martes, abril 10, 2007

Trama 8 – Rivalidad (4/4)

Y sucedió el accidente. Unos de los trabajadores de la cantera Serafina había bautizado al “ingeniero” Lorenzo Soler Vila con el premonitorio mote de “Sargantana”, por su manía de esconderse entre las piedras, con una actitud temeraria, ya que la pedrera tenía su vida propia y había que tenerle más respeto, porque se le estaba robando lo que la Naturaleza había creado. Él había sido contratado para el método de explotación llamado per rampell i enderroc, cuando no eran viables o económicamente interesantes los otros métodos: a cel obert, per galeries subterrànies o per pous. El método primero era el que más se utilizaba en las canteras de Fomentos de Obras y Construcciones en la montaña de Montjuïc y consistía en perforar en la parte inferior y con una altura de 1,80 m una serie de galerías o pilares para que, al faltar la base, toda la masa superior se fuera desprendiendo de la roca madre y, con ayuda de explosivos, se ganaba tiempo y se rompía en mil pedazos el material extraído, lo que evitaba el trabajo forzado de los empleados con la misión de hacer menores los fragmentos de roca mediante tascons, pins, maces, martells, trinxants, buixardes… Llorenç/Lorenzo no hacía caso ni al geólogo, un ex ingeniero del ejército, del cuerpo de Topógrafos, cuando éste le recordaba que no podía acceder dentro de las galería o pilares excavados, porque sin explosivos también eran frecuentes los desprendimientos de materiales. Y sucedió. Después de un fin de semana de lluvias, Llorenç quiso inspeccionar los puntos más frágiles de unas galerías para la dinamita posterior. Todo fue cuestión de segundos. Sargantana percibió instintivamente un pequeño temblor de tierras que hizo que buscase la salida al exterior. Se arrojó por los suelos a la desesperada, pero su brazo izquierdo quedó cubierto de un montón de piedras. Un grupo de picapedreros encontró al ingeniero en estado de inconsciencia. Cuando Pepeta recibió la noticia, la mujer buscó ayuda en el matrimonio amigo. Jaume se presentó en el Clínic, aunque la herida evolucionó negativamente: el brazo comenzaba un proceso de gangrena y la única opción era amputar la extremidad.

La convalecencia se realizó en la casa de los Giralt Juyent aprovechando una de las habitaciones de invitados del edificio de la farmacia. Pepeta accedió a que su marido lo desplazasen allá, porque después de abandonar su lucha revolucionaria anarcosindicalista no quería renunciar a su trabajo ni pretendía abandonar su labor cultural de alfabetizar adultos en el Ateneo, pero alguien tendría que atender a su esposo. Ena pasó a ser la abnegada enfermera de las mañanas, con una diligencia encomiable. Cuando Llorenç estaba en fase de verdadera recuperación, excitada por aquel muñón de carne cicatrizada, excitó otro miembro que se hizo duro y, a horcajadas, desafiando todos las normas de precaución, decencia y fidelidad a su marido, penetró/fue penetrada por aquel garañón. Estaban hechos el uno para el otro, semental y yegua en celo. Una pasión animal, de músculos tensos, despertó entre ambos y los encuentros amatorios se fueron sucediendo con la única discreción de que Ena intentaba ahogar los gemidos de placer y rabia contenida mordiendo una toalla, al límite de mantener el aliento, sabedora de que Jaume se encontraba dos plantas más abajo despachando remedios a una larga fila de clientes. Éste intuyó la infidelidad de su esposa indirectamente, al percatarse de un repentino furor sexual de su esposa que le volvía a pedir todos las días al acostarse juntos que hicieran el amor (si a aquel deseo febril se le podía llamar amor), y especialmente cuando, pasado un mes y medio, una Ena exultante en su belleza felina comunicó que estaba embarazada.

