martes, abril 10, 2007

Trama 8 – Rivalidad (2/4)

Llorenç regaló a su “prometida” el mejor jilguero, el que alegraba la casa de sus padres con un vigor de incansable cortejador. Pepeta empezó a sospechar que el senyoret Jaume ponía mucho interés en aquella cadernera y observó que alguien colocaba unos manojos de perejil. Un día, el pajarillo amaneció sin vida, más frío y tieso que la escarcha que campaba afuera.

Después, llegó la hora de que los amigos tuvieran que separarse definitivamente. La inquietud científica del hereu Jaume lo impulsó a los estudios de química y de su conexión con la vida. Estudió bachillerato en Lleida capital, porque su sueño era estudiar medicina en la Facultad de Madrid. Conocía los trabajos y éxitos de D. Santiago Ramón y Cajal, en su cátedra de Histología e Histoquímica Normal y Anatomía Patológica de la Universidad Central de la capital de España, antes de centrarse más en su Instituto de Neurobiología. También conocía que un brillante científico, Juan Negrín, ocupaba la cátedra de fisiología y el joven estudiante de provincias soñaba con que fuera su maestro y le introdujera en el apasionante mundo de la bioquímica.

La firme decisión de Jaume Giralt ocasionó el disgusto y desilusión de su padre, que había pensado para su hijo en una carrera de abogacía que le permitiera el salto a la política y a la defensa y ampliación de bienes de la familia. No obstante, era tanta la convicción del primogénito que su padre tuvo que acabar aceptándolo, no sin antes consolarse con la idea de que el fadristern, Enric Giralt Barrull, cumpliría sus ansiados deseos.

Llorenç, por su parte, había desarrollado una acusada conciencia social, que alguien podría catalogar de desagradecimiento hacia sus benefactores: “Abans de ser un esclau com els meus pares, jo m’estimo més ser rabassaire... a meitat, a terços o a quarts, tant se me’n fot!”, gritaba constantemente a modo de bravata. Tenía asumido que le reservaban que se dedicase a las tierras y negocios de lo Padrí, pero éste último se desmarcó del cometido para el joven y le propuso al muchacho que siguiera estudiando, lo que liberó al impulsivo primogénito de los Soler Vila a tener que rebelarse.

Padrí, de debò voleu pagar-me els estudis?... Jo vull fer carrera militar.

Con 15 años, Llorenç fue aceptado como cadete en la Academia de Ingenieros de Guadalajara. Pronto se percata que donde más puede tener futuro era en los negocios de una compañía, la Unión de Española de Explosivos, fundada por un tal Alfred Nobel en 1872 y que monopolizaba los avances tecnológicos de la Artillería. Por ello, se especializa en la Sección de Explosivos y acaba, como teniente, destinado a Sevilla. Después de varios destinos, con la participación activa en los hechos de Annual, de donde salvó de milagro su vida, con el recuerdo de heridas cicatrizadas en el cuerpo y en el alma, y la rabia y desengaño de aquella absurda guerra; pues bien, después de esto y una larga convalecencia fue premiado (ascendió a teniente coronel) con un destino más cerca de casa: la capitanía general de Barcelona, bajo el mando de Miguel Primo de Rivera, un año antes de su golpe de estado. Atrincherado en el destacamento del Castillo de Montjuïc, a pesar de disfrutar, si hubiera querido, de un soldado asistente para él las veinticuatro horas, el joven teniente coronel Lorenzo Soler Vila no pudo soportar cumplir órdenes de represión contra el pueblo. Sus ideas socialistas, más intelectualizadas que revolucionarias, chocaban brutalmente con las ideas y actuaciones de sus superiores, y por este motivo decidió abandonar el ejército. El amor que sentía hacia Pepeta Deulofeu no era una excusa, sino un rescate, una nota de certidumbre, una agarradera en aquella situación que se le desmoronaba encima. Al casarse con su primer amor, un amor juvenil hecho de gestos tiernos y de una firme promesa, recuperaba él unas coordenadas y un sentido a su vida. Su instinto práctico le llevó a buscarse el sustento de la nueva familia en lo que había aprendido de su juventud militar: el conocimiento de explosivos. A través de la Comandancia de Ingenieros obtuvo un contrato como responsable de esta área en las canteras explotadas por la sociedad Fomento de Obras y Construcciones, especialmente por los contactos que aún mantenía con la Unión Española de Explosivos. Quiso la ironía del destino que los lugares en que paseaba al disfrutar de algún día de permiso (él, que encontraba fósiles como murex torulariosus o turritella proto-rotifera en las fallas sedimentarias, que confirmaban que la montaña había estado antiguamente debajo del mar) acabasen siendo familiares: Font Trobada, Santa Madrona, Font del Gat, Ballarona, Urbina, Serafina, Mabre, Mata Gats… Con esta actividad laboral, la pareja encontró tranquilidad económica y una casa barata en el barrio de Sants, aunque luego con la Exposición del 1929 se dispararían los precios.

