jueves, junio 22, 2006

I love NY (1/3)

Nueva York es el paradigma urbano de la modernidad. ¿O tendría que hablar de “post-post-modernidad”? Crisol de culturas, es por esencia plurilingüe y, más específicamente, bilingüe: fácilmente se constituye en una ciudad donde cualquier hispano puede sentirse como en casa por lo familiar del ruido de fondo. Puedo aportar la declaración de algún brasileño culto, con gran dominio de la lengua de los gringos, que, para poderse desenvolver en la gran metrópolis, tuvo que echar mano de un improvisado “portunhol” .
Sin embargo, este post de hoy no aspira a ser un homenaje a la ciudad estadounidense sino un pretexto para continuar la reflexión política de las letras y dígrafos. En este sentido, la combinación NY del catalán (juntas las letras y en este orden) equivaldría gráficamente a la Ñ castellana o española (*)
. La escritura de “España” y “Cataluña”, a la catalana, pasan a ser: “Espanya” y “Catalunya”. Estuve pensado en la connotación del maridaje NY y, en un alarde de ingenio práctico, llegué a la conclusión de que la Y, como apunté en el post “Greguerías y letras (3/3)”, simboliza un camino que se bifurca. En la tradición grecolatina —y de allí deriva todo—, la Y tiene asignada la idea de formulación de enigma. Creo que se trata de una buena letra para definir el carácter catalán y ejemplifica —si se quiere ver— incluso la historia de este pueblo. Entre España y Francia, le cuesta muchos esfuerzos definir su personalidad y futuros propios. Pero la otra característica del individuo catalán es su terquedad y fidelidad a la lengua catalana y a su cultura (**). El nacionalismo o independentismo —que no tiene que ser lo mismo necesariamente— catalán (a diferencia del vasco) son lingüísticos. La señal de identidad de un pueblo es su lengua, una lengua románica más, pero capaz de haber producido joyas literarias o del saber de la altura del Tirant lo Blanc (variante meridional) o la filosofía de Ramon Llull (variante insular, Raimundo Lulio allende de la corona catalanoaragonesa) o los divertidos “monólogos” de Andreu Buenafuente. Sí, en efecto, Buenafuente (***) es un ejemplo típico y tópico de lo que significa ser catalán: triunfa en televisiones de ámbito estatal en una lengua que es otra que con la que triunfó en TV3.

(*) Este problema terminológico ya constituye un problema, pues, como refleja la Constitución vigente, la lengua catalana tendría que ser una “lengua española” de pleno derecho.
(**) Por eso para contrarrestar el valor icónico del “torito bravo” (¿el de El Fari?, ¿o el de Osborne o Bigas Luna?), los propios catalanes escogieron el “burro” (sólo un catalán podía poseer este peculiar sentido del humor).
(***) Él, como buen catalán, se llega a burlar de sí mismo y en alguna ocasión se ha hecho llamar “Bonafont”.