sábado, abril 21, 2007

Trama 6 – Venganza (1/2)

Cristian era un muchacho que, para etiquetarlo con un simple adjetivo, podríamos denominarlo como un profundo “espiritualista”. Desde siempre, mientras todos los muchachos de su edad solamente tenían cabeza para los deportes y las motocicletas, la única obsesión de Cristian se centró en la introspección de su alma, un espíritu sensible que sufría con el materialismo y ateísmo que le rodeaba. No sólo había llegado a la plena convicción de que él mismo constituía una difícil amalgama de cuerpo y alma, sino que en este dualismo era la parte espiritual la única real, incorruptible, imperecedera. A raíz de su frenética actividad de reflexión y autoconocimiento había forjado un ecléctico andamiaje de verdades religiosas, filosóficas y morales que guiaban su vida. A una base espiritista, despojada de rituales folclóricos como la invocación de almas penadas, había incrementado ideas sui generis de la inmortalidad del alma, basada incluso en supuestos cientificistas. Incluso en el campo de la ciencia, en que muchos acumulan racionamientos para abrazar el credo materialista, Cristian veía pruebas de que el alma habitaba en el código genético de las células: Dios existía en la VIDA; el ser humano está hecho a semejanza de Dios porque es parte de Él, porque en todo ser humano, atrapado en un cuerpo, vive un principio divino capaz de perpetuarse más allá de la muerte o liberación del espíritu. Entendía el universo bajo la inexorable ley de la tendencia al equilibrio, a la transformación y conservación de la Energía. Creía en esta ley del eterno equilibrio universal que en las culturas de Oriente llaman “karma” y que en la filosofía de occidente trata como “causa y efecto”, aunque él concebía este último concepto no como simple correlación de hechos cronológicamente sucesivos, sino como una relación necesaria de finalidad, prueba irrefutable del principio divino que impregnaba a todas las Cosas y Seres. Cristian por ejemplo distinguía inequívocamente entre “destino” y “predestinación”. La diferencia sutil no le dejaba el mínimo margen a la duda. Porque nuestra alma es en esencia de naturaleza divina, ésta posee la característica de libertad absoluta de elección, de forjarse un destino, lo que prueba su omnipotencia, que es la propia de Dios. Precisamente se está “predestinado” cuando el alma abandona su poder de elección. Si la persona crea su destino, no hay opción al victimismo. Una víctima es alguien que cree que la predestinación le ha jugado una mala pasada; no sé da cuenta de que el universo ha de volver a su posición de equilibrio. El bien que uno haga a los demás acabará volviendo sobre sí mismo y de igual manera sucede con el mal, porque el universo se está siempre reajustando constantemente para adaptar esta ley.

Con estas ideas, con la absoluta certeza de que un día iba a encontrar a su verdadera alma gemela, Cristian asistió a la conferencia de Juana R, doctora en literatura hispanoamericana. Nada más verla supo que ahí estaba el amor de su vida, el complemento perfecto, la unión de espíritus. Parecía que la técnica de sugestión en el sueño había dado sus frutos, técnica que él mismo había inventado y perfeccionado con constancia y esfuerzo de concentración mental. Todas las noches, al acostarse, pasaba indefectiblemente por estadios obligados: comenzaba mentalizándose en la necesidad de su alma gemela y de que su propia alma era merecedora de tan querido premio; luego, bajo la sugestión de que conseguiría su alma gemela por el poder del deseo, lo materializaba en un cuerpo (¡sí, era ella: Juana!), para, acto seguido, agotado por el esfuerzo, en sueño profundo, poder visualizar a su amada y vivir escenas de otras reencarnaciones anteriores o del futuro. Estaba saliendo con Tania, pero aquello no era magnetismo, apenas relación eléctrica de bienestar emocional y biológico. Ver y escuchar a la docta profesora resultaba para Cristian una sensación extraña, porque la convicción del reconocimiento y la de haber vivido ya aquellos instantes lo empujaban a una emoción de eufórico desasosiego. Intentó concentrarse en el discurso de aquella mujer de 52 años y, como la temática era un análisis riguroso de las ideas espiritistas en la obra Como agua para chocolate de la escritora mexicana Laura Esquivel, aún encontró mayores motivos para la coincidencia, aunque este término estaba excluido de su vocabulario mental: los hechos suceden porque así están escritos, especialmente aquéllos justos por los que el alma opta y ejerce su libertad de elección.

Ni por un minuto Cristian pensó en sus 19 años recién cumplidos, en la distancia académica que lo separaba de aquella consagrada doctora, de atractiva madurez, y él, un simple alumno de primero de filología hispánica. Al acabar el turno de preguntas y dar por concluida la conferencia, Cristian se precipitó con un juvenil ímpetu hacia la profesora de los últimos cursos de carrera y de doctorado.

—Necesito hablar contigo, ahora, sin falta.

Juana sintió una extraña atracción por aquel nervioso alumno. Ni ella misma supo cómo de pronto se encontraba cenando con un jovencito que le repetía fidedignamente los supuestos filosóficos de la novela que ella acaba de analizar en la conferencia impartida en la universidad, y además aportaba interesantes sugerencias para nuevas investigaciones.

El colmo de la irracionalidad fue la inconsciencia del paso del tiempo, como en una elipsis brusca de tiempo, y sentir su cuerpo desnudo acariciado por aquella piel joven. Como anécdota, recuerdó haber proferido estas palabras, a modo de vana excusa disuasoria:

—¡Pero si tienes la edad de mi hija menor! Mi otro hijo te lleva cinco años. ¡Qué locura!

Juana, con una vida intensa de amantes y en un matrimonio sexualmente activo, nunca en su existencia había sentido el placer que le proporcionaba aquel cuerpo delgaducho. Cristian, envuelto en una sensación de vértigo y borrachera de sentidos, revivía las escenas de sus sueños.

La noche se hizo corta, pero hubo otras noches, otros fantásticos encuentros; hasta el día que Juana decidió cortar con aquella temeraria relación que ponía en peligro su propio matrimonio y la anulaba como persona, totalmente dependiente de un Cristian, mitad hombre mitad crío: ella, que había tenido los amantes que había querido, que había sabido aprovecharse de ellos, de usarlos y tirarlos, de haberles sacado el jugo para su provecho con la complejidad de su marido, también adúltero, bajo la implícita política de guardar las formas y la discreción y desviar la mirada de lo que resultara desagradable ver.