La primera noche que los cuerpos desnudos de Pepeta y Llorenç se encontraron, estalló un espectáculo pirotécnico de luces y gemidos de placer. Llorenç, acostumbrado a servicios de prostitutas durante su carrera militar, casi no podía imaginar como real aquel cuerpo tibio, con olor a pan recién sacado del horno, esplendoroso en formas y rotundas redondeces. La débil imagen que le había acompañado a lo largo de años, una imagen preñada de sueños y futuro, por fin tomaba cuerpo en aquel cuerpo de dureza blanda y suave. Pepeta, por su parte, ofrecía gozosa y ufana su virginidad, la física y especialmente la mental, a aquel que era el amor de su vida: aumentó su deseo y excitación al reseguir con sus manos las cicatrices de su marido, recién estrenado. El matrimonio realizó un viaje de bodas a Madrid, Toledo y Aranjuez. Después de hoteles de bastante lujo, en la última parada de su pequeño periplo pernoctaron en una fonda modesta, en una habitación grande, muy baja de techo y con un balcón que daba a la calle, pero tan a la altura de los transeúntes que vieron peligrar su intimidad amatoria. Estaban dispuestos a marchar, pero lo avanzado del día y un cuadro hicieron desistir a la pareja.

—¿Conocen este estilo de pintura? Es de un catalán como ustedes, Rusiñol, ya se lo presentaré en la cena.

De vuelta a Barcelona, pasaron por Les Borges Blanques. Visitaron a los padres e hicieron el amor en la casa de Lo Padrí, en la habitación de invitados, como señores, un regalo más de los generosos Giralt hacia el ahijado, a pesar de que Doña Eugènia perdía a su mejor sirvienta y dónde encontrar una sustituta como lectora, para llenar las horas largas de una ceguera progresiva e irreversible. Sin embargo, Jaume no estaba y quien realmente mandaba en Can Montanyà era Enric, el segundo de los Giralt Barrull, quien también en vano había pretendido añadir a Pepeta Delofeu a su lista de conquista de alcoba.

Jaume no estaba en la casa pairal, pero ya en esas fechas, 1926, ultimaba los trámites para el regreso definitivo de su aventura peninsular meseteña. La fascinación primera por la Residencia de Estudiantes, donde conoció interesantes personajes y un amor en forma de becaria alemana que frecuentó fugazmente la capital del Reino; la ilusión por las clases de fisiología y haber sido aceptado por Negrín en las prácticas de laboratorio, después de una selección dura y de demostrar que resultaban útiles los conocimientos de alemán imbuidos por la relación con Helga y un arduo estudio y lecturas… dejaron paso a una desilusión sin precedentes, al comprobar lo arbitrario del maestro a la hora de escoger sus verdaderos discípulos y la preocupación convulsiva del profesor canario por la juerga nocturna madrileña, su gula y afición desmesurada por la bebida, así como percatarse que en las oposiciones de cátedras actuaba parcialmente beneficiando a candidatos de quien podía obtener retribución en forma de favores políticos y económicos. El hastío y la depresión se apoderaron de un desorientado Jaume, quien en un momento de extraña racionalidad decidió reconvertir su antigua pasión por la bioquímica (más específicamente por la incipiente biología molecular) en estudios de farmacia, que siempre tendrían una posible salida profesional digna y que de alguna manera le permitían abordar las sustancias químicas en los organismos vivos.

No obstante, hubo un tiempo en que todavía vivía el espejismo e ilusión de la novedad de haber aterrizado en Madrid, obnubilado por una Residencia con un laboratorio de Fisiología. Un día, en ese mismo lugar, en un descanso de una práctica de síntesis de colesterol de cálculos hepáticos, cayó en la tentación de un adolescente delante de su primer microscopio y se puso a analizar su líquido seminal. Quiso confirmar sus sospechas con el veredicto de su compañero y amigo, Luis Castán, de Zaragoza:

—¿Ves lo que estoy viendo?
—Lo siento. Parece de manual: concentración baja de espermatozoides con escasa vitalidad: esterilidad en un 98 %.

