lunes, septiembre 25, 2006

Trama 10 – Tentación (1/4)

Eran amigos porque sabían jugar bien sus papeles.

Martín, el jefe, era el típico “hijo de puta”, aunque nada tuviera que ver para ello la profesión (en realidad, profesora universitaria) ni el carácter (de hecho, bastante puritana) de su madre: lo que sería el peor y tópico insulto popular se convertía en él en la más atinada de las descripciones, pues era lo que mejor expresaba su verdadera índole maligna. Martín era de esos tipos que vienen al mundo a sembrar el mal y su existencia se justifica por esa práctica reprobable de intentar hundir al prójimo. Como todos los seres de su calaña, socialmente Martín mostraba dos caras: en familia se constituía en abnegado padre, pero fuera de casa desplegaba toda su inteligencia y sutil conocimiento de la psicología humana para satisfacer un depurado sentimiento masoquista.

Fernando era el mejor vendedor de la empresa. Inteligente, astuto, a nadie dejaría indiferente su descripción moral y hasta física emparentada con los personajes de la tradición picaresca española. Había superado una infancia dolorosa, huérfano de padre militar, inmerso en las castrantes experiencias de su paso por un duro orfanato del ejército, en la época de la dictadura. Vivía ahora para resarcirse de los tiempos difíciles y acumulaba riquezas en inversiones inmobiliarias, con las generosas comisiones que le proporcionaban las ventas. Su espíritu despierto le hacía interesarse por las ciencias y conocía todo sobre enfermedades, hasta caer en la hipocondría más férrea.

Más que amistad, lo que les unía, a Martín y a Fernando, era un recelo, un mantener las distancias. Martín era alto y fofo, mientras que Fernando lucía una complexión atlética en su baja estatura. Como jefe, Martín se permitía tomar copas con su mejor empleado, después de la jornada laboral. Fernando aceptaba las invitaciones (aunque, por convención médica, no le gustaba nada el alcohol) para mostrar una actitud sumisa que le acababa proporcionando mayores cotas de ventas y la envidia de los otros subordinados.

Sus conversaciones discurrían con una fluidez e interesantes temas hasta que Martín se atiborraba de copas y empezaba a desvariar con infantiles bravatas de macho hispánico. Fernando controlaba con su única cervecita (si podía, la pedía sin alcohol) y riéndole todas las gracias al jefe.