domingo, septiembre 03, 2006

Trama 14 – Amor (3/4)

Con la sensación del deber cumplido, mi vida cambió a partir del día siguiente. En los meses que siguieron a esa noche, a mi vuelta a Zaragoza, ultrapasé los últimos resquicios de un sexo prohibido hacia un sexo en que valía todo. Distinguía plenamente entre amor y sexo, y lo que hice fue más porque había que hacerlo que porque lo quisiera realmente. Había aprendido a vivir sola mi sexualidad y a alcanzar los orgasmos. La primera vez lo había descubierto después de una sesión de abdominales, apretando los músculos, pero perfeccioné la técnica con la turbación de mano de mis clítoris, y con la mente puesta en Fernando. Entonces, después de aquella maravillosa noche, se abría mi época de “progre”: cuantos más polvos echase una, y con más tíos, mas liberada te creías. Pero juro que nunca experimenté la sensación de engañar a Fernando —ni con el sexo a solas, que continué practicando y perfeccionando—: con él, había mucho más, había AMOR.

Nuestras vidas corrieron divergentes, pero a mis treinta y cinco años el destino volvió a cruzar a Fernando en mi camino. Nos encontramos en una exposición de vanguardia europea en Londres. Yo estaba allí de paso, a solicitud de mi empresa, para que aprendiese técnicas en un Seminario que impartía la filial inglesa que permitiesen mejorar mi gestión de directora de marketing. Fernando no supo o no quiso decirme qué hacía allí: estaba muy cambiado; mucho más flaco, descuidado en la forma de vestir (él que siempre había sido un figurín) y sin afeitar, con barba de varios días. Me dijo muchas tonterías, que si el paso por la facultad y la gente del Opus le habían comido el coco y le habían lavado el cerebro, para hacer de él un tipo neurótico, con remordimientos que no le dejaban ni dormir. Acabé convenciéndole de que fuéramos a cenar, en uno de aquellos restaurantes económicos —de una cadena conocida en la capital inglesa—, donde podías entrarte en el estómago algo con apariencia comestible. En un tono de confianza, como queriéndome frustrar una noche de pasión, me confesó que había descubierto que era homosexual y que vivía una relación con un hombre que le chuleaba. Le hablé de nuestra promesa de amor eterno (—Éramos tan jóvenes —interrumpió él). Yo le dije que no me lo creía, que a lo sumo era bisexual. Le engañé diciéndole que yo misma había tenido una experiencia lésbica totalmente satisfactoria. Lo engañé sólo en lo de totalmente satisfactoria, porque eso hubiera sido enamorarme de una mujer y el amor en mi vida sólo ocupaba espacio para él, para Fernando.

—¿Me esperas un momento? Voy a lavabo. Yo no te importe, que te invito yo.

Cuando volví a la mesa, antes de pedir la cuenta incluso, le solté:

—Me he pintado de carmín los pezones y el coño.

Funcionó y cómo funcionó. Todo él pareció perder el control, excitándose locamente. En mi habitación del hotel, comprobé que una estrecha cama de soltero no impide dejar de crear el universo mayor y más inmensamente compacto entre una mujer y un hombre que se aman. Me extrañó su insistencia en ponerse el preservativo; yo que para cualquier otro lo hubiera exigido como condición inexcusable. Si hubiera sido menos ingenua, quizás hubiera pensado que otra de las tragedias del amor verdadero es que no tiene por que ser correspondido: creo que en ese momento él me amaba sólo por mi propio amor, por hacerle sentir un ser especial.