Trama 6 – Venganza (2/2)

Un día Juana se armó de coraje para enviarle una despedida en formato de correo electrónico:
Cristian:
Tenemos que dejarlo. No podemos vivir más esta situación. Quiero liberarme de la carga de sentirme que te soy totalmente necesaria. Tú tienes una vida por hacer. La mía ya la he hecho. Lo hemos hablado muchas veces: eres más joven que mis hijos. Tú eres maravilloso, pero te mereces una mujer de tu edad, con quien puedas formar una familia y que te pueda dar hijos de tu sangre. Yo misma ya ni quiero y de aquí a unos años, muy pocos, ni podría. Quiero que no dependas de mí ni de nuestros encuentros semanales o de los correos diarios para caminar en tu vida. Creo que sería bonito que entre nosotros quede una bella amistad, pero sólo eso: sabes, sin embargo, que voy a ayudarte siempre en tus estudios de literatura. No quiero que tu vida dependa de mí (tampoco puedo soportar necesitarte). No debiste dejar a Tania. La vida cambia y tenemos que cambiar forzosamente. No me imagino el resto de mi vida junto a ti. Luego sería demasiado tarde. Con mi edad, no puedo perder lo que he ido construyendo a lo largo de años. No soy una jovencita para vivir de sueños y de un príncipe azul. A ti mismo un día los “fósforos” se te van a acabar o incluso yo no pueda encender las cerillas de tu pasión. Cuanto antes nos dejemos de ver va a ser mucho mejor. Tú mismo me dices que lo que sucedió ha sucedido porque tenía que pasar así, pero somos personas, yo mucho más vieja que tú, y quiero tener la oportunidad de escoger. Es duro para mí, pero ya he decidido mi futuro: quiero vivir con mi marido y mis dos hijos, aunque de aquí a poco sé que los chicos van a dejar la casa. Si algún día me aburro y veo que necesito algo extramatrimonial que me dé vida, ya habrá hombres dispuestos y no necesariamente, perdona, alguien como tú, a quien llevo más de veinte años y ahora le doblo en edad.
Yo voy a recordar cada encuentro nuestro como los instantes más felices de mi vida. No intentes hacerme cambiar de idea. No voy a volver atrás. Tú, que tuviste el valor de enamorarme, sé fuerte y vive tu vida, porque la vida continúa.
Si te sirve de algo, quiero que sepas que, en el caso de que realmente exista amor, el amor de mi vida has sido tú.
Un beso y una despedida:
Juana
Aquellas palabras lo herían de muerte. Sus impresiones de impotencia, dolor y postración dejaron paso a un sentimiento de rabia y deseo de justicia brutal.
Nunca había estado en aquel piso de lujo cercano a la zona universitaria. Juana observó a través de la mirilla de la puerta a un desencajado Cristian, que había logrado entrar y subir sin usar el portero electrónico, aprovechando que un vecino entraba en el edificio. Abrió la puerta y la cerró, tras dejar pasarlo pasar. Todo sucedió muy rápidamente. Cristian había robado a su madre el cuchillo más afilado de la cocina. El arma entraba y salía en el cuerpo de aquella mujer con una saña sin freno. Lo que más le dolía a Juana en aquel momento era la certera idea de una muerte tan absurda. Agotado de tantas cuchilladas, Cristian, con frialdad de mártir, se cortó las venas de la mano izquierda, cerró los ojos y aguantó estoicamente la agonía de su lenta muerte.
Fue el hijo de Juana quien descubrió aquella escena dantesca del cuerpo sin vida de su madre en un charco de sangre. A pocos metros, apoyado en la pared, un chico de su edad, el asesino, también estaba muerto. Si los pensamientos tuvieran el poder de plasmarse en los rostros humanos, hubiera podido leer el último de aquel hombre:
—Perdona, Juana, tenemos que encontramos en otra reencarnación, quizás la próxima.
Cristian:
Tenemos que dejarlo. No podemos vivir más esta situación. Quiero liberarme de la carga de sentirme que te soy totalmente necesaria. Tú tienes una vida por hacer. La mía ya la he hecho. Lo hemos hablado muchas veces: eres más joven que mis hijos. Tú eres maravilloso, pero te mereces una mujer de tu edad, con quien puedas formar una familia y que te pueda dar hijos de tu sangre. Yo misma ya ni quiero y de aquí a unos años, muy pocos, ni podría. Quiero que no dependas de mí ni de nuestros encuentros semanales o de los correos diarios para caminar en tu vida. Creo que sería bonito que entre nosotros quede una bella amistad, pero sólo eso: sabes, sin embargo, que voy a ayudarte siempre en tus estudios de literatura. No quiero que tu vida dependa de mí (tampoco puedo soportar necesitarte). No debiste dejar a Tania. La vida cambia y tenemos que cambiar forzosamente. No me imagino el resto de mi vida junto a ti. Luego sería demasiado tarde. Con mi edad, no puedo perder lo que he ido construyendo a lo largo de años. No soy una jovencita para vivir de sueños y de un príncipe azul. A ti mismo un día los “fósforos” se te van a acabar o incluso yo no pueda encender las cerillas de tu pasión. Cuanto antes nos dejemos de ver va a ser mucho mejor. Tú mismo me dices que lo que sucedió ha sucedido porque tenía que pasar así, pero somos personas, yo mucho más vieja que tú, y quiero tener la oportunidad de escoger. Es duro para mí, pero ya he decidido mi futuro: quiero vivir con mi marido y mis dos hijos, aunque de aquí a poco sé que los chicos van a dejar la casa. Si algún día me aburro y veo que necesito algo extramatrimonial que me dé vida, ya habrá hombres dispuestos y no necesariamente, perdona, alguien como tú, a quien llevo más de veinte años y ahora le doblo en edad.
Yo voy a recordar cada encuentro nuestro como los instantes más felices de mi vida. No intentes hacerme cambiar de idea. No voy a volver atrás. Tú, que tuviste el valor de enamorarme, sé fuerte y vive tu vida, porque la vida continúa.
Si te sirve de algo, quiero que sepas que, en el caso de que realmente exista amor, el amor de mi vida has sido tú.
Un beso y una despedida:
Juana
Aquellas palabras lo herían de muerte. Sus impresiones de impotencia, dolor y postración dejaron paso a un sentimiento de rabia y deseo de justicia brutal.
Nunca había estado en aquel piso de lujo cercano a la zona universitaria. Juana observó a través de la mirilla de la puerta a un desencajado Cristian, que había logrado entrar y subir sin usar el portero electrónico, aprovechando que un vecino entraba en el edificio. Abrió la puerta y la cerró, tras dejar pasarlo pasar. Todo sucedió muy rápidamente. Cristian había robado a su madre el cuchillo más afilado de la cocina. El arma entraba y salía en el cuerpo de aquella mujer con una saña sin freno. Lo que más le dolía a Juana en aquel momento era la certera idea de una muerte tan absurda. Agotado de tantas cuchilladas, Cristian, con frialdad de mártir, se cortó las venas de la mano izquierda, cerró los ojos y aguantó estoicamente la agonía de su lenta muerte.
Fue el hijo de Juana quien descubrió aquella escena dantesca del cuerpo sin vida de su madre en un charco de sangre. A pocos metros, apoyado en la pared, un chico de su edad, el asesino, también estaba muerto. Si los pensamientos tuvieran el poder de plasmarse en los rostros humanos, hubiera podido leer el último de aquel hombre:
—Perdona, Juana, tenemos que encontramos en otra reencarnación, quizás la próxima.


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