Trama 8 – Rivalidad (1/4)
Nacieron casi con el siglo, el mismo mes, separados por un pequeño arroyuelo y la inconciliable linde —aunque a veces posible de franquear— entre ricos y pobres, amos y sirvientes.
Jaume Giralt Barrull, el hereu, aseguraba a sus progenitores la continuidad del apellido y de los bienes sabiamente amasados por el carácter emprendedor del fradistern o segundón Santiago Giralt Lamarca y por la herencia de su esposa, Eugènia Barrull Raventós, la finca Campanyà, de más de 3.200 hectáreas y otras propiedades menores. El comercio del aceite en Les Borges Blanques, y en toda la comarca de Les Garrigues, suponía un negocio en alza, que permitía diversificaciones del capital hacia la Hidroeléctrica del Segre y una pequeña fábrica de hilaturas.
Con un futuro menos provisorio vino al mundo Llorenç Soler Vila, hijo de los masovers de Can Campanyà. Las malas lenguas de la comarca, sin embargo, siempre quisieron ver en el niño los rasgos fisonómicos inequívocos de Santiago Giralt Lamarca. Si el vulgo barajaba dudas sobre la verdadera paternidad biológica del pequeño Llorenç, recibió la certeza definitiva de la infidelidad del rico Giralt (de quien se rumoreaba que había contraído matrimonio con la pubilla Eugènia, beata y la mujer más instruida del pueblo, sólo para incrementar su patrimonio y para lavar la afrenta de haber nacido el segundo) cuando éste decidió apadrinar al primogénito de los Soler Vila. Por este motivo, lo padrí de Llorenç no fue uno de sus abuelos, sino un generoso hacendado, quien, junto a la padrina Eugènia, le colmó de atenciones y de algo que podemos traducir como “cariño”, más allá de la relación fría que se presuponía hacia un simple hijo de sus empleados.
Los niños, Jaume y Llorenç, se criaron como hermanos: eran inseparables. El carácter soñador y el físico frágil y la salud enfermiza del pequeño Jaume —al parecer herencia de los Barrull— se complementaba a la perfección con el espíritu práctico, de aventurero con los pies en el suelo, y un vigor y una salud envidiables que siempre mostraba Llorenç. Las posesiones de los Can Campanyà pasaron a constituir el escenario de juegos e iniciación de los niños y después adolescentes; en especial, aquel arroyuelo de agua pura y cristalina que daba vida a la finca y separaba el Mas y Casa pairal de los Giralt de la modesta barraca de los abnegados masovers. En las ruinas de la torre árabe imaginaban audaces incursiones de “guerra”; entre los olivos y el febril molino de aceite jugaban a un laberíntico policia i lladre: Jaume siempre era el fugitivo, para que tuviese tiempo para esconderse, pero la mano implacable de la justicia, representada por Llorenç, lo apresaba indefectiblemente.
Cuando los dos fueron a los Jesuitas (porque Lo Padrí insistía en hacerse cargo también de los gastos escolares de Llorenç), el tiempo de juegos se fue acortando; pero, al crecer y aprender a leer, Jaume tuvo acceso a la rica biblioteca materna y entre los libros descubrió casi intuitivamente las teorías del origen de la Tierra y de la evolución de las especies. Fue el propio Jaume quien inculcó a Llorenç la pasión por la búsqueda de fósiles.
—Aqui on estem un dia va ser un oceà, per això trobem cargols, però de mar —intentó adoctrinar a Llorenç, que asistía a los argumentos prestando la máxima atención—. Això de Adan i Eva és una mentida dels hermanos. Tot ve de l’aigua…
La ingenuidad de Llorenç recibía constantes asaltos y su cómodo andamiaje de verdades infantiles se tambaleaba.
