Trama 13 – Maduración (3/3)
A su vuelta a casa, la tragedia se había consumado. El propio tito Juan había encontrado ahorcada a María G. en la primera planta de la residencia, antiguo corral de animales y luego garaje de coches y maquinaria agrícola, después que la hermana de su ex cuñada denunciase el que María no había ido a la peluquería ni atendía al teléfono. A la espera definitiva de enterarla, Jonathan L. G. pudo observar con estupor el cuerpo sin vida de su madre, colgando casi grotescamente.Allí, no obstante, había algo que no cuadraba. Jonathan se percató de que la cabeza de su madre estaba muy cerca de las vigas y que hubiera sido imposible que ella se subiese tan alto. Miró alrededor y vio que el suelo había sido limpiado; pero no le costó imaginar que, entre una o dos personas, después de ya muerta o en estado inconsciente, la hubieran arrastrado hace ese lugar. Como si apareciese la luz después de un periodo de tinieblas, Jonathan L. G. descubrió que quizás su padre había matado a su madre, sabedor de que una sentencia judicial estaba al caer, en que se haría efectiva la separación de bienes tras el divorcio de sus padres, empezado a tramitarse mucho antes. Sabía esto por lo que hablaba con Alejandro, a quien su hermana Lucía le contaba todo, preocupada por perder parte de los bienes de su actual pareja. Pensando y pensando, no le fue difícil intuir a Jonathan L. G. la complicidad de su tío Juan, siempre dispuesto a ayudar a su hermano. Todo cuadraba ahora: eso explicaría la frivolidad con que la Guardia Civil instruyó el caso, sin tomar fotografías ni huellas, y señalando de entrada el suicidio.
Nuestro “niño de goma rota” tenía poco tiempo en aquella casa. Ahora Jonathan L. G. se iría a vivir con su padre y Lucía. Se encerró en su cuarto y envió un largo correo electrónico a Alejandro (con copia a su profesor Julián, del instituto), en que explicaba todo lo que se disponía a realizar aquella noche. Rápidamente cerró el ordenador y marchó con su padre.
En el bonito chalet de la zona residencial de El Ejido, Jonathan L. G. entró en el cuarto de su padre, que estaba pensativo. Al cerrar la puerta, el hijo le pidió que le enseñara una vez más el arma reglamentaria de cuando Manuel L. era guardia civil.
Una sonrisa iluminó la cara de aquel hombre, que recordó aquellos tiempos en el “cuerpo” como una época de sueños e ilusiones.
—Siempre la tengo cargada, por si quiere entrar algún chorizo en casa —añadió un orgulloso padre, mientras mostraba el revólver en su cartuchera.
De pronto, el silencio. Jonathan L. G. tragó saliva y empezó a hablar:
—Sé que mataste a mamá y que tito Juan te ayudó. Y la gente lo va a saber todo. Tienes pocas opciones… Coges la pistola… Si me matas, esto es absurdo, porque ya he enviado un correo explicándolo todo: mi muerte no va a cambiar nada… Si por una vez en tu vida no eres cobarde, mátate de una vez, haz que me sienta orgulloso de mi padre y que los del pueblo te recuerden con dignidad… Lo que hiciste con mamá no tiene nombre…
Como pudo, con las piernas temblando, Jonathan L. G. se levantó y dio la espalda a su padre. Cerró los ojos esperando lo peor; pero no pasó nada… sólo un silencio que hería, y se puso a caminar lentamente. Al cerrar la puerta, respiró hondo y se apoyó en la pared, pero la detonación del disparo le golpeó todo. Lucía abrió la puerta de aquel cuarto, porque Jonathan L. G. se había quedado bloqueado con el pomo en las manos… Gritos, histerismo: Manuel L. yacía muerto.
En un estado de semiinconsciencia, como flotando en una nube, Jonathan fue recibiendo las muestras de pésame de todos los familiares y vecinos. Habló con Alejandro y le preguntó si había recibido un e-mail; pero éste le contestó que no había abierto el correo. Corroído por la duda, al día siguiente, tuvo la oportunidad Jonathan L. G. de acceder a Internet y abrir el correo electrónico. Un sudor frío recorrió su cuerpo: el mensaje que supuestamente había enviado la noche anterior no constaba como enviado, ni como simple borrador.


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