domingo, septiembre 03, 2006

Trama 14 – Amor (1/4)

Dicen que la más bella historia de amor tiene que concluir en tragedia. La tragedia de mi historia ha sido que el amor hacia un hombre no ha concluido ni después de la verdadera tragedia de que ese hombre muriera.

Por elegir una fecha de comienzo, recuerdo que yo tenía 7 años y Fernando, mi primo mayor, nos visitó con su madre, en el piso de Zaragoza. Mi madre, Carmen, y mi tía, Pilar, eran mellizas: nacieron con diferencia de segundos, tal vez un par de minutos. Contaba mi abuela materna que Pilar, la mayor, también lo era en tamaño y fuerza: era tragona y dejaba sin pecho a mi madre; como la eterna segundona, la que sería con el tiempo mi madre se quedaba sin mamar o chupaba con tanta poca fuerza que no conseguía succionar la poca leche que le dejaban y, con ello, volvía a tener menos fuerza; necesitaron una ama de cría, que trajeron del pueblo, para que pudiera salir adelante. La historia de mi madre y de mi tía —las únicas hijas de mis abuelos maternos— fue una relación de rivalidad constante: siempre echando el ojo en lo que la otra hacía. Mi madre iba a casarse joven con el novio de toda la vida, un “mañico” de Teruel afincado en Zaragoza y heredero de un modesto colmado de sus padres. Por eso mi tía Pilar no tardó ni tres meses en formalizar el compromiso de boda, lo que en aquel tiempo resultó ser una vergüenza, pues pisaba el altar con dos faltas de la menstruación, en estado de buena esperanza de Fernando. De nuevo, mi tía Pilar se había adelantado a mi madre y además Fernando sería el primogénito de la familia y el nieto preferido, el que marcó la línea del resto de primos. Además, mi tío Luis no era un “pelagatos” como mi padre: quince años mayor que su esposa (a quien dejaría viuda pocos años después), tenía estudios de abogado e iba a pasar unas oposiciones de notario, porque soñaban con irse fuera de Zaragoza, lo que finalmente consiguieron. En Madrid, definitivamente, borraron cualquier comentario, rumores y la difamación de una capital de provincia. Fernando era guapísimo, bastante mimado y edulcorado por vivir en la Villa y Corte. No veíamos de higos a breas, concretamente en verano, en la casa de los abuelos en un pueblecito del Pirineo aragonés, donde se encontraba la “casa” (metafórica y real) de los Peñarroya. Pero con 7 años yo, Fernando y su madre nos visitaron a una Zaragoza tórrida y malsana por la humedad, una tarde de inicios de julio, antes de subir a la Sierra. Mi tía Pilar había entrado parlanchina y nos contó una anécdota, que la llenaba de orgullo filial. Intentaré reproducirla literalmente:

—Cuando sea mayor quiero casarme contigo —le dijo mi primo Fernando a mi tía Pilar.
—¿Y papá? —le interrumpió su madre.
—Entonces será ya viejo y él será abuelo: yo, el papá, y tú, la mamá.

Yo había decidido inconscientemente robar a mi primo de su madre: sólo para mí. Sé que logramos escaparnos de mi hermano Miguel. ¡Por fin solos, Fernando y yo! Cómo odiaba a mi hermano: era más que celos, era odio. El mismo se inventaría más tarde la teoría que minó mi infancia en dudas sin respuesta, al afirmar que yo era hija adoptada, por ser tan diferente y la única pelirroja de toda la familia. Miguelito, con cinco años, estaba obsesionado por recortar y no me importó un bledo entonces que me destrozase mi colección de muñequitas recortables con sus respectivos vestidos y complementos. Le propuse a Fernando que jugáramos a médicos y él prefirió a papás y a mamás. Acepté. Debajo de la cama de mi cuarto, montamos nuestra casita, tumbados; pero en vez de preparar “comidita”, acabamos con la braguita y calzoncillos bajados. Aún cierro los ojos y recuerdo cómo él me tocaba y yo le tocaba a él su cosita. Mi madre, beatona y muy tradicionalista, llamaba a la vulva “el culito de delante”, como si quisiera inculcarme que todo lo mío, de todas las mujeres, era feo y sucio. A mí me gustó acariciar su “colita” pequeña, pero dura (yo ya sabía que eso pasaba con los niños, como cuando veía cambiar los pañales a mi hermano Miguel). Con esas edades, no tiene sentido pensar en una burda sexualidad, porque ni fisiológicamente creo que me sintiese húmeda de abajo; yo lo único que recuerdo es una inmensa emoción que me recorría todo el cuerpo y me erizaba el poco vello de entonces.

El sueño tuvo una interrupción brusca, porque la luz eléctrica de mi cuarto apagó las estrellas que nacían en mi cabeza. Salimos de la cama, asustados, con la ropa desabrochada. Sólo después entendí la reacción desproporcionada de aquellas dos mujeres que nos insultaban y nos llegaron a pegar con el calzado en el trasero. Yo lloré, lloré; pero especialmente porque mi tía Pilar juró que no iba a venir más a vernos y que, a partir de ese momento, ya podían establecer turnos para las vacaciones en las montañas de Huesca.