Y ese secreto lo guardó para el resto de sus días.

A punto de acabar la carrera de Medicina, abandonó Madrid y regresó a Lleida capital para matricularse en la Facultad de Farmacia, con la posibilidad de convalidar bastantes asignaturas. Se enteró de la boda de Pepeta y Jaume unos meses antes de licenciarse y el conocimiento de que la pareja se instalaba en Barcelona le reafirmó en una decisión meditada, a raíz del consejo de su compañero Luis Castán, que sí había acabado la carrera en Madrid, pero que, sin voluntad de perpetuarse en la docencia o investigación universitarias, optó por instalar un consultorio en el Eixample barcelonés. Fue el propio Castán quien le propuso lo que entendía como negocio del futuro: que montase una farmacia en Barcelona. En una carta afectuosa, el médico zaragozano le instaba a que traspasase una farmacia, en pleno funcionamiento, “en un barrio modesto, Sans , pero te juro que la Farmacia Forns y Plana, de la calle Valladolid, 8, por 6.000 pesetas es un negocio que no te lo puedes perder”.

Pare, cal que em doneu 1.200 duros. Jo no serveixo per a les terres. Enric fará això molt bé i no us en penedireu. Em quedo una farmacia i us torno els diners, quan podré.
Queda-te’ls, són teus; però mai em demanis res més, porque has deixat de ser l’hereu —sentenció el patriarca de los Giralt.

Los 24.000 reales, la herencia en vida de Jaume Giralt, costearon la compra-traspaso de la farmacia, en los bajos del edificio, una farmacia perfectamente surtida con sustancias contenidas en tarros decorados de rótulos latinos caligráficos y de cerámica del siglo anterior que atiborraban las estanterías del suelo al alto techo; así como las dos plantas más del número 8 de la calle para residencia. En la transacción de compraventa también se incluía un sótano de cuatro casas más adentro de la calle, en el nº 16, y que se hacía servir a modo de almacén. Allí Jaume se hizo construir un modesto pero completo laboratorio, con microscopio alemán e infinidad de redomas, crisoles y tubos de ensayo. Al poco tiempo, el negocio se mostró próspero, en parte por la fama de sabio de Jaume, quien pasaba tardes enteras encerrado en su improvisado laboratorio. La fama atrajo clientes incluso de otros barrios de Barcelona y el respeto de numerosos médicos de la ciudad, aunque en su inicio sólo contase con la recomendación incondicional de su amigo Castán. Era verdad que la buena fe de Jaume siempre pretendía ayudar a los pacientes, que venían atraídos como si de un santo (o un demonio) se tratara. De hecho, de poco servía contratar ayudantes, porque las personas hacían filas interminables para recibir el consejo exclusivamente de aquella eminencia científica. Nadie hubiera imaginado que todos los esfuerzos en las tardes de Jaume se centraban en destilar alcaloides (incluso psicotrópicos), glucosidos, taninos, oxolatos, fotocoumarinas, aceites esenciales, saponinas… sustancias altamente tóxicas, capaces de sanar en las dosis precisas, pero también capaces de producir muertes instantáneas.

A los dos años, amortizada la inversión y saldadas las deudas que pudieran haber surgido, el carácter huraño de científico obsesionado por sus descubrimientos dejó paso a una preocupación política y de sociedad sin precedentes: se afilió a Esquerra Republicana de Catalunya y frecuentó constantemente la sede del partido del distrito IV. A modo de casino, consumía bebidas poco alcohólicas, jugaba al ajedrez y recibía algún curso de lengua catalana, según la nueva normativa. Jaume, a Pompeu Fabra, lo admiraba con locura, por lo racional de su propuesta. En la práctica, el deje de su catalán occidental fue desapareciendo y acabó por reproducir con maestría las vocales neutras. De hecho, la culminación social y adaptación a la burguesía del barrio por parte de Jaume sobrevinieron al marcar el enlace matrimonial con la señorita Helena Junyent, más conocida cariñosamente como Ena. Jaume se quedó prendado de Ena, al verla jugar baloncesto contra el Club Femení de Básquetbol Institució Montserrat y ella era la que más pelotas robaba al equipo contrario, más rebotes atrapaba y más canastas realizó a lo largo de partido, con lo que su equipo la Unió Esportiva de Sants consiguió una cómoda victoria. Le impactó aquel físico fibroso y angulado, un tanto masculino, de poco pecho y escasas curvas, predominio de rectas y piernas largas de quitar el hipo. Después hubo otro encuentro fortuito en el envelat organizado por el partido. Ena derrochaba vitalidad y desparpajo, y tomó cariño a aquel hombre de casi treinta años, diez más que ella, que torpemente pretendía acercársele y mantener una mínima conversación. El efecto del cremat y de aquella música frenética de la orquesta Coopey Jazz, de Manresa, que reproducía los ritmos norteamericanos, llevó a la incipiente pareja a un clima de intimidad. De repente, la sonrisa de Ena competía con el ruido de fondo en frescura y sonoridad.