Una tarde Pepeta regresó antes del trabajo. Llorenç había marchado a solucionar unos papeles de la pensión que le quedaría de Fomentos de Obras y Construcciones. Ena, por su parte, estaba con su madre, recorriendo las tiendas de la Carretera de Sants, con la intención de ir preparando el nacimiento de su primer hijo. Esa tarde Jaume coincidió a solas con Pepeta en la cocina de casa. Se armó del coraje suficiente para estampar sus manos en forma de garras en los senos llenos, redondos, abultados de la mujer de Llorenç. Ésta reaccionó con rabia, con insultos que había oído a otros y le salió en castellano:

—¿Qué haces, cabrón, cornudo? —le soltó a modo de rechazo.
Tu també en tens de banyes i ben grosses. I tu et dius anarquista? Tu tens amo i sempre en tindràs.
L’únic orgull que pot tenir un pobre és no prostituir-se —lanzó Pepeta a modo de sentencia, y la escena, tensa, dramática, se saldó con un pacto implícito de silencio.

Preparando su venganza, Jaume propuso a Llorenç que, ahora que dejaba las canteras y recibía una pensión holgada de Fomento, aceptase trabajar con él (bien podía agenciarse un aprendiz) en el negocio de hierbas. Jaume confesó (algo que ya sabía Llorenç desde la época del padre Sebastián) la fascinación que le despertaban las hierbas y raíces y lo útil que eran para sus preparados; pero que él como farmacéutico debía preservar su prestigio científico y no confundirse con un simple herbolari. Lo que pretendía que fuese un motivo de afrenta para Llorenç, acabó convirtiéndose en un próspero negocio. Con el aura de ser manco del brazo izquierdo, aunque su porte marcial y aristocrático no disminuyese en nada, ayudado de un chiquillo, vivo como el hambre (que además muchas mujeres confundían con su hijo), Llorenç iba ganándose la confianza de las personas del barrio, en especial de la mujeres mayores, al acusar a los farmacéuticos de estar compinchados con los médicos para engañar a los pacientes, robándoles el dinero, con fórmulas inocuas o malignas de nombres raros. A Jaume le hubiera gustado defenderse, pero no podía; de entrada, porque estaba convencido más que nadie en el poder curativo (y también destructivo) de las plantas y, en segundo lugar, porque su farmacia le iba tan bien que no importaba si algún paciente buscaba otras soluciones en manos de curanderos o herboristas sin escrúpulos que fomentaban la superstición y en el mejor de los casos “remedios de abuela” sin ningún valor científico. El negocio de hierbas fue un éxito, no necesitaban ni abrir una tienda: bastaba un carrito repleto de hierbas, tirado entre Llorenç y el chico pequeño. Después de unas horas de venta ambulante, el carro, que salía del laboratorio y almacén de la calle Valladolid nº 16, con género exclusivamente extraído de la montaña de la ciudad, la de Montjuïc, con la colaboración fiel de personas que recolectaban plantas a un precio ridículo en comparación al valor a que se vendían; pues bien, ese carro regresaba vacío. Llorenç había recuperado algunas expresiones de otras épocas y que él pregonaba sin ningún tipo de vergüenza: «Malves, malví, romaní…», «Plantatge, sàlvia i orenga…», «Herbetes de Montserrat…». Todo esto sin olvidar la Fira de Sant Ponç, celebrada el día 11 de mayo, en que el público arrasaba con todas las existencias.

La venganza de Jaume se postergó al nacimiento del hijo. Sorprendentemente, Jaume vio en aquella criatura el rostro de su padre, fallecido apenas unos meses atrás. Quien sí podía ver (de no tener una ceguera tan avanzada) a su nieto (aunque no de sangre, porque ésos también se los había dado su hermano Enric) era su madre, Eugènia Barrull. Nadie se percató de la ironía de que el niño se llamase Eugeni: todos vieron un homenaje de amor filial, hacia aquella mujer de frágil salud de hierro.