La pasión por las ciencias en general y por la genética en particular fue inculcada por el hermano Sebastián, un sacerdote metido a profesor de la Orden, aunque por afinidad íntima le hubiera ido mejor el hábito de monje franciscano; físicamente sus redondeados rasgos y la delicadeza de sus movimientos y de su pausado discurso se traducían en un evidente amaneramiento que despertó especial empatía en el jovencísimo Jaume, quien pasó a convertirse en el discípulo aventajado y en el principal suministrador de insectos y plantas que procedían de Can Campanyà. Con el hermano Sebastián aprendieron el sorprendente mundo de los genes dominantes y de las leyes de Mendel, aunque la Historia (en mayúsculas) todavía no había hecho justicia a las conclusiones extraídas de los experimentos de guisantes por parte del monje agustino hacía más de medio sigo antes y atribuía el mérito de las leyes fundamentales de la genética a un botánico holandés, De Vries, de quien se alimentaban las inquietudes de aquel improvisado equipo de investigación. Llorenç, quien siempre iba a remolque de Jaume en esta iniciación científica, acabó por aburrirse de tanta planta. Sin embargo, el hereu de los Giralt se obsesionó con la botánica el mismo día que descubrió lo fascinante del mundo vegetal, aunque no siempre consiguiera atraer la colaboración y entusiasmo del amigo. Sin llegar a hacer explícita, sólo como mera intuición, la que sería su posterior inclinación intelectual, la de las reacciones químicas y su relación con los procesos vitales, llegó a la conclusión de que en las plantas había componentes capaces de sanar o de enfermar: el tallo y las flores de la cicuta resultaban tan semejantes a los del perejil o del hinojo que la primera planta apenas se distingue de las otras por el color oscuro y el olor desagradable de las hojas, siendo un terrible veneno o sedante para calmar dolores persistentes e intratables. Toda la vida de Jaume estuvo marcada por el conocimiento, cuando era niño aún, de que lo que puede curar también puede matar fulminantemente, de que existe un límite difuso entre la medicina y el veneno, porque éste último quizá sea una cuestión de grado y de proporciones. La Naturaleza no engendra el mal, pero puede menguar el bien: aficionarse a las plantas venenosas, encerradas en la belleza de un jardín capricho de su madre, supuso al joven Jaume experimentar la contradicción del horror y del éxtasis ante la vida.
Lo que realmente atraía a Llorenç eran los animales. Y no los aburridos insectos, que satisfacían el espíritu taxonómico y coleccionista de un entomólogo avant la lettre padre Sebastián. Al muchacho lo que le despertaba la curiosidad eran los pájaros, reptiles y los animales mayores, aunque fueran de granja; es decir, la vida como un libro abierto, en forma de lucha de supervivencia. Llorenç robaba los huevos y polluelos de todos los nidos de las posesiones de Can Campanyà. Se aficionó a enjaular jilgueros machos por el simple placer de hurtar a la Naturaleza aquel canto armonioso, que quería para él solo. En los días de parva de la hectárea que su padre labraba para el trigo del gasto de todo el Mas, debajo del rastrojo descubría alacranes, que mataba él sin compasión. Cazaba vivos serpientes de agua, culebras, sapos y lagartos con la única intención de asustar a otros compañeros o incluso a incautos “hermanos”, que se encontraban con las más extrañas alimañas en los lugares menos insospechados. Descubrió, sin ayuda de libros o del hermano Sebastián, que la lagartija logra sobrevivir aunque le corten el rabo. Posteriormente, con la incipiente maduración sexual de ambos, Llorenç aficionó a Jaume a observar —a escondidas, durante las vacaciones y en los momentos en que el mayor de los Soler Vila lograba escaquearse de los compromisos de ayudar a los padres— a los animales en plenos actos de procreación. La atracción por el tamaño de aquellas vergas equinas en erección despertó, como algo natural, el interés por sus propios genitales, excitados. Los juegos de niños, los fósiles, las disquisiciones científicas dejaron paso a la actividad iniciática de fer-se un palla.
En una ocasión, en plena “turbación” manual, la mano libre de Jaume fue a parar a los genitales de un sorprendido Llorenç:
—Què fas, mariconàs?
—És que… la tens més grossa —intentó apuntar Jaume a modo de excusa.
