viernes, junio 16, 2006

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De mis vicios que puedo confesar públicamente destacaría una irrefrenable pasión lectora. Soy, ante todo, lector. El placer del libro (mezclado con el esfuerzo de pasar páginas) lo he intentado transmitir a mis alumnos (también soy profesor de secundaria, de lengua castellana y literatura). Un día, no obstante, para mi alivio y conciencia tranquila, descubrí que ser lector es una verdadera “opción de vida”. Modestamente no me considero mal profesor y creo que como docente decente (valga la paranomasia) logramos, en el mejor de los casos, acercar el libro a nuestros alumnos. Ahora bien, todos nuestros esfuerzos suelen ser vanos para conseguir verdaderos lectores: ser lector quiere decir vivir la literatura y preferir, por ejemplo, un libro a una película en el cine, a un partido de fútbol o a una noche en una discoteca (o por lo menos nos haría dudar).
La lectura, en una evolución natural, te lleva a la escritura. Soy lector “profesional” y ahora escritor aficionado, aunque he tenido la suerte de publicar hasta un libro de sonetos. Para mi sorpresa, grata, un día descubrí que existía el fenómeno de fanfiction. Por Internet, podemos rastrear a escritores jóvenes (normalmente adolescentes de sexo femenino) capaces no sólo de leerse todos los “tochos” de Harry Potter, sino de llegar a escribir cada poco tiempo episodios de sus personajes favoritos de más de cuarenta páginas. Esto para un profesor, a veces frustrado por el desinterés de sus alumnos hacia la lectura, constituye todo un éxito.
Este éxito lo hace posible Internet. De las potencialidades literarias de Internet, quise sacar a luz a ese personaje llamado “Amoresbilingues”, más conocido —quien me conoce— como José Antonio Pérez-Montoro.