jueves, abril 12, 2007

Trama 7 – Enigma (1/2)

Los relatos de ciencia ficción se saldan con batallitas de terrestres y alienígenas. Para mí, sin embargo, la ciencia ocupa una presencia vital, manifiestamente real en mi existencia, en mi mundo. No necesito ensoñaciones fantásticas que me hagan volar la imaginación. Me pongo a redactar esta historia y percibo, además, que es la primera vez en que las ciencias —incluidas las exactas— me devuelven una sensación de vértigo, de caos, que hace tambalearse todas mis convicciones.

Estoy a punto de matricularme en primero de medicina y soy consciente de que esta elección, lejos de guiar una vocación arraigada en el tiempo, obedece al reflejo de unas circunstancias, de una coyuntura aleatoria. Mis dos grandes pasiones (confesables) son las matemáticas y la lectura. Las matemáticas actúan de refugio donde evado mis preocupaciones. El placer que experimento al resolver un problema, al probar un axioma o incluso al dar con el contraejemplo que lo refute sólo es contrastable para mí con la lectura de un buen libro, que me atrape, me zarandee y me abstraiga de la vacía realidad cotidiana.

Escogí en el bachillerato la opción de ciencias de la salud no tanto por la tradición familiar (mi padre es ginecólogo) sino porque a mi madre en esa fecha le detectaron una leucosis aguda. Conocer el fatal diagnóstico y decidir que iba a convertirme en el mejor hematólogo, para poderla ayudar, fue cuestión de segundos y esa elección todavía dirige mi presente.

No me dejaban donar sangre por la edad, pero fue tanto hablar de transfusiones y de pruebas para encontrar compatibilidades en el previsto transplante de médula ósea que me encontré con un dato que me produjo seria conmoción: comparar mi grupo sanguíneo con el de mis padres. De mis conocimientos de la ESO, sabía que la distribución de los grupos sanguíneos en la población humana no es uniforme. Mi grupo AB– resulta ser el más infrecuente. Pero, al comprobar que mi madre era A+ y que la combinación de mi padre era A–, un sudor frío se apoderó de mí. Sé que puede resultar absurdo dar importancia a la presencia o no de determinadas proteínas en los glóbulos rojos; pero aquello concernía a mis verdaderos orígenes. Confieso que lo que primero me llamó la atención fue el factor Rh, pero necesité repasar los apuntes y consultar libros de genética, para comprobar visualmente que existía una posibilidad combinatoria. Lo que no tenía vuelta de hoja, por más que dibujara flechitas de cruzamientos, era que mi madre fuera mi madre biológica. Lo de mi padre me despertó la consiguiente duda; pero es que yo soy una fotocopia de él: rasgos faciales, tamaño, peso y hasta una mancha en la espalda que tenemos todos los Sierra.

Tener esta certeza excitó mis recuerdos, como el de que cuando pequeño pensaba, en momentos de ingenuidad infantil y por pequeñas peleas con mi madre, que mi madre verdadera era otra. Y siempre me refugiaba en mi tía Laura, la tieta, la artista y bohemia de la familia. Un día, con 9 años, me escapé y logré llegar a su casa, y allí pasé la noche, acurrucado con ella, en su cama inmensa, de matrimonio.