El preludio de cierto distanciamiento sobrevino cuando Pepeta Delofeu entró a formar parte del servicio de los Giralt, por un capricho y caridad cristiana de la señora. Eugènia, que quiso rescatar a una pobre infeliz del Convento de las Carmelitas de Aitona. Abandonada con escasas horas de venir al mundo, las hermanas de la Orden Tercera de la Virgen del Carmen y Santa Teresa de Jesús habían aprimorado una exquisita y refinada educación para Josefa Delofeu (porque nada se sabía de sus verdaderos progenitores) con la esperanza de que se casase bajo el cobijo de una de las casas de las cuales se recibiese mayores aportaciones económicas o, en el peor de los casos, de que prosiguiese la vocación religiosa de ser esposa de Cristo. Con el tiempo, Pepeta pasaría a ser la sirvienta de confianza de Eugènia Barrull, la padrina de Llorenç, en especial porque, a resulta de una diabetes, la señora se iba quedando ciega y exigió a la muchacha que le leyese para ella los heterogéneos ejemplares de su nutrida biblioteca. La plenitud que apuntaba en sus esplendorosos 14 años, con ropas buenas, un corte de pelo con gracia y una pulcra higiene impensable en las austeras paredes del convento, pero sobre todo el porte, las buenas maneras y la simpatía que irradiaban en la bella Pepeta enamoraron a todos, características que no pasaban desapercibidas a nadie, puesto que la adolescente despertaba una atracción nada indiferente; pero fue Llorenç quien, menos tímido, se atrevió a festejar a la nueva chica de la casa. La joven, con las ideas claras y una educación cauta de no someterse a los caprichos y deseos lujuriosos de sus amos, también sintió una pasión hacia alguien más cercano a su condición social y tan ben plantat. El amor de Llorenç se encendió con fugaces besos robados en la mejilla de la muchacha, algún leve toque y roce de manos y una promesa firme de que, cuando fueran mayores, se casarían. Jaume llegó tarde y mal; en su torpeza sólo obtuvo un displicente rechazo:
—No, que aquest cos no serà mai per al senyoret, que ja en té d’amo.
Quiso la fortuna que los excesos juveniles del patriarca Santiago Giralt se tradujeran en una terribles purgaciones que postraron al cincuentón galán en una impotencia e inapetencia sexual extremas, lo que libertó a Pepeta de un desagradable acoso y preservó su virginidad, impensable de haber sido conservada en tiempos anteriores por un consuetudinario dret de cuixa casi aceptado como ley de derecho entre las personas de la comarca.
Jaume Giralt Barrull, el hereu, aseguraba a sus progenitores la continuidad del apellido y de los bienes sabiamente amasados por el carácter emprendedor del fradistern o segundón Santiago Giralt Lamarca y por la herencia de su esposa, Eugènia Barrull Raventós, la finca Campanyà, de más de 3.200 hectáreas y otras propiedades menores. El comercio del aceite en Les Borges Blanques, y en toda la comarca de Les Garrigues, suponía un negocio en alza, que permitía diversificaciones del capital hacia la Hidroeléctrica del Segre y una pequeña fábrica de hilaturas.
Con un futuro menos provisorio vino al mundo Llorenç Soler Vila, hijo de los masovers de Can Campanyà. Las malas lenguas de la comarca, sin embargo, siempre quisieron ver en el niño los rasgos fisonómicos inequívocos de Santiago Giralt Lamarca. Si el vulgo barajaba dudas sobre la verdadera paternidad biológica del pequeño Llorenç, recibió la certeza definitiva de la infidelidad del rico Giralt (de quien se rumoreaba que había contraído matrimonio con la pubilla Eugènia, beata y la mujer más instruida del pueblo, sólo para incrementar su patrimonio y para lavar la afrenta de haber nacido el segundo) cuando éste decidió apadrinar al primogénito de los Soler Vila. Por este motivo, lo padrí de Llorenç no fue uno de sus abuelos, sino un generoso hacendado, quien, junto a la padrina Eugènia, le colmó de atenciones y de algo que podemos traducir como “cariño”, más allá de la relación fría que se presuponía hacia un simple hijo de sus empleados.
