domingo, septiembre 24, 2006

Trama 11 – Metamorfosis (1/2)

¿Cómo explicar mi existencia escindida? Siento que dentro de mí habitan dos bestias feroces que quieren acabar conmigo y se apoderan de mi personalidad: no soy capaz de controlarlas.

Podría decir al mundo —como quieren mi psiquiatra y mi propia madre— que sufro una enfermedad que afecta a diversos sistemas de mi cuerpo, como el sistema límbico y el tiroides. A veces me ha dado problemas, como, por ejemplo, insomnio, nerviosismo e inquietud. Hasta tuvieron que hospitalizarme en alguna ocasión. En otros momentos, esta enfermedad me quita toda la fuerza y me hace sentir tremendamente fatigado y con molestias físicas. Afortunadamente estoy tomando unas medicaciones que me ayudan mucho y que me ayudarán a mejorar más, cuando me controlen algunos pequeños efectos secundarios.

Sin embargo, lo que siento es rabia, deseo loco de gritar a todos que soy un loco y que en ocasiones mi locura me hace perder el control de mis emociones. Me tienen que encerrar en un hospital, porque me pongo por las nubes y, cuando me siento deprimido, con la angustia que se apodera de mí, he intentado suicidarme. Las cicatrices de mis venas cortadas no engañan. Con las pastillas parecen que mejoran los síntomas, pero sé que me estoy convirtiendo en un “drogata”.

Mi psiquiatra intenta explicarme lo que denomina como “trastornos bipolar”, que me hace perder el control sobre mis estados de ánimo, en oscilaciones bruscas desde la euforia patológica a la depresión. Me intenta consolar haciendo propaganda de las pastillas, que van a controlar mi enfermedad crónica y recurrente. Sé que es absurdo eso, pero me intenta vender una salida al laberinto enmarañado de dentro de mí, en que habitan dos terribles minotauros que propinan cornadas desgarradoras. Tal vez ni la salida sea la solución: sólo me conformaría con aprender a encontrar la salida yo solo.

Mi madre es psicóloga, con influencias heterogéneas, que la han llevado desde el psicoanálisis más ortodoxo a una concepción gestaltista de que la mente funciona como un todo, y le seduce también la escuela de psicología humanista, con su chorrada de la “autorrealización”, que me repite hasta la saciedad siempre que puede. Sé que su primer objetivo de estudios fue licenciarse en psicología y especializarse en psicología clínica, para el diagnóstico y la terapia de los trastornos emotivos y de conducta. Por una ironía del destino quiso éste que su hijo sea un enfermo mental; pero ella se dedicó a eclécticos cursos y cursillos —y muchas lecturas autodidactas— fuera de España.

Mi madre creo que se enamoró perdidamente de mi psiquiatra, el joven investigador del mismísimo Stanley Research Centre. Hasta mi padre parece tener celos. De entrada ella, que siempre hubiera pensado en factores psicológicos, se creyó la teoría de que la causa de mi enfermedad era biológica, con todo aquel discurso del sistema límbico y la entelequia de los neurotransmisores.

Pero yo sé que hubo un desencadenante de esta situación bifronte: la muerte de Claudia.

Recuerdo su penúltimo correo electrónico:

«[…] Tengo un deseo loco de que entres de nuevo en mi casa, cuando mis padres se vayan el fin de semana. Sentiré cómo me besas desesperadamente, recorriendo con tus manos, debajo de la ropa, mi cuerpo. Y yo te apretaré con fuerza, resbalando mis manos hasta tu carne dura de pasión. Quiero que conduzcas mis dedos para que te la sienta rígida dentro de tus calzoncillos inconfundiblemente abultados. Entonces de nuevo nos quitaremos la ropa y me restregaré por detrás con tu sexo, mientras me agarras de espaldas. Me giraré y me chuparás los pezones hasta hacerme poner los ojos en blanco. Te dejaré que me introduzcas los dedos en mi vagina, que chorreará húmeda de ganas. Te bajaré con fuerza la cabeza para que me chupes el clítoris dulcemente. Siempre llego al orgasmo con tus labios y tu lengua “torturándome” tan levemente mi botón hinchado de sangre. De nuevo, no aguantaré tanto placer y querré chuparte golosamente hasta que te pida que me penetres como dos animales en celo. Cuando no resistas más, te correrás en mí sintiendo tu líquido inundarme, y descansaremos juntos, empapaos de sudor, entre besos […]»

El último correo era para avisarme que la iban a ingresar, porque unos análisis de sangre habían salido alterados. Y se desencadenó la tragedia: un cáncer galopante se fue apoderando de ella y en tres agónicos meses se me fue para siempre.

Mi madre nunca sabrá nada de mi desgracia. La familia de Claudia no me permitió ni que la visitara. Siempre me vieron como extraño y me obligaron a abandonar el hospital, porque yo era el culpable de que ella cortase con su novio abogado de toda la vida, con quien iba a casarse al acabar ella la Facultad.