anterior que atiborraban las estanterías del suelo al alto techo; así como las dos plantas más del número 8 de la calle para residencia. En la transacción de compraventa también se incluía un sótano de cuatro casas más adentro de la calle, en el nº 16, y que se hacía servir a modo de almacén. Allí Jaume se hizo construir un modesto pero completo laboratorio, con microscopio alemán e infinidad de redomas, crisoles y tubos de ensayo. Al poco tiempo, el negocio se mostró próspero, en parte por la fama de sabio de Jaume, quien pasaba tardes enteras encerrado en su improvisado laboratorio. La fama atrajo clientes incluso de otros barrios de Barcelona y el respeto de numerosos médicos de la ciudad, aunque en su inicio sólo contase con la recomendación incondicional de su amigo Castán. Era verdad que la buena fe de Jaume siempre pretendía ayudar a los pacientes, que venían atraídos como si de un santo (o un demonio) se tratara. De hecho, de poco servía contratar ayudantes, porque las personas hacían filas interminables para recibir el consejo exclusivamente de aquella eminencia científica. Nadie hubiera imaginado que todos los esfuerzos en las tardes de Jaume se centraban en destilar alcaloides (incluso psicotrópicos), glucosidos, taninos, oxolatos, fotocoumarinas, aceites esenciales, saponinas… sustancias altamente tóxicas, capaces de sanar en las dosis precisas, pero también capaces de producir muertes instantáneas.

A los dos años, amortizada la inversión y saldadas las deudas que pudieran haber surgido, el carácter huraño de científico obsesionado por sus descubrimientos dejó paso a una preocupación política y de sociedad sin precedentes: se afilió a Esquerra Republicana de Catalunya y frecuentó constantemente la sede del partido del distrito IV. A modo de casino, consumía bebidas poco alcohólicas, jugaba al ajedrez y recibía algún curso de lengua catalana, según la nueva normativa. Jaume, a Pompeu Fabra, lo admiraba con locura, por lo racional de su propuesta. En la práctica, el deje de su catalán occidental fue desapareciendo y acabó por reproducir con maestría las vocales neutras. De hecho, la culminación social y adaptación a la burguesía del barrio por parte de Jaume sobrevinieron al marcar el enlace matrimonial con la señorita Helena Junyent, más conocida cariñosamente como Ena. Jaume se quedó prendado de Ena, al verla jugar baloncesto contra el Club Femení de Básquetbol Institució Montserrat y ella era la que más pelotas robaba al equipo contrario, más rebotes atrapaba y más canastas realizó a lo largo de partido, con lo que su equipo la Unió Esportiva de Sants consiguió una cómoda victoria. Le impactó aquel físico fibroso y angulado, un tanto masculino, de poco pecho y escasas curvas, predominio de rectas y piernas largas de quitar el hipo. Después hubo otro encuentro fortuito en el envelat organizado por el partido. Ena derrochaba vitalidad y desparpajo, y tomó cariño a aquel hombre de casi treinta años, diez más que ella, que torpemente pretendía acercársele y mantener una mínima conversación. El efecto del cremat y de aquella música frenética de la orquesta Coopey Jazz, de Manresa, que reproducía los ritmos norteamericanos, llevó a la incipiente pareja a un clima de intimidad. De repente, la sonrisa de Ena competía con el ruido de fondo en frescura y sonoridad.

Per què rius?
No t’ho prenguis malament, però pensava que si tinguessim un fill podria sortir amb la teva intel·ligència i amb el meu físic: seria el nen més sabi i més maco del món —se justicaba Ena.
Aixo és tot un elogi i un convit, pero també pot passar que el nostre fill fos “menys” intel·ligent (com tu) i més lleig que un pecat (com jo) —mentía descaradamente Jaume, pues aquella joven era despierta y viva de inteligencia, mucho más que él, y él mismo sin ser un adonis no era en absoluto ningún adefesio, muy al contrario resultaba bastante agraciado, de cuerpo frágil pero rostro bonito.

Y empezaron a reír los dos. Y cuando Jaume quiso ser consciente, ya le había pedido que se casase con él, y ella, que tal vez empezó todo por un frívolo coqueteo, acabó aceptando la petición y citando al farmacéutico para presentarlo en familia.

A pesar de ser vecinos de barrio y seguirse la pista por pesquisas indirectas, Jaume y Llorenç evitaban encontrarse. Una vez Pepeta necesitó de unas medicinas recetadas y mandó a su marido a comprarlas, pero éste prefirió andar hasta la otra farmacia del barrio, la Mataplana, de Creu Roberta. El motivo de tantos recelos era las opciones políticas que representaban los dos amigos de infancia. Pepeta Delofeu, antes de casarse, había decidido que nunca iría a traer un hijo al mundo, en una firme resolución que nunca reveló a su marido. Mientras hubiese niños abandonados por su padres, entendía ella, que parir hijos propios era una debilidad burguesa. La ausencia de padres biológicos y su estancia en el convento de carmelitas le afirmaron en su decisión, que pudo llevar a la práctica conociendo su cuerpo y los ciclos menstruales, de bastante regularidad en ella, además de algunas plantas abortivas a que tuvo que recurrir cuando la Naturaleza venció la racionalidad humana de sus meticulosos cálculos de días fértiles. Además, el fundador de la Orden, Francisco Palau y Quer, que pasó un exilio de once años en Francia, había fomentado en su pueblo natal de Aitona, en la Orden Tercera por él fundada, la importancia de enseñar francés. Ese francés estudiado con las monjas carmelitas, junto a un castellano impecable, era lo que le permitió convertirse en la “lectora” de la pobre Eugènia Barrull Raventós y también lo que le dio acceso a aquella biblioteca, que no censuraba ninguna obra a pesar de la preferencia de la señora de Giralt por los de ortodoxia católica, y le transportó a unos escritos de Mijail Bakunin. En Barcelona, siempre con el apoyo incondicional aunque de verlas venir por parte de Jaume, abrazó el credo libertario e incluso se cambió la identidad para borrar el estigma de “ésser que déu lo feu”, bastarda, expósita, huérfana, abandonada, y se hizo llamar Federica Gustavo, en homenaje a Frederica Montseny y a la madre de ésta, Soledad Gustavo, que en realidad era pseudónimo de Teresa Mañé. Económicamente el matrimonio no lo necesitaba, pero pidió a su esposo que la dejara trabajar en un taller del barrio declarado como artes gráficas, pero que nunca llegó a editar un libro, a lo máximo folletos publicitarios y material de papelería, en especial, sobres de cartas, que tenían que pegarse uno a uno después del troquelado y corte de guillotina. Se afilió a CNT en tiempos de Primo de Ribera. Llorenç, con la nueva identidad de Lorenzo, acompañaba a su esposa a las charlas y participaba como simpatizante, aunque siempre con miedo de entrar en la acción revolucionaria.