Los niños, Jaume y Llorenç, se criaron como hermanos: eran inseparables. El carácter soñador y el físico frágil y la salud enfermiza del pequeño Jaume —al parecer herencia de los Barrull— se complementaba a la perfección con el espíritu práctico, de aventurero con los pies en el suelo, y un vigor y una salud envidiables que siempre mostraba Llorenç. Las posesiones de los Can Campanyà pasaron a constituir el escenario de juegos e iniciación de los niños y después adolescentes; en especial, aquel arroyuelo de agua pura y cristalina que daba vida a la finca y separaba el Mas y Casa pairal de los Giralt de la modesta barraca de los abnegados masovers. En las ruinas de la torre árabe imaginaban audaces incursiones de “guerra”; entre los olivos y el febril molino de aceite jugaban a un laberíntico policia i lladre: Jaume siempre era el fugitivo, para que tuviese tiempo para esconderse, pero la mano implacable de la justicia, representada por Llorenç, lo apresaba indefectiblemente.
Cuando los dos fueron a los Jesuitas (porque Lo Padrí insistía en hacerse cargo también de los gastos escolares de Llorenç), el tiempo de juegos se fue acortando; pero, al crecer y aprender a leer, Jaume tuvo acceso a la rica biblioteca materna y entre los libros descubrió casi intuitivamente las teorías del origen de la Tierra y de la evolución de las especies. Fue el propio Jaume quien inculcó a Llorenç la pasión por la búsqueda de fósiles.
—Aqui on estem un dia va ser un oceà, per això trobem cargols, però de mar —intentó adoctrinar a Llorenç, que asistía a los argumentos prestando la máxima atención—. Això de Adan i Eva és una mentida dels hermanos. Tot ve de l’aigua…
La ingenuidad de Llorenç recibía constantes asaltos y su cómodo andamiaje de verdades infantiles se tambaleaba.
La pasión por las ciencias en general y por la genética en particular fue inculcada por el hermano Sebastián, un sacerdote metido a profesor de la Orden, aunque por afinidad íntima le hubiera ido mejor el hábito de monje franciscano; físicamente sus redondeados rasgos y la delicadeza de sus movimientos y de su pausado discurso se traducían en un evidente amaneramiento que despertó especial empatía en el jovencísimo Jaume, quien pasó a convertirse en el discípulo aventajado y en el principal suministrador de insectos y plantas que procedían de Can Campanyà. Con el hermano Sebastián aprendieron el sorprendente mundo de los genes dominantes y de las leyes de Mendel, aunque la Historia (en mayúsculas) todavía no había hecho justicia a las conclusiones extraídas de los experimentos de guisantes por parte del monje agustino hacía más de medio sigo antes y atribuía el mérito de las leyes fundamentales de la genética a un botánico holandés, De Vries, de quien se alimentaban las inquietudes de aquel improvisado equipo de investigación. Llorenç, quien siempre iba a remolque de Jaume en esta iniciación científica, acabó por aburrirse de tanta planta. Sin embargo, el hereu de los Giralt se obsesionó con la botánica el mismo día que descubrió lo fascinante del mundo vegetal, aunque no siempre consiguiera atraer la colaboración y entusiasmo del amigo. Sin llegar a hacer explícita, sólo como mera intuición, la que sería su posterior inclinación intelectual, la de las reacciones químicas y su relación con los procesos vitales, llegó a la conclusión de que en las plantas había componentes capaces de sanar o de enfermar: el tallo y las flores de la cicuta resultaban tan semejantes a los del perejil o del hinojo que la primera planta apenas se distingue de las otras por el color oscuro y el olor desagradable de las hojas, siendo un terrible veneno o sedante para calmar dolores persistentes e intratables. Toda la vida de Jaume estuvo marcada por el conocimiento, cuando era niño aún, de que lo que puede curar también puede matar fulminantemente, de que existe un límite difuso entre la medicina y el veneno, porque éste último quizá sea una cuestión de grado y de proporciones. La Naturaleza no engendra el mal, pero puede menguar el bien: aficionarse a las plantas venenosas, encerradas en la belleza de un jardín capricho de su madre, supuso al joven Jaume experimentar la contradicción del horror y del éxtasis ante la vida.
