Trama 14 – Amor (2/4)
Cuando volví a ver a Fernando, yo ya tenía 14 años y él, 15. Era mi viaje de fin de curso de los de octavo y ese año tocó Madrid. Yo logré escaparme del grupo (con la complicidad de algunas amigas, que al pasar la lista y pronunciar mi nombre, repetían el “presente” e incluso me contaban en el número que pasaban a las profesoras) y viví una bella historia de besos en el parque de El Retiro.
Con 16 años, nuestra abuela estaba a punto de morir. Mi tía Pilar parecía dispuesta a hacer las paces y a olvidar el pasado. Supongo que confiaba más en su hijo, ahora que lo habían internado en un colegio del Opus. Miguel, mi hermano, se marchó a casa de un amigo. Y nos dejaron solos, para acercarse ellas al hospital. Yo conseguí en cuestión de segundos avivar el fuego de nuestra antigua pasión. Nos besamos como si nos faltara el aire. No nos desnudamos, pero las yemas de nuestros dedos se volvieron tan sensibles que traspasaban la ropa. Creo que se juntó el fuego y la estopa; el hambre y las ganas de comer. No sé que hubiera pasado, si el teléfono no hubiera sonado insistentemente:
—La abuelita ha muerto.
Aún hubo otra vez en que nos dejaron solos. Fernando y mi tía Pilar vinieron a mi casa. Ella nos comunicaba con orgullo que su hijo iba a estudiar medicina, en la que entendía como mejor universidad del país, la de Navarro. Yo aún no sabía nada del Opus, pero encontré absurda la decisión, porque medicina se podía estudiar en cualquier capital de provincia, y más en Madrid, que lo difícil era la residencia médica. Con las convicciones cristianas de su hijo, mi tía Pilar permitió que diéramos una vuelta, no sin antes prometerle que iba a presentarle mi pandilla de amigos y que, por supuesto, me llevaba a Miguel con nosotros. En el paseo del río, Miguel acabó cansándose de la conversación en términos académicos y optó por irse con sus amigos. Nada más perderlo de vista, Fernando y yo nos volvimos a besar con furia. Llorábamos de felicidad y renovamos nuestra promesa de amor eterno.
Recién aprobaba en la Selectividad y empezada la carrera, pedí a mis padre un fin de semana en la costa de Tarragona, para matar la nostalgia del verano que acabábamos de pasar allí y porque con tanto estudio necesitaba descansar. Di un rodeo absurdo, pero acabé en Navarra, al encuentro con mi primo. Yo hallé a Fernando cambiado. Cuando entró en la habitación del hotel que había alquilado, me dijo que aquello que hacíamos era pecado. Yo estaba tan enamorada que hice oídos sordos a lo que sin duda pretendía ser una disculpa, una negativa a pasar una noche de pasión desenfrenada. En aquella época, yo era muy insegura. Me sentía fea, con mi cuerpo lleno de pecas; pero se produjo el milagro: podría erotizar a Fernando, porque con su presencia yo me erotizaba a mí misma, me sentía hermosa y deseada. Me imaginé seductora, con ganas de enseñar todo mi cuerpo y no ocultar nada. Mis ojos, de normal soñadores y de color avellana, parecían brillar como aquellas estrellas que intuí junto a él, a mi siete años. Estaba tan loca de deseo, mi confianza total y sensación de gozoso abandono, que me sentí un mantel desplegado. Lo que viví —y rememoro desde entonces— no lo puedo condensar en palabras. Sólo me arrepiento de no haberme quedado preñada para poder traer al mundo el niño más hermoso. No había mantenido relación sexual de penetración nunca antes. Perdí (o gané, pues me sentía pura) mi virginidad con el amor de mi vida, aquella noche deliciosamente lluviosa de entrado otoño. Mi excitación era tal que el molesto dolor de hacerlo por primera vez me prolongó el placer y aguanté sin explotar. No tenía nada que ver con los orgasmos que había descubierto al acariciar mis clítoris —aunque siempre pensaba en él— y que me producían espasmos vaginales, más bien mecánicos. Lo que yo viví aquella noche era mucho más prolongado, como olas secas de placer contenido, y, al final, irrumpió en la explosión y expulsión de un líquido caliente, que vino a mezclarse con el esperma de un Fernando incapaz de controlarse más.
