lunes, septiembre 25, 2006

Trama 10 – Tentación (3/4)

Lo que sucedió en los tres días siguientes es fácil de adivinar. Martín se excitó en la farsa. Deambuló por los barrios paupérrimos de la ciudad, a la búsqueda de la prostituta más decrépita. Finalmente la encontró. Externamente, era casi un deshecho humano: sin dientes, cabello muy ralo, llena de pústulas, de sífilis y otras venéreas mal curadas. Nada quedaba de la prostituta joven y de apariencia sana que vino hacía mucho tiempo a la ciudad huyendo de la miseria del campo. Martín acabó sabiendo que seguía de puta por dos motivos: a) por vicio y b) porque necesitaba dinero para el “caballo”, al que estaba enganchada.

Martín ofreció a aquella mujer los billetes de varios “picos”, si lograba tirarse a su “amigo”. Cobraría la mitad por adelantado y le proporcionaría una suite lujosa en un hotel de cinco estrellas. El jefe de Fernando justificó los gastos como “representación” para captar a unos directivos de una multinacional alemana.

El día elegido se acercó: sábado. Por la tarde, a las cinco, Martín recogió a Fernando en su BMW. A la puerta del hotel le entregó el cheque. Fernando miró tranquilizado la generosa cifra y la firma femenina: al día siguiente, a las 10, recibiría la otra mitad. Al entrar en la habitación, el espectáculo que vieron sus ojos no podía ser más deprimente. El vendedor, acostumbrado a ver cuerpos jóvenes, apenas reaccionó, boquiabierto, ante la dantesca visión de aquella vieja semidesnuda en ropas vulgares, gastadas y de mal gusto: todo una atentado a la libido.

—¿Qué te pasa? ¿No te gusto? Te voy a hacer una mama, que mi boca es mejor que el mejor cocho del mundo.

Fernando, lleno de repulsión, nunca había sentido antes tal ausencia de deseo sexual, porque asociaba simplemente la felatio de la vieja al contagio seguro.

Sus peores sospechas se confirmaron en los instantes inmediatamente posteriores, cuando asistió atónito a cómo esa mujer se inyectaba la droga, después de calentar el polvo blanco.

—No te voy a pegar nada, pero necesito “jaco” —decía la prostituta, mientras hincaba la aguja de la jeringa en la vena encallecida.

Fernando se sintió impotente, con las piernas temblorosas. Durante angustiosos momentos concibió la idea de abandonar, de marcharse. Ya no le importaba ni el dinero, que había pasado a ser una lejana tentación: lo que le retenía entre aquellas paredes era su propio orgullo y evitar la vergüenza al volver a ver a su jefe.

Parece ser que los efectos de la droga tranquilizaron a la vieja.

«Ahora o nunca», pensó Fernando.

—Voy al baño. Cuando vuelva quiero la luz apagada y que usted se ponga de cuatro patas. ¡Y sin una puta palabra! —fanfarroneó Fernando.

Tras el lavabo, que cerró con llave y a donde llevó toda su ropa, realizó esfuerzos sobrehumanos para obtener una mínima erección, con lo cual poderse colocar el preservativo. El problema adicional era que quería colocarse dos. Todo su poder de sugestión y la manipulación hábil de su miembro viril lograron el objetivo fijado, desafiando los miedos y ascos anteriores. Curiosamente, al enfundarse los guantes de látex —que trajo con la finalidad de extremar las medidas de seguridad—, sintió una excitación renovada, por ese contacto y sensación de poder. Ese sentimiento incrementó la dureza de la erección.

Sin luz en la habitación, se orientó con la penumbra de las persianas bastante bajadas y lo traslucido de las tupidas cortinas, hasta poder penetrar a aquella mujer por detrás, como una vulgar perra. Fue un coito rabioso, corto, con la sensación de Fernando de introducir su pene en un holgado agujero y aceptablemente lubricado. Eyaculó poquísima cantidad de semen.

El resto de la noche Fernando la pasó encerrado en el baño, lavándose obsesivamente bajo la ducha, restregándose tanto jabón que enrojecía su piel. La mujer dormía relajada, emitiendo ronquidos desagradables.

A las seis de la madrugada, Fernando se vistió con las ropas arrugadas, que había dejado en el taburete de aquel cuarto de baño. Las horas, minutos y segundos que tuvieron que pasar hasta las 10.00h discurrieron con una lentitud pasmosa, como una tortura lacerante.

Serían las 8.00h, cuando la mujer intentó en vano entrar al servicio, pero Fernando se lo prohibió, con el pestillo cerrado por dentro.