Lo que realmente atraía a Llorenç eran los animales. Y no los aburridos insectos, que satisfacían el espíritu taxonómico y coleccionista de un entomólogo avant la lettre padre Sebastián. Al muchacho lo que le despertaba la curiosidad eran los pájaros, reptiles y los animales mayores, aunque fueran de granja; es decir, la vida como un libro abierto, en forma de lucha de supervivencia. Llorenç robaba los huevos y polluelos de todos los nidos de las posesiones de Can Campanyà. Se aficionó a enjaular jilgueros machos por el simple placer de hurtar a la Naturaleza aquel canto armonioso, que quería para él solo. En los días de parva de la hectárea que su padre labraba para el trigo del gasto de todo el Mas, debajo del rastrojo descubría alacranes, que mataba él sin compasión. Cazaba vivos serpientes de agua, culebras, sapos y lagartos con la única intención de asustar a otros compañeros o incluso a incautos “hermanos”, que se encontraban con las más extrañas alimañas en los lugares menos insospechados. Descubrió, sin ayuda de libros o del hermano Sebastián, que la lagartija logra sobrevivir aunque le corten el rabo. Posteriormente, con la incipiente maduración sexual de ambos, Llorenç aficionó a Jaume a observar —a escondidas, durante las vacaciones y en los momentos en que el mayor de los Soler Vila lograba escaquearse de los compromisos de ayudar a los padres— a los animales en plenos actos de procreación. La atracción por el tamaño de aquellas vergas equinas en erección despertó, como algo natural, el interés por sus propios genitales, excitados. Los juegos de niños, los fósiles, las disquisiciones científicas dejaron paso a la actividad iniciática de fer-se un palla.
En una ocasión, en plena “turbación” manual, la mano libre de Jaume fue a parar a los genitales de un sorprendido Llorenç:
—Què fas, mariconàs?
—És que… la tens més grossa —intentó apuntar Jaume a modo de excusa.
El preludio de cierto distanciamiento sobrevino cuando Pepeta Delofeu entró a formar parte del servicio de los Giralt, por un capricho y caridad cristiana de la señora. Eugènia, que quiso rescatar a una pobre infeliz del Convento de las Carmelitas de Aitona. Abandonada con escasas horas de venir al mundo, las hermanas de la Orden Tercera de la Virgen del Carmen y Santa Teresa de Jesús habían aprimorado una exquisita y refinada educación para Josefa Delofeu (porque nada se sabía de sus verdaderos progenitores) con la esperanza de que se casase bajo el cobijo de una de las casas de las cuales se recibiese mayores aportaciones económicas o, en el peor de los casos, de que prosiguiese la vocación religiosa de ser esposa de Cristo. Con el tiempo, Pepeta pasaría a ser la sirvienta de confianza de Eugènia Barrull, la padrina de Llorenç, en especial porque, a resulta de una diabetes, la señora se iba quedando ciega y exigió a la muchacha que le leyese para ella los heterogéneos ejemplares de su nutrida biblioteca. La plenitud que apuntaba en sus esplendorosos 14 años, con ropas buenas, un corte de pelo con gracia y una pulcra higiene impensable en las austeras paredes del convento, pero sobre todo el porte, las buenas maneras y la simpatía que irradiaban en la bella Pepeta enamoraron a todos, características que no pasaban desapercibidas a nadie, puesto que la adolescente despertaba una atracción nada indiferente; pero fue Llorenç quien, menos tímido, se atrevió a festejar a la nueva chica de la casa. La joven, con las ideas claras y una educación cauta de no someterse a los caprichos y deseos lujuriosos de sus amos, también sintió una pasión hacia alguien más cercano a su condición social y tan ben plantat. El amor de Llorenç se encendió con fugaces besos robados en la mejilla de la muchacha, algún leve toque y roce de manos y una promesa firme de que, cuando fueran mayores, se casarían. Jaume llegó tarde y mal; en su torpeza sólo obtuvo un displicente rechazo:
—No, que aquest cos no serà mai per al senyoret, que ja en té d’amo.
Quiso la fortuna que los excesos juveniles del patriarca Santiago Giralt se tradujeran en una terribles purgaciones que postraron al cincuentón galán en una impotencia e inapetencia sexual extremas, lo que libertó a Pepeta de un desagradable acoso y preservó su virginidad, impensable de haber sido conservada en tiempos anteriores por un consuetudinario dret de cuixa casi aceptado como ley de derecho entre las personas de la comarca.


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