Con 16 años, nuestra abuela estaba a punto de morir. Mi tía Pilar parecía dispuesta a hacer las paces y a olvidar el pasado. Supongo que confiaba más en su hijo, ahora que lo habían internado en un colegio del Opus. Miguel, mi hermano, se marchó a casa de un amigo. Y nos dejaron solos, para acercarse ellas al hospital. Yo conseguí en cuestión de segundos avivar el fuego de nuestra antigua pasión. Nos besamos como si nos faltara el aire. No nos desnudamos, pero las yemas de nuestros dedos se volvieron tan sensibles que traspasaban la ropa. Creo que se juntó el fuego y la estopa; el hambre y las ganas de comer. No sé que hubiera pasado, si el teléfono no hubiera sonado insistentemente:
—La abuelita ha muerto.
Aún hubo otra vez en que nos dejaron solos. Fernando y mi tía Pilar vinieron a mi casa. Ella nos comunicaba con orgullo que su hijo iba a estudiar medicina, en la que entendía como mejor universidad del país, la de Navarro. Yo aún no sabía nada del Opus, pero encontré absurda la decisión, porque medicina se podía estudiar en cualquier capital de provincia, y más en Madrid, que lo difícil era la residencia médica. Con las convicciones cristianas de su hijo, mi tía Pilar permitió que diéramos una vuelta, no sin antes prometerle que iba a presentarle mi pandilla de amigos y que, por supuesto, me llevaba a Miguel con nosotros. En el paseo del río, Miguel acabó cansándose de la conversación en términos académicos y optó por irse con sus amigos. Nada más perderlo de vista, Fernando y yo nos volvimos a besar con furia. Llorábamos de felicidad y renovamos nuestra promesa de amor eterno.
Recién aprobaba en la Selectividad y empezada la carrera, pedí a mis padre un fin de semana en la costa de Tarragona, para matar la nostalgia del verano que acabábamos de pasar allí y porque con tanto estudio necesitaba descansar. Di un rodeo absurdo, pero acabé en Navarra, al encuentro con mi primo. Yo hallé a Fernando cambiado. Cuando entró en la habitación del hotel que había alquilado, me dijo que aquello que hacíamos era pecado. Yo estaba tan enamorada que hice oídos sordos a lo que sin duda pretendía ser una disculpa, una negativa a pasar una noche de pasión desenfrenada. En aquella época, yo era muy insegura. Me sentía fea, con mi cuerpo lleno de pecas; pero se produjo el milagro: podría erotizar a Fernando, porque con su presencia yo me erotizaba a mí misma, me sentía hermosa y deseada. Me imaginé seductora, con ganas de enseñar todo mi cuerpo y no ocultar nada. Mis ojos, de normal soñadores y de color avellana, parecían brillar como aquellas estrellas que intuí junto a él, a mi siete años. Estaba tan loca de deseo, mi confianza total y sensación de gozoso abandono, que me sentí un mantel desplegado. Lo que viví —y rememoro desde entonces— no lo puedo condensar en palabras. Sólo me arrepiento de no haberme quedado preñada para poder traer al mundo el niño más hermoso. No había mantenido relación sexual de penetración nunca antes. Perdí (o gané, pues me sentía pura) mi virginidad con el amor de mi vida, aquella noche deliciosamente lluviosa de entrado otoño. Mi excitación era tal que el molesto dolor de hacerlo por primera vez me prolongó el placer y aguanté sin explotar. No tenía nada que ver con los orgasmos que había descubierto al acariciar mis clítoris —aunque siempre pensaba en él— y que me producían espasmos vaginales, más bien mecánicos. Lo que yo viví aquella noche era mucho más prolongado, como olas secas de placer contenido, y, al final, irrumpió en la explosión y expulsión de un líquido caliente, que vino a mezclarse con el esperma de un Fernando incapaz de controlarse más.


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