Seguían viviendo los cuatro bajo el mismo techo, quizás por la inercia de la costumbre ahora sellada por los negocios comunes de los dos amigos de infancia, y porque Pepeta, después de superar la desagradable situación del acoso inequívoco de Jaume, no estaba dispuesta a volver a cargarse sola con las tareas domésticas de una casa. Su realización personal eran sus clases algunas tarde y el trabajo, en verdad muchas veces repetitivo, pero en definitiva un trabajo y la oportunidad de liberarse del esclavismo y del sexismo de los quehaceres de un piso.

La venganza llegó en el momento que tenía que llegar. Aprovechando que Llorenç cayó enfermo de un simple constipado con febrícula, Jaume llamó rápidamente a su amigo Luis Castán y, asumiendo todos los honorarios del doctor, fue dándole unas infusiones que curiosamente coincidieron con la gravedad de la enfermedad: lo que empezó como un simple catarro fue complicándose en una neumonía y, en menos de dos semanas, en una insuficiencia respiratoria y parada cardiaca. La principal coartada de Jaume, cuando el propio Llorenç asoció la medicina con su empeoramiento general, es que el primero ofreció a su paciente la tisana y el farmacéutico no tuvo inconveniente de beber también de la misma tetera. Acusar a alguien de asesinato es una decisión seria y que exige prudencia y pruebas; no obstante, podemos pensar que alguien aficionado al mundo de los venenos siempre puede tener acceso a antídotos o a seguir un método homeópata.

A raíz de la muerte del marido, súbita e inexplicable, Pepeta decidió abandonar aquella casa de la calle del farmacéutico y esposa, y buscó un piso modesto, pequeño, aunque en el mismo barrio de Sants. No llegó a vestir de luto, porque toda la pena y negra tristeza penetraron en su interior. Continuó con sus clases y pegando sobres, mientras podía hacer volar la imaginación y los recuerdos.

Con la excusa de invitar a Pepeta a que los acompañase, a él y a Ena, a la verbena de la fiesta mayor y que pudiese admirar la decoración de la calle Valladolid, Jaume, solo, se presentó en la casa de la viuda de Llorenç Soler. Corría el año de 1935 y hacía cinco meses que el marido de Pepeta había fallecido. Olvidando todo lo negativo del pasado, la mujer sentía ahora una gratitud infinita por aquel amigo de su esposo, por ayudarlo hasta el último momento de su vida y por hacerse cargo de todos los gastos del prestigioso médico del Eixample y de todo el entierro. La conversación derivó en declaración apasionada por parte de Jaume: «que sempre t’he estimat, des del primer dia que et vaig veure; que en Llorenç se’m va avançar, perquè jo sóc més tímid i cagadubtes; que sempre t’estimaré; que si vols deixo l’Ena i l’Eugeni i comencem de nou…»

Estas palabras despertaron en Pepeta un deseo sano de vivir la vida, de liberarse de sus remordimientos morales e incluso sociales, porque un hombre enamorado no importa que sea rico o pobre, señor o esclavo.

Fes-me l’amor, fes-me que torni a sentir vida.

Dentro de la poca vitalidad que caracterizaba a Jaume en la cama, éste copuló con bastante empeño, excitado por aquella orondez de formas. Como un perro copula con una perra, colocó a Pepeta de cuatro patas y la penetró por detrás agarrando con fuerza aquellos pechos que no cabían en sus manos.

Después del acto, los improvisados amantes se dedicaron una sonrisa y miradas de agradecimiento.

Cuando Jaume bajaba las escaleras de aquel edificio, supo con certeza absoluta que nunca volvería a ver a aquella mujer. Desilusionado por haber matado un sueño que le había acompañado toda su vida, porque para matar a un sueño basta hacerlo realidad, Jaume tuvo el pensamiento de comparar a Ena con Pepeta: acostumbrado a las líneas y músculos de su esposa, a Pepeta las curvas y carne le quitaban nervio y la hacían excesivamente fofa para su gusto.