martes, abril 10, 2007

Trama 8 – Rivalidad (3/4)

La fecha del 14 de abril de 1931 cambió la vida de todos. La familia de Ena eran destacados afiliados de Esquerra Republicana de Catalunya. Las mujeres todavía no habían podido votar en esas elecciones municipales, pero de alguna manera Ena y su madre se prepararon para recibir la República: fueron por la mañana a la peluquería, y la madre, que había comprado ropas de colores a escondidas, había cosido banderas y tuvo el coraje de colgar la tricolor del balcón de casa. Jaume cerró la farmacia y, junto con Ena, se desplazó por la tarde a la plaça de Sant Jaume.

Aquesta és la teva plaça, Sant Jaume —le soltó a modo de chiste.
Que jo no sóc pas “sant”, malgrat que visc a Sants —y hacía este comentario Jaume, mientras su mano se posó descaradamente en los glúteos musculosos de una deportista Ena, entre la multitud de personas manifestándose llena de júbilo.

Allí estaban los suyos. Habían ganado. Primero en el balcón del Ayuntamiento, Companys proclamó la República ante cuatro gatos. Al parecer, Companys, cabeza de lista por Barcelona de las elecciones municipales del domingo anterior, no había consultado a Macià su decisión personal de proclama, pero l’avi se vio obligado a volver a proclamar la República, pero esta vez desde el todavía Palau de la Diputació, ante una multitud que había ido congregándose en considerable número y cantando espontánea y emocionadamente Els Segadors.

La experiencia del matrimonio Lorenzo y Federica aquel 14 de abril de 1931 fue bastante diferente: se dirigieron a la Modelo a abrir las puertas de la prisión. Un número considerable de personas, a primeras horas de la tarde, empezó a tirar piedras contra las puertas de la cárcel hasta que consiguieron entrar dentro del primer patio y llegar a los locutorios Por todos los indicios, los funcionarios ya habían recibido las órdenes de abrir las celdas y los presos salían, por lo que la gente no se adentró más allá. Ya el próximo 1 de Mayo (entonces se decía “Primero de Mayo”) nació la bandera roja y negra de la CNT con un mitin en que destacaron los parlamentos de Frederica Montseny y Buenaventura Durruti.

Al poco tiempo se abrieron ateneos libertarios y el matrimonio Soler Delofeu (en propiedad, Soler Gustavo) se afilió al de Sans . Federica Gustavo se vio encuadrada en el sector más radical de CNT y consideró la República un nuevo régimen burgués. Para ella había llegado la hora de actuar. En el Ateneo había diferentes secciones: excursionismo, cuadro escénico, de esperanto e incluso una sección naturista, pero la joven se apuntó a la parte cultural, a la escuela de formación. Allí es donde ella vislumbró su verdadero cometido. Vivía las contradicciones de alguien que pretende cambiar el mundo y no puede cambiar ni a su propio compañero. Una sensación de impotencia y desespero la hundía cuando intentaba convencer a los otros: cómo entender que era posible un mundo y futuro mejores, y que la gente no lo consiguiese ver. Incluso en casa, después de un día de trabajo, en el taller y en el Ateneo, se encontraba que Lorenzo se tumbaba en un sofá del comedor a la espera de que ella, su esposa por la iglesia, preparara la cena. ¿Dónde estaba la presunta igualdad de sexos, que “su” hombre incluso preconizaba desde presupuestos teóricos? Estaba afiliada al sindicato, a la rama de Artes Gráficas, y después formó parte de la FAI. A escondidas muchas veces de Lorenzo, intentó por militancia ejercicios de lo que se llamaba “gimnasia revolucionaria” y participó en los piquetes para invitar a las fábricas a “secundar” las huelgas generales. En una fábrica, no hicieron caso de las acciones intimidatorias del grupo y la policía los pilló a todos, después del chivitazo. Uno de los jóvenes anarquistas llevaba un arma y se la pasó a ella, para evitar pena mayor en la cárcel. De nada sirvió que dijese que se había encontrado esa pistola, pues la llevaron a la prisión de mujeres, de la calle Reina Amalia, en El Raval. Desde las ventanas podía observar el teatro Olimpia y allí se personó su marido con la intención de sacarla aunque fuera mediante fianza: no consiguió nada apelando a su pasado militar o a sus referencias de Fomento de Obras y Construcciones. Y fue en ese momento en que el desesperado esposo entró en contacto con el amigo de la infancia, Jaume Giralt. Éste recibió el encargo con el escepticismo de que pudiese ayudar en algo, pero se dirigió raudo a la prisión de mujeres con un abogado amigo y compañero de partido: aquellos tiempos de la República, después de vencer las derechas en las generales del noviembre de 1933, eran difíciles para intentar ayudar a anarquistas, que en cierto modo habían contribuido a la situación de represión generalizada habiendo propugnado la abstención, con pintadas en el barrio que rezaban: “Obrero, por tu dignidad, no votes” y que todavía nadie las había borrado. Coincidieron las gestiones de Jaume con la declaración, bajo tortura, del muchacho del arma de que la pistola era suya, y Pepeta/Federica pudo salir con libertad bajo fianza. Aquello supuso un golpe muy duro en las convicciones revolucionarias. Esa política de tirar tiros un día para que al día siguiente se tuviera que ir a trabajar como si nada era absurda, demasiado romanticismo, demasiado querer ir demasiado rápido para nada, porque sin una inmensa mayoría, sin una revolución de las mentes no era posible cambiar el mundo. Al día siguiente, Federica era mucho más Pepeta, pero con el cansancio y la desilusión de una persona vieja, sin parte de sus sueños.

De algo sirvió el encuentro de amigos. En lo formal se produjo un resurgir de la amistad entre ambos. Jaume ya estaba casado con Ena y los dos matrimonios empezaron a salir juntos a algún espectáculo teatral e incluso a alguna comida popular en Montjuïc: una forada a la muntanya, para una costellada o una popular arrossada. Pronto, todo el mundo pudo percibir el grado de afinidad entre un recuperado “Llorenç” (que volvía a usar el catalán) y Ena, la mujer de Jaume, que de nuevo parecía volver a su vitalidad y alegría características. Pepeta, de repente, sentía celos porque su marido mostrase una remozada ilusión; pero no podía hacer nada.