martes, septiembre 05, 2006

Trama 13 – Maduración (2/3)

El embarazo del futuro Jonathan L. G. supuso una tregua; por lo menos, en las palizas. Al nacer su último hijo, María G. consiguió que su marido no le volviera a ponerle una mano encima. Pactó con el esposo algunos encuentros carnales, a cambio de una relación de apariencias. Se sentía una puta accediendo a las zafias violaciones de un hombre que había amado de joven y que odiaba con todas sus fuerzas. Cuando Jonathan tenía 8 años, la mujer le pidió el divorcio: no podía aguantar un minuto más con aquel hombre a su lado. Ella se fue a vivir a la casa de sus ya fallecidos padres, que ahora también era propiedad del matrimonio; volvió a trabajar en la peluquería de su hermana, con quien había empezado hacía tanto tiempo y de donde salieron los primeros ahorros para comprar las tierras de la costa, de los invernaderos, que habían hecho millonario a Manuel. Éste, al saber la decisión de su esposa, la amenazó con quedarse con todo: los coches y furgonetas, el cortijo, la maquinaria, los invernaderos… Sin hacer ruido, pero, firme, María luchó y fue interponiendo recursos: no estaba dispuesta a renunciar a lo que era suyo.

Jonathan fue creciendo en una burbuja, ajeno a la violencia que se vivía en casa, con pequeños fogonazos intuidos que le convirtieron en un niño introvertido y sensible. A diferencia de sus hermanos era negado en los deportes y hasta le gustaban la escuela y los estudios. Nunca le faltó de nada. Abría la boca y ahí tenía juguete más caro. Cuando se fueron a vivir a la casa que había sido de sus abuelos maternos, no notó los sacrificios de su madre en la nueva situación. Su padre le había comprado un ordenador y le aseguraba el acceso a Internet. Tenía Jonathan mucho tiempo libre y le apasionaban los videojuegos y los chats con los amigos. Los fines de semana los pasaba con su padre y su nueva pareja, Lucía, una veinteañera atractiva, cuyo hermano menor, Alejandro, llegó a ser el mejor amigo de Jonathan. Disfrutaba el chaval muchísimo con el tito Juan, el hermano mayor de Manuel L., que continuaba como guardia civil destinado en la zona. A Jonathan le encantaba subir en el coche patrulla y escuchar los mensajes de radio de los de la benemérita. El fantasioso crío soñaba que algún día sería detective privado, como sus héroes de videojuegos.

A los 14 años del hijo, su madre quiso enviarlo de colonias. En esa semana, sin ordenador y videoconsola las veinticuatro horas, fue aprendiendo a valorar mucho más la amistad de los compañeros, y a colaborar y ayudar en equipo, especialmente con Alejandro, con quien compartió muchas conversaciones y tiempo juntos.