Trama 13 – Maduración (1/3)
Jonathan L. G (aunque se podría haber escrito así su nombre: Yónatan L. G.) con bastante probabilidades era lo que el vulgo “vulgarmente” denomina un “niño de goma rota”. Se barajan dos hipótesis al respecto:
a) su madre, María G., realmente no quería tener ningún hijo más, después de las desgracias acaecidas a los dos primeros, nacidos hacía 15 y 17 años, y
b) su madre, María G., quería un hijo, con la vana ilusión de dar sentido a su vida y matrimonio, y olvidar (o paliar) las amargas experiencias y el horrible saber de boca que habían dejado los anteriores. Hay quien llegaría a afirmar que, en el fondo, María G. deseaba una niña, como sostén de su vejez; esto último explicaría cierto amaneramiento en Jonathan, ya de por sí mimado y sobreprotegido a lo largo de su infancia.
Sea como fuera, Jonathan fue concebido en el duelo reciente del joven Jesús L. G, de 15 años de edad, muerto en el acto al chocar frontalmente con un tractor en uno de los caminos vecinales del pueblo de El Ejido. La autopsia y el peritaje de los de tráfico verificaron que la muerte a plena luz del día se justificaba por una temeraria velocidad para aquella motocicleta, que discurría muy abierta en la curva, en el momento de la colisión, y que el muchacho circulaba bajo los efectos de estupefacientes. Las drogas también eran ya el problema del mayor, José Manuel L. G., entonces con 17 años, pero que empezó en la época un infructuoso —y gravoso para la familia— periplo de clínicas de desintoxicación.
Que su primogénito fuera un drogadicto sin salvación fue socavando la entereza y frágil personalidad del ex guardia civil Manuel L., quien había abandonado el “cuerpo” con la ilusión de hacerse millonario con los “invernaderos” en aquella población almeriense. Trabajó él duro y recogió los frutos en lo económico; pero la fortuna le pasaba cuentas en lo familiar. Lo del hijo mayor fue la excusa que impulsó a un aparentemente pacífico Manuel L. a verter la brutal violencia, física y psíquica, sobre su cónyuge. A partir de ese momento, construyó su vida en función del dominio, del sometimiento a esa mujer. La muerte del segundo, de Jesús L. G., fue el mazazo que intensificó su comportamiento de violencia, de totalitarismo, de anulación de su mujer. María G. era fuerte, no obstante; sufría, se sentía sin autoestima, pero con la firme voluntad de salir adelante.
a) su madre, María G., realmente no quería tener ningún hijo más, después de las desgracias acaecidas a los dos primeros, nacidos hacía 15 y 17 años, y
b) su madre, María G., quería un hijo, con la vana ilusión de dar sentido a su vida y matrimonio, y olvidar (o paliar) las amargas experiencias y el horrible saber de boca que habían dejado los anteriores. Hay quien llegaría a afirmar que, en el fondo, María G. deseaba una niña, como sostén de su vejez; esto último explicaría cierto amaneramiento en Jonathan, ya de por sí mimado y sobreprotegido a lo largo de su infancia.
Sea como fuera, Jonathan fue concebido en el duelo reciente del joven Jesús L. G, de 15 años de edad, muerto en el acto al chocar frontalmente con un tractor en uno de los caminos vecinales del pueblo de El Ejido. La autopsia y el peritaje de los de tráfico verificaron que la muerte a plena luz del día se justificaba por una temeraria velocidad para aquella motocicleta, que discurría muy abierta en la curva, en el momento de la colisión, y que el muchacho circulaba bajo los efectos de estupefacientes. Las drogas también eran ya el problema del mayor, José Manuel L. G., entonces con 17 años, pero que empezó en la época un infructuoso —y gravoso para la familia— periplo de clínicas de desintoxicación.
Que su primogénito fuera un drogadicto sin salvación fue socavando la entereza y frágil personalidad del ex guardia civil Manuel L., quien había abandonado el “cuerpo” con la ilusión de hacerse millonario con los “invernaderos” en aquella población almeriense. Trabajó él duro y recogió los frutos en lo económico; pero la fortuna le pasaba cuentas en lo familiar. Lo del hijo mayor fue la excusa que impulsó a un aparentemente pacífico Manuel L. a verter la brutal violencia, física y psíquica, sobre su cónyuge. A partir de ese momento, construyó su vida en función del dominio, del sometimiento a esa mujer. La muerte del segundo, de Jesús L. G., fue el mazazo que intensificó su comportamiento de violencia, de totalitarismo, de anulación de su mujer. María G. era fuerte, no obstante; sufría, se sentía sin autoestima, pero con la firme voluntad de salir adelante.


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