El crimen perfecto
Los cinco años de arduo y obsesivo trabajo del comisario de policía dieron sus frutos. Por fin había conseguido atar todos los cabos sueltos, documentar con pruebas fehacientes lo que en un primer momento podrían haber parecido disparatadas hipótesis en la investigación; había logrado irrefutables indicios que inculpaban al sospechoso que a priori aportaba, en aquel atroz asesinato, la coartada más verificablemente contrastable. Por ello, no dudó en matar a sus mejor amigo, policía de la sección científica, cuando éste le proporcionó las pruebas de ADN que echaban por tierra sus investigaciones y que corroboraban la primera y más racional sospecha. Con una muerte a sus espaldas y refutando lo evidente, hizo triunfar la verdad, su verdad.
Comentario: La seducción de la mentira es tan fuerte que genera la ficción. Su verdadera perversión es imponerla en la realidad. Mis convicciones éticas me llevan a condenar con todas mis fuerzas —incluso con la rabia del insulto y de la maldición, si supiera de algún posible efecto práctico— la existencia de un ex traficante de drogas (hábil e inteligente negociante, casado con una nacional, y padre de una hija, que llevaba a un colegio católico concertado) que muera de manera voluntaria y premeditada con una mochila cargada de explosivos a sus espaldas para producir una masacre en un tren de cercanías. Un dios que premia con el paraíso a quien derrame la sangre de los infieles debe ser tan falso como el dios que deje morir desangrado a un inocente, al prohibirle una transfusión sanguínea; tan falso como el dios que exige la circuncisión de varones —¿qué tiene que ver la divinidad con los prepucios humanos?—, o del dios que refrenda la salvación eterna mediante documentos terrenales firmados por sus representantes. Siempre imaginé, sin embargo, que la promesa de cien vírgenes sempieternas constituía casi un motivo de literatura fantástica.
Propongo el siguiente argumento una narración corta o novela, anque resultará un acto fallido, por que la realidad supera la ficción:
«Érase una vez, en un país europeo, su ministro de Interior —presunto miembro seglar de los “Legionarios de Cristo”, facción integrista de la iglesia católica, cuyo fundador (de la facción) se le acaba acusando de pederasta y el Papa medio lo indultó— intentó aprovechar electoralmente la tragedia humana de muertes y heridos provocada por un grupo de suicidas fundamentalistas islámicos, atribuyendo la autoría a un grupo terrorista local, falsificando todos los informes y las investigación de los cuerpos de seguridad y servicio de inteligencia que de él dependían.»
Comentario: La seducción de la mentira es tan fuerte que genera la ficción. Su verdadera perversión es imponerla en la realidad. Mis convicciones éticas me llevan a condenar con todas mis fuerzas —incluso con la rabia del insulto y de la maldición, si supiera de algún posible efecto práctico— la existencia de un ex traficante de drogas (hábil e inteligente negociante, casado con una nacional, y padre de una hija, que llevaba a un colegio católico concertado) que muera de manera voluntaria y premeditada con una mochila cargada de explosivos a sus espaldas para producir una masacre en un tren de cercanías. Un dios que premia con el paraíso a quien derrame la sangre de los infieles debe ser tan falso como el dios que deje morir desangrado a un inocente, al prohibirle una transfusión sanguínea; tan falso como el dios que exige la circuncisión de varones —¿qué tiene que ver la divinidad con los prepucios humanos?—, o del dios que refrenda la salvación eterna mediante documentos terrenales firmados por sus representantes. Siempre imaginé, sin embargo, que la promesa de cien vírgenes sempieternas constituía casi un motivo de literatura fantástica.
Propongo el siguiente argumento una narración corta o novela, anque resultará un acto fallido, por que la realidad supera la ficción:
«Érase una vez, en un país europeo, su ministro de Interior —presunto miembro seglar de los “Legionarios de Cristo”, facción integrista de la iglesia católica, cuyo fundador (de la facción) se le acaba acusando de pederasta y el Papa medio lo indultó— intentó aprovechar electoralmente la tragedia humana de muertes y heridos provocada por un grupo de suicidas fundamentalistas islámicos, atribuyendo la autoría a un grupo terrorista local, falsificando todos los informes y las investigación de los cuerpos de seguridad y servicio de inteligencia que de él dependían.»


1 Comments:
Cuidado, Jose, el último párrafo no está claro -no me refiero a lo que quieres decir, que sí queda claro, sino a la estructura-. "Érase una vez..." suele ir acompañado por "un...", en este caso "un ministro... que...".
Queda un poco confuso. Estaría bien, si quieres ilustrar exactamente a lo que te refieres que pusieras enlaces a determinadas partes -el fundador de los Legionarios de Cristo, etc.- para que el lector sepa de lo que hablas.
Eso sólo si quieres, si prefieres dejarlo a la inteligencia y curiosidad de cada uno, está bien así.
Un saludo.
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