Per què rius?
No t’ho prenguis malament, però pensava que si tinguessim un fill podria sortir amb la teva intel·ligència i amb el meu físic: seria el nen més sabi i més maco del món —se justicaba Ena.
Aixo és tot un elogi i un convit, pero també pot passar que el nostre fill fos “menys” intel·ligent (com tu) i més lleig que un pecat (com jo) —mentía descaradamente Jaume, pues aquella joven era despierta y viva de inteligencia, mucho más que él, y él mismo sin ser un adonis no era en absoluto ningún adefesio, muy al contrario resultaba bastante agraciado, de cuerpo frágil pero rostro bonito.

Y empezaron a reír los dos. Y cuando Jaume quiso ser consciente, ya le había pedido que se casase con él, y ella, que tal vez empezó todo por un frívolo coqueteo, acabó aceptando la petición y citando al farmacéutico para presentarlo en familia.

A pesar de ser vecinos de barrio y seguirse la pista por pesquisas indirectas, Jaume y Llorenç evitaban encontrarse. Una vez Pepeta necesitó de unas medicinas recetadas y mandó a su marido a comprarlas, pero éste prefirió andar hasta la otra farmacia del barrio, la Mataplana, de Creu Roberta. El motivo de tantos recelos era las opciones políticas que representaban los dos amigos de infancia. Pepeta Delofeu, antes de casarse, había decidido que nunca iría a traer un hijo al mundo, en una firme resolución que nunca reveló a su marido. Mientras hubiese niños abandonados por su padres, entendía ella, que parir hijos propios era una debilidad burguesa. La ausencia de padres biológicos y su estancia en el convento de carmelitas le afirmaron en su decisión, que pudo llevar a la práctica conociendo su cuerpo y los ciclos menstruales, de bastante regularidad en ella, además de algunas plantas abortivas a que tuvo que recurrir cuando la Naturaleza venció la racionalidad humana de sus meticulosos cálculos de días fértiles. Además, el fundador de la Orden, Francisco Palau y Quer, que pasó un exilio de once años en Francia, había fomentado en su pueblo natal de Aitona, en la Orden Tercera por él fundada, la importancia de enseñar francés. Ese francés estudiado con las monjas carmelitas, junto a un castellano impecable, era lo que le permitió convertirse en la “lectora” de la pobre Eugènia Barrull Raventós y también lo que le dio acceso a aquella biblioteca, que no censuraba ninguna obra a pesar de la preferencia de la señora de Giralt por los de ortodoxia católica, y le transportó a unos escritos de Mijail Bakunin. En Barcelona, siempre con el apoyo incondicional aunque de verlas venir por parte de Jaume, abrazó el credo libertario e incluso se cambió la identidad para borrar el estigma de “ésser que déu lo feu”, bastarda, expósita, huérfana, abandonada, y se hizo llamar Federica Gustavo, en homenaje a Frederica Montseny y a la madre de ésta, Soledad Gustavo, que en realidad era pseudónimo de Teresa Mañé. Económicamente el matrimonio no lo necesitaba, pero pidió a su esposo que la dejara trabajar en un taller del barrio declarado como artes gráficas, pero que nunca llegó a editar un libro, a lo máximo folletos publicitarios y material de papelería, en especial, sobres de cartas, que tenían que pegarse uno a uno después del troquelado y corte de guillotina. Se afilió a CNT en tiempos de Primo de Ribera. Llorenç, con la nueva identidad de Lorenzo, acompañaba a su esposa a las charlas y participaba como simpatizante, aunque siempre con miedo de entrar en la acción revolucionaria.