Trama 11 – Metamorfosis (2/2)


Mi primera crisis me atacó por sorpresa. Irracionalmente, el mismo día de su entierro —al que ni pude ir: nunca me lo hubieran permitido— empecé a sentirme eufórico, con una vitalidad sorprendente, hiperactivo. Allí estaba el “subidón”, convertido en lobo, paradójicamente lleno de vida, invencible, incapaz de relajarme, irritable por fuera pero inundado de un exceso de sentimiento de bienestar interior, con ideas demasiado rápidas y demasiadas en número, y las ganas de hablar por los codos, en la sensación de poder hacer cualquier cosa.
A las tres semanas me convertí en repugnante insecto, de mi tamaño, pero autodestructivo como el que se emperra en morir abrasado en una luz de la noche. Me sentía incapaz de hacer nada bien, con mi mente al ralentí: un inútil, un perfecto inútil, atrapado por la desesperación y el pesimismo. Sin interés por nada, no soportaba las palabras de consuelo de que todo iba a pasar rápido. El cuerpo entero me dolía. Perdí el apetito y todo mi futuro se predecía negro, tan negro que la idea del suicido me rondaba obsesivamente, hasta el punto de que intenté cortarme las venas por primera vez. Y hubiera muerto, si mi padre no hubiera forzado la puerta del baño. En el hospital lograron taponar la hemorragia y me salvaron a tiempo.
Yo me niego a aceptar mi enfermedad como biológica. El argumento del componente genético no me convence, porque no nos consta en las dos ramas de mi familia que haya un caso precedente al mío. No me conformo a vivir esta enfermedad incurable, parcheada con una medicación que me anula, pero que la deja “dormida”.
He decidido "pasar" de las pastillas, pero, sin tomarlas, me suceden delirios y alucinaciones. Me da vergüenza contarlo, pero he llegado a sentir absurdamente que los coches en la autopista me seguían, todos a mí. Imágenes, ruidos e incluso olores inexistentes para los demás han cobrado vida en mi cabeza. Me he llegado a sentir, en mi fase eufórica, metamorfoseado en lobo, como si tuviese superpoderes y, sumido en la depresión, cuando me transformo en repugnante insecto de mi tamaño, he llegado a experimentar la "certeza" de que yo y mi familia padecíamos una enfermedad mortal.
Para estabilizar mis constantes cambios emocionales, me han hecho atiborrarme de todas las píldoras posibles, con los consiguientes controles de sangre periódicos para verificar la concentración de los medicamentos. No consigo vencer a los dos monstruos que habitan en mi interior y que logran suplantar mi personalidad, pero las pastillas los domestican. Esas medicinas me deforman, me ceban, me inflan como un cerdo: ¡a la porra mi psiquiatra con su cálculo de valoración de riesgos y beneficios!
Ha habido momentos en que me he querido consolar con la probable excepcionalidad que me aportaba mi enfermedad mental: me he creído el mito de los artistas bipolares. Ilusamente, me forjé la fantasía de aguantar mi calvario para reconocerme como espíritu creativo. Personajes tan influyentes como Theodore Roosevelt o Winston Churchill, bipolares confirmados, destacaron en sus cargos de responsabilidad, a pesar de su estigma.
Esas metamorfosis que pretenden controlar a todo riesgo con las medicaciones han hecho de mí un ser asexuado, sin ningún deseo ni goce sexual. Las drogas me ocasionan la ausencia de cualquier excitación sexual (no consigo ni la más tímida erección). Por no pensar, no pienso en el tema; pero me acuerdo en todo momento de Claudia, la mujer que daba una justificación a mi existencia y que luego “marchó”, para dejarme desamparado. Sin ella, no sé si vale la pena vivir.


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